Bendito Karma CAPÍTULO 35 #2
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CAPÍTULO 35 #2

—Claro —dice, como si se acordara de un dato olvidado—. Mi niña. Si yo dormí en una silla de hospital cuidándolas a las dos, a Catarina y a ti. —Algo entonces se le instala en el pecho cuando menciona el nombre de mi madre, pero lo disimula bastante bien.

Sonríe y sigue caminando como si nada hubiera pasado.

Yo no me muevo de inmediato.

Nico aparece del otro lado de la camioneta, cerrando la puerta.

—¿Todo bien?

—Sí —respondo demasiado rápido.

Él cuelga una llamada. Alcancé a ver el nombre en la pantalla: «Abu».

Y entonces me cae. Hoy iba a visitar a su abuela. Me lo dijo ayer.

—¿Era tu abuela? —pregunto, aunque ya sé la respuesta.

—Sí, iba camino a su casa. Solo le avisé que llegaré un poco más tarde.

Un poco más tarde.

Por mí.

—Pudiste habérmelo dicho.

—Estabas varada en medio de la nada —responde, tranquilo—. No te iba a dejar ahí, pulga.

El tono es suave. Seguro. Como si no entendiera por qué eso sería tema de discusión.

Miro a mi abuelo atravesar el jardín con su paso lento pero digno. Glenda ya está en la puerta esperándolo. Yo me acerco para entregarle los papeles de la consulta.

—¿Se quedan a comer? —pregunta ella.

—No, vamos a casa de la abuela de Nico.

—Bueno, diviértanse —dice Glenda, y me abraza. Mi abuelo ya está dentro, quitándose las botas con la paciencia de siempre.

Glenda se inclina un poco y me susurra:

—¿Qué tal está todo? ¿Qué te dijo la doctora?

Trago saliva.

No quiero decirlo. Decirlo lo hace real.

Me aseguro de que mi abuelo no esté mirando hacia aquí.

—Que se está acelerando... y que no hay forma de detenerlo.

Eso basta.

El silencio que se instala entre nosotras no necesita más explicación.

Glenda aprieta mi brazo apenas. No dice nada. No hace falta.

Recuerdo entonces que Nico está a unos pasos detrás de mí, así que recompongo el gesto antes de girarme. Él nos mira. No pregunta. Aunque estoy segura de que él ya sabe cómo funcionan estas enfermedades.

Nos despedimos de mi abuelo. Él levanta la mano desde la sala, ya hablando de algo que no alcanzamos a entender. Glenda nos acompaña hasta el portón del jardín y una vez que estamos cerca de la camioneta Nico rompe el silencio con un tono casi ligero:

—¿Entonces sí vienes o solo querías evitar que tu abuelo me contara sobre tus épocas oscuras?

Esbozo una sonrisa y lo miro.

—Solo finjamos que esa conversación nunca pasó —digo. —Y te acompaño con una condición.

—A ver...

—Yo no conduzco.

La sonrisa que se le dibuja es lenta. Casi satisfecha.

—Bueno... —Camina delante de mí y abre la puerta del copiloto. —Sube.

Me detengo en seco, con un pie dentro y el otro todavía en el mundo seguro. Lo miro.

—¿Por qué ese «sube» así?

—¿Así cómo?

—A secas.

La carcajada de Nico me provoca... y no cosas buenas.

—Claro, entonces: sube, mi amor —y hace énfasis en el «mi amor». —Me dijiste que nada de «mi pulga» frente a tu abuelo y estamos frente a su casa. Estoy respetando protocolos.

—¡No! un «Sube, Nina» era suficiente.

Me termino de acomodar y cierro la puerta. Se sigue riendo cuando rodea la camioneta. Me saca de quicio. Cuando se sube todavía tiene esa sonrisa irritante en la cara.

¿En qué momento se me ocurrió a mí juntarme con Nico?

En fin, la casa de su abuela no está lejos.

De hecho, está en una zona céntrica, bonita, bien ubicada y con vistas espectaculares.

—¿Cómo se llama tu abuela?

—Leonor.

—¿Siempre la visitas?

—Casi siempre. Tiene artritis reumatoide y yo soy su doctor de confianza... así que... estoy condenado.

Sonrío, pero estoy viendo por la ventana.

—¿Y qué hay de tu abuelo?

—Murió el año pasado. Le dio un infarto y era cardiólogo. Irónico ¿No?

—Sí, el universo tiene un pésimo sentido del humor.

