CAPÍTULO 43 #2
Alguien pone algo animado, bailable y que llena la pista. Las copas vuelven a llenarse. Y, porque esta boda ya decidió renunciar por completo al sentido común, uno de los amigos de Benjamín levanta su champagne y dice:
—¡Un brindis por los no novios!
Varias personas responden levantando sus copas.
—¡Por los no novios!
Las carcajadas estallan por todo el salón.
Incluso Luciana, desde algún lugar desconocido del planeta, probablemente sentiría el impulso de reírse.
—¡Por los no novios!
Las copas chocan unas contra otras.
Yo también levanto la mía, porque si algo merece un brindis esta noche, definitivamente es haber sobrevivido al desastre.
Después del segundo trago necesito un poco de aire.
Y silencio.
Tomo mi cámara y salgo al jardín. Mientras camino, reviso las fotografías que tomó Rigoberto.
Frunzo el ceño.
Todas están perfectamente expuestas. Supo compensar la luz cálida del salón con las luces blancas del jardín sin quemar las altas luces.
Incluso aprovechó la poca profundidad de campo para separarnos del fondo y hacer que el pastel pareciera secundario, como si el verdadero protagonista hubiera sido... nosotros.
Vaya.
Por primera vez no mintió, sí sabe usar cámaras.
Y Nico y yo nos vemos… bien. Demasiada química. El tipo de pareja que me causaba urticaria en la escuela.
En fin, la noche está despejada. La luna parece colgada demasiado cerca de la tierra, enorme, brillante, perfecta.
Levanto la cámara casi por instinto.
Enfoco.
Cambio la velocidad.
Disparo.
—Nunca entendí cómo logras que una foto haga justicia a algo tan bonito.
Bajo la cámara.
Samuel.
Está apoyado contra la baranda de la terraza, con las manos dentro de los bolsillos del pantalón. Ya no lleva la expresión furiosa con la que golpeó a Benjamín hace apenas un rato.
Solo parece...
Cansado.
—¿Estás bien? —pregunto.
Él tarda unos segundos en responder.
—Sí.
La mentira más corta del mundo.
Asiento.
No insisto.
Después de todo, ninguno de los dos es muy fan de hablar de lo que realmente siente.
Samuel deja escapar un suspiro.
—Me voy unos meses.
Lo miro.
—¿Del país?
Asiente.
—Necesito... ordenar unas cuantas cosas... aquí.
Se señala la cabeza con un dedo.
—Muy bien por ti.
—Y ya que aquel día que me embriagué te conté todo sobre Valentina... supongo que ya no quedan secretos entre nosotros.
Una sonrisa pequeña se me escapa.
—No. Creo que ya agotaste la cuota de secretos.
El silencio vuelve a instalarse entre los dos.
Es extraño.
Hace unos meses este silencio habría sido incómodo.
Ahora simplemente existe.
—¿La bofetada fue por Luciana... o por Valentina?
Samuel suelta una risa sin humor.
Mira hacia el jardín antes de contestar.
—Por ambas. —Hace una pausa. —Y porque siempre quise hacerlo desde que lo conocí. Es un idiota.
—Sí lo es.
—Además, Luciana me contó lo que hizo. Después de todo estaba contigo y con ella al mismo tiempo.
No puede ser. Yo creí que eso iba a ser un secreto que nos llevaríamos a la tumba.
—Sí. Qué vergüenza. Supongo que todos tenemos un momento humilde.
Samuel esboza una sonrisa.
—Bueno, supongo que ya era hora de que alguien le acomodara la cara. Aunque quizá habría sido mejor que lo hiciera Nico. Él sabría exactamente dónde golpear para dejarlo inmóvil un buen rato.
Esta vez sí me río.
—Nico no es así... pero, si lo hubiera hecho, yo lo apoyaba.
La música llega amortiguada desde el salón.
Alguien vuelve a gritar.
Seguramente Rebecca.
Samuel gira la cabeza hacia la ventana y luego vuelve a mirarme.
—Bueno, mejor me voy a empacar. Fue un gusto charlar contigo, Nina. —Yo asiento en respuesta con una media sonrisa. Samuel se da media vuelta, pero se detiene y vuelve a quedar frente a mí: —Solo quería recordarte una cosa antes de irme.
Levanto una ceja.
—¿Qué cosa?
—Que siempre tuve razón.
Frunzo el ceño.
—¿Sobre qué?
—Sobre Nico. La forma en que te miraba... así no mira un hombre a una amiga.
—Bueno, es que tampoco somos amigos.
