Bendito Karma EPÍLOGO
100%

EPÍLOGO

Trece años más tarde

S e suponía que la broma de los cuatro hijos era solo eso… una broma.

Una ocurrencia absurda que solté el día que Nico y yo estábamos en aquel estudio de tatuajes a medianoche, porque aparentemente manifiesto cosas importantes de manera cuestionable.

La broma siguió durante varios años. Entre él y yo. Entre nuestros amigos. Entre las personas que nos preguntaban si queríamos tener hijos y los dos respondíamos entre risas:

—Sí, cuatro.

Hasta que, hace ocho años, llegó el primero.

Dos años más tarde, planeamos el segundo y llegó con promoción de dos por uno.

Y otros dos años después, durante un viaje a solas, perdimos un poco el sentido común y decidimos que la planificación familiar era problema de nuestro yo del futuro.

Y llegó el cuarto.

Resulta que el universo sí escucha cuando uno habla demasiado.

Estoy sentada en la mesa del jardín conversando con Luciana. Lucas, frente a nosotras, juega con sus dos hijas, mientras ella amamanta a la bebé, que parece ser el único de los nuevos integrantes de la familia que todavía no tiene intención de destruir nada.

—¿Cuánto falta para que lleguen? —pregunta Lucas, ya cansado de jugar a las escondidas por toda la casa.

Parece haber olvidado que, en cuanto mis hijos lleguen, él se va a convertir en su saco de boxeo.

Culpa de Nico.

—Nico dijo que no tardaban.

—Eso dijiste hace veinte minutos.

—Yo no dije nada. Lo dijo él.

—Peor.

Me río y tomo un sorbo de mi café.

Después de tantos años, sigo sin entender cómo es que tengo cuatro hijos.

Bueno… sí sé cómo. Esa parte no se me olvida. Pero me refiero a cómo terminé rodeada de tantos hombres después de pasar gran parte de mi vida diciendo que todos eran iguales.

Es como si el karma hubiera dicho: «¿Te parece que todos son iguales? Espera… te daré cuatro. Y sí, van a ser iguales… a su papá».

Todos parecen haber salido directamente de una fotocopiadora de Nico.

Al menos el mayor tiene mi color de ojos… el color nada más, porque en todo lo demás… es Nico. Incluso heredó su talento para hacer cosas que podrían terminar en urgencias.

Yo esperaba que, al menos, uno se pareciera físicamente a mí.

Pero nada.

La genética decidió burlarse de mí.

—El pequeño sí tiene tu carácter —dice Luciana.

—Al menos, por que físicamente es como si Nico se clonó a sí mismo.

Lucas se ríe.

—Cuatro oportunidades tuviste.

—Tú cállate. Tus niñas se parecen más a mí que a ti.

Luciana suelta una risa.

—Es verdad.

En ese momento escuchamos un motor acercándose.

Miro hacia la entrada. Una troca aparece por el camino.

Luciana se asoma para mirar.

—¿Son ellos?

—Si está llena de lodo, sí.

La camioneta se detiene frente a la casa y, antes de que Nico siquiera termine de estacionar, veo cuatro pequeñas cabezas asomándose por la parte trasera.

—¡NO SE BAJEN TODAVÍA! —grito.

Demasiado tarde.

Nico apenas pone el freno cuando las cuatro criaturas saltan al mismo tiempo de la tina.

Uno cae de lado.

Se me va el alma.

—¡DIOS MÍO!

Cualquier día me van a matar del susto.

Me levanto de golpe, pero el niño ya está de pie. Se sacude el lodo de las manos y sale corriendo como si nada hubiera pasado.

—¿Estás bien?

—¡Sí!

—¡¿Seguro?!

—¡Sí, mamá!

Nico baja de la camioneta con toda la tranquilidad del mundo.

—Están bien.

Lo miro.

Después miro a mis cuatro hijos.

Después la camioneta.

—¿Qué hicieron?

El mayor se ríe.

—Nada, mami.

—Están cubiertos de lodo.

—Fue divertido.

—Eso no explica nada.

Pero entonces los cuatro corren hacia mí al mismo tiempo.

—¡Mamá!

—¡Mami!

—¡Mamá!

—¡Mamá!

No alcanzo ni a prepararme.

Los cuatro se me lanzan encima y termino hundida en la silla mientras me abrazan, me aprietan, me llenan de barro y hablan todos al mismo tiempo.

Cierro los ojos.

¿En qué estaba pensando cuando le di cuatro hijos a Nico?

Bueno… en algunos momentos claramente no estaba pensando.

—Mamá, mira lo que encontramos.

—Después.

—Mamá, yo gané.

—Después.

—Mamá, él se cayó.

—¡No me importa quién se cayó! ¿Están todos completos?

—Sí.

Abro los ojos y miro a Nico.

