Bendito Karma CAPÍTULO 39
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CAPÍTULO 39

E spero a Luciana sentada en la barra tomándome mi segundo trago, porque… bueno, la que está sobrepensando ahora mismo soy yo.

Y muchísimo.

Tanto así que incluso pasé por mi casa antes de venir.

Me duché, me cambié y busqué el bendito arete de Luciana por todas partes, completamente convencida de que no iba a encontrar nada porque, honestamente, mi cerebro ya había decidido que ella estaba inventando cualquier excusa para reclamarme por cualquier cosa que se enteró.

Pero yo tengo pruebas… y muchas, yo llegué primero. Y no es algo que me enorgullezca tampoco.

El arete sí estaba ahí.

Entonces no era una excusa, el arete estaba sobre la mesa de noche de la otra habitación y obviamente no era mío, así que al menos no mintió.

Aun así… sigo sintiendo que sabe algo.

No tengo pruebas, pero sí un sexto sentido. A veces me falla, pero la mayoría de las veces sí le atino. Entonces, aquí estoy, esperándola.

Necesito otro trago.

Después del día que tuve, honestamente ya no sé ni cómo sigo consciente. Desayuno traumático con mi padre, un día entero fotografiando una película para adultos que todavía tengo que editar después y, aun así, aquí estoy… pensando en lo que sea que encontró en Luciana.

Y ni siquiera sé qué fue.

—No vayas a emborracharte y pierdas la pelea en caso de que te agarre del pelo —escucho a Rebecca. Está sentada en la banqueta a mi lado y a la par suya, pero de pie, está Anastasia. —Aunque prometo meterme si vas perdiendo.

—Luciana no es así.

—No la conoces.

—Si la ven llegar, me dejan sola con ella, por favor. Necesito que suelte rápido lo que sea que tiene por decirme, no soporto la incertidumbre.

—¿Crees que sea algo grave?

—Mi intuición dice que sí.

—Tu intuición también te hizo salir con Benjamín.

—Y tu intuición —remata Anastasia —te dice que no tienes novio, cuando claramente sí y te encanta tener a ese novio en específico.

—¿Quieren que las empuje del escenario antes de que empiece el concierto?

La otra modelo, Deborah, se acerca:

—¿De qué estamos hablando?

—De Nina y su no novio.

—Y de que posiblemente Luciana la arrastre del pelo.

Se ríen las tres y justo mi teléfono vibra.

Es Nico.

«Estoy en camino, mi pulga»

Y yo le respondo:

«Me disculpo por hacerte salir de la morgue directo a un club lleno de personas que sé que vas a odiar»

Y la respuesta de él llega de inmediato:

«Ya sé, pero por ti me sacrifico»

Sonrío sin querer y le respondo sarcástica:

«Qué romántico, señor escorpio»

Y su respuesta es:

«Y aún así sigues sonriendo cada vez que te escribo»

Comienzo a teclear:

«Eso no es verdad. Sigo reevaluando mis decisiones»

Y él, siempre egocéntrico:

«Mentira. Estás obsesionada conmigo»

Suelto una risita y cuando levanto la vista las tres chicas me están viendo. Es Anastasia la que suelta para las otras dos chicas:

—¿Ven eso? Y después lo niega.

Entonces voy a defenderme, cuando la mirada de una de ellas va sobre mi hombro y dice:

—Ahí viene Luciana.

Me giro.

Y honestamente… me toma por sorpresa, porque Luciana nunca se viste así… jamás. Luciana siempre parece salida de una campaña de «mujer millonaria que administra empresas» incluso en su cena de ensayo estaba muy guapa y formal. Todo clean look, elegante y perfecta.

Pero hoy no.

Hoy lleva un vestido dorado corto con escote corazón.

El color le queda ridículamente bien porque es rubia, y los labios rojo intenso terminan de rematar el asunto.

Los mechones desordenados que le caen a ambos lados del rostro son el toque final, como si hubiera intentado verse menos perfecta y hubiera conseguido exactamente lo contrario.

¿Será por Lucas?

Porque si sí, mi hermano va a ponerse insoportable.

Levanto la mano para que me vea. Luciana ya estaba sacando el teléfono, probablemente para escribirme, pero logra ubicarme desde lejos y sonríe antes de acercarse.

Y aquí es donde tengo que admitir algo bastante humillante: durante todo el camino hasta el club estuve preparándome mentalmente para una pelea.

No una conversación incómoda. No lágrimas.

Una pelea de verdad. Tirones de pelo, gritos, una copa de vino lanzada directo a mi cara…

algo dramático, caótico y perfectamente digno de aparecer en un programa de chismes.

Pero Luciana llega tranquilísima.

—Hola —dice con una sonrisa amable, y también saluda a las tres chicas que están recogiendo su bebida en la barra.

—¡Luciana! —dice una de ellas. —Te ves espectacular.

—¡Ay! Gracias. Ya se me había olvidado qué se sentía usar un vestido tan apretado. —Rebecca se pone de pie y le da la banqueta. Se sienta frente a mí y me saluda: —Hola Nina.

Yo estoy callada viéndola.

—Hola. Oye, pareces otra persona.

—¿Eso es bueno o malo?

—Buenísimo.

Las modelos ya no están y… bueno, hora de la verdad. Solo quedamos ella y yo. Le hace una seña al bartender y dice:

—La bebida más fuerte que tengas, por favor. —Parpadeo. Se vuelve a mí y agrega: —Y que las chicas me pasen los tips para la resaca, porque creo que voy a necesitarlos. Aunque ya no creo que me funcionen. Ellas tienen… no sé ¿veinte? Yo a esa edad parrandeaba y me iba a trabajar sin dormir.

