Bendito Karma CAPÍTULO 40 #3
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CAPÍTULO 40 #3

—El señor Beltrán es líder de un grupo de la iglesia que lleva comida a necesitados todos los domingos. Me parece buena persona… —lo siguiente lo pregunta con cautela: —¿No lo es?

Los dos decimos al mismo tiempo:

—No.

El silencio cae sobre la mesa.

Lucas y yo nos miramos otra vez.

—Escucha… —dice Lucas al final —lo que sea que haga ahorita es parte de su nueva imagen política. La redención vende bastante bien. ¿Les contó que estuvo preso?

Luciana casi deja la taza.

—¿Estuvo preso?

—Un tiempo, porque sigue teniendo contactos corruptos.

Miro a las adolescentes que me están viendo y ahora hay unas cuatro más.

Mierda.

Mejor me voy.

—Bueno… creo que ese es un tema que Lucas puede explicarte mejor porque yo ya voy tarde al trabajo.

—Ni siquiera hace falta explicarlo mucho —dice mi hermano antes de que escape—. Nunca se debe confiar en Rigoberto Beltrán. Básicamente estuvo casado con dos mujeres al mismo tiempo: mi madre y la madre de Nina. ¿Cómo lo hizo? Contactos, favores y mucha falta de vergüenza.

Luciana se queda inmóvil.

Lucas continúa, tranquilo:

—En nuestras vidas hizo lo mismo de siempre: aparecer y desaparecer. A veces recordaba que existíamos y peleaba la custodia porque necesitaba caerle bien a la gente. Después volvía a desaparecer cuando dejábamos de servirle para la foto familiar.

Nico deja la taza sobre la mesa escuchando.

—Después tuvo otros dos hijos —continúa Lucas—.

Al menos de los que sabemos. Diferentes madres.

No son los niños que salen en sus campañas de ahorita, por cierto.

Esos parecen nuevos. La última vez que buscó a Nina fue porque tienen el mismo tipo de sangre y él necesitaba una donación para una cirugía de rodilla.

Nico gira apenas la cabeza hacia mí.

—¿Y sí le donaste sangre?

—¿Qué crees?

Y por la cara que pone Nico…

sí entendió perfectamente que la respuesta es sí.

—Necesitas más maldad en tu corazón.

—¿Verdad? —le agrega Lucas.

Luciana parece estar procesando demasiadas cosas y esta fue solo la introducción.

En fin, más tarde Nico me deja frente a la revista.

Por supuesto, las chicas están pegadas a la ventana como comité oficial del chisme.

Qué suerte que la camioneta es polarizada porque lo que ocurre después definitivamente no necesita audiencia.

—Cualquier cosa me escribes, mi pulga.

—Por supuesto.

Y entonces, en un evidente episodio de pérdida temporal de criterio, soy yo quien se inclina primero y le deja un beso en los labios.

Acabo de darle la razón de que últimamente soy yo la que lo besa primera.

Él lo sabe, porque esboza una sonrisa, pero guarda silencio.

Mejor me bajo.

Toca el claxon cuando se va y yo le doy un adiós con la mano. Bueno, con la que tengo libre, porque le traje café a las chicas. En cuanto las puertas de la revista se abren, ellas sueltan un gritito.

—¡Nina!

—¡Ahora eres famosa!

—¿Ya viste cuántas reproducciones tiene el video?

—¿Ya viste la cantidad de seguidores nuevos que ganaste de la noche a la mañana?

Les entrego los cafés.

—Sí, gracias. Justo lo que siempre soñé: perder privacidad y ganar ansiedad.

Se ríen.

Yo también.

Hasta que noto algo.

Mi bolso.

¿Dónde está mi bolso? No necesité mi credencial para abrir la puerta, porque ellas la abrieron por mí.

Veo por la ventana.

La camioneta de Nico ya desapareció.

Excelente.

Mi estabilidad financiera viajando cómodamente por la ciudad.

—Buenos días, estrella viral —escucho a Alfonso llamarme… ¿acaso me dijo «estrella viral»?

—Tengo un problema.

Él se lleva una mano al pecho dramáticamente.

—Ay, no… ¿ahora que eres toda una figura pública vas a renunciar a la revista para dedicarte a hacer bailes y trends de internet?

Sé que está bromeando.

O eso quiero creer.

—Dios me libre. Y no. Mi bolso se quedó en la camioneta de… alguien. Necesito una credencial temporal para entrar y salir de mi oficina.

Alfonso levanta una ceja.

—Mira qué nivel de confianza… dejando toda tu vida en el asiento del copiloto de un hombre. —Hace una pausa teatral. —Aunque, siendo honestos, después de lo que vi hasta yo le confiaría mis datos bancarios.

—¡Alfonso!

—¿Qué? No es mi culpa que tu video fuera lo primero que me apareció esta mañana.

Y el día apenas está iniciando.

—Necesito el Badge , no un análisis romántico.

—Yo solo digo que ese hombre te besa como si quisiera pagar tus impuestos y resolver tus traumas. Dame cinco minutos y te mando la credencial temporal, estrella.

Suelta una risita y abre mi oficina con su propia identificación.

—Gracias, pero deja de decirme estrella.

—Entonces deja de besar forenses en pantallas gigantes.

Se va, pero no sin antes enviar a las chicas a peinado y maquillaje.

Bendito día el que estoy teniendo.

Dejo mi chaqueta sobre el respaldo de mi silla y apenas estoy acomodándome cuando la puerta se abre sin aviso.

Ni golpe.

Ni permiso.

Nada.

El que aparece es Benjamín. Claramente fuera de sí. Tiene los ojos rojos, el cabello despeinado y la corbata torcida. Alguien no está teniendo una buena mañana.

—Salte de mi oficina o llamo a seguridad.

—Dime que estoy viendo mal —dice, con la mandíbula tensa—. Dime que no eres tú la mujer que está besándose con Nico en un video que ya vio todo el país.