Está apoyado contra la camioneta, cubierto de barro hasta las rodillas, con una sonrisa que conozco demasiado bien.

—No te rías.

—No me estoy riendo.

—Sí te estás riendo.

—Un poco.

Los niños saludan a Luciana y después, tal como predije, se lanzan sobre el tío Lucas como si fuera la primera ronda de una pelea de lucha libre.

Nico suelta una carcajada.

A ver, debería estar interviniendo. Van a matar a Lucas.

Pero no puedo evitar reírme.

Ni siquiera Luciana se preocupa.

Nico interviene cuando ya considera que los niños se han divertido suficiente y necesita ayuda para bajar unas cosas de la camioneta.

Lucas se levanta agarrándose la espalda.

Definitivamente, se ganó su sueldo de tío por hoy.

—Por cierto —dice Luciana—. ¿Sabías lo de Valentina?

Levanto una ceja.

—¿Qué hizo ahora?

—Tiene un hijo con un hombre casado.

La miro.

—¿Qué?

—Se embarazó de un doctor. Recuerdas a su padre y la obsesión que tenía por verla casada con un médico ¿Verdad? Pues creyó que el tipo dejaría a su esposa y se casaría con ella.

Suelto una risa incrédula.

—No puede ser.

—Lo peor de todo fue que el hombre renunció a su trabajo y se fue del país solo para no tener que pagar manutención.

—Oh, vaya.

—Y ya no habla con su papá. Tuvieron una pelea horrible. Hasta que cometió el error se dio cuenta de que había hecho demasiadas cosas cuestionables solo por complacer al narcisista de su padre.

—¿Y cómo sabes todo esto?

Luciana hace una mueca.

—Ella misma me lo contó.

—¿Hablas con ella?

—No. Me escribió un día para pedirme el contacto de Samuel.

¿Puedes creerlo? Mi hermano está feliz, en otro capítulo de su vida, con una novia preciosa y están esperando un hijo.

Por supuesto que le dije que no iba a darle su número y también le dije que no volviera a escribirme.

—Hace una pausa y niega con la cabeza. —Después empezó a contarme todo lo que le había pasado, supongo que para ganarse mi simpatía.

Me dijo que ni siquiera tiene un trabajo estable porque el niño requiere atención todo el día.

Yo conozco a Valentina y sé que es capaz de ponerse en el papel de víctima con tal de conseguir lo que quiere.

—¿Y para qué quiere el contacto de Samuel? ¿Piensa pedirle otra una oportunidad o qué?

—Es lo más seguro.

—Valentina tiene una confianza admirable.

Nos quedamos unos segundos en silencio antes de que Luciana vuelva a hablar.

—Por cierto, hace poco vi a Benjamín.

—¿De verdad?

Yo no sé nada de él desde la última vez que apareció a arruinarme el día.

—Sí. —Luciana se muerde el labio para contener una risa—. Evidentemente, ya no es el mismo Benjamín de antes. Se ve como alguien a quien la vida ha tratado muy duro.

—Bueno… me encanta cuando la vida cobra con intereses.

—También lo estafaron en una red piramidal.

Suelto una carcajada.

—¿Qué?

—Después volvió a caer y perdió dinero en otra.

Me tapo la boca para no reírme más fuerte.

—Oh por Dios.

—Ahora vende cursos motivacionales y productos por catálogo.

—Qué ironía.

—¿Y sabes qué? El muy descarado me preguntó por ti.

Sabe que ganaste varios premios con la película que dirigiste en Alemania, pero no tenía ni idea de que llevas diez años casada con Nico y tienen cuatro criaturas.

Obviamente, no le conté que volviste, pero se lo debe imaginar, ya que el apellido de tu esposo está en grande en un edificio de especialistas en ciencias forenses.

Y cualquiera que investigue un poco se da cuenta de que Nico es el dueño.

—Bueno, Benjamín no es muy bueno investigando.

—Eso es verdad, porque no tenía ni idea de que Lucas y yo somos los dueños de la empresa a la que él intentó entrar por medio de conectes.

Nos reímos las dos.

—Bueno, después de todo no odio tanto a Benjamín. Él fue quien me presentó a Nico y también gracias a él te conocí a ti.

—Tienes razón. Me alegra que seamos amigas, la verdad es que no podría pedir una mejor cuñada que tú.

—Ay, basta.

Hago una mueca, porque no pienso permitir que esta conversación se vuelva sentimental.

Entonces siento una mano en mi barbilla que me hace girar la cabeza. Nico, por supuesto. No me da tiempo de decir nada. Me da un beso largo, descarado y familiar, de esos que todavía consiguen dejarme sin respuesta, aunque llevemos años casados y cuatro niños corriendo alrededor.

Cuando se aparta, me mira con esa pequeña sonrisa que conozco demasiado bien.

