Bendito Karma CAPÍTULO 40
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CAPÍTULO 40

D espertar ya es sospechoso desde el momento en que no recuerdo exactamente en qué segundo me quedé dormida.

Lo segundo que noto es mi celular vibrando varias veces.

Y lo tercero… que estoy sola, pero eso ya lo sabía porque Nico tuvo la «amabilidad» de recordarme, a una hora preocupante, que pertenece a esa alarmante especie de personas que voluntariamente abandonan una cama cómoda para ir a sufrir haciendo cardio.

Abro apenas un ojo y me encuentro con una habitación que ya empieza a resultarme peligrosamente familiar: la cama enorme, las cortinas negras y el espacio vacío a mi lado, justo donde Nico debería estar. Tardo un segundo en procesarlo y luego todo cae sobre mí de golpe.

El concierto.

La kiss cam.

El beso.

Ese… beso.

Mi cerebro, siempre tan eficiente, decide regalarme el recuerdo completo sin pedir permiso.

Y qué beso, por Dios. Entierro la cara en la almohada durante un instante, como si eso pudiera cambiar el hecho de que yo le pedí a Nico que me besara como si se fuera a acabar el mundo y él obedeció…

y todo eso frente a una pantalla gigante.

Mi celular vibra de nuevo.

Y otra.

Frunzo el ceño.

¿Qué demonios…?

Estiro el brazo todavía medio dormida y alcanzo el celular. Grave error. Gravísimo. Porque en cuanto desbloqueo la pantalla siento cómo el alma intenta abandonar mi cuerpo.

Cientos de notificaciones.

Mensajes, etiquetas, personas siguiéndome que jamás he visto en mi vida.

Parpadeo.

Una vez.

Dos.

No mejora.

—¿Qué mierda…?

Mi corazón empieza a acelerarse mientras abro la aplicación con esa mezcla peligrosa de curiosidad y terror que suele preceder a las tragedias modernas. Y entonces lo veo:

El video.

El maldito video de la Kiss Cam.

Viral.

¡VIRAL!

—No, no, no… no, no, no…

Se reproduce automáticamente, y ahí estamos: yo diciéndole algo al oído, él sonriendo de esa forma tan ridículamente elegante, él tomándome la cara y ese beso cinematográfico proyectado en pantalla gigante mientras el público pierde la cabeza alrededor.

Mierda.

Se ve peor de lo que recordaba.

O mejor.

Lo cual es muchísimo peor.

Mi verdadero error fatal es leer los comentarios:

«ESO ES AMOR 😭❤️»

¿Qué diablos?

«Así se besa, hombres, aprendan.»

«Quiero un hombre que me mire así.»

«Dios mío, qué química.»

«La forma en que él le sostiene la cara 😩»

«Qué bonita pareja.»

Me quedo congelada.

¿QUÉ BONITA QUÉ?

Pareja.

¿Quién autorizó esa palabra?

Sigo bajando.

Error número dos: Me están comenzando a investigar.

«Es la amiga fotógrafa de Rebecca. Tiene fotos con ella en su perfil.»

«Es verdad ¿Cuál es su user ?»

«Ya lo averiguo»

Y hay otro, mucho más abajo:

«Él es un médico forense. Mi padre trabaja en el mismo lugar»

Y un montón de respuestas a ese comentario:

«¿Cómo se llama?»

«¿Cuál es su usuario?»

«Está muy guapo»

Y a ese otro le contesta:

«Pero tiene novia y mejor que tú»

Ah caray.

Perfecto.

Ahora somos contenido público.

Mi respiración ya empieza a parecer cardio cuando noto algo todavía peor.

Me están etiquetando medios pequeños de entretenimiento, cuentas de espectáculos y páginas cuyo trabajo aparentemente consiste en convertir la desgracia ajena en material de consumo masivo.

Una incluso publicó, sin el menor respeto por mi sistema nervioso:

«Una pareja enciende un concierto tras protagonizar el beso más comentado de la Kiss Cam.»

Voy a tirar mi teléfono por la ventana.

Miro alrededor recién entonces.

El teléfono de Nico está sobre su mesa de noche. Es muy seguro que mientras yo estoy aquí sufriendo un colapso nervioso, él está trotando feliz, en absoluta paz espiritual, respirando aire puro, hidratándose correctamente y ajeno al caos que encendió en las redes sociales.

Vuelvo a mirar mi celular.

Solo una última vez.

Más notificaciones.

Y por primera vez en mi vida considero seriamente desaparecer del mapa, mudarme a una montaña y vivir criando cabras.

Me pongo de pie y me meto al baño un largo rato porque quizás el agua helada me haga olvidarme del tremendo día que me espera si ese video se sigue compartiendo de manera masiva.

Salgo casi temblando.

El teléfono de Nico comienza a sonar, por un momento lo ignoro porque se supone que yo no soy de ese tipo que toma celulares ajenos… bueno, ya no; así que continúo secándome, pero la insistencia de la llamada me hace tomarlo de la mesa de noche y… oh, sorpresa, es Valentina.

Y no es una llamada normal, es una videollamada.

¿Es que esta mujer está loca o qué?

Se cuelga… qué suerte. Entonces lo dejo un momento para comenzar a secarme el pelo cuando llama otra vez… joder. Entonces lo tomo para colgar la llamada, pero tengo los dedos helados y la cabeza hecha un lío y en lugar de darle al rojo, le doy al verde.

P… madre.

Entonces es cuestión de segundos cuando la cara de Valentina está frente a mí, parece que está afuera de un gimnasio por las letras que veo de fondo y porque ahora mismo no se ve nada glamorosa… bueno… ni yo, yo tengo el pelo mojado y una toalla alrededor del cuerpo.

