Bendito Karma CAPÍTULO 36 #3
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CAPÍTULO 36 #3

Él sonríe, pero ese tipo de sonrisa que me prende de una forma que no debería.

—Si nos organizamos bien... para mañana no hay ninguno.

—Qué inteligente de tu parte. Así te ahorras el susto de encontrar tu apartamento en llamas si algún día yo vengo y falta uno.

Nico suelta una carcajada baja, auténtica, de esas que le sacuden el pecho.

—Me gusta cuando me amenazas.

—Estás loco.

Toma mi pierna y tira de mí hacia el borde de la cama.

—Solo por ti, mi pulga.

Cualquier respuesta inteligente muere en mi garganta cuando su miembro se desliza dentro de mí solo apartando mi braga un poco.

Un calor intenso me recorre el cuerpo cuando sube mi pierna a su hombro y mi respiración se descontrola sin remedio cuando comienza a moverse con esa seguridad que me hace perder la cabeza.

La forma en que todos mis órganos responden a cada movimiento suyo debería considerarse una traición personal.

Ya debería estar acostumbrada a Nico ¿No?

Digo... ya perdí la cuenta de las veces o las poses que he hecho con él.

Pero ahorita cada embestida me hace reflexionar hasta sobre mis generaciones pasadas, perder por completo la capacidad de pensar en cualquier otra cosa, reconsiderar seriamente todas mis decisiones de vida.

El clímax, como siempre, me llega casi de inmediato.

Nicolás sale un momento y lo siguiente lo hace con una agilidad tremenda: Me gira con firmeza, colocándome de espaldas a él, las manos y las rodillas hundidas en el colchón.

Siento su cercanía detrás de mí, su respiración rozando mi espalda, y juro que el aire de la habitación se vuelve diez grados más calientes.

Y entonces algo cambia.

No deja de ser dominante, pero se vuelve preciso.

Sus manos no son impulsivas, son conscientes. Se deshace finalmente del hilo y su miembro se desliza entre mis nalgas simulando el acto de lo que estábamos haciendo. Sus dedos juegan con mi entrada, pero entonces pasan a mi otro punto sensible. Lo hace suave, sin prisa y me pregunta:

—¿Has hecho esto alguna vez?

—No.

Toma el envase de lo que parece ser un lubricante.

Sus labios encuentran mi espalda casi al mismo tiempo, y el contraste me arranca un pequeño estremecimiento. Empiezan a descender por mi columna con una lentitud que debería considerarse ilegal, deteniéndose apenas en ciertos puntos como si supiera exactamente dónde mi piel es más sensible.

Cada roce es deliberado.

Cada pausa... peor.

El pudor claramente no forma parte del repertorio de Nico.

Su lengua explora con una confianza descarada ese lugar más íntimo, llevándome peligrosamente cerca del límite. Y lo sabe. Claro que lo sabe. Mi respiración ya no coopera y mi piel reacciona a cada uno de sus movimientos como si tuviera vida propia.

Se me escapa un gemido.

Luego otro.

Intento recuperar un poco de dignidad, pero mis dedos ya están aferrados a las sábanas y mi cabeza empieza a inclinarse hacia atrás sin pedir permiso.

Entonces se separa.

Escucho el leve sonido del preservativo rasgándose y, un instante después, siento el peso del colchón hundirse cuando vuelve a colocarse detrás de mí.

La primera penetración es suave.

—Respira —me murmura cerca del oído—. Si necesitas que vaya más despacio, solo dímelo.

—Continúa.

Se introduce un poco más dentro de mí.

La sensación es distinta. Más profunda, en un sentido que no sé explicar. Vulnerable. Íntima. Abrumadora.

Sale y entra en mí despacio un par de veces, como si estuviera dándome tiempo para acostumbrarme.

—¿Estás bien? —pregunta.

Asiento y le digo que sí.

Entonces empieza a moverse un poco más rápido, con cuidado, observando cada reacción de mi cuerpo como si leyera señales invisibles.

Cuando por fin mis músculos se relajan, la tensión inicial se disuelve y se convierte en algo distinto...

algo más profundo. El ritmo cambia. Sus movimientos siguen siendo lentos, controlados, dominantes, pero ahora tienen una firmeza nueva.

Como si supiera exactamente hasta dónde puede llevarme sin soltar ese cuidado que mantiene bajo control.

Cuando finalmente me adapto a él, Nicolás cambia el ritmo.

Empieza a moverse más rápido. El vaivén se intensifica y mi cuerpo reacciona antes que mi mente, arqueándose contra él mientras el aire se me escapa entre los labios.

Cada movimiento suyo me arranca una reacción nueva, un gemido, un estremecimiento, y pronto el ritmo se vuelve más firme, más decidido.

La sensación me recorre entera, obligándome a cerrar los ojos un instante disfrutando seguirle el paso.

Sus movimientos ya no son cautelosos; ahora son seguros, envolventes, marcando un compás que mi cuerpo empieza a seguir sin resistencia.

Un gemido suyo me descoloca y, de pronto, toda la tensión se convierte en un placer que me atraviesa el cuerpo entero.

No es suave.

Es violento.

Sorprendente.

Me deja las piernas temblando y el pulso desbocado.

Es entonces cuando deja de ser el médico preciso y se convierte en el hombre que ha estado conteniéndose toda la noche.