Bendito Karma CAPÍTULO 40 #2
71%

CAPÍTULO 40 #2

—No, te llamó a ti y contesté. No lo hice a propósito.

—Le devuelvo el teléfono. —Te dirá que las fotos que le tomé con Samuel son Inteligencia Artificial y que Samuel nunca le agarró el trasero.

Por cierto… —me acuerdo de lo más importante hoy —nuestro beso…

ayer… se volvió viral. Quizás no quieras entrar a tus redes sociales hoy.

Es lo primero que hace y lo primero que se reproduce.

No entiendo su gesto, pero esboza una media sonrisa y dice:

—Te ves guapa.

—No me jodas. —Mejor cambio de tema: —¿Lucas salió a correr contigo?

—Sí.

Y la siguiente pregunta… a ver… ya sé la respuesta, pero no quiero escucharla.

—¿Se quedó con Luciana?

—Sí.

—¿En mi apartamento?

—Sí.

Suspiro. En fin, Benjamín se lo merece. Aunque sigue siendo irónico… mi hermano está con la prometida de mi ex en mi propio apartamento, la misma con la que me puso el cuerno a mí.

—Por cierto, quiere que salgamos a comer los cuatro —menciona Nico.

—¿Los cuatro? ¿Se refiere a Luciana, él, tú y yo?

—Sí, mi amor.

—Ese «mi amor» tenemos que conversarlo.

Él suelta una risita descarada.

—Perfecto. Me gustan las reuniones importantes, aunque sospecho que desde ya voy ganando esa discusión.

Se me acerca demasiado y, para mi desgracia, mi cuerpo parece recibir esa cercanía como una excelente noticia, como si no entendiera que aquí intentamos conservar un poquito de dignidad.

—No cantes victoria tan rápido.

—Bueno, considerando que ya me besas sin previo aviso, pensé que habíamos aclarado los términos y condiciones de nuestra relación.

«Nuestra relación».

Mi sistema nervioso se tropieza.

—Ni siquiera somos amigos.

Nico esboza una sonrisa preocupante, me da un beso rápido en los labios y dice:

—Mejor. Los amigos no se besan en la boca. —Y antes de que pueda defenderme con sarcasmo, añade: —Tu hermano ya nos está esperando.

Camina hacia el baño y, antes de cruzar la puerta, agrega:

—Por cierto, iremos a ver tu auto nuevo hoy. Avísame si puedes salir un poco más temprano.

Tampoco me deja replicar.

Cierra la puerta y segundos después escucho el agua correr.

Me quedo ahí, inmóvil, todavía con el eco de esa palabra dándome vueltas en la cabeza.

«Relación».

Qué palabra tan peligrosa.

Y lo peor es que Nico la suelta con esa tranquilidad que tiene para todo.

Sacudo la cabeza.

¿Acaba de mencionar algo de un auto nuevo? Bueno, ir a verlos no significa que va a comprármelo él. Sinceramente, entre Nico y mi abuelo, prefiero la oferta de mi abuelo.

O eso me digo.

Porque la realidad incómoda es otra: últimamente Nico hace demasiadas cosas por mí. Demasiadas cosas que empiezan a sentirse arriesgadas.

Y ahí está el problema, porque una parte muy irresponsable de mí quiere acostumbrarse, pero la otra parte más racional sabe que voy a sufrir mucho.

En fin, terminamos desayunando los cuatro en un restaurante cerca del edificio donde vivimos. Muy distinto al lugar donde desayunamos ayer con Rigoberto Beltrán.

Mala idea.

Pésima idea.

No por estar desayunando con Luciana y Lucas —quienes estoy casi segura hicieron cosas indebidas en mi apartamento, porque esa luminosidad sospechosa del rostro, esa confianza recién estrenada y esos toqueteos inconscientes ya los conozco demasiado bien—.

Ellos, sorprendentemente, son el menor de mis problemas esta mañana.

El verdadero problema es otro.

Porque aparentemente el universo decidió que después del video viral era un momento excelente para humillarme en espacios públicos y la primera señal aparece cuando noto que una adolescente en la mesa de enfrente lleva demasiado tiempo mirándome.

Me puse gafas, me ondulé el cabello porque en el video lo llevaba liso y elegí ropa oscura como si estuviera entrando a un programa de protección de testigos. Pero nada de eso sirve cuando la gente ya reconoce tu cara por un beso viral.

Nico bebe café como si para él no existiera el caos.

La adolescente le habla a la que tiene a la par y ahora las dos me están mirando con sonrisitas.

Y entonces Lucas, quién claramente despertó con deseos de morir, añade:

—Por cierto, me estoy dando cuenta de que tenemos demasiada atención pública… pero ya me acordé porqué.

Cierro los ojos.

—No lo menciones.

—¿Qué? —dice inocentemente—. Lograste lo que Rigoberto Beltrán no pudo con su campaña política: captar la atención del país entero.

Nico, a mi lado, apenas esboza una media sonrisa detrás de su taza de café.

Y entonces Luciana, que todavía no sabe exactamente en qué familia acaba de aterrizar, interrumpe:

—¿Rigoberto Beltrán? ¿Lo conocen?

Caray.

Alguien todavía no conoce el secreto familiar.

Lucas y yo intercambiamos una mirada. Esa mirada silenciosa de ¿lo dices tú o lo digo yo? Y como claramente mi hermano piensa hacerse el muerto, me atrevo:

—Es nuestro padre.

Luciana parpadea.

—¿De verdad? —mira de mí a Lucas—. Entonces… ¿nuestros padres son amigos?

Lucas se aclara la garganta.

—Es… una historia muy larga que preferimos no contar en el desayuno, pero no creo que sean amigos. Rigoberto jamás tiene «amigos» que no sean para su propio beneficio. Y, por favor, nunca nos menciones frente a él.

Ella frunce el ceño.