Bendito Karma CAPÍTULO 43 #3
78%

CAPÍTULO 43 #3

—Precisamente por eso —dice Rebecca, señalando las copas—. El alcohol tiene un doctorado en ese tipo de traumas. Dos copas más y mañana solo lo recordarás como una anécdota familiar.

—Eso jamás será una anécdota familiar.

—Tres copas, entonces.

Miro a Nico de reojo.

—¿Crees que sobrevivas media hora más?

Él escucha el reguetón que retumba por todo el salón, hace una mueca casi imperceptible y vuelve a mirarme.

—Con esa música, mis probabilidades no son muy altas. Pero si tú quieres quedarte un rato más, yo no tengo prisa.

Al final terminamos ocupando dos sillas en la misma mesa. Entre una historia y otra, brindis improvisados y teorías cada vez más absurdas sobre el paradero de Lucas y Luciana, el tiempo se me escurre sin darme cuenta. Cuando miro el reloj, descubro que ya pasaron dos horas ¡Dos horas!

Apoyo ambas manos sobre la mesa y me pongo de pie.

—Ahora sí. Si no me voy en este momento, todos vamos a amanecer aquí.

—Cobarde —dice Rebecca.

—Responsable.

—Qué horror.

—Lo sé. También me decepciona.

Rebecca resopla con dramatismo fingido mientras me despido de todas con un abrazo.

Al salir, casi inconscientemente, entrelazo mis dedos con los de Nico. No caigo en cuenta hasta que llegamos al auto y tengo que soltarlo para subir.

En fin.

Cuando cierro la puerta, el silencio me envuelve de golpe.

Por fin.

—¿Piensas ir?

Escucho a Nico cuando sube frente al volante.

—¿A dónde?

—A la cena de la que habló tu padre.

—¡Ah!

Antes habría respondido que no incluso antes de que terminara la pregunta.

Ahora...

Ahora una parte de mí quería decir que sí.

Y eso es aterrador.

—No sé, tengo que pensarlo. ¿Qué opinas tú?

—Que tienes que pensarlo. —Esbozo una sonrisa y él toma mi mano. —Pero si decides ir, por supuesto que te acompaño.

El resto del camino es un silencio tranquilo. No sé en qué momento dejé de decidir en cuál apartamento dormir y simplemente empecé a asumir que voy a quedarme con Nico. Mi cabeza ya no piensa en excusas.

Qué peligroso.

El elevador tarda una eternidad. Apenas entramos, me apoyo contra una de las paredes y, sin el menor rastro de dignidad, me quito los tacones.

—Al fin —murmuro.

Nico baja la vista hacia mis pies descalzos.

—¿Sabes cuántas bacterias...

—No, no quiero saber. Gracias.

—...hay en el piso de un elevador?

—Nicolás.

Las puertas se abren.

Doy apenas dos pasos cuando siento que me levantan en brazos con una facilidad que ya empieza a ofenderme.

—¡Nico!

—¿Qué? Sobre mi cadáver caminarás descalza… y tal vez.

Dios mío, estoy demasiado cansada hasta para protestar. Así que me limito a reír por lo bajo y dejo de fingir que voy a convencerlo de bajarme.

No vuelvo a tocar el suelo hasta que me deja con cuidado sobre la cama.

No recuerdo en qué momento cierro los ojos.

Solo sé que, unas horas más tarde, vuelvo a abrirlos de golpe.

Estoy dentro de un automóvil.

Tengo siete años.

Llueve a cántaros.

Los truenos hacen vibrar el cielo y la lluvia golpea el metal con una fuerza ensordecedora. Todo está oscuro. Hay un olor extraño a gasolina y tierra mojada. Intento moverme, pero el cinturón me aprieta el pecho.

—¿Mamá?

No responde.

La llamo otra vez.

Después a mi abuela.

Después a mi tía.

Nadie contesta.

Afuera escucho voces. Personas corriendo. Alguien grita que llamen una ambulancia. Veo luces atravesando la lluvia, pero nadie llega hasta mí. Solo estoy ahí, atrapada, mirando la oscuridad mientras el miedo se instala en mi pecho con una fuerza que ni siquiera sé explicar.

Despierto sobresaltada.

Tengo las mejillas empapadas, el cabello pegado a la frente y el corazón golpeándome las costillas.

Otro trueno ilumina por un instante la habitación.

Está lloviendo.

La misma lluvia.

Durante unos segundos no sé dónde estoy.

El impulso es tan automático que casi me levanto para correr al cuarto de mi abuelo como lo hacía antes.

Nunca preguntaba qué había soñado.

Solo me hacía un espacio a su lado y empezaba a cantarme hasta que volvía a quedarme dormida.

Pero ya no estoy en esa casa.

Y mi abuelo ya no puede protegerme de todas las pesadillas.

La idea me aprieta el pecho.

¿Qué voy a hacer cuando él ya no esté?

Entonces giro la cabeza.

Nico duerme a mi lado.

Y, por un instante, la habitación deja de sentirse tan oscura.

El simple hecho de saber que no estoy sola hace que el pecho deje de dolerme un poco.

Eso debería tranquilizarme. En cambio, me asusta.

Me incorporo despacio para no despertarlo y camino hasta la cocina. Lleno un vaso con agua, pero al levantarlo descubro que la mano me tiembla tanto que algunas gotas terminan sobre la encimera.

No quiero llorar.

Respiro hondo una vez.

Otra.

—¿Nina?

La voz adormilada de Nico rompe el silencio.

Me giro.

Él está de pie en la entrada de la cocina con los ojos entrecerrados.

—¿Qué pasó?

—Nada. Una pesadilla nada más. —Su mirada baja hasta el vaso, después a mi mano que sigue temblando. —Una que no había tenido en muchos años.

Intento tomar el agua, pero un nudo se me instala en la garganta.

Nico no pregunta nada más.

Se acerca, toma el vaso con cuidado y lo deja sobre la encimera antes de rodearme con los brazos.

Apoyo la frente en su pecho.

Y, por primera vez desde que desperté, dejo de sentir que sigo atrapada en aquel automóvil.