Juro que no fue mi intención.

—¡Hasta que por fin te dignas a contestar! ¿Cómo es que está circulando un video tuyo con…? —se detiene un momento y mira con más atención. —¿Nina?

—Sí. Nico dejó su celular. ¿Quieres dejarle un mensaje?

Yo sigo secándome el pelo con una toalla fingiendo cordura como si esto es una conversación que se tiene todos los días. También creo que la tomé por sorpresa, porque ahora tiene otra expresión… y el tonito de antes, ya no está.

—¿Puedes pedirle que me llame cuando vuelva?

—No te va a llamar y lo sabes.

Guarda silencio, un momento nada más… porque ahora explota contra mí:

—Hasta hace unas semanas, un mes, o dos, no sé, pero hasta hace poco eras la novia de Benjamín y ahora estás en un video viral besándote con Nico como si no fuera su mejor amigo.

Yo me rio sin querer.

—Nico no es su mejor amigo.

—¡Claro que lo es!

—Escúchame Valentina, no vamos a portarnos como dos criaturas inocentes aquí ¿Okey?

Tú sabes mejor que yo a qué me refiero cuando te digo que Benjamín no es su mejor amigo.

Es más, Benjamín no es amigo de nadie. Imagínate saber que le ponen el cuerno a tu «mejor amigo» o…

peor aún, acostarte con su «novia» mientras él la esperaba en un restaurante.

¿Eso te parece algo de mejores amigos? Porque, si la respuesta es sí, quizás deberías replantearte un poco ese concepto tan… flexible que tienes de la amistad.

—¡¿Qué estás insinuando?!

—¿Qué crees tú?

Dejo el celular apoyado entre unos libros sobre el escritorio y empiezo a hacerme el delineado, porque he descubierto que bajo presión me queda espectacular o completamente torcido. Ambas opciones entretienen.

—Benjamín y yo somos amigos.

—Pues qué cuestionable amistad la que tienen.

—No asegures cosas que no sabes.

—Supongo que es el mismo tipo de amistad que tienes con Samuel.

Hay una pausa un segundo y yo miro el celular.

—A ver, lo de Samuel y yo fue algo de un rato. Apenas nos viste en la cena de ensayo y ya nos inventaste una doble vida amorosa…

Yo me río fuerte… no es a propósito, aclaro.

—¿Me intentas convencer a mí o a ti misma?

—Estás sacando conclusiones absurdas…

—No, mis conclusiones son bastante razonables. Las fotos, en cambio… esas son muy explícitas.

El silencio que sigue es delicioso.

—¿Qué fotos?

—Las que tomé yo.

Su expresión se vacía por una fracción de segundo.

Ahí está.

Ese pequeño instante donde el cerebro corre desesperado revisando qué exactamente fue lo que hizo y cuánto de eso quedó registrado.

Yo, por mi parte, estoy actuando mejor de lo que creí y el delineado me sale perfecto.

—¡Estás loca! Estás inventando cosas porque querías quedarte con Nico.

—Igual me quedaba con Nico con o sin fotos.

—Me levanto. Tomo mi celular y busco las fotos que le tomé con mi cámara.

Está parloteando, pero no le pongo atención.

Se calla de golpe cuando le pongo las fotos de frente.

—¿Esa no eres tú con Samuel? Hasta Benjamín incluido, y mira la fecha…

es un día después de conocernos formalmente.

¿Te acuerdas? Me parece que aquí todavía eras «novia» —hago comillas con las manos —de Nico.

Balbucea un par de palabras intentando defenderse.

—Eso podría ser hasta inteligencia artificial.

—No creo que la inteligencia artificial pueda agarrar así de bien tu trasero. Por cierto, ¿Samuel sabe que Benjamín ocupa su lugar cuando él no está contigo?

—Estás yendo demasiado lejos. Benjamín es el prometido de mi mejor amiga.

Y yo me río de nuevo.

Como dije antes, Valentina tiene un concepto errado de lo que es ser «mejor amigo» de alguien.

Escucho la puerta de la entrada abrirse, después unos pasos, pero no cuelgo la llamada porque ahora necesito escuchar cómo Valentina intenta salir de este incendio verbal.

—Sí, es el prometido de tu mejor amiga. Lo que es todavía peor. ¿Sabes? Ahora entiendo por qué llegaron tarde al restaurante aquel día. Los dos recién bañados, casi al mismo tiempo y con la patética excusa del tráfico ¡Qué coincidencia!

La puerta de la habitación se abre y antes de que pueda girarme, siento unos brazos rodeándome la cintura.

Mi cuerpo reconoce a Nico de inmediato.

Me atrae contra su pecho sin prestar la menor atención a la videollamada y me deja un beso distraído en la mejilla mientras aspira cerca de mi cuello.

—Hueles delicioso —murmura con voz grave. —¿Dormiste bien?

Ah.

Bueno.

Yo cierro los ojos porque esto acaba de ponerse interesante.

Del otro lado de la pantalla, Valentina guarda un silencio tan absoluto que sospecho que acaba de sufrir una falla eléctrica interna.

Nico, completamente ajeno al apocalipsis que acaba de provocar, entra al baño.

Miro la pantalla.

Valentina parece a punto de explotar.

—Qué conveniente —dice finalmente, furiosa.

Cuelga ella misma.

En fin, no hubo mensaje para Nico al parecer.

El mencionado sale sin camisa y toma una toalla de su clóset.

—¿Quién era?

—Valentina.

—¿Te llamó Valentina?