CAPÍTULO 42 #3
Benjamín intenta acercarse.
—Podemos hablar esto en privado.
—No.
La pantalla gigante detrás del altar se enciende.
Esa no la había notado.
La primera fotografía aparece.
Un murmullo colectivo atraviesa la sala.
La segunda fotografía aparece.
Más fuerte.
Y la tercera…
En la pantalla está Benjamín… y sobre sus piernas está Valentina.
Besándolo…
En.la.boca.
La fecha aparece en la esquina.
Una fecha que provoca que mi cerebro haga cálculos peligrosamente rápidos, porque en ese momento Benjamín todavía estaba conmigo… y, claro, también estaba con Luciana.
Lo miro.
Está pálido.
Literalmente pálido.
—¿Qué demonios es esto?
—Tu historial amoroso —responde Luciana.
La siguiente imagen aparece.
Después otra foto casi igual.
Luego una conversación.
Mensajes.
Fotos.
Capturas.
Una colección completa de decisiones cuestionables.
Los invitados ya ni siquiera intentan disimular.
Todos observan la pantalla.
Todos.
Incluyéndome.
Porque incluso yo desconocía la mitad de esto.
Valentina se acerca.
—Luciana, para.
—¿Por qué?
—Por favor.
Y entonces por primera vez Luciana deja de mirar a Benjamín para concentrarse en su amiga… bueno… «amiga», y por un segundo parece genuinamente herida.
Más que furiosa.
Herida.
—Lo que más me duele ni siquiera es él. —La sala queda inmóvil. —Es que fueras tú.
Valentina baja la vista.
Y por primera vez parece avergonzada.
De verdad avergonzada.
Luciana continúa:
—Yo te quería. —La voz de Luciana se quiebra apenas. —Eras mi mejor amiga. Confiaba en ti.
Eso duele mucho más que cualquier insulto.
Valentina parece a punto de llorar.
Su padre, con una expresión capaz de congelar océanos, se pone de pie y se va.
Valentina corre tras él intentando explicarse.
Benjamín intenta acercarse nuevamente.
—Luciana, basta.
—No.
—Apaga eso.
—No.
—¡Luciana!
Intenta quitarle el micrófono y ahí aparece Samuel.
Como una pared.
Benjamín intenta apartarlo.
Error.
Grave error.
Samuel le devuelve el favor con un puñetazo tan limpio que Benjamín termina de rodillas.
La mitad de los invitados jadea.
La otra mitad parece considerar que se lo merecía.
Personalmente, estoy en el segundo grupo.
—Primera vez que me cae bien —murmuro.
Nico tose para ocultar una risa.
Luciana vuelve a hablar. Completamente imperturbable. Como si su hermano no acabara de convertir su boda en un evento deportivo.
—La boda no va a celebrarse. —Más murmullos. —Pero ya que fui yo quien pagó todo... —Eso provoca varias miradas hacia Benjamín. —Pueden quedarse. Coman. Beban. Disfruten.
—Luciana…
Samuel sigue entre medio de los dos y le dice que cierre la boca. Luciana continúa:
—La luna de miel también la pagué yo y pienso aprovecharla.
Se quita el velo, lo deja caer y comienza a caminar hacia la salida.
Nadie dice una palabra.
Durante un segundo, el salón entero parece olvidar cómo funciona una boda.
Después ocurre lo inevitable.
Todo el mundo la sigue.
Todo.
El.
Mundo.
Incluyéndome.
Porque, si alguien cree que voy a perderme el desenlace de esta historia está completamente equivocado.
La multitud sale detrás de Luciana como si alguien hubiera activado una alarma contra incendios. En cuestión de segundos, la ceremonia se traslada al exterior.
Luciana sigue avanzando.
Los invitados detrás.
Y, por supuesto...
Yo también… con mi cámara.
Y entonces escucho un motor.
Un automóvil descapotable aparece frente a la entrada.
Reconozco el vehículo inmediatamente y se me congela la sangre.
No.
No.
No puede ser.
La puerta se abre.
Y Lucas se baja los lentes de sol.
Luciana sonríe, libre, feliz, completamente enamorada. Se acerca, se quita los zapatos y le entrega el ramo a una invitada sin darle la menor explicación.
Se sube al asiento del copiloto.
Mi hermano la mira.
Ella lo mira.
Y ambos parecen peligrosamente satisfechos consigo mismos.
—Voy a matarlo.
—Me lo imagino —dice Nico a mi lado.
El automóvil arranca.
Luciana levanta una mano.
Lucas toca el claxon.
Y desaparecen calle abajo mientras dejan detrás una boda cancelada, dos familias en crisis y un montón de invitados sin capacidad para procesar lo que acaba de ocurrir.
Las modelos de la revista están viviendo su mejor vida. Una boda arruinada siempre es más interesante que una boda feliz.
Detrás de nosotros aparece Benjamín.
Tiene sangre en el labio.
La corbata torcida.
Y la expresión de un hombre que acaba de perder mucho más que una boda.
Observa cómo el automóvil se aleja.
Observa a Luciana.
Observa a Lucas.
Y por primera vez comprende que ninguno de los dos va a volver.
El padre de Luciana parece satisfecho. Sostiene una copa de champán con absoluta tranquilidad, como si su hija no acabara de huir con un hombre al que apenas conoce. Su madre parece un poquito más preocupada, pero, al ver la expresión serena del esposo, baja la guardia.
El padre de Benjamín pasa a su lado sin decir una sola palabra. Después lo hace su jefe, que apenas le dedica una mirada con evidente decepción y sigue de largo.
Todos comienzan a alejarse.
Y Benjamín se queda completamente solo en medio del desastre.
Y eso… eso es profundamente satisfactorio.