CAPÍTULO 37
L os besos en la nariz deberían ser ilegal.
No por lo que es, sino por lo que provoca: Una risa divertida a las cuatro de la mañana mientras escucho algo que me tortura en el inconsciente.
—Ya me voy, mi amor. Voy a entrenar. —Ese es Nico, por supuesto; con la voz todavía áspera, pero con una suavidad como si al mismo tiempo no deseara despertarme.
Siento el roce en la punta de mi nariz otra vez.
Suave.
Familiar.
Demasiado.
¿Y qué hago yo? Reírme un poco… media dormida.
—No tienes que avisarme siempre «mi amor». Igual ya sé que vas a volver, y si no, yo te encuentro. Créeme que tengo mejores métodos que el FBI.
Nico suelta una risita.
—Eso debería preocuparme.
—Sí debería.
—Pero al mismo tiempo me gusta.
Ahora soy yo la que ríe un poco.
—Estás loco. —Y le paso un brazo por el cuello. —Pero me encantas.
—Eso ya lo sé.
No sé en qué estoy pensando cuando le digo:
—Quédate, solo por hoy.
—¿Me estás pidiendo que me salte mi rutina por quedarme a dormir?
—Conmigo…
—Tentador.
—Puedes entrenar por la noche.
Y sí se la piensa, pero yo ya me estoy acomodando en su pecho.
Toma su celular y escribe un mensaje. Vuelve a ponerlo sobre la mesa de noche y envuelve sus brazos alrededor de mí. ¡Dios! ¿Por qué tiene que ser Nico con quién me sienta tan cómoda? Tantos hombres en el planeta tierra.
Hasta que me despierto por completo es que caigo en cuenta de que hice y dije todo eso.
Y que no fue solo un mal sueño, porque tengo su brazo de almohada y la claridad que entra por la ventana es demasiado sospechosa.
Lo que tampoco fue un sueño fue lo que pasó ayer, porque mi cuerpo me lo dice a gritos cuando intento moverme para agarrar mi celular.
Me duele todo.
No dolor malo.
Dolor de «tomaste pésimas decisiones anoche y lo volverías a hacer».
Cierro los ojos y todo se amontona dentro de mi cabeza: Sus manos, sus gemidos, su lengua, él detrás de mí, debajo, encima. Carajo.
Él se remueve un poco cuando alcanzo mi celular sobre la mesa de noche. Me doy cuenta de que nunca me había despertado antes que Nico y eso es todavía más sospechoso. Me apuro a ver la hora…
P… digo, santa madre.
—¡Nico! —Porque yo no lo voy a despertar con besos en la nariz. —¡Nicolás!
—¿Mmm?
—Es tarde… bueno, para ti.
Esa es la palabra clave para que abra los ojos, parpadee, tome su celular y se de cuenta de que sí, es demasiado tarde.
—Mierda.
Me pongo de pie rápido y siento como si me arrolló un tren. Lo disimulo, claro que sí. Nico, en cambio, creo que nunca había dormido tanto, porque parece sentirse como nuevo. Se levanta como una pluma y se va a su armario para sacar una toalla.
Y no parece confundido, arrepentido y ni siquiera incómodo.
Yo sigo en el mismo lugar cuando pasa a mi lado.
—Por cierto, buenos días, mi pulga.
Claro.
Encima tierno.
—Oye, solo bromeaba cuando te dije que te quedaras.
—Me lo pedías a gritos.
—No —respondo de inmediato—. Yo lo sugerí. Tú elegiste.
Él suelta una risa baja, como si esto le divierte bastante. Me mira de pies a cabeza, así sin decoro. Es que yo solo llevo mi ropa interior con poca tela.
—Es que quién podría decirte que no, cuando te miras así de bien.
Se regresa y me toma el rostro con ambas manos.
Yo no me he lavado los dientes.
Mierda.
Intento girar la cara, apenas, lo justo para…
Demasiado tarde.
Me besa. Lento, seguro. Como si no hubiera absolutamente nada que cuestionar. Una de sus manos se apoya en mi cintura, firme. La otra baja más.
Yo me quedo quieta.
Procesando.
Evaluando.
Aceptando mi destino.
Cuando se separa apenas, lo miro, entre indignada y… bueno, lo otro.
—No me he lavado los dientes.
Él ni siquiera parpadea.
—No tienes mal aliento.
Claro.
Es forense.
—Ah, se me olvidaba. Trabajas en una morgue, cualquier otro mal olor ya te huele a rosas.
Nico suelta una risa pequeña, se mete al baño y miro la hora otra vez.
Sí. Definitivamente va a llegar tarde. Él, yo no. Qué bueno que nunca se me ocurrió estudiar medicina forense.
Busco mi ropa esparcida por todas partes, pero me acuerdo de que también tengo algunas prendas en su clóset, así que no tengo que volver a ponerme lo mismo.
Por ahora elijo algo práctico: Una de sus camisetas, y también recojo lo que tenía puesto ayer.
No había notado antes que sobre su escritorio está mi perfume, pero no es el mismo que dejé aquí…
a ese solo le quedaba un par de rociadas. Este está completamente nuevo.
Vamos a hablar sobre eso más tarde.
En fin, la cocina de Nico sigue siendo muy Nico, excepto por mi cereal en una esquina, por lo demás…
todo en su lugar, etiquetado, todo demasiado organizado que no cuesta encontrar nada.
Abro la nevera y ahí está todo: desayuno, almuerzo, cena.
Nicolás es de ese tipo de persona con suficiente autocontrol como para preparar su comida de toda la semana.
El desayuno incluye como cinco huevos y los almuerzos media res como la comida de su abuela ayer.
—Qué sorpresa —murmuro con ironía.
