Bendito Karma CAPÍTULO 38
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CAPÍTULO 38

E l lugar es exactamente lo que esperaba: demasiado bonito, demasiado caro y, sobre todo, demasiado visible.

Lo peor no es eso, sino que está lleno a una hora en la que, según el letrero de la entrada, ni siquiera debería estar abierto. Me detengo un segundo después de bajar del auto, recorriendo la fachada con una mezcla de fastidio y resignación.

—Claro —murmuro—. Era de esperarse.

A mi lado, Lucas se ajusta las gafas de sol con una naturalidad exagerada, como si en cualquier momento alguien fuera a saltar de detrás de un arbusto para tomarle una foto.

—Sí, súper casual —dice—. Nada sospechoso que esté lleno de gente. Seguro todos madrugaron con hambre existencial.

No respondo. No hace falta. A estas alturas, ya entendí perfectamente el tipo de «casualidad» que tenemos delante.

Basta con mirar alrededor: mesas ocupadas, gente bien vestida, miradas que se desvían con demasiado interés hacia nosotros… o, más específicamente, hacia él. Porque en cuanto Rigoberto pone un pie fuera del auto, ocurre lo inevitable.

—¡Licenciado! —¡Don Rigoberto! —¡Cuenta con mi voto!

Perfecto. Absolutamente perfecto.

—Qué sorpresa —digo, sin intentar siquiera disimular el tono plano—. Qué lugar tan… discreto.

Rigoberto sonríe con esa expresión pulida que parece ensayada frente a un espejo, una que ya me provoca algo muy cercano a la alergia.

—Es un sitio tranquilo.

Lucas suelta una risa breve, seca.

—Sí, tranquilísimo. Apenas hay treinta personas mirándote.

Entonces ocurre lo inimaginable, Rigo corre a abrirnos la puerta del lugar para que entremos. Yo me detengo frente a él, a punto de decir algo, pero él se me adelanta:

—No hagamos una escena aquí, por favor. —El gesto es casi una súplica. Yo solo me guardo mi comentario porque nos están viendo… demasiado.

—Te dijimos que a la primera tontería nos íbamos.

—Es solo un lugar que sirve buen desayuno. Es todo.

Voy a elegir creerle solo por mi paz mental.

En fin, el lugar por dentro es un descaro. Elegante, minimalista, con esa estética engañosamente simple que cuesta más de lo que gano en meses. Los meseros se mueven con precisión casi coreografiada, la música es suave, perfectamente calculada, y la iluminación… la iluminación es ideal para fotos.

Claro. Para fotos.

Nos guían a una mesa junto a la ventana. No cualquier ventana: la ventana. El punto exacto donde todo el mundo puede vernos sin siquiera intentar disimular.

—Qué casualidad —comento mientras tomo asiento—. La mesa más visible.

—Es la mejor ubicación —responde Rigoberto demasiado rápido.

Lucas se inclina ligeramente hacia mí.

—La mejor para una campaña política, sí.

Rigoberto aprieta la mandíbula antes de hablar.

—Ya basta. Compórtense.

—Claro, porque este es tu público.

—Nina…

—No, tranquilo. —Abro el menú—. Voy a comportarme. Prometido.

Lucas hace lo mismo, aunque su sonrisa no engaña a nadie.

—Yo también. Voy a ser un ciudadano ejemplar.

El silencio que sigue es breve, pero de esos incómodos. Un mesero aparece justo a tiempo para romperlo.

—Buenos días, ¿qué desean ordenar?

No miro los precios. Ni uno solo. Si esto es un espectáculo, entonces que sea completo.

—Quiero el desayuno completo premium —digo con total naturalidad—. El que incluye salmón ahumado, huevos benedictinos y jugo natural… ah, y el mejor café que tengan, porque no hay forma de que aguante esto sin un buen café.

El mesero asiente con profesionalismo, pero hay un destello de curiosidad en sus ojos.

Lucas no tarda en sumarse.

—Yo quiero lo mismo… pero agrégale ese corte de carne —dice, señalando sin la menor vergüenza—. Y un jugo verde… porque hay que cuidar la salud. No quiero verme como mi padre cuando cumpla cincuenta.

Rigoberto sonríe. O al menos lo intenta. La incomodidad le tira de los bordes de la boca, le endurece la mirada. Baja los ojos al menú, luego al mesero, luego a nosotros, como si estuviera intentando no sacar su lado maniático.

El mesero anota todo, esta vez más lento, como si quisiera asegurarse de no perderse nada.

—Eh… sí… eso está bien. El desayuno más caro ¡Claro! Hagamos fiesta.

—No te preocupes —le digo, regalándole una sonrisa dulce—. Yo puedo pagar… incluso el tuyo.

El silencio es inmediato. El mesero se queda quieto. Lucas gira apenas la cabeza hacia mí.

Rigoberto se ríe un poco.

—No es eso —se ríe, pero el sonido no le llega a los ojos—. Yo los invité, obvio que yo pago.

—Sí, pero te vi preocupado.

—No estoy preocupado.

—Claro que sí —insisto—. Se te nota que estás haciendo cálculos mentales.

Lucas interviene, casi divertido.

—Tampoco es muy bueno para los cálculos. Mira que tú y yo nacimos con cuatro meses de diferencia.

El mesero baja la mirada para esconder una sonrisa.

Rigoberto carraspea, recuperando apenas el control.

—Traiga la orden de ellos, por favor. Para mí algo más sencillo.

El mesero asiente y se retira, aunque no sin lanzar una última mirada curiosa antes de desaparecer.

—Ya fue suficiente —dice Rigo, más serio. —Exijo respeto.

—Está bien —respondo yo—. Entonces dinos la verdad ¿Por qué estamos aquí?

