CAPÍTULO 42 #2
Nico no es un hombre popular, pero todo el mundo lo conoce. Lo saludan tanto que empiezo a sospechar que, en secreto, dirige una secta. Él responde con educación, claro, pero lo conozco lo suficiente como para saber que ya está planeando una autopsia imaginaria para cada persona que lo detenga.
Llegar a la entrada toma más tiempo que encontrar estacionamiento.
Decimos nuestros nombres y el guardia revisa una lista.
—Pueden pasar.
—Muchas gracias.
En cuanto cruzamos la entrada caigo en la cuenta de algo: normalmente habría estado aquí desde hace horas. Las fotografías preboda suelen ocupar una cantidad absurda de tiempo, pero esta es una boda un tanto... especial.
Le doy un vistazo a la decoración.
Está demasiado bonito como para desperdiciarlo con Benjamín.
Ubico posibles posiciones para las cámaras y estoy apenas evaluando la iluminación cuando lo veo.
Está hablando con dos tipos en la entrada, quizás sus padrinos de boda después de que Nico lo rechazó.
A uno lo reconozco enseguida. Es el ex novio de esa prima suya que vivía en mi apartamento.
El otro no tengo idea de quién es.
Benjamín parece relajado hasta que nos ve.
La transformación es instantánea: la sonrisa desaparece de su rostro como si alguien hubiera apagado un interruptor.
Los hombros se le tensan y abandona a los dos hombres con los que hablaba sin siquiera molestarse en despedirse. Viene directamente hacia nosotros.
Al parecer no fue suficiente la humillación en frente de toda la revisa.
—Tú.
Solo una palabra.
Pero ni siquiera me está mirando a mí, está hablándole a Nico.
Nico, en cambio, ni siquiera pestañea.
—Ah. Hola, Benjamín.
—Recuerdo haberte dicho que no estabas invitado.
—Y yo recuerdo haberte dicho que lo hablaras con tu prometida.
—Lo hice.
—¿Y cómo te fue?
Perfecto.
Ya está.
Nico eligió la violencia. La verbal. Y, probablemente, la más efectiva. Nico no tiene que mover ni un pelo para molestar a Benjamín y eso ha sido así desde siempre.
—Ustedes dos son unos cínicos —nos señala y soy yo la que responde:
—¿Nosotros? ¿Quién es el que se acuesta con la mejor amiga de su futura esposa?
—Cállate… —da un paso hacia mí, pero Nico lo detiene poniéndole una mano en el pecho y lo empuja haciéndolo retroceder.
—Ya te lo advertí… a Nina no te le acercas. Evita quedar en ridículo el día de tu boda.
Alguien interrumpe justo a tiempo. Benjamín, de inmediato, cambia la compostura y se aclara la garganta.
Es el padre de Luciana.
—¿Todo bien, chicos?
Me da la mano a mí primero, después saluda a Nico y, con menos entusiasmo, le habla a Benjamín:
—Quiero hablar contigo antes de la ceremonia ¿Me acompañas?
—Claro que sí, señor.
Se van los dos. Durante un segundo considero seguirlos para escuchar la conversación, pero, por desgracia, todavía tengo una reputación profesional que mantener.
Al levantar la vista, me encuentro con Rigoberto al otro lado del salón.
Intento hacerme la distraída, pero él ya nos vio.
Levanta una mano para saludarnos y no me queda más remedio que sonreírle de vuelta.
¡Ay, no! Que no se le ocurra...
Sí. Ahí viene.
—Ahora es Rigoberto —le digo a Nico en un susurro. —Solo no le hagas caso.
Empiezo a instalar la cámara con la esperanza de que, si no levanto la vista, el problema desaparezca por sí solo.
No funciona.
—Hola, Nina. Qué gusto verte de nuevo. —Le da un vistazo a Nicolás, aunque esta vez no le extiende la mano. Al parecer de ese error sí aprendió. —Y qué gusto verlo a usted también, doctor Bernabéu.
Porque si Rigoberto tiene un talento natural, es el de adular a las personas que considera útiles.
Va tomado de la mano de su esposa, quien, para ser sinceros, me cae bastante mejor que él. Ella me da un abrazo, mientras Rigoberto permanece a un lado, sin intentar acercarse demasiado.
Por suerte.
—Ese modelo tiene un sensor excelente para trabajar con luz natural —lo escucho decir desde donde está. Se acerca solo lo suficiente para ajustar la inclinación de la pantalla abatible hacia mí y vuelve a dar un paso atrás.
—¿Desde cuándo sabes de cámaras?
Rigoberto sonríe un poco.
—¿Nunca te lo preguntaste?
Frunzo el ceño.
—¿Qué cosa?
—De dónde salió tu pasión por la fotografía.
Por un instante pienso que está bromeando.
— Evidentemente no de ti. Hasta donde yo sé, tu única pasión siempre fue la política.
—Antes de dedicarme a la política… la fotografía era mi pasatiempo favorito.
—No recuerdo haber escuchado eso jamás. Supongo que es lo que pasa cuando no compartes tiempo con tus hijos.
Rigoberto baja la mirada apenas un instante antes de volver a encontrar la mía.
—Tienes razón. Lo más seguro es que tampoco sabes que las fotos que tienes de tu mamá... —hace una pequeña pausa. Estudiándome quizás. Como yo no reacciono, continúa: —La mayoría las tomé yo. También algunas tuyas.
