CAPÍTULO 36
A penas cruzamos la puerta trasera, el olor a pólvora se mezcla con el de jazmín. No sé por qué eso me parece peligrosamente apropiado.
Yo todavía estoy pensando en lo que me dijo y me miro la palma a ver si hay algo ahí que yo pueda descifrar ¡Ja! Como si yo supiera de esas cosas.
—Voy por mi tratamiento —le dice a Nico—. Antes de que estas manos artísticas se conviertan en manos rígidas. Y si me voy a poner dura, que sea de carácter... o de glúteos bien trabajados, pero no de articulaciones.
Definitivamente, Nico no heredó el carácter de su abuela.
O tal vez sí, cuando no está siendo un grano en el culo de primera.
—¿Ya terminaste tu sesión de demolición? —le pregunta, como si no estuviera a dos pasos de una mujer con rifle.
—Apenas estoy calentando. —Leonor deja el arma sobre la mesa con una naturalidad que me hace reconsiderar todas mis decisiones de vida.
Trae lo que creo es el tratamiento y nos hace pasar al comedor. Ahí toma un lugar y se remanga el suéter como toda una experta.
Nico, sin cambiar el tono ligero, se mueve con una seguridad distinta. Más concentrado. Más... médico.
Yo me quedo de pie, tratando de parecer madura y funcional mientras en mi cabeza alguien grita agujas, agujas, agujas.
Nico prepara la inyección intravenosa con una precisión que me obliga a mirarlo. Su expresión cambia: mandíbula firme, ojos atentos, manos cubiertas con guantes negros. No hay sarcasmo ahí, ni ninguna otra tontería, solo cuidado.
Esto, por alguna razón, me da más vértigo que cualquier balazo.
—Respira profundo —le dice a Leonor con suavidad.
La aguja entra con una destreza impecable.
Yo desvío la mirada un segundo... y la vuelvo a poner en él, porque odio las agujas, sí; pero verlo hacer eso con esa calma... es distinto. No todo el tiempo es un salvaje al parecer.
La abuela cierra los ojos como si está en un spa de domingo.
—Alguien le tiene miedo a las agujas —dice. —Lo puedo sentir.
Ah, caramba.
—Digamos que tenemos una relación complicada desde la infancia —le digo yo.
Ella abre los ojos.
—Las agujas no son más complicadas que este muchacho. Si puedes con él, puedes con cualquier cosa.
—Debí de ser menos amable contigo, Leonor —le responde Nico con ironía.
La señora Leonor suelta una carcajada. Ya me estoy dando cuenta de que sí es la abuela favorita.
—Siempre he dicho que es mi médico favorito —me dice a mí—. Y lo seguirá siendo incluso cuando me vaya al más allá. Ventajas de tener un nieto forense: si algo sale mal, al menos el informe lo hace alguien de confianza.
No puedo evitar la risa que se me escapa, aunque sé que no debería.
—Pues ahorita tengo mucho trabajo, así que te agradecería que no te sumes a la lista.
—Míralo, tan preocupado. Si supiera que me niego a morirme antes de verlo casado.
Yo creo que lo que suelto es más una risita nerviosa y para disimularlo, tomo un lugar en el comedor. La mesa es pequeña, pero con una gran pintura tétrica y bohemia justo en frente. Tiene su firma. Nico termina, le coloca una gasa y presiona con delicadeza.
—Listo.
Leonor le toma la cara con ambas manos.
—Manos firmes, pulso perfecto. Si no fueras tan insoportable, serías el nieto ideal.
—Hago lo que puedo con la genética que me tocó, abuela.
Ella finge ofenderse y se levanta con sorprendente agilidad.
—No puedes quejarte, tu buena genética me la debes a mí. Por cierto, te preparé tu comida favorita.
Nunca me había puesto a pensar si Nico tiene una comida favorita.
—¿Ah, sí? —pregunta él.
—Carne asada al carbón, costillas glaseadas y vacío sellado con mantequilla y romero. Proteína para ese cuerpo de guerrero de montaña que te cargas.
Claro.
¿Cómo no iba a ser algo que involucra media res?
Yo lo miro cuando su abuela se va a la cocina.
—No sabía que tenías una comida favorita.
Él alza una ceja.
—No sabía que no sabías. Hemos comido juntos en restaurantes más veces de las que me gustaría admitir gracias al pendejo de Benjamín.
Se sienta a la par.
—A ver... entonces... doctor sabelotodo ¿cuál es la mía?
No duda.
—La pasta. Con salsa cremosa, nada muy pesado. Y vino dulce. Moscato. Te gusta el Moscato frío, pero no demasiado. Dices que si está muy frío pierde aroma.
—¿Cómo...?
—Lo dijiste como diez veces. Siempre pedías lo mismo.
Antes de que pueda responder, Leonor regresa.
—¿Alguien dijo Moscato? Tengo una botella completita sin abrir. Bueno, ya encontré la ocasión entonces. Y qué bueno que preparé bastante comida —dice divertida—. El señor «yo primero muerto que dejarme ver con alguien» no me avisó que traería compañía.
Nico suspira teatralmente.
—Abuela, Nina mide como diez centímetros. No come mucho.
Lo fulmino con la mirada.
Diez.
Centímetros.
Leonor aprieta los labios y dice con sorna:
—Míralo, todo fuerte y todo guapo... y con la delicadeza de un tractor sin frenos. —Y se defiende a sí misma: —Yo no lo crie.
Se va a busca el vino y yo me vuelvo a Nico:
—Qué suerte que seas tan irritante a veces, porque de otra forma ya me habría enamorado de ti.
