Bendito Karma CAPÍTULO 35
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CAPÍTULO 35

S í, no estoy lista. Eso es evidente.

Ya estoy tamborileando los dedos sobre el volante cuando escucho a mi abuelo decir:

—Así de nervioso me ponía yo en las primeras citas con tu abuela. Spoiler: se casaron y tuvieron una hija.

—¡Papá!

—¿Qué? Solo estoy dando contexto histórico.

—Además, esto no es una cita.

—También me pasó con Glenda y míranos.

—Voy a tener que pedirte un Uber.

—Peor fuera que no te pusieras nerviosa —dice, ignorándome—. Eso sí sería preocupante. ¿Te ponías nerviosa con Benito? No, ¿verdad?

—Benjamín, no Benito.

—Como sea, no es importante. —De pronto cambia la mirada hacia el espejo lateral—. Oh, mira... ahí viene. Bien dedicado. Nada de hacerte esperar, eh.

Y sí.

Ahí está Nico aparcando detrás de nosotros. Si hay algo que mi abuelo jamás olvidará, son las cosas que le dan material para molestarme.

El doctor de muertos no llega solo... trae refuerzos. Un auto se adelanta y de él baja un tipo de esos que parece saber demasiado de motores: overol manchado, manos negras, mirada de esto ya lo vi.

Después aparece Nico, tranquilo, como si rescatarme de estos desastres mecánico fuera parte de su rutina habitual.

El mecánico va directo a mi auto, abre el cofre y hace un sonido nada alentador.

—Tenías razón —le dice a Nico.

Excelente. Mal empezamos.

Nos bajamos del auto. Mi abuelo se adelanta un poco y saluda a Nico con total confianza.

—Mírate —dice—. Llegando con refuerzos. Así empiezan todos los héroes.

—Prefiero pensar que soy prevención —responde Nico—. Aprendí que con Nina no se improvisa.

El abuelo suelta una risita y le da la razón.

Yo, definitivamente, mejor no hubiera aceptado llevar a mi abuelo a esa cita.

El mecánico empieza a hablar en otro idioma: correas, válvulas, presión, algo que suena carísimo.

Yo no entiendo nada. Mi abuelo, un poco más, y me lo traduce:

—Está frito. Como pescado de domingo.

—Gracias —murmuro—. Muy delicado.

—Hay que remolcarlo —dice el mecánico—. Aquí no hay nada que hacer.

Nico asiente y luego se vuelve hacia mí.

—Los llevo a la casa de tu abuelo —dice—. El auto se va en grúa.

Yo asiento, pero por dentro solo veo números, facturas y la palabra auto nuevo brillando como amenaza.

Mi abuelo no la piensa dos veces, se instala feliz en el asiento trasero de la camioneta de Nicolás. A esa sí no le cuesta subirse.

—Tal vez... —empieza Nico— deberías ir pensando en cambiar de auto.

Lo dice en voz alta. Exactamente lo que estaba tratando de no pensar.

—Pues... tal vez.

—Puedo acompañarte —añade—. Para que hagas una buena elección. No digo que no hagas buenas elecciones, solo te ayudaré a buscar uno que sé que no vas a dejar estacionado por años.

Debería ofenderme.

—¿Qué te hace pensar que yo tengo lo suficiente para un auto nuevo?

—Pero yo sí.

—No —digo, demasiado rápido—. No y no. No quiero estar en deuda contigo por el resto de mi vida.

—No es como que vaya a cobrarte.

—No voy a discutir esto frente a mi abuelo. Mejor que lo reparen y esta vez sí me envías la factura ¿Entendido? Ya después veo opciones crédito... con el banco, no contigo.

Nico sonríe, no dice nada pero su mirada baja a mis labios y vuelve a mis ojos con esa lentitud peligrosa.

—Ese labial te queda precioso.

—Y sabe a fresa. Qué lástima que no vayas a probarlo.

—No me retes, mi pulga. Ya sabes que para mí la presencia de tu abuelo no es un impedimento. —Nico abre la puerta del copiloto para mí. —Sube.

Sí lo hago, antes de que se le ocurra probar lo que acaba de decir.

Antes de que cierre la puerta, mi abuelo suelta:

—Por cierto, gracias por enseñarle a esta muchacha a aparcar sin dañar propiedad privada.

Nico me mira de reojo.

—Ah, ¿sí sabe aparcar bien? Porque la última vez que...

—¿Nos vamos? —lo interrumpo—. Antes de que mi memoria también se deteriore.

Definitivamente, este trayecto va a ser muchas cosas... pero tranquilo no está en la lista.

En fin, Nicolás se sube del lado del conductor y pone en marcha el vehículo.

Conduce con una calma que me irrita. Hoy, especialmente hoy, necesito que se salte todos los altos para poder llegar más rápido y terminar con esto.

Milagrosamente, mi abuelo va tranquilo mirando por la ventana como si evaluara el mundo y de pronto se le ocurre:

—Ese auto ya dio lo que tenía que dar. Cámbialo. Mereces uno nuevo, del año, que vaya con tu personalidad y con el nuevo novio que tienes.

Mi abuelo será la causa por la que yo me ahogue con mi propia saliva. Nico, por su parte, solo esboza una sonrisa divertida que miro de reojo.

—No voy a cambiar mi auto —respondo.

—Yo puedo ayudarte —insiste.

—No, papá —digo, automáticamente—. Te lo agradezco, pero no necesito que me ayuden.

—¿Recuerdas lo que te dije hoy? Aceptar ayuda también es de valientes.

Silencio.

Nico asiente lentamente quizás dándole la razón. Yo sigo opinando que no.

—Como te mencioné... —ahora es Nico. —Yo puedo acompañarte.

—No me gustan los favores eternos. Eso te incluye a ti, abuelo.