—Eso me quedó claro. —Se ríe un poco y agrega: —Bueno, al menos consiguió lo que quería. Debe estar muy feliz el condenado.
Definitivamente, Samuel tiene una forma muy curiosa de resumir las cosas.
—Bueno, tú ya encontrarás a alguien que no se acueste con el prometido de tu hermana.
Samuel deja escapar una carcajada, la primera genuina de toda la noche.
—Eso espero. No quiero tener que convertir la violencia en un pasatiempo.
Se da media vuelta y lo veo irse directo a una puerta que, supongo, va a una de las habitaciones.
Menudo día, eh.
Apenas vuelvo al salón encuentro a mi padre hablándole a Nico como si nada cercade la barra.
Mi padre tiene una copa en la mano.
Nico alguna bebida que de seguro no tiene alcohol.
No sé cuánto tiempo llevan conversando y tampoco quiero averiguarlo, pero necesito detener lo que sea que hablen.
Sí, claro.
Estoy bastante segura de que, en realidad, llevaba varios minutos hablando de él mismo. Y, conociéndolo, también de su campaña política.
No me equivoco.
—Le estaba contando sobre el proyecto que quiero impulsar en los hospitales cuando sea alcalde —explica Rigoberto con el mismo entusiasmo de quien ya ganó las elecciones.
Lo que no sabe es que Nico no le compra el discurso ni en oferta.
Tomo una copa de vino de la bandeja de un mesero que se nos acerca.
Rigoberto hace lo mismo.
Al principio no le doy importancia. Solo necesito ocupar la boca con otra cosa antes de que se me escape una ironía.
Entonces ocurre.
Casi al mismo tiempo levantamos la copa hasta la nariz para oler el vino.
Después damos un sorbo corto y dejamos que el sabor repose unos segundos sobre la lengua antes de tragar.
No es hasta que levanto la vista que caigo en cuenta de lo que acaba de pasar.
Rigoberto sigue degustando el vino con absoluta tranquilidad. Yo acabo de hacer exactamente lo mismo.
Resulta que también heredé la manera de beber de ese hombre.
Me aclaro la garganta y me termino la copa de golpe.
Problema resuelto.
—¿Nos vamos?
Nico gira apenas la cabeza hacia mí.
—Llevo esperando esa pregunta desde que llegamos.
Se termina su bebida y deja la copa sobre una mesa.
—Bueno, yo también me retiro —dice mi padre finalmente—. Definitivamente, no fue la noche que esperaba... aunque, siendo sinceros, pocas bodas ofrecen cena, vino y un escándalo.
Uno protagonizado por su propio hijo.
Supongo que cada familia tiene sus talentos.
Se aleja sin intentar estrecharnos la mano ni prolongar la conversación, y eso se agradece. Sin embargo, después de unos pasos se detiene. Se gira apenas lo suficiente para decirme:
—Piensa lo de mañana, Nina. Me haría muy feliz que fueras.
Le sostengo la mirada unos segundos.
Al final solo levanto la copa vacía a modo de despedida.
No es un sí.
Tampoco un no.
Es lo único que puedo darle por ahora.
Él sonríe, como si mi leve asentimiento hubiera sido suficiente, y continúa su camino.
Lo observo perderse entre los invitados durante unos segundos antes de recordar que yo también debería despedirme.
Busco a las chicas de la revista con la mirada y las encuentro exactamente donde las dejé, reunidas alrededor de una mesa, cada una con una copa en la mano y hablando al mismo tiempo, como si el pequeño detalle de que la novia hubiera huido con mi hermano no hubiera sido más que una anécdota divertida.
Me acerco a la mesa justo cuando el novio de Rebecca se inclina sobre la cabina del DJ contratado. Intercambian un par de palabras y, apenas unos segundos después, los primeros acordes de un reguetón hacen vibrar las bocinas.
Varias personas sueltan un grito de emoción.
Rebecca alza ambas manos como si hubiera esperado ese momento desde que llegó.
—Esa, definitivamente, no es música para una boda —le digo yo.
Rebecca levanta su copa hacia mí.
—Técnicamente ya no es una boda. Ahora es una fiesta con catering gratis.
—Y la estamos disfrutando en nombre de Luciana —agrega otra de las chicas.
—¡Por Luciana! —gritan todas al unísono.
Las copas chocan entre risas.
Definitivamente, son las personas con mayor capacidad de adaptación que conozco.
—No me digan que ya se van —protesta Rebecca al ver que Nico y yo seguimos de pie.
—Sí. Necesito recuperarme del shock emocional que me dejó descubrir que mi hermano se fugó con una prometida ajena.