—¿Mías?
Asiente con naturalidad.
—Cuando eras bebé. Las que están en un álbum azul. Tú riéndote en el jardín, las de la playa... incluso esa donde intentabas quitarle la cámara a tu mamá. Yo estaba ahí.
—Mentiroso.
Me rio y vuelvo a lo que estaba.
—Si no me crees, puedes preguntarle a Dionisio. Sé que me odia a muerte, pero también sé que no te mentiría. Tu mamá decía que yo era incapaz de disfrutar un paseo sin llevar una cámara colgada al cuello.
Una risa muy bajita escapa de él.
Vuelvo la atención a la cámara y modifico una configuración que ya estaba perfecta.
Lo sé porque, diez segundos después, la regreso exactamente al mismo sitio.
Mantener las manos ocupadas resulta mucho más sencillo que intentar entender por qué esa conversación me tiene con un nudo extraño en el estómago.
—Si algún día quieres ver los negativos, todavía los conservo.
Mis manos se detienen sobre la cámara apenas un segundo.
—No hace falta —respondo sin levantar la vista.
Rigoberto tarda unos segundos antes de contestar.
—Está bien. Bueno, la ceremonia va a empezar. —Hace una pausa breve. —Fue un gusto verte, Nina.
—Igual.
¿Por qué dije «igual»?
No es verdad.
Retiro lo dicho.
El sonido de un mensaje salva la situación antes de que tenga oportunidad de seguir empeorándola.
Nico tiene mi bolso, así que es él quién saca mi teléfono y me lo entrega.
Es Luciana.
Me envía la contraseña de sus redes sociales junto con un recordatorio: transmitir la ceremonia en vivo.
No tengo tiempo de responder porque las chicas de la revista llegan casi al mismo tiempo, cada una acompañada de su pareja.
Entre abrazos, saludos y un par de bromas rápidas, la conversación dura apenas un minuto antes de que los organizadores comiencen a indicar que la boda está por iniciar.
Mientras cada uno busca su lugar entre las filas de sillas, Rebecca se inclina hacia mí y murmura lo suficientemente bajo para que solo yo la escuche.
—Qué desperdicio de decoración... esto está demasiado bonito como para casarse con el rancio de tu ex.
Me muerdo el labio para no reírme.
—Compórtate.
—Lo intento.
Y, con una sonrisa de absoluta inocencia que no le compra nadie, se aleja para ocupar su asiento junto a los demás.
La ceremonia comienza exactamente como todas las bodas.
Las conversaciones empiezan a apagarse poco a poco. Los invitados ocupan sus lugares y, frente al altar, Benjamín aparece junto a sus padrinos de boda. Okey, no es Lucas… eso es algo bueno ¿Verdad?
Compruebo por última vez que la transmisión siga estable, reviso el encuadre y doy un pequeño paso atrás justo cuando los primeros acordes de la marcha nupcial comienzan a llenar el jardín. Nico permanece a mi lado, en silencio, mientras yo mantengo la vista fija en la pantalla de la cámara.
Nada puede salir mal.
Absolutamente nada.
Luciana aparece.
Hermosa.
Ridículamente hermosa.
El vestido es elegante, clásico, perfecto… de esos que parecen sacados de la realeza: encaje, mangas largas y cuello alto. Su sonrisa es igual de impecable, y eso debería preocuparme, porque las personas que están a punto de incendiarlo todo suelen verse sorprendentemente tranquilas.
Los invitados se ponen de pie.
Benjamín la observa acercarse con paciencia y le sonríe, ella le devuelve la sonrisa como si no es alguien que está preparándose para el caos.
Por un segundo creo que quizás he imaginado todo. Quizás realmente va a casarse. Quizás Lucas no está ideando una estupidez. Quizás Luciana necesite terapia, porque… de verdad… ¿Casarse con Benjamín?
No, absolutamente no. Estamos hablando de una mujer que maneja una empresa petrolera.
La ceremonia continúa con las palabras de siempre, las promesas de siempre, las frases que todos ya conocen de memoria.
Hasta que llega el momento.
El oficiante mira a Benjamín.
—¿Aceptas a Luciana como tu esposa?
—Sí.
La respuesta llega tan rápido que casi parece ensayada.
El hombre asiente.
Después mira a Luciana.
—¿Y tú? ¿Aceptas a Benjamín como tu esposo?
Silencio.
Luciana no responde.
Benjamín todavía sonríe.
La sonrisa comienza a desaparecer tres segundos después.
—Luciana...
Ella sigue callada.
Los invitados empiezan a intercambiar miradas.
Yo bajo lentamente la cámara, porque conozco esa expresión. No es la cara de una mujer que está nerviosa. Es la cara de una mujer que está a punto de cometer un crimen social.
—Luciana —repite Benjamín.
Ella toma aire.
Y sonríe.
—No.
El silencio es tan absoluto que podría escucharse caer una aguja.
O el alma de Benjamín abandonando su cuerpo.
—¿Qué?
—No.
—Luciana...
—No voy a casarme contigo.
Ahora sí.
Los murmullos comienzan.
Primero suaves.
Después más fuertes.
Y entonces Luciana agarra el micrófono y se vuelve hacia los invitados:
—No puedo casarme con un hombre que me ha mentido todo este tiempo.