—Oh, guao. Yo la última vez que me emborraché mataron a alguien en mi edificio, así que me prometí no volver a hacerlo. Mi sistema nervioso no soportaría otro crimen. —Luciana me está viendo consternada. —Pero ya pasó.

El bartender deja la bebida frente a Luciana y cuando se le pasa la imagen mental de lo que acabo de contarle, se la pasa entre pecho y espalda sin pensarlo demasiado.

Ah.

Okey.

Sí está grave.

—Perdón —dice apenas deja el vaso—. No es que me convertí en alcohólica de pronto. Es solo que todo este tema me tiene demasiado ansiosa.

—¿Qué tema?

Luciana me mira unos segundos. Suspira.

Y suelta:

—Benjamín.

Ah.

Ahí vamos.

—¿Qué pasa con Benjamín?

Hace una pausa sospechosa… muy sospechosa.

—Cometí el error de revisar sus estados de cuenta —dice en un hilo de voz, como si no quisiera admitirlo en voz alta.

—Y, a ver, yo no soy estúpida. Había algo ahí que no cuadraba…

no solo una cosa, varias. Entonces investigué más.

Me volví detective de la noche a la mañana.

—Suelta una risa nerviosa. —No quiero que creas que soy una tóxica lunática que revisa todas las cuentas de su prometido.

—No, para nada. Yo haría cosas peores.

Ella se ríe un poco y continúa:

—Me siento ridícula decirlo en voz alta. —Odio las pausas. Quiero que lo diga todo de una sola vez y sin filtros, que yo ya tengo un repertorio de frases con las cuales puedo defenderme. —Creo que se acostó… o se sigue acostando… con Valentina.

Finjo sorpresa, porque esto Lucas ya me lo contó, pero voy a fingir que no sé nada.

—¿Por qué dices eso?

—Encontré reservas en restaurantes y hoteles lujosos a los que nunca fue conmigo.

Investigué si eran relacionados con su trabajo y no, ¿pero sabes qué es lo peor?

Que sin querer me di cuenta de que Valentina tiene fotos en la mitad de esos lugares, exactamente esos mismos días ¿Crees que estoy loca?

—Claro que no. Oye, ¿eso fue antes o durante su relación con Nico?

—Durante. No se lo digas a Nico, porque los mata a los dos.

—O tal vez no. No creo que Valentina le importe mucho. Bueno, sí creo que pueda matar a Benjamín, pero por otros motivos.

—¿Sabes? Yo sabía que Valentina estaba viendo a alguien mientras estaba con Nico, además de lo obvio con mi hermano… que ya te diste cuenta ¿Verdad?

— Sip .

—¡Ay, no! Tan bonita pareja que hacían mi hermano y tú. Yo sí te quería como cuñada.

—No, por favor… —hasta arrugo la cara… no por la bebida, sino por lo que dijo.

—Eso no lo repitas. Tu hermano tiene otro tipo de mujer ideal en su mente.

Una que definitivamente no soy yo y quizás ni siquiera es Valentina, digo…

con eso de que probablemente hasta se acostó con tu prometido, pero según lo que se le escapó a Samuel es un rollo viejo entre ellos.

—Sí, fueron novios de secundaria, pero Valentina es…

bueno, Valentina. Y… su papá nunca le permitió esa relación, porque mi hermano nunca aspiró a ser médico.

—Casi lloriquea cuando dice: —Vale era mi mejor amiga, Nina, lo ha sido desde siempre.

Desde la primaria. Nuestros padres son amigos.

Ella me presentó a Benjamín. Yo solo pensé que tenían una bonita amistad porque sus madres eran amigas hasta que la mamá de Benja… bueno…

Con razón nunca me presentó a Valentina como una de sus amigas. La conocí hasta que coincidimos los cuatro en aquel restaurante.

—Sí, eso ya lo sé. Digo… lo que pasó con la mamá de Benja. —A ver, se supone que yo no sé nada de eso, así que cambio de tema: —¿Pero está confirmado? ¿Sí estaban juntos? Juntos, juntos.

No quiero decir la palabra obscena, porque me da rabia.

—Revisé el teléfono de Benjamín y aunque borra todo le pedí a su propio amigo, Elías, que si me ayudaba a recuperar los mensajes con ella.

—¿Elías? ¿El que siempre está en la cárcel?

—Sí, yo le pagué la fianza para que saliera de la cárcel la última vez, pero ese es nuestro secreto y ahora tuyo también. Le pedí que me ayudara y como no tiene muy buena relación con Benjamín desde hace tiempo, lo hizo gratis.

—Espera… ¿Puede recuperar mensajes borrados? —Estoy entrando en pánico, quizás recuperó los míos con Benjamín, aunque en los últimos meses no hacíamos más que pelearnos por chat.

—Sí.

—¿Y qué encontró?

—Cosas que no quise seguir leyendo… o viendo. —Otra pausa… de las que me ponen histérica. —Valentina le enviaba fotos sexuales y él le decía que iba corriendo a su apartamento.

Ay, Benjamín.

Qué criatura tan consistentemente decepcionante.

—No me digas…

—Y también encontré depósitos en su cuenta bancaria con tu nombre.

Ah, mierda.

Mierda.

Ahí está, ahí está todo el asunto.

—Bueno… —Entonces ya es hora de decir la verdad y aceptar lo que sea que venga. —Una vez… bueno, no una… varias veces, salí con Benjamín.