CAPÍTULO 41 #2
—¡Y era exactamente lo que querías para caer como un buitre! ¿No?
—Sí, exacto.
Si esto fuera una caricatura, Benjamín estaría lanzando humo por las orejas.
Lo siguiente que hace ni yo lo veo venir.
Porque, a ver, ¿a quién se le ocurre intentar golpear a Nico?
Un tipo que sabe no sé cuántas artes marciales, boxeo y probablemente otras formas creativas de enviarte al hospital. Podría convertir a Benjamín en una estampilla.
Pero Benjamín, terco como una mula y bastante menos inteligente de lo que pensaba, da un paso al frente y le lanza un puñetazo.
Nico lo esquiva sin el menor esfuerzo.
Benjamín se tropieza con su mismo pie y se cae a bruces frente a Nico.
Y frente a media revista.
Dios.
Solo espero que nadie esté grabando, porque no necesito otro video viral.
Por un segundo, ni Nico ni yo sabemos cómo reaccionar. Nos quedamos mirando a Benjamín, que sigue de rodillas procesando la traición de la gravedad.
Entonces Alfonso, mi jefe, aparece de la nada.
—Señor Ramírez… —de inmediato Benjamín se pone de pie y se limpia el pantalón. —No lo esperaba hoy. Puede acompañarme a mi oficina, por favor. Tengo a su jefe en la línea.
El rostro de Benjamín palidece y aclarándose la garganta le dice que sí.
Cabe mencionar que Alfonso saluda a Nico con puño y toda la cosa, como si lo conoce de toda la vida. Y también frente a Benjamín.
Cuando los dos se van, miro mi reloj y me doy cuenta de que el drama de Benjamín se robó media hora de mi vida, y que las chicas ya deben estar esperándome. Por casualidad miro hacia el segundo piso de edificio y ahí están… pegadas a la ventana.
No se perdieron de nada.
—¿Qué fue todo eso? —Pregunta Nico indiferente, todavía viendo a Benjamín alejarse con Alfonso.
—Vio nuestro video viral y vino a reclamarme.
—¿Reclamarte? Va a casarse el fin de semana ¿O ya no?
Del asiento del copiloto saca mi bolso y me lo entrega.
—Pues yo creo que sí. ¿Es una trampa de Luciana? No lo sé.
—Si me hubieras avisado que estaba aquí haciendo el ridículo, me habría preparado mejor.
—No, esa caída de rodillas frente a ti fue épica.
Y ahora sí me permito reírme con ganas, Nico también. No iremos al infierno juntos. Me acuerdo de que las chicas nos están viendo, así que me pongo seria y le digo:
—Las chicas nos están viendo, así que solo me voy a alejar, pero te veo más tarde.
Nico responde con una de esas risitas que siempre me hacen sospechar que está tramando algo.
—No es como que no nos hayan visto besarnos en una pantalla gigante.
—¡Ay! No me lo recuerdes. —Me doy media vuelta y camino de regreso al edificio.
Menudo show los que ando dando últimamente.
Antes de abrir la puerta de la revista me giro y Nico ya está ahí dentro de su camioneta.
Le saco el dedo medio para que no se pierda la costumbre y él, muy contento, hace lo mismo. Idiota.
Sonrío como una estúpida y en cuanto me doy cuenta, borro la sonrisa de mi cara y entro al edificio antes de que tenga que darle explicaciones a alguien.
Bueno… quizás a Alfonso, porque cuando sale de su oficina lo hace con un gesto que no sé descifrar.
Detrás de él aparece Benjamín y al verme solo aparta la mirada y me pasa al lado ignorándome por completo.
Perfecto. Es lo que debió hacer hace rato.
Alfonso se acerca:
—Comúnmente no me meto en asuntos ajenos, pero esto involucra todo un lugar de trabajo del que estoy a cargo ¿Qué pasó?
—¿Te acuerdas del video viral?
—Sí.
—¿Te conté que es mi ex y que Nico era su mejor amigo?
—También.
—Bueno…
—¿No es que va a casarse con la hermana de Samuel?
—Sí.
—Ay.
—Aunque ya no estoy segura de que eso pase.
—Yo tampoco, porque está a punto de quedarse sin empleo.
—¿Qué?
—No puede venir aquí a acosar a alguien de mi equipo ni montar un espectáculo en plena oficina.
Vi por las cámaras cómo tiró las cosas de tu escritorio.
Llamé a su jefe. Casi me suplicó que no canceláramos el contrato, que enviaría a otra persona, pero prefiero tener otras opciones.
¿Sabes de alguna agencia de Marketing mucho mejor? Y que no incluya a ningún ex tuyo.
La risita de Alfonso me hace entrecerrar los ojos.
Desgraciado.
—Bueno, mi hermano trabaja en la agencia de marketing más grande del país. Él maneja las cuentas de los clientes que tienen en Finlandia, pero aquí también cuentan con un equipo bastante bueno.
En el instante en que las palabras salen de mi boca sé que cometí un error.
—Perfecto. Dame su contacto.
A ver, no voy a sobrepensar. No creo que a Lucas se le ocurra tomar ese puesto él mismo. Digo… está viviendo en Finlandia con todo pagado ¿Quién quisiera regresarse? Pero cuando se trata de ganarle algo a Benjamín…
No, no lo creo.
Ya le está quitando a Luciana y ni siquiera tuvo que esforzarse.
—Claro. Te lo envío en un mensaje.
