Bendito Karma CAPÍTULO 38 #2
67%

CAPÍTULO 38 #2

—¿No es eso lo que estás pidiéndonos exactamente? —habla Lucas. —Un espectáculo.

—¿Qué quieren? ¿Una casa? ¿Un auto? —Lucas está visiblemente ofendido. —¿La boda de tus sueños con ese muchacho tan… poco amable? —Ahora la ofendida soy yo. No sé si por lo de la boda, o por lo de «poco amable».

—Pues prefiero a un «poco amable» que a un delincuente que no sabe quién es si no hay público mirándolo.

El silencio que sigue es distinto a todos los anteriores. Más denso, más incómodo, como si el aire se hubiera vuelto pesado de repente. Lo miro a los ojos y ahí lo noto: un destello breve, casi imperceptible… tristeza. No la que se finge, no la que se usa. Otra. Más limpia. Más peligrosa.

—Eres muy buena haciendo daño —dice finalmente—. Supongo que en eso sí me superaste.

Y es el tono. No lo que dice, sino cómo lo dice.

Sin sonrisa, sin máscara. El gesto se le quiebra apenas, como si por un segundo se le olvidara el personaje y quedara expuesto, demasiado humano, demasiado vulnerable.

Y siento esa punzada incómoda en el pecho, inesperada, como si algo dentro de mí dudara por primera vez.

Una voz nos interrumpe:

—¡Licenciado Beltrán! Qué gusto verlo ¿Podemos tomarnos una foto?

Una pareja se acerca con el celular en la mano. Rigoberto asiente, pero no hay ese cambio inmediato que esperaba. Se levanta, sí, y acepta, pero la sonrisa no le llega del todo; es más tenue, menos segura, como si todavía estuviera en otro lugar. Posa, agradece, dice un par de palabras… es todo.

Trato de convencerme de que es otra de sus actuaciones, otra forma de manipular, de hacerme sentir algo que no debería.

Le pregunto a Lucas:

—¿Crees que me pasé?

—No. Eso es justo lo que necesitaba.

El silencio no se rompe cuando regresa a la mesa.

Se sienta, acomoda los cubiertos que ya no va a usar y fija la mirada en el plato como si todavía hubiera algo pendiente ahí, pero no dice nada.

Nadie dice nada. El mesero aparece con la cuenta y, esta vez, Rigoberto ni siquiera intenta negociar.

La toma, la abre apenas y saca la tarjeta sin comentarios, sin bromas, sin ese aire seguro de hace unos minutos.

Yo ni siquiera menciono pagar mi parte; no se me ocurre.

La incomodidad es demasiado tensa para eso.

Cuando el mesero se aleja, le pregunto a Lucas si pedimos un taxi. Él asiente de inmediato, pero antes de que podamos hacer nada, la voz de Rigoberto nos interrumpe con un simple «no».

—Yo los traje, así que yo los llevo.

No hay arrogancia en su tono, tampoco molestia.

Solo algo… distinto. Lo observo un segundo más de la cuenta, intentando descifrarlo, pero no encuentro la palabra exacta.

No es el hombre de hace un rato, pero tampoco es alguien que reconozca del todo.

Lucas y yo intercambiamos una mirada breve y, por una vez, ninguno hace un comentario. Solo asentimos.

El trayecto en el Porsche empieza en silencio.

Lucas se baja primero, diciendo un «nos vemos luego, Nina» evidentemente no dirigido a nuestro padre, y cuando la puerta se cierra y el auto vuelve a avanzar, el silencio cambia.

Ya no es neutro. Es incómodo. Se instala entre nosotros como algo que ninguno quiere tocar.

Miro por la ventana, dejándome llevar por calles que no estoy viendo realmente, evitando girar la cabeza hacia él.

Pasan varios minutos así, hasta que finalmente rompe el silencio:

—¿Cómo está Dionisio?

Que mi abuelo no sepa que preguntó por él, porque va a querer pegarle un tiro.

Giro apenas la cabeza hacia él. Su voz es normal, demasiado normal, y eso, por alguna razón, lo hace peor. Abro la boca esperando que salga algo ácido, algo que me devuelva a mí misma, pero no llega. Lo único que sale es un:

—Bien.

Y eso… eso no es normal en mí.

—¿Todavía me odia? —Sé que está intentando aligerar el ambiente.

No lo logra.

—Sí. Digo… lo llevaste a la corte solo para fastidiarlo, cuando él ya había construido una vida tranquila para mí después de todo lo que pasó.

Y, cuando viste que hacerte cargo de una niña no te convenía tanto como aparentarlo, me dejaste frente a su casa en plena noche lluviosa y renunciaste a la patria potestad como si nada.

Después desapareciste. Lo único que hiciste fue montar un espectáculo para que todos creyeran que eras un gran padre, pero apenas dejaron de mirarte, me devolviste con él.

El silencio vuelve a instalarse entre nosotros, más pesado que antes, pero, por suerte, el trayecto no es largo y ya casi estamos llegando. Estoy por pedirle que me deje en la siguiente esquina, porque no hay forma de que en el trabajo me vean llegar con él, cuando vuelve a hablar:

—Escucha… —dice en voz baja—. No voy a justificar lo que hice. Sé que te fallé. Y sé que probablemente no haya nada que pueda decir para cambiar cómo me ves ahora, pero déjame demostrarte que ya no soy esa persona.

Lo observo de reojo.

Y odio que, por un segundo, suene sincero.