Silencio.
Un segundo.
Dos.
Y entonces él se ríe. Bajo. Lento.
—Ah, mi pulguita... —dice, inclinándose apenas hacia mí—. Eso no fue la amenaza que creíste que fue. Eso fue más una confesión disimulada.
Se acerca lo suficiente para apartar un mechón de mi cara y colocarlo detrás de mi oreja. Sus dedos rozan mi piel con una lentitud calculada. Mis labios se separan apenas sin que yo lo autorice.
Me mira la boca.
No los ojos.
La boca.
Mi respiración se vuelve traidora.
—Si fuera una confesión... ya te habría besado.
Su mano baja por el costado de mi cuello, lenta, y se detiene en la base. Sus dedos se deslizan hacia mi cuero cabelludo y lo sujetan con suavidad firme.
Un escalofrío me recorre la columna.
Y sí, sí me dan ganas de besarlo, maldita sea.
Entonces hago lo más sensato que se me ocurre para distraerme: Provocarlo. Llevo mi mano a su pierna, subo lentamente, sin prisa, y mis ojos recorren desde donde mis dedos están puestos, hasta su abdomen, su pecho, su barbilla, sus labios y él soltando una risita corta, dice:
—No juegues con fuego, mi pulga, porque estoy a nada de cometer una imprudencia.
Y antes de que pueda responderle algo peor, algo más atrevido, algo que probablemente terminaría con nosotros haciendo algo muy poco apropiado, Leonor regresa de la cocina.
Nico se levanta a ayudarle a su abuela con la comida y es él quién sirve los platos.
Esta vez se sienta convenientemente frente a mí, así que los dos estamos a cada lado de Leonor mientras comemos. De vez en cuando nuestras miradas se cruzan y creo que ninguno de los dos sabe disimular lo suficiente.
Me quito el zapato mientras «escucho» atentamente a Leonor.
Estiro mi pierna y alcanzo la pantorrilla de Nico. Subo con calma. Se aclara la garganta y se lleva la copa a la boca disimuladamente. El mantel cae lo suficiente para esconder lo que hago, y por primera vez agradezco la obsesión de las personas con los manteles largos.
Aprieto los labios para no sonreír y continúo el recorrido. Lento. Muy lento.
Cuando llego a su rodilla noto el cambio en su respiración. Apenas perceptible, pero ahí está.
Deslizo el pie un poco más arriba, hacia la parte interna de su muslo. Se tensa, lo disimula y me mira con un «esto me lo vas a pagar más tarde». Disimula un poquito la sonrisa cortando el último pedazo de carne y llevándoselo a la boca.
No sé en qué momento pierdo el hilo de lo que está hablando la abuela. Tal vez cuando la mano de Nico aparece debajo de la mesa y agarra mi pie, pero no lo aparta.
No.
Lo atrapa con calma, rodeando mi tobillo con los dedos y como si lo hubiera estado esperando, lo lleva justo a donde yo quería llegar. Lo siento completo, duro... y mi respiración se desacomoda sin permiso.
—¿Así que eres fotógrafa? —interrumpe Leonor, limpiándose las manos con una servilleta.
El pulgar de Nico se hunde en el arco de mi pie.
Lento.
Demasiado lento.
Un calor extraño se expande desde la planta hacia arriba, subiendo por mi pantorrilla como si alguien hubiera conectado un cable directo a mis nervios.
Aprieto los labios y mantengo la mirada puesta en la abuela con expresión perfectamente educada.
—Así es.
Leonor sonríe con interés genuino.
—¿De qué tipo?
Titubeo. No por lo que tengo que decir, si no porque alguien ahora mismo vuelve a deslizar su pulgar por el arco de mi pie.
Esta vez más firme. Mi espalda se endereza.
Esto es ridículo... ridículamente agradable.
¿Cómo es posible que sienta ese cosquilleo recorrerme toda la pierna hasta llegar a un lugar que no tiene que ver nada con los pies?
Me aclaro la garganta.
—Desnudos.
Silencio.
Leonor parpadea.
—¿Desnudos de verdad? ¿O hipotéticos?
Intento retirar el pie.
Error.
Él lo sostiene con más firmeza.
Sus dedos rodean mi tobillo, calientes, seguros, como si tuviera todo el tiempo del mundo para esto.
—Desnudos de verdad. Bueno, hago todo tipo de fotografía, desde comerciales hasta bodas, pero ahora mismo tengo un trabajo de tiempo completo en una revista erótica. Arte corporal, iluminación dramática, mucha piel.
Leonor se inclina hacia adelante.
Nico vuelve a hacer lo mismo. Un escalofrío me sube por la pierna y tengo que concentrarme muchísimo para no hacer una cara sospechosa frente a la abuela.
Ni siquiera me está mirando. Está poniéndole atención a Leonor con esa cara tranquila de hombre respetable mientras me está desarmando el sistema nervioso.
Pero entonces a la abuela se le ocurre:
—¿Y tú harías retratos así a una anciana fabulosa como yo?
—Abuela —advierte Nico.
—¿Qué? Tengo buena estructura ósea.
—Es verdad —la defiendo yo llevándome la copa a la boca.
—Perfecto. Quiero una para colgar en la sala.
Nico hace un gesto. Aprovecho para quitar mi pie, pero no puedo.
—Entonces no esperes que vuelva.
—No importa —le responde ella con total serenidad—. Solo me avisas cuándo vengas y le tapo los pezones.
Yo suelto una risotada; por un momento se me olvida la guerra silenciosa que Nicolás y yo estamos librando debajo de la mesa.
Error.