Bendito Karma CAPÍTULO 34 #3
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CAPÍTULO 34 #3

La frase es corta. Limpia. Profesional.

—¿Acelerando... cómo? —la voz me sale casi temblando.

—El Alzheimer no avanza igual en todos —explica—, pero cuando vemos este tipo de descenso en tan poco tiempo, especialmente a su edad... sabemos que la enfermedad está tomando más terreno.

—¿Entonces... no importa qué hagamos?

—Importa para su calidad de vida. Para que se sienta seguro. Para que no esté solo. Ustedes están haciendo un gran trabajo. Vamos a hacer lo posible por retrasarlo lo más que pueda ¿Okey? pero no podemos detenerlo.

Siento que algo dentro de mí se encoge y quizás no lo puedo disimular, porque ella se apura:

—No significa que sea mañana. O que sea pronto.

El abuelo entra al consultorio con el pecho inflado y una sonrisa triunfal.

—¡Presión perfecta! —grita—. Para mi edad, un lujo. Y el corazón... —se da un golpecito suave en el pecho —un guerrero.

Por supuesto que yo cambio la expresión de inmediato. La doctora también. Ninguna de las dos deja ver que hace apenas unos minutos hablábamos de cosas que todavía me tienen con un nudo en la garganta.

—Qué buena noticia ¿Lo ve? Sigue siendo el más saludable de todo hospital, don Dionisio.

—¿Lo ves, Nina? —añade él—. Todavía estoy entero.

La consulta termina ahí. Papeles, sonrisas, despedidas normales. Antes de salir, el abuelo se gira hacia la doctora con aire conspirador:

—Cuando vea a su hijo, agradézcale de mi parte. Enseñarle a esta muchacha a estacionarse sin subirse a la acera merece reconocimiento.

La doctora suelta una carcajada sincera. Yo me río también, pero por la vergüenza.

Es la última vez que vengo con él.

—Se lo haré saber —responde ella.

—Ya vámonos —le hablo a mi padre agarrándole el brazo. No sé cómo despedirme de la mamá de Nico ¿Un abrazo? ¿Un beso en la mejilla? ¿Un adiós con la mano? ¿Un adiós nada más?

—Nina, puedes pasar por mi casa cualquier día. Tengo algo que prometí darte. ¿Lo recuerdas?

Sé perfectamente a qué se refiere. El bolso. En mi cabeza, ya estoy diciendo que no. En la vida real, no sé cómo decirle que no a la mamá de Nico.

—Sí... claro —respondo, demasiado rápido.

—Perfecto —sonríe—. No hay prisa.

Ya dentro del auto, me quedo en silencio unos segundos antes de arrancar.

—Nina —dice el abuelo, mirando alrededor—. ¿Por qué estamos en un carro?

—Porque ya salimos del hospital y te llevo a casa —le explico con calma—. Hoy me tocó a mí conducir.

Parpadea, el rostro se le ilumina, y asiente.

—Ah... claro. —Sonríe—. Ya me acordé.

El resto del camino habla sin parar: de una ferretería que ya no existe, de una esquina que antes era pura tierra, de un perro que tuvo hace años. Yo lo escucho, pero por dentro estoy lejos, pensando en palabras como no podemos detenerlo , está avanzando rápido, será poco a poco o quizás no...

El auto da un tirón.

Luego otra vez.

—No —murmuro.

Una bocanada de humo sale del cofre y me orillo como puedo.

—¿Qué pasó? —pregunta él.

—Creo que hasta aquí llegamos.

Nos bajamos. Mi abuelo abre el capó y mira el motor con atención, como si algo quisiera volver.

—Antes sabría qué hacer —dice—. Abría esto... revisaba aquello...

Toca algo y se quema.

—No pasa nada —le digo yo—. No tienes que hacerlo. Voy a llamar a alguien que nos ayude.

Y el primero que se me viene a la cabeza es Nico.

No, primero voy a probar otras opciones.

Le marco a Francia. Ella no sabe de autos, pero puede venir a recoger a mi abuelo para yo encargarme del vehículo después. Buzón. Lo más seguro es que ahora mismo está en el estudio y en la otra cita que tenía Glenda.

—Bueno, tendré que llamar a Lucas.

—¿Lucas? Ese muchacho no sabe ni cambiar una bujía —responde mi abuelo riéndose. —Aunque me cae bien, pero en el apocalipsis, no lo quiero en mi equipo.

Me hace soltar una risa que desaparece cuando caigo en cuenta de que mi única opción es Nico.

—Qué falta de contactos tengo —murmuro antes de llamar.

El doctor de muertos siempre contesta a la primera. Siempre. Y hoy no es la excepción.

—Dime que no estás en una de esas carreteras que no conoce ni Dios —dice.

—No —respondo—. Voy camino a la casa de mi abuelo y mi auto... bueno... creo que murió.

—¿Murió?

—Sí. Humo y esas cosas. Evidentemente no soy experta, pero esto no se siente como la última vez... —la cual, para ser justa, tampoco supe exactamente qué fue; él mismo ni siquiera me dejó ver la factura—. ¿Estás ocupado?

—Para ti no, mi pulga —responde. Mi abuelo está justo a mi lado y, hasta donde sé, no está sordo. —¿Dónde estás exactamente?

Bueno, ahora mismo tengo un problema más grande que preocuparme por el «mi pulga» que acaba de escuchar mi abuelo, aunque no dice nada... solo suelta una risa bajita de esas que ya conozco. Decido ignorarlo. Le explico a Nico dónde estoy y cuelgo.

Cuando guardo el teléfono, mi abuelo vuelve a acomodarse en el asiento del copiloto y dice, muy divertido:

—Bueno, mejor me pongo cómodo mientras llega tu príncipe a rescatarnos.

Ruedo los ojos. Definitivamente, no estoy lista para tener a mi abuelo y a Nico compartiendo el mismo espacio por no sé cuánto tiempo.