—¿No puedo tener un tiempo de calidad con mis hijos?

—¡Ay, Rigoberto! No nací ayer. ¿Reporteros? ¿Fotos? ¿Qué es lo que quieres?

Y entonces pasa.

Es mínimo. Apenas un destello. Pero sus ojos brillan un segundo, lo suficiente.

Lucas también lo ve y sonríe.

Es que ya lo conocemos bastante bien, aunque él se defiende:

—No ¡Claro que no! —Hay una pausa, breve, calculada. —Aunque… unas fotos como familia feliz tampoco estarían mal.

Ahí está.

Exactamente ahí.

Suelto una risa corta, sin humor.

—Claro…

Lucas se recuesta en la silla.

—Al menos es honesto… a medias.

—Pero… aclaro —se defiende—, es solo una idea. No estamos aquí para eso.

—Bueno —respondo—, porque vas a necesitar más que un desayuno de propaganda si quieres que nos unamos a tu campaña de familia feliz.

Antes de que pueda seguir, los meseros llegan con la comida y el tema muere ahí, al menos por ahora. Mi atención cambia de inmediato, porque lo que ponen frente a nosotros es… ridículo.

Los platos son pequeños. No pequeños elegantes…

pequeños de verdad, casi ofensivos, como si comer en versión ser humano fuera de mal gusto en este lugar.

Todo está dispuesto con una precisión exagerada: gotas de salsa perfectamente medidas, hojas verdes que no aportan absolutamente nada y un salmón tan impecable que parece más una obra de arte que algo que deba comerse.

Ahí lo entiendo.

Aquí no estás pagando por la comida.

Estás pagando por mirarla.

Levanto la vista.

Rigoberto sonríe a una mesa cercana, impecable, calculado, perfectamente colocado en el ángulo correcto para que lo vean.

No puedo creerme esto.

—Esperen, oremos.

Rigoberto entrelaza las manos con una solemnidad que no le había visto en toda la mañana y empieza a recitar un « bendice estos alimentos» que suena menos a fe y más a discurso de campaña, perfectamente modulado, casi ensayado.

No sé si agradecer o votar.

Cuando finalmente abre los ojos, Lucas y yo lo estamos mirando en completo silencio, con la misma expresión incrédula, como si estuviéramos presenciando un acto que nadie nos avisó que iba a ocurrir.

Él sonríe, satisfecho.

—Ahora sí, comamos.

Qué bueno que prefiere comer en silencio. Así, el resto del desayuno transcurre en una paz casi aceptable, lo suficiente para fingir que no está frente a mí. Pero claro, no dura:

—Escuchen. —Ahí vamos. —Sé que me guardan resentimiento por no haber sido el mejor padre, pero tienen que entenderme… cuando ustedes nacieron yo era joven. Inmaduro.

—Esa etapa te duró demasiado —dice Lucas, sin mirarlo siquiera.

Rigoberto respira hondo, como si estuviera contando hasta diez.

—Tal vez, pero ahora quiero hacer las cosas bien. Se los estoy diciendo de corazón… y ustedes no están ayudando.

Parpadeo, más por incredulidad que por sorpresa.

—¿Cómo que no? —me inclino apenas hacia adelante—. ¿No nos ves sentados frente a ti?

—Presentes —añade Lucas—. Físicamente… y emocionalmente. Algo que tú no conoces.

—Ya basta —dice Rigoberto, tensando la mandíbula. Yo hago lo posible por no reírme. —¿Qué más quieren? ¿Que los lleve a la luna? ¿A Marte? ¿Van a castigarme toda la vida por mi pasado? Solo quiero hacer las cosas bien.

—Para tu campaña política, ¿no? —pregunto, sin rodeos.

Esta vez el silencio no es breve. Se queda. Se instala. Lo obliga a pensar antes de responder.

—A ver… —dice finalmente—. No es solo por la campaña política.

Lucas se recuesta en la silla, cruzándose de brazos.

—Entonces ve al grano. Te conozco. No nos trajiste aquí por cariño. Si eres sincero… tal vez te escuchamos.

Rigoberto guarda silencio otra vez, pero ahora es distinto. Más largo. Más pesado. Como si estuviera midiendo cada palabra antes de soltarla, como si supiera que lo siguiente va a cambiar el rumbo de la conversación.

Y entonces lo dice:

—Una rueda de prensa… con ustedes.

El café casi se me sale por la nariz.

—¿Qué?

—Una rueda de prensa —repite—. Los tres juntos, como la familia que somos.

Lucas se endereza de golpe. Yo hago lo mismo, sin siquiera darme cuenta.

—¿Estás bromeando?

—Yo hablo, ustedes solo fingen que nos llevamos de maravilla —continúa—. Si alguien hace alguna pregunta directa, solo tienen que mencionar que he sido buen padre.

—¿Buen padre? ¿Te acuerdas el infierno que nos hiciste vivir el corto tiempo que vivimos contigo?

—¡Eso quedó en el pasado! Si pudiera devolver el tiempo…

—Si pudieras devolver el tiempo… —repito con burla. —Yo me voy.

En ese momento miro que tengo un mensaje de Nico. Le envié la placa cuando veníamos en camino, simplemente porque no creo que Rigoberto tenga un Porsche.

Y no me equivoqué, Nico dice que el registro no está su nombre.

Además, hay otro texto «Ese desayuno ya tardó demasiado, ¿necesitas que vaya por ti?

Quizás sí.

—Nina… —Ni siquiera me mira del todo. Mantiene la sonrisa hacia las otras mesas, impecable, como si estuviera en un evento y no en un desayuno que claramente se le está saliendo de control. —Por favor, siéntate. No hagamos un espectáculo, por favor.