Bendito Karma CAPÍTULO 42
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CAPÍTULO 42

H ay tres tipos de bodas.

Las románticas.

Las aburridas.

Y las que parecen estar a una mala decisión de convertirse en evidencia judicial.

La de Benjamín y Luciana pertenece a la tercera categoría.

No es que me guste dramatizar. Es que tengo motivos perfectamente razonables para creer que esta boda puede terminar con alguien llorando, alguien gritando o mi hermano esposado.

En fin, llevo los últimos veinte minutos caminando de un lado a otro por mi apartamento sin saber exactamente qué estoy buscando.

Entro al dormitorio, vuelvo a la sala, tomo una cámara para comprobar que la batería esté cargada, la dejo sobre la mesa, doy tres pasos y regreso a revisarla otra vez porque ya olvidé que lo hice hace diez segundos.

Mi problema no es la boda.

Es mi hermano.

Cada vez que lo llamo, está ocupado.

Cada vez que le escribo, responde horas después con un «te llamo más tarde» que jamás llega.

Me está evitando el condenado.

Por eso decidí venir a mi apartamento a esperarlo, porque faltan unas horas para la boda y todavía no sé cuál es su plan.

O el plan de Luciana.

Especialmente hoy en la mañana me escribió algo sobre trasmitir la boda en vivo ¡En vivo!

No quiere fotografías preboda.

Nada de familias sonriendo.

Tampoco la típica de la novia maquillándose.

Nada de absolutamente nada.

—Quiero que tú también te sorprendas —fue todo lo que me dijo.

Y eso...

Eso me suena a Lucas.

Por eso no quiere verme.

Sabe que, si me entero de que hará una locura, voy a encerrarlo.

Compruebo de nuevo que las baterías estén completamente cargadas y vuelvo al espejo para intentar terminarme el delineado. El primer ojo queda perfecto. Simétrico. Elegante. Lo suficientemente bonito como para convencerme de que, por una vez, el universo está colaborando conmigo.

Empiezo el segundo.

La puerta del apartamento se abre de golpe.

—Hola, hermanita.

Del susto, el delineador decide independizarse de mi mano y dibuja una línea negra que termina en mi sien.

Hijo de su...

Cierro los ojos.

Respiro.

Uno.

Dos.

Tres.

No funciona.

Cinco.

Tampoco.

Durante un instante considero que el homicidio entre hermanos debería contemplarse como un accidente doméstico.

Pero al mismo tiempo: ¡Por fin, Dios mío! Ya no tengo que reportarlo como desaparecido.

—¡Maldita sea, Lucas!

—No es para tanto. Ven, yo te lo arreglo.

Lo miro por el espejo.

—¿Tú? Tú ni siquiera sabes acomodarte la corbata.

—Auch.

Se lleva una mano al pecho como si acabara de dispararle y se deja caer sobre el sofá con un dramatismo digno de una telenovela de las tres de la tarde.

Se queda ahí… tranquilo.

Demasiado tranquilo…

Demasiado feliz.

Y conozco esa expresión.

Es exactamente la cara que pone cinco minutos antes de hacer algo que terminará obligándome a mentirle a la policía.

Me giro despacio hasta quedar frente a él.

—¿Vas a la boda?

—Claro.

Camino hasta el sofá.

Le sujeto la cara con ambas manos y lo obligo a mirarme directamente.

—Mírame a los ojos.

—Eso estoy haciendo.

—No harás una locura, ¿verdad?

—¿Cómo qué?

—Casarte, por ejemplo.

Lucas suelta una carcajada. Una auténtica.

—Estoy loco, Nina. —Hace una pausa. —Pero no tanto.

No lo suelto.

Lo observo durante varios segundos.

Buscando una mentira.

Una duda.

Un pequeño tic.

Algo.

Llevo veintisiete años siendo su hermana. Sé exactamente cómo funciona. Cuando miente, se rasca la nuca. Cuando oculta algo importante, evita mirarme a los ojos. Cuando está nervioso habla sin respirar y empieza a explicar cosas que nadie le preguntó.

Ahora mismo no hace ninguna de las tres.

Y odio admitirlo, pero eso significa que está diciendo la verdad.

O ha mejorado su técnica para mentirme.

—Bien.

—Bien.

—Porque no quiero llevarme una sorpresa.

—Qué alivio.

—Lo digo completamente en serio.

—Yo también.

Y, por primera vez en toda la semana, siento cómo mis hombros se relajan apenas un poco.

Quizá no esté planeando ninguna catástrofe.

Quizá todo salga bien.

Quizá...

Aunque, considerando el historial de las personas que asistirán a esta boda, la palabra «quizá» es más optimista que realista.

Vuelvo al espejo, me desmaquillo el desastre que Lucas provocó y comienzo el delineado desde cero.

Esta vez nadie intenta matarme durante el proceso.

Termino justo cuando llaman a la puerta. Eso es raro. Nadie toca mi puerta y por un momento entro en pánico pensando que es Rigoberto con la idea genial de pasar por nosotros y llegar interpretando a la familia feliz que no somos.

Corro hacia la puerta. No la abro, por supuesto.

—¿Quién?

—El amor de tu vida.

Entonces abro.

—¿Y tu… —Durante unos segundos se me olvida por completo qué iba a decir, porque resulta que Nico vestido para una boda debería venir acompañado de una advertencia médica.

Traje negro, el cabello perfectamente acomodado, los lentes puestos y esa expresión tan tranquila, tan descaradamente tranquila, como si no acabara de provocar un cortocircuito en mi cerebro.

Definitivamente debería ser ilegal.

Además, ¿cómo que el amor de mi vida?

