Bendito Karma CAPÍTULO 43
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CAPÍTULO 43

H ay bodas que terminan con un «felices para siempre».

Esta terminó con barra libre.

Lo que más me sorprende no es que la novia se haya escapado con otro hombre… quién, además, es mi hermano. Lo más sorprendente es que todos, después del shock, hayan seguido con la boda como si nada.

Bueno… el catering está pagado.

El chelista también.

El champagne ya está servido.

¿Qué más da?

Lo positivo de todo esto es que el video de Nico y yo ya pasó a segundo plano, porque en menos de media hora Luciana se hizo viral. El video de «la novia fugitiva» es lo primero que aparece cada que entras a una red social.

Ya hay comentarios.

Memes.

Noticias.

Un análisis cuadro por cuadro del momento exacto en que Luciana decidió cambiar de novio.

Ahora mismo estoy revisando todo desde la cuenta de Luciana. Alguien grabó el en vivo y lo subió a todos los portales escandalosos, grupos de chismes y, probablemente, al chat de las señoras que todo lo saben antes que la policía.

Lo mejor de internet nunca es la noticia.

Son los comentarios.

Esperaba encontrar a al menos una persona defendiendo a Benjamín, pero no lo encuentro.

En su lugar, el comentario con más reacciones dice:

«Justo ayer intentó coquetear conmigo en el gimnasio. ¿Y saben qué? Me dijo que estaba soltero.»

Abajo empiezan a aparecer las respuestas:

«Es verdad. Solo va al gimnasio a ligar.»

«Se le nota.»

«Qué asco de hombre.»

«A mí me pidió el número en un bar. También juró que estaba soltero.»

«Chicas, nunca había sido tan feliz de ver a alguien plantado en el altar.»

Vaya.

Parece que el algoritmo reunió más testigos que la fiscalía.

—¿Ese era Lucas? —Escucho de pronto. Cierro la cuenta de Luciana y me vuelvo hacia la persona que me habló. Rigoberto, por supuesto.

Ya se había tardado en reaccionar.

—Sí.

—Siempre tan impulsivo. —Deja salir de pronto. —Es obvio que no irá a la cena de mañana, ¿tú y tu… novio sí vienen?

Nico ahora mismo está atrapado en una conversación con un desconocido. Si alguien lo observa con atención, podrá distinguir el momento exacto en el que empieza a arrepentirse de haber salido de su apartamento. En fin, no puedo decidir por él.

—Todavía no lo sé.

—Es solo una cena entre nosotros. Marcela, sus dos hijos, tú y yo… bueno, y Nico si acepta.

Entonces me quedo pensando.

—¿Entonces los dos niños del comercial no son tus hijos?

Se piensa la respuesta… ya lo conozco, está a punto de decir una verdad disfrazada, pero deja salir un suspiro y simplemente dice:

—No, pero ese es un secreto entre tú y yo. —«Un secreto»: adoptar hijos ajenos para sus comerciales. —Ninguno de mis hijos quiere ser parte de mis campañas al parecer, y no los culpo.

—¿Cuántos somos en total? Porque recuerdo que tuviste dos varones más después de Lucas y de mí. Luego dejé de seguirle el paso a tu colección de hijos.

Rigoberto me mira un segundo y esboza una sonrisa de esas que no le llegan a los ojos… es decir, una por obligación.

—Solo ustedes cuatro. No tengo más hijos.

—¿Qué ha sido de ellos dos, por cierto?

—¿Leo y Javier? Uno está con su madre en Argentina. El otro se ganó una beca para estudiar en Canadá.

No alcanzo a responder.

Una mano cálida rodea mi cintura por detrás con absoluta naturalidad, como si llevara años haciéndolo. No necesito girarme para saber quién es.

Nico.

Su pulgar acaricia apenas mi costado antes de detenerse allí, firme.

—¿Todo bien? —pregunta, aunque sus ojos no están en mí, sino en Rigoberto.

Levanto la vista hacia él.

—Sí.

Rigoberto tarda un segundo en reaccionar. Apenas le ofrece una sonrisa cortés y le estrecha la mano. Es curioso cómo, incluso sin proponérselo, Nico consigue que el ego de mi padre pierda unos cuantos centímetros.

—Justamente hablábamos de la cena de mañana —dice Rigoberto, acomodándose el saco como si de pronto le estorbara—. ¿Al final vas a acompañar a Nina?

Nico me mira de reojo antes de responder.

—Creo que esa decisión le corresponde a ella.

Lo miro de inmediato.

Genial.

Yo esperaba que dijera que no para no tener que decidir absolutamente nada.

Antes de que pueda responder, alguien llama a Rigoberto desde el otro extremo del salón.

—¡Rigoberto!

Mi padre gira la cabeza.

—Ya voy.

Saca una tarjeta del bolsillo interior del saco y me la entrega.

—Aquí está la dirección. Si decides acompañarnos, es a las seis de la tarde. —Le dirige la mirada a Nico. —El novio de mi hija siempre será bienvenido en mi casa, así que espero que tú también puedas ir.

Nico sonríe apenas.

—Lo tendré en cuenta.

Rigoberto se aleja hacia el grupo que lo espera, saludando a otras personas por el camino.

El doctor de muertos no dice una sola palabra hasta que mi padre está lo bastante lejos.

Entonces baja la vista hacia mí sin retirar la mano de mi cintura.

—¿Tu novio?

Levanto una ceja.

—Eso es lo que dijo él, no yo.

Nico ladea apenas la cabeza.

—¿Y qué opinas tú? —Sus dedos rozan mi cintura antes de añadir, con esa calma irritante que solo él posee: —¿Te gustaría ponernos una etiqueta?