—¿Qué?

—Nada.

—Entonces deja de mirarme así.

—No te estaba mirando.

—Claro.

Le doy un pequeño empujón en el pecho.

—Estás lleno de barro.

—Tú también.

—Por tu culpa.

—Lo sé.

Y vuelve a besarme.

Desde el otro lado de la mesa, Luciana carraspea.

—Bueno... parece que algunas cosas nunca cambian.

Antes de que pueda decir algo, uno de los niños sale corriendo hacia el jardín con algo entre las manos.

—¡Mamá!

Lo miro.

—¿Qué tienes ahí?

Los cuatro se detienen.

Silencio.

Demasiado silencio.

El mayor baja lentamente las manos.

Ay, no.

Reconozco el pequeño recipiente.

—Se nos cayó el abuelo.

Me quedo inmóvil.

—¿Qué?

—Pero ya lo estamos recogiendo.

Los cuatro se agachan al mismo tiempo y empiezan a juntar apresuradamente las cenizas de Dionisio que se han derramado sobre la tierra.

Me llevo una mano a la frente.

Respiro profundamente.

Una vez.

Dos veces.

Nico mira la escena.

—Honestamente, creo que a tu abuelo le hubiera encantado estar así.

Lo miro.

—¿Así cómo?

—En medio del caos.

El auto de Francia se detiene frente a la casa. Ella se baja de inmediato y mira lo que los niños tienen en las manos.

—¡Oigan! ¡Regresen al abuelo a su lugar!

Francia es la tía favorita, aunque el título lo pelea con Sofía, la hermanita de Nico. Pero desde que entró a la universidad, Francia le ha ganado terreno con los niños.

Va hacia ellos, pero los cuatro sueltan una carcajada porque creen que los está persiguiendo para jugar.

Del asiento del copiloto se baja Mike, el novio de Francia, y nos saluda con un gesto de la mano.

Es el alemán que Francia conoció durante la temporada que pasó con nosotros en Alemania.

Después de la muerte de Glenda, hace siete años, le pedí que se quedara un tiempo con nosotros. Desde entonces, son inseparables.

En fin, nuestros amigos comienzan a llegar.

Hasta ahora, mi amistad con las modelos de la revista sigue intacta.

Rebecca está casada con el DJ y tiene dos hijos; Anastasia, la pelirroja, se casó el año pasado y está embarazada; Deborah tiene un matrimonio sólido y le pareció buena idea empezar de cero cuando sus hijos ya son adolescentes, así que ahí viene cargando una bebé de cinco meses.

También sigo en contacto con Alfonso, pero hoy está de viaje en un crucero, disfrutando de su jubilación.

También llegan los amigos de Nico.

Todavía tienen la costumbre de ir a escalar lugares dudosos, solo que ahora todos tienen hijos y eso ya parece un reality show de supervivencia donde gana el que consiga regresar con todos los niños completos.

Y sí, siguen con las mismas chicas. Para mi sorpresa, ser amiga de personas que no comen nada de azúcar es completamente posible. Así que procuro tener snacks para todos los gustos.

La mesa del jardín deja de ser una mesa y se convierte en una especie de centro de operaciones. Hay platos por todas partes, niños corriendo, juguetes debajo de las sillas, los gemelos peleando por una pelota y alguien preguntando dónde está el protector solar.

Lucas intenta organizar a los niños.

Fracasa.

Luciana intenta organizar a Lucas.

También fracasa.

Nico, mientras tanto, parece perfectamente cómodo en medio del desastre, con uno de nuestros hijos colgado de un brazo y otro intentando robarle comida del plato.

No puedo creer que esta sea mi vida ahora.

Tengo una carrera que jamás imaginé, cuatro hijos que jamás planeé, un grupo de amigos enorme y una casa grande, con jardín y vista al lago, tal como le habría gustado a mi abuelo…

aunque ahora mismo parece estar a cinco minutos de ser declarada zona de desastre.

Y, aun así, hay algo extrañamente perfecto en todo esto.

Nadie cumple años.

Nadie se casa.

Nadie celebra nada.

Es simplemente un domingo cualquiera.

Miro a Nico.

Él me descubre observándolo y sonríe.

—¿Qué?

—Nada.

—¿Segura?

Asiento.

—Solo estaba pensando que esta casa está demasiado llena.

Nico mira alrededor.

—Sí. —Hace una pausa—. Podríamos tener otro hijo.

Lo miro horrorizada.

—Ni se te ocurra.

Él se ríe.

—Era una broma.

—Sí. Y mira cómo terminó la primera.

Uno de nuestros hijos aparece corriendo frente a nosotros.

—¡Mamá! ¡Papá! ¡El abuelo se volvió a caer!

Cierro los ojos.

Nico empieza a reírse.

Y, por alguna razón, yo también.

FIN