CAPÍTULO 37 #3
—Tiene mil contactos, no me sorprende. Antes de que nos arme una escena o se haga la víctima en su próxima campaña política, mejor bajamos ¿No crees?
No le respondo, porque tiene razón. Le contesta que nos dé unos minutos y desaparece en su habitación. Yo me quedo en la sala replanteándome la existencia.
Perfecto.
Me paso la mano por el cabello, camino de un lado a otro, me siento, me levanto otra vez. Me voy a poner una chaqueta larga y más oscura para pasar desapercibida… ah, y gafas de sol.
Cuando Lucas sale yo ya estoy lista.
Bajamos juntos y sí, ahí está, recostado con total descaro sobre el capó de un Porsche negro brillante.
Rigo levanta la mirada, apenas nos ve y sonríe.
Esa sonrisa cínica e hipócrita.
—Miren nada más… —dice, acomodándose el saco—. Mis hijos. Pensé que tendría que mandar un equipo de búsqueda.
—Te hubieras ahorrado el gasto —respondo sin frenar—. No somos tan difíciles de ignorar, ya tienes experiencia.
Lucas suelta una risa baja.
—Aunque debo admitir —añade, cruzándose de brazos—, el Porsche te ayuda. Muy sutil lo tuyo, Rigoberto. Casi no se nota que estás en campaña y quieres que todos te miren.
Rigo aprieta la mandíbula apenas un segundo, pero no pierde la sonrisa.
—Ya basta.
Ese tono.
Ese intento de autoridad que llega años tarde.
—No estoy aquí para discutir, jóvenes.
—Qué raro —murmuro—. Es lo único que sabes hacer cuando apareces.
Lucas inclina la cabeza, como evaluándolo.
—O desaparecer —agrega—. También eres bastante consistente con eso.
Silencio.
Rigo exhala, como si estuviera contando hasta diez para no mandarnos al diablo.
—Miren, estoy aquí porque quiero hacer las paces, no para pelear.
Lo miro.
Así, sin pestañear.
—Ajá.
—Son mis hijos mayores —continúa—. Y no quiero seguir siendo un desconocido para ustedes. Quiero recuperar el tiempo perdido. Que seamos una familia hermosa.
—Un poco tarde para eso, ¿no? —lo interrumpo yo.
—La gente cambia, Nina.
Suelto una risa corta.
—Sí, ya me sé ese discurso. Versión uno: «voy a cambiar». Versión dos: «desaparezco». Versión tres: «voy a reaparecer con otra excusa… o desde la cárcel».
Lucas está a punto de reírse y agrega:
—Hay que admitir que es una saga consistente.
—¡No es un juego! —dice , ahora sí más serio—. Me entregué a Dios. Estoy haciendo las cosas bien, ¿okey? Tengo una familia hermosa, quiero que conozcan a mis otros hijos… quiero que vean de verdad que ahora soy otra persona.
Miro a Lucas de reojo.
—¿Y eso incluye fotos familiares para tu campaña? —suelta él sin perder la sonrisa irónica.
—No es por eso. Dejemos a un lado la campaña y concentrémonos en la familia que somos.
—¿Ahora somos una familia? Hace dos días me dijiste que preferías que nos ignoráramos.
—Y ya me disculpé, Nina. Solo fue la impresión… no me esperaba encontrarlos ahí, pero Dios me habló —dice, llevándose la mano al pecho—. Me puso esto en el corazón. Me hizo entender que no puedo seguir dándoles la espalda a mis hijos.
Lucas suelta una risa baja.
—Qué oportuno Dios, ¿no? Justo cuando estás en campaña.
—No lo entenderían. Sé que no conocen esta nueva versión de mí. Solo quiero hacer lo correcto, ser el padre que nunca fui. Recuperar el tiempo perdido… como Dios manda.
No sé qué gesto debo de tener ahorita.
—Ajá. ¿Y eso viene con versículo incluido o todavía lo estás ensayando?
Me mira. Y yo ya conozco ese gesto… oscuro, malévolo.
La forma que aprieta la mandíbula o cierra los puños a cada lado de su cuerpo.
Quiere perder la compostura. Entonces se acuerda de que estamos en público y podrían estarlo viendo.
Así que respira hondo, se ajusta el saco y fuerza una sonrisa pulida.
—Bueno, ya me humillaron lo suficiente, ¿vamos a otro lugar? ¿Más cómodo y a comer algo? Solo quiero que charlemos. Lo único que necesito es una oportunidad para demostrarles de que sí cambié.
Lucas suspira.
—Si Nina está de acuerdo…
—No, no lo estoy…
—Nina, por favor… —El gesto suplicante de don Rigoberto casi me lo creo.
Miro a Lucas y él asiente un poco, no tan convencido, pero con un ademán me dice que vayamos. Si esto sale mal, lo culpo a él.
—Bueno, pero a la primera tontería… nos vamos.
Rigo asiente rápido.
Demasiado rápido.
—Está bien.
Lo miro.
No le creo.
No le he creído nunca.
Nos abre la puerta.
—Nos vamos en el auto de Lucas.
Y Lucas de inmediato me dice al oído:
—Se lo llevó Luciana. El de ella quedó en la discoteca.
—No me jodas. Este es un bendito Porsche, vamos a ir apretados como sardinas en lata.
—Quédate con el lado donde al menos puedas respirar —murmura divertido.
Entonces le extiendo la mano. Él es el primero en entrar. Yo le tomo una foto a la placa frente a Rigo y después me deslizo a la par de Lucas. El interior huele a cuero caro y decisiones cuestionables.
Rigoberto todavía me está viendo confundido, pero sin preguntas rodea el vehículo y se sube al volante como si esto fuera una escena perfectamente ensayada.
—¿Todos cómodos?
—Arranca antes de que cambiemos de opinión.
Rigo no dice nada.
Pero sonríe.
Y eso… nunca es buena señal.