—Como el hecho de que hace unos meses Nico me parecía insufrible y ahora hasta voy camino a conocer a su abuela. —¿Y tus otros abuelos? Los padres de tu mamá.

—De paseo en un crucero.

—Guao. ¿Y tienes tíos?

—Tengo dos por parte de mi madre y una tía por parte de mi papá.

—¿Todos médicos?

—Sí.

—¿Te llevas bien con todos?

—Sí, toda mi familia es unida... a pesar de que mis padres eran muy jóvenes cuando nací.

Pasé tiempo de calidad con mis abuelos por ambas partes.

Aunque, espero esto no lo sepan los demás, pero me gustaba más pasar tiempo con Leonor.

Siempre estaba creando algo y eso me fascinaba.

Tal vez no lo parezca, pero sí me gusta el arte, la fotografía...

y últimamente hasta le estoy agarrando cariño a las plantas.

Me rio un poco y por un momento nos miramos a los ojos.

Es un ratito nada más que se me queda clavado en el interior más de lo que debería ¿Desde cuándo comencé a sentirme así de bien con Nico?

Aunque a veces todavía me saca de quicio y me dan ganas de empujarlo cuando sonríe de esa forma, pero también...

cuando estoy a su lado me siento... tranquila.

Y eso es lo peligroso.

Definitivamente esto me pasa por curiosa. Estaba perfectamente bien mirándolo desde mi balcón y guardando mis ideas indecorosas donde pertenecían: en mi cabeza, mientras me repetía a mí misma—y a los demás—que Nico es insoportable.

Salgo de mis pensamientos cuando entramos a un camino privado y me quedo sin palabras. Un portón se abre y el jardín que nos recibe es hermoso. Esculturas blancas entre árboles, caminos de piedra, flores perfectamente colocadas.

La casa es grande, elegante, luminosa. No ostentosa. Es refinada.

Es exactamente como me imaginaría la casa de una artista.

—Así es la casa de mis sueños —digo sin pensar. —Mira ese jardín.

Nico bromea:

—Comprar una casa así para ti... entendido.

—Ni se te ocurra.

Aparca a la par de una estatua enorme, a los pies veo la firma de la abuela de Nicolás.

Caramba.

—Mi abuela es un poquito intensa ¿Okey?

—¿Cómo tú?

—Un poco menos.

—Entonces puedo manejarlo.

Sonríe. Me extiende su mano y yo la tomo por...

no sé... ¿costumbre? A ver, es su abuela...

no puede llevarme de la mano y rodear toda la casa así, aunque podría fingir que solo me está ayudando con los escalones porque hay muchos.

Caray, ya da igual. Cuando llegamos a la parte de atrás, es un balazo el que nos recibe.

Nico parece estar acostumbrado. Yo no.

Y parece que el corazón se me va a salir del pecho.

—Uno, dos, tres... —dice una voz femenina y ¡bam! Otro balazo, un plato roto cae al suelo y miro la máquina que los está arrojando.

Digna abuela de Nico, eh.

—Hola, abuela.

Ella se gira de inmediato. Mira a Nico, después a mí y después a Nico de nuevo. Su cara es una mezcla de asombro con un «WTF» en mayúscula si eso fuera posible.

—¿Qué es lo que estoy viendo?

—A tu nieto favorito.

—Sí, acompañado.

—Leonor, ella es Nina. Nina, ella es mi abuela Leonor.

—Perdón —dice ella—. Es que me sorprende ver a Nico con otra persona. Siempre es él mismo y su ego. —Me hace reírme un poco. —Nina, qué bonito nombre.

Me extiende la mano, con la otra todavía sostiene el arma cargada.

—Muchas gracias, señora Leonor. Qué bonita estatua en frente.

—¡Oh! Gracias. Me tomó años terminarla. Tengo muchas por toda la casa. Todas las que nunca quise vender, porque de alguna forma tienen un valor sentimental y eso más importante que cualquier cantidad en el mundo.

—Tiene razón.

Yo le devuelvo el saludo. Cuando toma mi mano, arruga el entrecejo, mira mi palma y después esboza una sonrisa.

—En otra vida —murmura ella, tan bajo que el viento casi se lo lleva —dejaste ir a quien te prometió buscarte en la siguiente.

Parpadeo.

—¿Perdón?

—En esta vida —continúa —no cometas ese mismo error.

Se endereza y ahora sí, con tono normal, me dice:

—Pasa, por favor.