—El tráfico está demasiado pesado, déjame aquí. Puedo caminar, son solo unos cuantos metros.

La verdad es que el tráfico sí está horrible y probablemente llegue más rápido a pie. Aun así, no espero que diga que sí tan fácil.

Pero lo hace.

—Está bien. Con cuidado. —Abro la puerta, pero me detiene: —Nina… espera… quiero hacer una cena en mi casa. Solo tú, Lucas y yo, bueno… también mi esposa. Quiero que la conozcan, que ella los conozca a ambos también. Les he hablado mucho de ustedes dos.

—Espero le hayas contado la verdad y no la versión donde te justificas por todo.

—Sí le he contado la verdad. Sabe todo lo malo de mí y aún así eligió quedarse. Es una gran mujer. Siento que serían muy buenas amigas.

—No lo sé, no me gusta hacerme amiga de gente con tan mal sentido común.

No veo su expresión. Solo sé que sus dedos golpean el volante una vez, como si estuviera perdiendo la paciencia, pero intenta mantenerse tranquilo.

Y como nota que estoy a punto de bajarme sin darle una respuesta concreta, se apresura a añadir:

—Puedes traer a tu novio, si gustas.

Creo que está hablando de Nico.

—No creo que diga que sí.

Aprovecho que todo está paralizado para salir rápido del auto y cierro la puerta casi como si quemara. No me despido. Tengo un nudo en la garganta y carraspeo intentando deshacerme de él. Menudo día.

Recuerdo que no le contesté a Nico, así que saco el teléfono y escribo algo rápido:

«No es necesario, él me trajo».

Su respuesta llega enseguida:

«Sobreviste»

Y yo, por alguna razón, soy sincera:

«A duras penas».

Mi teléfono empieza a sonar casi de inmediato. Es él, por supuesto. No debería contestarle tan rápido, debería hacerlo esperar, pero no puedo… porque algo dentro de mí necesita borrar ese mal trago que pasé con mi padre.

—¿Qué quería ese tipo esta vez?

Su voz sale tranquila, grave, cálida… de esa forma ridícula que debería ser ilegal cuando una está al borde del colapso.

—Lo mismo de siempre. Quiere lavar su imagen y usarnos para una rueda de prensa. Políticos, ya sabes. Fotos, entrevistas, fingir que somos una familia feliz… y luego actuó como si realmente estuviera arrepentido y ahora no sé si creerle o golpearlo con una silla.

Nico suelta una risa suave.

—La última opción suena mejor.

—Sí, ¿verdad?

En ese momento suena el claxon de un auto.

El semáforo cambió y yo sigo a mitad del paso peatonal, así que me apresuro a cruzar levantando una mano en señal de disculpa.

Principalmente porque no tengo ganas de terminar atropellada antes de llegar a la revista, pero también porque no quiero explicarle esto a Nico.

Lástima que a él no se le escapa absolutamente nada.

—¿Dónde estás exactamente?

—Caminando hacia la revista.

—¿Caminando?

—Sí. Me dejó a un par de cuadras, pero porque yo se lo pedí. Uno: no quería pasar un segundo más con él. Dos: no quería que me vieran llegar con él. ¿Y sabes qué es lo peor? Que me pidió perdón y, por un momento, sonó sincero. Ahora me siento culpable por haber querido golpearlo con una silla.

—Que suene sincero no borra lo que hizo, mi pulga. Y tampoco significa que tengas que perdonarlo. Es más, nunca lo hagas.

Algo dentro de mí baja la guardia sin permiso y me río de verdad.

Digo… es Nico. De él puedo esperar cualquier cosa menos un «perdónalo».

—¿Sabes? Solo quiero encerrarme en mi casa y dormir dos días seguidos.

—Puedo ayudarte a conseguir días libres. No sé… un virus altamente contagioso, quizás.

—No me jodas.

—Tú mandas.

—Y ya que estamos, te inventas uno para ti también y te vienes conmigo.

Hay un segundo de silencio.

Ese silencio peligrosísimo donde sé perfectamente que Nico está sonriendo.

—¿«Te vienes conmigo» en qué sentido exactamente?

—No empieces, Nicolás.

—Acabas de ofrecerme pasar dos días encerrado contigo. Estoy procesando información importante.

Niego con la cabeza mientras entro al edificio de la revista todavía con el teléfono pegado al oído. Y ahí está otra vez esa sensación. Esa cosa rara y peligrosísima que estoy empezando a asociar con Nico.

Hace menos de diez minutos quería arrancarle los ojos a Rigo. Ahora estoy entrando a la revista riéndome sola por culpa de un hombre que trabaja rodeado de cadáveres y que probablemente necesita supervisión psicológica.

Eso no puede ser normal.

Porque Nico me calma demasiado fácil. Y el problema no es solo que me guste; es que estoy empezando a acostumbrarme.

A querer contarle las cosas antes siquiera de procesarlas yo.

A sentir cómo el pecho deja de apretarme apenas escucho su voz, como si mi cerebro hubiera decidido, sin consultarme primero, que él es una especie de lugar seguro.

Yo no acostumbro contar mis problemas a nadie.

—Por cierto… dice que quiere hacer una cena en su casa. Él, su esposa, Lucas y yo. Me dijo que tú también estás invitado.

—Ni de coña.

—Sí, le dije que responderías exactamente eso.

—Bueno… iría solo por ti, mi amor. Quizás decirle unas cuantas verdades en la cara me alegra la semana completa.