Me aclaro la garganta y vuelvo a decir:

—¿Y tu llave?

—Qué cálido recibimiento… —se acerca a darme un beso en los labios…

uno de esos cortos, suavecitos… de esos que parecen una caricia, pero que me hacen olvidarme de que estoy camino a filmar algo que podría resultar en una catástrofe.

También esa forma en que envuelve sus brazos alrededor de mi cintura y me habla de cerquita… —Te ves preciosa, mi pulga.

Qué peligrosa costumbre estamos desarrollando.

—¿Y la llave?

—La tiene tu hermano.

—¿Qué?

—Yo no la necesitaba por el momento, porque pasas más tiempo en mi apartamento que aquí. Lucas no tiene una, así que se la presté.

—Lucas sí tiene una copia.

—La perdí —habla desde la sala.

—También va a perder la tuya —le digo a Nico más bajo—. Y es mi llave de repuesto. No te daré otra.

Él sonríe como si ya hubiera ganado la discusión.

—Hay un cerrajero excelente a dos calles, mi pulga.

Y lo dice con tanta tranquilidad que, por un segundo, parece completamente razonable asumir que seguirá entrando a mi apartamento el resto de su vida.

No.

No voy a estresarme por eso.

Nico pasa directo a saludar a Lucas, así que es verdad que no se han visto en estos últimos días… o son dos actores merecedores de un premio internacional.

Termino de guardar el último lente en su estuche. Cuando me lo cuelgo del hombro, Nico lo toma antes de que pueda dar un paso.

—Yo puedo llevarlo.

Me mira apenas un instante.

—Y yo también.

Suelto el estuche sin oponer resistencia.

Otra cosa por la que no voy a estresarme hoy.

Lucas, camino al baño, dice:

—Nos vemos en la boda.

Lo señalo con un dedo.

—No hagas una tontería.

—Claro que no.

Lo dice con una sonrisa que no me convence en lo absoluto.

Nico me espera junto a la puerta. En cuanto salgo, tengo que hacer un esfuerzo sobrehumano por no cerrar con llave desde afuera. Solo por seguridad. La seguridad de la boda de Luciana y sus invitados.

Al final me decido por dejarlo así.

—¿Crees que Lucas hará una tontería?

—Sí.

Me detengo. Lo tomo por la muñeca y él me mira.

—¿Sabes algo que yo no?

—No, nada. Solo reconozco cuando alguien está a punto de hacer una tontería y tu hermano tiene toda la intención.

Eso no me tranquiliza.

Lo peor es que va a quedar grabado y en vivo.

—Mientras no esté planeando interrumpir la boda, todo bien.

—O incendiarla.

Ahora tengo escenas distintas formándose en mi cabeza.

En fin, el trayecto es el mismo que el de la cena de aniversario.

La casa de los padres de Luciana es lo suficientemente hermosa como para celebrar una boda a lo grande.

Además, la lista de invitados es reducida, así que repaso mentalmente el cronograma, los momentos clave de la ceremonia y los mejores ángulos para la transmisión.

Todo muy profesional. Lástima que mi cerebro se empeñe en repetir que esa «boda» tiene más probabilidades de terminar en escándalo que en matrimonio.

Debí encerrar a Lucas.

Mientras sigo repasando mentalmente el orden de la boda, caigo en otro detalle:

—Oye, ¿Benjamín nunca te pidió ser su padrino de boda?

—Sí.

—¿De verdad?

Qué cínico.

—Me lo pidió el mismo día que me mostraste aquellas fotos. Menos mal las vi antes. De lo contrario, quizás le habría dicho que sí.

—Mentiroso. Tú no haces nada que no quieras. Ni aunque te lo pida tu mamá.

Una sonrisa se dibuja en la comisura de sus labios.

—¿Ah, no? Mira que hago cualquier cosa que me pidas tú.

—Eso tampoco es verdad. Ahora mismo hay un auto enorme estacionado en mi edificio. Me acuerdo perfectamente de que te dije que prefería algo pequeño.

—Algo inseguro es lo que escuché. No mientras yo esté vivo, mi pulga.

—¿Cómo es eso de «mientras yo esté vivo»? ¿Y quién se supone que va a hacerse cargo de los cuatr...?

Cierro la boca de golpe.

Demasiado tarde.

Nico tarda exactamente un segundo en procesarlo y sonríe sin quitar la vista de la carretera.

Que alguien cancele esta conversación.

—¿De los cuatro qué?

—¡Uy! Cuidado ese perro.

Nico frena de golpe. Casi me estrello contra el parabrisas, pero eso es mejor que seguir con la conversación en la que estábamos.

—¿Qué perro?

—Ya pasó.

—No veo ningún perro.

—Precisamente por eso, porque ya pasó.

Me concentro en la ventana y mejor vuelvo a todos los escenarios catastróficos de la boda de Luciana y Benjamín cuando Nico vuelve a poner en marcha el vehículo con cautela y siempre viendo por todos los espejos.

Nunca se va a dar cuenta de si en realidad hubo un perro o no.

Al llegar al lugar de la ceremonia me doy cuenta de que está mucho más lleno de lo que esperaba.

Muchos autos.

Invitados.

Familia de Luciana.

Familia de Benjamín… o al menos unos cuántos. Benjamín no tiene una familia unida, a su padre no le importa mucho si existe y su hermana es la única persona quién se podría decir que se preocupa por él. A los dos me los encuentro en la entrada.

Un leve asentimiento es el saludo para ambos. Jamás voy a olvidar que su hermana actuaba como una excelente cuñada, pero al mismo tiempo sabía que se acostaba con otra en el cumpleaños al que no me invitó.