CAPÍTULO 41 #3
Frente a nosotros está un auto que no es monstruosamente enorme como la camioneta de Nico, pero tampoco pertenece al mundo de los automóviles normales.
Es un Jeep robusto, moderno y visiblemente diseñado para atravesar montañas, inundaciones, invasiones extraterrestres y probablemente el fin de la civilización.
Lo observo durante varios segundos esperando que aparezca el vehículo real.
No aparece.
—¿Esto?
—Sí.
—¿Esto es lo que vinimos a ver?
—Sí.
—Esto es demasiado grande.
—No lo es.
—Nico, mi automóvil parece una mascota al lado de esta cosa.
El vendedor intenta ocultar una sonrisa.
Rodeo el vehículo lentamente. Es alto. Estoy bastante segura de que necesitaré una escalera emocional para subirme.
—¿Cuánto cuesta?
—No mucho.
—¿Qué significa «no mucho»?
—Eso no se pregunta. Es un regalo.
Me detengo.
Parpadeo.
Vuelvo a parpadear.
—¿Perdón?
—Es un regalo.
—¡Nico! No puedes regalarme un automóvil.
—Claro que puedo.
—No. No puedes.
—Técnicamente sí puedo.
—Sabes perfectamente a qué me refiero.
Porque ese es el problema.
No es que no pueda.
Es que sí puede.
Y eso es muchísimo peor.
El vendedor, que claramente ya decidió convertirse en espectador de esta tragedia, da un paso al frente.
—Y bien, señorita, ¿qué le parece?
—Me parece que busco algo más pequeño.
—Este es más seguro —interviene Nico.
—No necesito un tanque de guerra.
—Necesitas algo que me permita dormir tranquilo.
—¿Dormir tranquilo?
—Los accidentes pasan.
La respuesta llega tan rápido que resulta evidente que lleva días pensando en ella.
Y eso tampoco ayuda.
Nada de esto ayuda.
Cruzo los brazos y vuelvo a mirar el Jeep. El condenado vehículo parece crecer cada vez que aparto la vista. Estoy bastante segura de que hace unos minutos era más pequeño.
Le digo en voz baja:
—No quiero estar en deuda contigo el resto de mi vida.
La frase sale antes de que pueda detenerla.
Porque ahí está el verdadero problema.
No el tamaño.
No el precio.
No el hecho de que probablemente necesite una brújula para estacionarlo.
La deuda.
—Es que no vas a estarlo —dice con tranquilidad.
Como si fuera así de fácil.
—Busquemos algo más pequeño.
—Nina...
—Algo mucho más pequeño.
—Nina.
—Algo que no requiera un curso de capacitación para girar en una esquina.
Por primera vez parece entender que no estoy discutiendo por el vehículo.
Que el problema no es el vehículo.
Y eso me pone todavía más nerviosa.
—Oye, he visto suficientes accidentes para saber que los centímetros de metal importan más de lo que la gente cree. No me perdonaría a mí mismo si te pasa algo.
Lo dice con tanta naturalidad que lo hace peor.
Mucho peor. Como si fuera la cosa más obvia del mundo, como si preocuparse por mí fuera una conclusión lógica a la que cualquiera llegaría después de pasar suficiente tiempo conmigo.
Lo observo mientras habla con el vendedor sobre sistemas de seguridad y especificaciones.
Mi cerebro se quedó atrapado unas cuantas palabras atrás:
No me perdonaría a mí mismo si te pasa algo.
Hay personas que dicen cosas bonitas porque saben exactamente el efecto que van a provocar. Nico no pertenece a esa categoría. Nico dice las cosas porque las piensa. Sin filtros. Sin estrategia. Sin darse cuenta.
—No puedo aceptar algo así —le digo casi en un susurro cuando el vendedor se va un momento.
—¿Quieres que te enseñe fotografías de accidentes de tránsito que sucedieron en autos como el tuyo?
—Gracias, pero preferiría conservar el apetito.
La sonrisa que aparece en su rostro es pequeña, apenas una curva en una comisura de sus labios, pero suficiente para recordarme algo que intento ignorar con frecuencia: cuando Nico sonríe así debería existir una advertencia.
Nada bueno sale de quedarme mirándolo demasiado tiempo.
Nada bueno para mi tranquilidad mental, al menos.
Por suerte.
O por desgracia.
El universo decide intervenir antes de que pueda seguir peleándome conmigo misma.
—¿Nina?
Reconozco la voz antes incluso de girarme y siento cómo algo dentro de mí se tensa de inmediato.
Es increíble cómo ciertas personas conservan la capacidad de arruinarte el humor con una sola palabra.
Me vuelvo despacio y ahí está Rigoberto, acompañado de su familia perfectamente ensamblada.
La mujer que supongo es su esposa parece demasiado joven para él y los dos niños corren entre los vehículos mientras ella intenta mantenerlos bajo control.
Él, en cambio, camina tranquilamente como si no existiera el caos a su alrededor.
Típico de él.
Dejar que otra persona haga todo el trabajo mientras él solo existe.
—Cariño —llama a la mujer con una sonrisa que no me inspira absolutamente nada de confianza—. Esta es mi hija, Nina.
La palabra me golpea de una manera ridícula y molesta.
—No lo digas en voz alta —lo interrumpo.
Rigoberto ni siquiera parece notar el efecto de sus propias palabras.
O peor: lo nota y simplemente no le importa.
En cambio, dirige la atención hacia Nico.
Es casi divertido observarlo. Mi padre siempre entra a los lugares convencido de que es la persona más importante de la habitación.
Lleva años perfeccionando ese talento. Sin embargo, al lado de Nico ocurre algo curioso.
De pronto parece más pequeño. No físicamente, aunque la diferencia de tamaño tampoco ayuda.
Es otra cosa. Una especie de inseguridad que intenta esconder detrás de una sonrisa educada.
—Hola.
El cambio en la expresión de Nico es inmediato. No se pone tenso. No se muestra agresivo. No hace ninguna de las cosas que esperaría de alguien molesto. Simplemente adopta esa mirada tranquila que utiliza cuando ya tomó una decisión y no piensa discutirla con nadie.
—Hola.
—Nicolás ¿Verdad? —le extiende la mano y Nico no le devuelve el saludo. En su lugar, vuelve su mirada el vendedor que ya está de regreso y le hace otra pregunta.
El ego de mi padre acaba de encogerse varios centímetros.
Rigo baja la mano y me mira a mí.