—No soy muy fan de las etiquetas.

—Qué raro. Pensé que eras fotógrafa. Ustedes etiquetan todo.

—Las fotografías. A las personas no.

—Menos mal. Ya me preocupaba que fueras a ponerme un código QR.

Me molesta cuando dice una tontería que me hace reír.

—No te preocupes. A ti te pondría una etiqueta de advertencia.

Él arquea una ceja.

—Ah, ¿sí? ¿Y qué diría?

—No alimentar el ego.

Nico suelta una carcajadita divertida.

Estoy a punto de responder cuando un golpe seco contra una copa hace que medio salón vuelva la cabeza.

—Buenas tardes —habla la organizadora, intentando recuperar el control de un evento que claramente ya perdió toda posibilidad de ser controlado desde que ninguno de los novios está. Porque sí, Benjamín tuvo dignidad y se fue. —El pastel ya está aquí.

Un aplauso disperso se escucha entre los invitados.

Luego alguien hace la pregunta evidente:

—¿...Y quién lo va a cortar?

Silencio.

Todos intercambian miradas.

Porque, claro… la novia acaba de escaparse con mi hermano.

Uno de los meseros mira al otro.

El chelista sigue tocando.

Y entonces Rebecca, que ya lleva varias copas de champagne encima, levanta una mano con una sonrisa peligrosa.

—¡Que lo corten Nina y Nico!

Mi cabeza gira tan rápido que casi escucho crujir mi cuello.

—¿Qué?

—¡Sí!

—¡Ellos!

—¡Además ella es la hermana del nuevo novio de la novia!

No.

No, no, no.

—Rebecca... ¿qué estás haciendo?

—Nada. Solo digo que la cortada del pastel al menos quedará entre familia.

Pero ya es demasiado tarde.

Los aplausos empiezan a multiplicarse.

Alguien silba.

Otro comienza a corear.

—¡Pastel! ¡Pastel! ¡Pastel!

Miro a Nico buscando un adulto responsable que detenga aquello.

El muy desgraciado solo me observa con esa media sonrisa que utiliza cuando el universo conspira a su favor.

—No te atrevas —le advierto.

—Yo no he dicho nada.

—Precisamente ese es el problema.

Rebecca ya está prácticamente empujándonos hacia la enorme mesa donde espera un pastel de cuatro pisos.

—¡Vamos! ¡Será divertido!

Probablemente el champagne ya empezó a reemplazar parte de mi sentido común.

Porque, en lugar de huir...

Acepto.

—Está bien —murmuro, pero solo porque entre más rápido haga esto, más rápido se termina. Lo peor de todo, es que Nico siendo tan Nico acepte hacer algo así.

El salón entero estalla en aplausos.

Rebecca toma mi cámara.

—¡Les voy a tomar unas fotos increíbles!

—Solo recuerda enfocar antes de disparar. El botón tiene dos tiempos.

—¿Cuál botón?

Mientras intenta descubrir de qué estoy hablando, una voz tranquila interviene a su lado.

—Si disparas desde ese ángulo, el fondo va a quedar demasiado cargado.

Levanto la vista.

Rigoberto.

—¿Usted sí sabe usarla?

Él sonríe apenas.

—Un poco. Sí.

Rebecca le da la cámara. Lo veo revisar el lente con la naturalidad de quien lleva años haciéndolo. Ajusta el ISO. Compensa la exposición. Mueve apenas el trípode unos centímetros. Inclina la pantalla. Hace un par de pruebas.

Ni siquiera necesito acercarme para saber que sabe exactamente lo que está haciendo.

—La luz viene desde allá —le explica a Rebecca—. Si ellos quedan unos pasos más a la derecha, el contraluz va a dibujar mejor el contorno y el pastel no les proyectará sombra en la cara.

Rebecca asiente confundida.

Creo que ni siquiera sabe quién es el tipo con el que está hablando.

Caigo en cuenta de que mi padre realmente sabe de fotografía.

No sé por qué ese descubrimiento me provoca una punzada incómoda en el pecho.

No tengo tiempo para pensar más.

Nico ya está esperándome junto al pastel.

—Mejor tómela usted —le dice Rebecca o es lo que alcanzo a leer en sus labios. —No quiero arruinar un momento especial.

Le acaba de llamar «un momento especial» a esto.

—Claro. Qué honor —dice Rigoberto. —Sonrían.

El primer clic captura una mentira preciosa.

Los dos sonriendo mientras sostenemos el cuchillo sobre el pastel como si esta boda jamás hubiera explotado.

—Otra.

La segunda ocurre un segundo después.

Nico desliza un dedo por el glaseado y antes de que pueda reaccionar me unta crema en la punta de la nariz.

—¡Nico!

Intento devolverle el favor.

Él se echa hacia atrás riéndose.

Yo doy un paso, después otro. Jamás me imaginé que perseguiría a un forense alrededor de un pastel de bodas.

En uno de mis intentos por alcanzarlo, él me toma de la cintura para impedir que termine estampada contra la mesa. Pierdo el equilibrio. Nico me sostiene y yo levanto la vista.

Durante un instante todo el salón desaparece.

Solo estamos él y yo.

Entonces me besa.

No es un beso largo.

Ni dramático.

Solo suficiente para dejarme sin la brillante idea que estaba pensando.

Error suyo, porque yo aprovecho el momento para hundir dos dedos en el glaseado que todavía sostiene el cuchillo y le dejo una perfecta mancha blanca en la mejilla.

Él suelta una risa que hace que varias personas vuelvan a aplaudir.

Y, justo en ese instante...

Clic.

La música cambia.

Ya no hay rastro del cuarteto de cuerdas que acompañó la ceremonia.