O tal vez no. Otro tema que tengo que hablar con Lucas primero
Bueno, por ahora tengo que ir a enfrentar a las chicas que se lanzaron todo el espectáculo en vivo desde el segundo piso y justo cuando cruzo la puerta del estudio, las tres me miran.
—No hagan preguntas.
—Yo solo tengo una… —se adelanta Deborah… —¿Después del numerito de tu ex… crees que la boda siga en pie?
—Yo creo que sí.
—Es que Luciana nos invitó a la boda. Hoy nos llegaron las invitaciones. —Me muestran las cartitas. Demasiado elegantes para ser un matrimonio con Benjamín. Eso fue lo primero que pensé justo cuando me llegó la mía. —Pero ya no sé si comprarme un vestido o mejor no.
—Pues hazlo, porque Luciana trama algo. Todavía no sé qué, pero yo no me lo perdería.
—Solo espero que no aparezca tu hermano como el novio en lugar de Benjamín.
Y yo me río.
—Claro que no. —Pero entonces me callo, porque ahora que lo pienso y conociendo a Lucas… esa es una posibilidad. Voy a hablar seriamente con él más tarde. —Bueno, comencemos.
Las siguientes horas al menos son productivas.
Fotografié a las chicas, contesté una cantidad obscena de correos electrónicos, revisé material pendiente, estuve en juntas y hasta conseguí olvidar por algunos minutos que mi vida sentimental se había convertido en un espectáculo público.
En fin, a las cuatro y media busco a Alfonso, lo encuentro en la sala de filmación revisando el contenido adulto de las grabaciones de ayer con el equipo de edición.
—Esa escena es buena ¿Quién la dirigió?
—Nina —le responden en coro.
Entonces aparezco yo como por arte de magia preguntándole si puedo salir más temprano.
Muy mal momento.
—Oye, también eres buena dirigiendo estas cosas —me dice.
—Solo es práctica.
—No quiero saber de dónde salió esa experiencia.
—No, no. Me refiero a práctica dirigiendo, no a práctica de escenas…
—Yo también hablaba de prácticas dirigiendo. Qué mente, Dios mío. —Me lanza una mirada rápida acompañada de una sonrisa que deja claro que piensa burlarse de esto durante semanas. Decido ignorarlo por mi bien. —Y sí, puedes salir más temprano.
—¿No vas a preguntarme nada más? Digo, del por qué necesito irme más temprano.
—Si incluye al forense, no tengo nada más que preguntar. Ya te está esperando, por cierto.
Aparto la cortina y miro por la ventana.
Sí.
Ahí está.
Nico tiene muchas virtudes irritantes y una de ellas es la puntualidad.
La otra es mirarme como si llevara todo el día esperando verme.
Apenas cruzo las puertas de la revista levanta la mirada y lo siguiente que hace es bajarse de la bendita camioneta.
Mala señal.
Las mejores ideas de Nico empiezan así. Las peores también.
—Te estacionaste mal…
Ni siquiera me deja terminar. Llega a mí con una tranquilidad irritante. Sus brazos rodean mi cintura y, antes de que pueda protestar, me levanta apenas unos centímetros del suelo para compensar nuestros absurdos treinta y siete centímetros de diferencia de altura.
Y entonces me besa.
No es uno de esos besos desesperados que dejan al mundo girando demasiado rápido.
Es peor.
Es lento. Suave. Delicado.
De esos que parecen hechos para recordarme que, por mucho que me esfuerce en mantener la cordura, Nico existe.
Cuando vuelve a dejarme en el suelo, mi cerebro sigue intentando decidir si debería protestar o pedir que lo repita.
Por suerte para mi dignidad, Nico no me deja tiempo para ninguna de las dos cosas.
—Hoy conduces tú.
Me lanza las llaves de la camioneta.
—¿Qué cosa?
No me deja protestar, camina directo al lugar del copiloto y antes de abrir la puerta se vuelve a mí:
—Necesitas práctica para tu auto nuevo.
—Puedo conducir perfectamente.
—Pruébalo.
Qué hombre tan insoportable.
Qué útil resulta que sea tan insoportable.
—A veces te odio y lo sabes.
—Lo que me preocuparía es que dejaras de hacerlo. —Rodea su camioneta y me abre la puerta del conductor. —Vamos, sube.
En fin, el concesionario no está lejos y es mucho más elegante de lo que esperaba.
Ni siquiera hemos cruzado completamente la entrada cuando varias personas comienzan a saludar a Nico.
No como se saluda a un cliente habitual.
Tampoco como se saluda a alguien que acaba de gastar demasiado dinero en un lugar.
Es otra cosa. Sonrisas inmediatas. Apretón de manos.
Empleados apareciendo de la nada para atenderlo.
—¡Doctor! Qué gusto verlo nuevamente. Tenemos todo listo.
Lo observo de reojo mientras seguimos al vendedor.
—¿Vienes mucho aquí?
—Mi abuela. Ama los autos.
—Eso explica muchas cosas.
Seguimos al vendedor, que le habla a Nico como si lo conociera de toda la vida.
Yo apenas presto atención. Camino con ellos intentando entender qué demonios hago en un concesionario un día cualquiera, mientras los dos conversan sobre modelos, caballos de fuerza y características técnicas que entran por un oído y salen por el otro.
Entonces nos detenemos.
—Es este, señor Bernabéu.
Solo escucho esas palabras y todo lo demás se convierte en ruido de fondo.
Porque no.
Simplemente no.