Agarro uno de los recipientes, lo abro y lo meto al microondas. Además, preparo dos cafés en su máquina que ya aprendí a usar, porque, aparentemente, desarrollo habilidades domésticas cuando tomo malas decisiones emocionales.
En un plato le sirvo el desayuno sobre la barra y le dejo el café a un lado mientras yo me tomo el mío viendo lo que acabo de hacer.
¿Qué acabo de hacer?
Intento convencerme a mí misma de que solo lo estoy ayudando porque va tarde.
Jamás en mi vida le había servido el desayuno a alguien. Lo importante es que esto no cuenta como cocinar, ahí sí estuviera preocupadísima.
Levanto la mirada hacia la puerta.
Podría irme.
Así.
Sin decir nada.
Sin explicaciones.
—¿Me estás preparando el desayuno?
Escucho a mis espaldas, suena divertido. No me giro. Es que… a ver, también… es Nico.
—No —respondo de inmediato con ironía—. Estoy invadiendo tu rutina de manera agresiva.
Mira la comida, después el café y después a mí.
—Ajá.
—No te emociones. Es solo por hoy.
Mejor me voy. Y me acuerdo de que no tengo auto.
Él también recuerda mi desgracia:
—No tienes auto. —Le da un sorbo al café. Bueno, no es como que yo sea amante a conducir, así que estoy bien. Me meto al baño y veo que también mi shampoo es otro. Digo, uno nuevo. —No me da tiempo de llevarte, pero puedes tomar mi camioneta.
—¿Qué dices?
—Yo puedo tomar un taxi. No estoy lejos.
Prefiero que Lucas me lleve, porque:
Si tengo la oportunidad de no conducir, voy a tomarla.
Llevarme su camioneta es demasiada confianza.
—No te preocupes, mi hermano va a llevarme.
Por cierto, no sé nada de él desde ayer.
Me meto bajo el chorro del agua y me lavo los dientes al mismo tiempo porque no estoy para hacer las dos cosas por separado.
Necesito irme. Entonces me acuerdo de lo ayer, de todo, de lo del inicio hasta el final.
El agua tibia no ayuda mucho y ese cosquilleo entre las piernas…
qué suerte que se va de inmediato cuando me acuerdo de que acabo de servirle el desayuno a Nico.
Y lo peor de todo es que lo hice por voluntad propia y sin pensarlo mucho.
A ver, estoy sobrepensando demasiado. Es solo una comida que metí en el microondas.
Me visto rápido y guardo en mi bolso la ropa de ayer.
Cuando salgo Nico ya está terminando de comer.
—Tengo que irme —le digo yo. —Necesito ver que Lucas sigue vivo y no quemó mi apartamento.
—Desde aquí se mira bien.
Y es que, desde su desayunador, hay una vista completa de mi balcón.
—Aparentemente. Lo conozco desde hace años, no sé con qué sorpresa voy a encontrarme.
Y lo siguiente tampoco me la pienso mucho… en realidad, no lo pienso nada. Me acerco a él y yo ¡Yo! Le doy un beso en los labios para despedirme.
Caigo en cuenta muy tarde.
Mejor me voy.
Camino rápido como si tengo que atender una urgencia.
—Si en algún momento necesitas usar un taxi, envíame la placa antes de subirte ¿Okey?
—Está bien.
Abro la puerta y me detengo en seco cuando miro a la persona al otro lado.
Benjamín también parece asombrarse, porque… claro, a la última persona que esperaría ver aquí es a mí.
—Buenos días —lo saludo nada más por cortesía y paso a su lado.
A ver, yo llevo el cabello recién lavado, labial recién puesto… el labial… madre mía, ahora mismo debe de estar en la boca de Nico.
Benjamín me agarra del brazo. Yo miro su mano y después lo miro a él, más le vale que me suelte. Lo hace, qué alegría, no quiero protagonizar una escena del crimen.
—¿Qué haces aquí, Nina?
¿Perdón? ¿Desde cuándo yo tengo que rendir cuentas?
—Acostándome con Nico —suelto con ironía. No se lo cree, pero el gesto que hace me indica que una parte de él empieza a sospechar, pero decide tomarlo como broma.
—¡Ja! Qué divertida —lo dice sin ganas. —¿Está Nico?
El mencionado aparece en la puerta.
—¿Qué estás haciendo aquí?
Ah, caray, mi labial sí está ahí. Solo un poquito, pero está ahí. Bueno, no es como que Benjamín sea muy observador, aunque últimamente ya no anda tan despistado.
—No me contestaste.
—Si no te contesté fue por algo ¿No? No es tan difícil de interpretar.
—Oye, ¿qué te pasa? Últimamente te estás pasando con todo el mundo.
—No con todo el mundo, quizás tú estás más irritante.
Dios mío, voy a tener que meterme en una posible discusión de dos hombres que me doblan en altura.
Necesito desaparecer.
—Bueno, chao.
Mientras camino al elevador, escucho a Benja:
—¿Y qué hace Nina aquí?
Se supone que está susurrando.
—Lo que sea que ella te dijo.
—¿Qué se está acostando contigo?
Nico no dice nada y yo no volteo, pero por su tono sé que se está divirtiendo.
—¿Eso te dijo?
—Sí. Ya sé que solo lo dice para molestarme, como siempre. —En su cabeza todo gira en torno a él. —Pero bueno, solo pasaba por aquí para invitarte a comer. Como en los viejos tiempos.
—No tengo tiempo.
Cuando llego al elevador y me doy media vuelta, Benjamín se está metiendo en su apartamento sin permiso y Nico, definitivamente, no está feliz viéndolo entrar; parecen discutir. Las puertas del elevador se cierran y me acuerdo de todas las cosas que he dejado ahí.
En fin, me da igual.