—Mientras yo esté vivo —dice él firme —tú no tienes que preocuparte por esas cosas. Cuando me vaya del plano terrenal, ahí ya tendrás todo el tiempo del mundo para rechazar la ayuda que se te dé la gana. Mientras yo esté aquí, no.

Ahí está otra vez.

Cuando me vaya.

Siento una espinita clavarse justo debajo del esternón. La ignoro. O lo intento.

—Aunque ni tan sola —continúa—, porque ya tienes a alguien que te ayuda a resolver lo que sea. Hasta mi autopsia.

Nico suelta una risa. Yo también sonrío, porque sé que lo dice con humor; pero en mi cabeza no hay risa, solo la voz de la doctora repitiéndose como eco y creándome esa sensación de vacío que desde hace mucho no sentía en el pecho.

—Prometo hacerte descuento familiar —me dice Nicolás, irónico. —No te preocupes.

—Más te vale —le dice mi abuelo—. Porque esta muchacha es complicada.

—Papá ¿No tienes otra cosa de qué hablar? No sé, contarnos sobre guerras o algo así.

—No, yo solo estoy diciendo la verdad —habla tranquilo, y como si yo no estoy presente, le dice a Nico: —Es terca, dramática y quiere ser la señorita independencia todo el tiempo.

—Estoy aquí, papá.

—Pero detrás de toda esa armadura que se pone —continúa, ignorándome por completo —hay un terroncito de azúcar.

Le gustan las flores... pero no las que se marchitan en un florero, sino las que puede regar y ver crecer.

Se queda mirando los atardeceres como si quisiera negociar la paz mundial con el sol.

Y cuando quiere de verdad a alguien, no sabe hacerlo a medias, aunque ella te dirá que todo esto es mentira.

—Es que es mentira.

—Tú sabes que no.

—No le creas —le digo yo a Nicolás.

—Sí le creo. Especialmente lo de los atardeceres. Te quedabas apoyada en el barandal de tu balcón como si el mundo no existiera.

—Eso no es verdad.

—Claro que sí. Incluso aprendí a distinguir cuándo estabas de mal humor solo por cómo mirabas el cielo.

Mi abuelo sonríe como si este es su programa favorito.

—¿Ves, Nina? No son cosas que yo me invento.

—Y lo de las flores también es verdad —añade Nico—, por eso te regalé el cactus; busqué el que estuviera a punto de florecer, porque quería que ese momento fuera tuyo.

Ah, caray ¿Es que ya se le olvidó que tenemos a mi abuelo en primera fila? Así que yo bromeo:

—Qué detallista para ser escorpio.

—¡Ay, juventud! —habla mi abuelo, por fin. —Me avisan si se van a besar para cerrar los ojos.

Yo sabía que esto era mala idea. Mejor cambio de tema:

—Papá, ¿ya te tomaste tu medicina?

—Bueno, ya que estamos en confesiones públicas, yo también tengo una —me ignora olímpicamente... otra vez.

—No —digo al instante.

—Sí —responde él—. Tranquila, no voy a revelar tus secretos oscuros... no todos.

—Qué suerte que ya estamos llegando.

—¿De cuántos secretos oscuros estamos hablando exactamente, don Dionisio? —pregunta Nico, sarcástico.

Mi abuelo se acomoda en el asiento como si le hubieran dado micrófono.

—Depende —dice—. ¿Quieres la versión resumida o el archivo completo? Porque tengo material desde los siete años, bueno... desde antes, pero desde los siete años es que tengo la versión premium. Y créeme, muchacho, hay capítulos enteros.

Nico suelta una risita cuando yo digo:

—Oh miren, ya llegamos, qué felicidad.

—Bueno... —dice mi abuelo —será en otro momento. Cuando nos tomemos ese café que todavía me debes.

—Encantado —le dice Nico, ni corto ni perezoso. Definitivamente, a Nico tengo que alejarlo de mi abuelo.

Cuando aparca en frente de la casa, yo me bajo rápido y le abro la puerta al señor «yo suelto todo» y le digo:

—A ver, don parlanchín. Ya llegó a su reino.

—¿Trajiste alfombra roja? —responde él, agarrándose de mi brazo para bajar.

—Se me olvidó en el otro auto.

—Ah, cierto. El que vamos a cambiar, aunque no quieras.

Se apoya en mí más de lo habitual, pero lo disimula bien.

—Oye —dice en voz baja mientras rodeamos la camioneta—. Si algún día me vuelvo insoportable, prométeme que me lo dirás.

—Siempre lo eres.

—Pero con estilo —aclara. —¿Sabes qué es lo mejor de esto? —añade, mirándome.

—¿Qué?

—Que todavía me llevas del brazo como cuando eras niña. Siempre creías que me podía caer, ahora es verdad.

—No empieces —murmuro entre risas.

—No estoy empezando. Estoy constatando.

Damos un par de pasos más.

Y entonces sucede.

Justo frente a la puerta, se detiene y me mira.

No confundido.

No asustado.

Solo... vacío.

—Disculpa —dice—. ¿Tú quién eres?

El mundo no hace ruido cuando se rompe.

Se queda en silencio.

Siento algo encogerse dentro de mí, pequeño pero brutal.

Por un momento pienso que es una broma, pero hay algo en su mirada... algo que me dice que definitivamente no.

—Soy Nina —respondo suave, acariciándole la mano.

—Tu Nina ¿Lo recuerdas? Íbamos al parque, me comprabas helado, me enseñaste a montar en bicicleta.

Me diste mis primeras clases de manejo, pero todo salió mal, así que decidiste que mejor tú me llevabas a todas partes.

También me contabas que cuando llegué a este mundo tú fuiste el primero en cargarme.

Parpadea.

Me observa.

Y vuelve.