CAPÍTULO 41 #4
—Excelente novio te encontraste. Muy tú.
—¿Qué te puedo decir? Tiene la costumbre de ignorar a las personas que no le interesan.
—Ya veo. Me recuerda a mí cuando tenía su edad.
Por primera vez desde que comenzó la conversación, Nico parece prestarle atención. Se gira levemente y lo observa durante un segundo.
Dos.
Y entonces deja escapar una breve risa.
—¿Perdón?
Rigoberto, casi balbuceando, aclara:
—Oigan, no estoy aquí para discutir ¿Okey? Solo quería saludarte Nina y a ti —le dice a Nico—. Después de todo, parece que ahora eres un integrante más de la familia.
Nico suelta con sarcasmo:
—¡Vaya! Qué honor.
La sonrisa de Rigoberto se endurece apenas un instante.
Es algo mínimo, casi imperceptible, pero suficiente para que yo lo note.
Sé exactamente cuándo está molesto, cuándo está mintiendo y cuándo está haciendo un esfuerzo sobrehumano por no perder los estribos.
En ese momento está haciendo las tres cosas al mismo tiempo.
—Como decía… —continúa con una calma que claramente le está costando mantener —no vine a discutir. Solo me acerqué para saber si tienen planes este domingo. Camille y yo queremos invitarlos a cenar con nosotros.
—No.
La respuesta sale de mi boca tan rápido que ni siquiera me doy tiempo para pensarla.
—Nina...
—No.
—Solo será una cena.
—Es que no puedo. El sábado tengo que grabar una boda y el domingo tengo que editar.
—¿Es la boda de la hija de mi amigo? También voy a estar ahí.
—Sí, qué lástima —lo dije más para mí misma, pero con la intención de que él escuchara.
—Te doy tiempo para pensarlo. El sábado me dejas saber si vienen. —Mira de mí a Nico. —Tú también estás invitado.
—Sigue siendo un no.
Me alejo un poco para fingir que estoy revisando el auto.
Por primera vez desde que comenzó esta conversación deja de intentar convencerme. En lugar de eso gira la cabeza hacia Nico. Es un movimiento calculado. Como si hubiera llegado a la conclusión de que conmigo no tiene ninguna oportunidad y decidiera probar suerte con él.
Lo cual sería mucho más intimidante si Rigoberto no midiera aproximadamente un metro cincuenta y ocho.
No debería estar pensando en eso.
De verdad que no.
Pero es difícil ignorarlo cuando intenta adoptar una postura solemne frente a Nico, que le saca más de treinta centímetros de altura y parece capaz de usarlo como apoyabrazos humano si se lo propusiera.
—Doctor… —dice con seriedad. Formal y todo. Qué suerte que Nico no se crea las estupideces de este tipo. —Sé que Nina está molesta conmigo y tiene razones para estarlo.
Molesta.
Me encanta cómo encuentra palabras cada vez más creativas para evitar decir que no quiero saber nada de él.
—Pero estoy intentando arreglar las cosas.
Sé que llego tarde. Muy tarde. Yo era joven, era estúpido y estaba convencido de que tenía tiempo para todo.
Tiempo para volver, tiempo para llamar, tiempo para hacer las cosas bien cuando mi vida estuviera más ordenada.
Y cuando finalmente quise hacerlo... ya había dejado pasar demasiados años.
Durante unos segundos nadie dice nada. Ni siquiera yo.
Me pregunto si todos los días se para frente al espejo a ensayar todo lo que va a decir en cada escenario que se le presente.
—Me perdí prácticamente toda su vida —continúa—. Sus cumpleaños, sus graduaciones, sus problemas, sus logros. Me perdí todo lo importante. Y sé que no puedo recuperar esos años. No soy tan ingenuo. Pero me gustaría recuperar los que quedan.
Lo observo con desconfianza. Parte de mí quiere creer que está actuando.
Que todo esto es otra maniobra relacionada con su campaña, otra estrategia diseñada para convertirlo en el padre arrepentido que busca una segunda oportunidad.
Sería más fácil si fuera eso. Mucho más fácil.
Porque entonces podría odiarlo sin esfuerzo.
El problema es que la culpa parece ser real y yo lo conozco bastante.
—Nina.
Una voz femenina me obliga a apartar la mirada de ellos.
La esposa acaba de acercarse a mí con ambos niños a cada lado. Parece cansada… bueno ¿quién no lo estaría con un político que le importa más cómo se viste que ayudar con la crianza de sus propios hijos?
—¿Sí?
Ella esboza una sonrisa.
—Mira, lo de la invitación a nuestra casa es real —dice con suavidad—.
No estoy aquí para convencerte de que lo perdones, pero sé que se arrepiente de muchas cosas y también sé que tú eres la única persona que puede decidir si merece otra oportunidad o no.
No tienes que hacerlo si no quieres. Ven a cenar.
Si al final decides que sigue siendo un idiota, mándalo al demonio.
Nos reímos las dos al mismo tiempo.
—Bueno, aprecio la honestidad.
—Te doy mi palabra, Nina. Si consideras que sigue siendo el mismo imbécil, yo misma me encargaré de que no vuelva a molestarte.
Miro una vez más hacia donde está Rigoberto, gesticulando demasiado mientras intenta impresionar a Nico. Por suerte, gracias al vendedor de autos, el tema ya no es la bendita cena.
—Me lo pensaré.
Si es que sobrevivo primero al matrimonio de Luciana y Benjamín.