CAPÍTULO 36 #2
Justo cuando todavía me estoy riendo, su pulgar traza un círculo lento en el arco de mi pie.
La risa se me corta a la mitad. Como si alguien hubiera tirado de un interruptor en mi sistema nervioso.
El cosquilleo sube otra vez por mi pantorrilla, lento, traicionero, hasta instalarse mucho más arriba de lo que debería permitirse.
Aprieto los labios.
Maldito.
Levanto la mirada. Nicolás sigue tan sereno discutiendo con su abuela sobre el «retrato» que tendrá en su sala como si no estuviera dedicándose a sabotear mi estabilidad emocional bajo la mesa.
Su pulgar se desliza otra vez.
Más lento.
Más consciente.
—Nicolás siempre ha sido muy terco —me dice de pronto.
—Sí, eso es verdad —le respondo yo mirándolo a él.
—Pero que no te confunda ese aspecto de malote, por dentro es un dulcecito recién salido del horno.
—Yo ya me imaginaba que todo eran fachadas —bromeo.
Su pulgar vuelve a deslizarse por el arco de mi pie.
Yo me estremezco de nuevo. Maldito Nico.
—¿Sí te gustó el vino? —me pregunta ella a mí.
—Mucho —contesto demasiado rápido.
Leonor se pone de pie cuando uno de sus trabajadores la llama y dice:
—¡Ay! Solo espero que no me hayan movido mis plantas de lugar porque me convierto en Hulk. Ya regreso.
Se va y quedamos solo Nico y yo. Debajo de la mesa, sin embargo, Nicolás decide recordarme que esto no se ha terminado.
—¿Ya terminaste de provocarme? —pregunta.
¿Yo? ¡¿Yo?!
Está apoyado contra el respaldo de la silla, aparentemente relajado, como si no estuviera sujetándome el pie... ni causándome tantas cosas que yo ni sabían que existían.
—¿Cuántos talentos estás ocultándome?
—Yo no te los oculto, solo espero la ocasión correcta para cada uno. Como la de provocarme en la casa de mi abuela, por ejemplo.
—Tú empezaste.
—No, yo solo vine a cenar tranquilo.
Todavía tiene el agarre en mi pie, pero lo muevo.
Muy despacio.
Rozándole el lugar que ya está duro como una roca.
—¿Lo ves? —me pregunta.
Decido ignorarlo. El vino me tiene la lengua un poco más suelta de lo habitual, porque antes de poder detenerme escucho mi propia voz preguntándole:
—Ya me dio curiosidad ¿Qué otros... «talentos»... tienes?
—No sé ¿Quieres que los exploremos juntos?
Sostengo su mirada un segundo más de lo prudente.
—Entonces sorpréndeme.
Esa sonrisa otra vez... burlona, lenta, y lo bastante peligrosa como para hacerme arrepentirme de haber abierto la boca
—¿Nos vamos? Podemos visitar a la abuela otro día.
—Sí, claro.
Leonor nos deja ir con la promesa de volver a visitarla pronto.
En el coche no hay música, solo el sonido del motor... y mi pulso en los oídos. Nico conduce más rápido. Una mano en el volante y la otra descansando tranquila.
Yo lo sé.
Él lo sabe.
No es un silencio incómodo.
Es anticipación.
—¿En tu apartamento en el mío? —me pregunta.
—En el tuyo.
Se mete en el parking de su edificio sin pensarla dos veces.
Subimos a su apartamento caminando como adultos funcionales, como si no estoy pensando en que estoy perdiendo la cabeza.
Llegamos como dos personas que apenas se conocen y se están invitando a un café, aunque los vecinos de Nico ya deben de saber que aquí el café siempre viene con algo más fuerte.
Cuando cruzamos la puerta y la cierro a mis espaldas, él me acorrala contra la pared.
Sin transición, ni suavidad. Como si llevaba todo el día conteniéndose.
Sus manos firmes.
Mi respiración desordenada.
Me toma del trasero y quedo a horcajadas con él en un beso que de tímido no tiene nada.
Sus labios se mueven contra los míos con una urgencia que me roba el aire.
No hay pausa, no hay ensayo. Es voraz, salvaje, urgente.
Mis manos suben por su cuello, enredándose en su cabello mientras intento seguirle el ritmo.
Su agarre en mis caderas se aprieta. Siento el calor de su cuerpo subir como una ola, y mi respiración se vuelve un desastre contra su boca.
Me lleva a su habitación.
Cuando me deja caer sobre la cama, no es brusco, es decidido.
—Mírame —me ordena. Es casi vergonzoso como le obedezco de inmediato. Me sostiene la cara y dice: —Si en algún momento no te sientes cómoda, o me pides que pare...
No lo dejo terminar. Tiro de su camisa y lo beso de nuevo de esa forma mortal que a él lo descoloca por completo. Ahorita no estoy para ponerme a pensar si voy a arrepentirme. Me quito la blusa y a él le desabrocho el cinturón.
Vuelve a besarme, esta vez es profundo, sin prisa... como si quisiera saborearme o torturarme. Y cuando su lengua roza la mía un escalofrío me recorre entera.
Empieza a descender: Primero mi cuello, después mi clavícula, su boca baja lentamente por mi cuerpo, dejando una estela de calor que me hace cerrar los ojos por un segundo.
Cuando llega a mi vientre, sus manos se deshacen de mi pantalón.
Mi respiración se corta cuando toma mi pierna, me besa el tobillo y continúa el recorrido por mi pantorrilla, subiendo con una paciencia casi cruel, lenta, provocadora... acercándose cada vez más a ese lugar donde mi piel se vuelve demasiado sensible.
Mi espalda se arquea cuando sus dedos solo apartan un poco mi ropa interior.
Y, por alguna razón absurda, caigo en la cuenta de que hoy elegí la que menos tela tiene. No fue intencional, lo juro. Es la que no se notaba con este pantalón.
Uno de sus dedos ingresa en mi interior con tanta facilidad que confirma que, definitivamente, mi cuerpo está reaccionando con un entusiasmo bastante humillante.
Entonces su lengua se pasea en un movimiento ascendente de abajo hacia arriba que me activa todas las terminaciones nerviosas.
Se toma su tiempo para recordarme que esa boca no solo es buena para decir tonterías.
Jadeo sin poder evitarlo. Y él continúa por mi vientre, mi esternón, desabrocha mi bra con una agilidad experta y quedo completamente expuesta a él.
Se pone de pie y termina de quitarse la ropa.
El aire frío me eriza la piel, pero su mirada es peor.
Es más intensa.
Más concentrada.
Hay algo en Nico que hace que mi pulso se dispare siempre. Tal vez es solo el reflejo de la ventana que le dibuja todos los músculos a la perfección o el hecho profundamente insultante de que este hombre esté construido como una fantasía.
Yo debí seguir recordando lo egocéntrico que es, no empezar a notar lo peligrosamente bueno que resulta ser en demasiadas cosas.
Camina al último cajón de su escritorio. Cuando regresa deja caer a mi lado un preservativo y un envase.
—Quedan cuatro —le digo con sorna.