Bendito Karma CAPÍTULO 34 #2
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CAPÍTULO 34 #2

Sonrío, orgullosa de mi hazaña cuando aparco perfecto.

—No esta vez.

El carro está perfectamente alineado en la línea blanca y yo pongo el freno de mano. Él me observa en silencio por unos segundos, como si estuviera evaluando mi técnica, hasta que suelta un resoplido que parece mezcla de sorpresa y orgullo.

—Vea pues, salió alumna aplicada. ¿Y quién te enseñó?

—Alguien.

—Ese alguien se gana la vida descuartizando cuerpos ¿no?

Dios mío, ¿cómo lo sabe?

—N....no ¿De dónde sacas eso?

—La última vez que fuiste a mi casa, te fuiste manejando la camioneta de él.

Así que eso sí lo recuerda.

Me bajo y voy a su lado para ayudarlo. Él siempre dice que no necesita ayuda, pero esta vez deja que le ofrezca el brazo. Caminamos despacio.

—¿Y qué pasó con ese muchacho? —Pregunta.

Ay, no puede ser.

—¿Cuál?

—El descuartizador. ¿Cuál más? ¿Es que hay más?

—¡Ja! Ojalá hubiera más —suelto con ironía. El gritito de horror fingido de mi abuelo me hace reír—. Y no sé, debe estar en la morgue.

El abuelo suelta una risita baja. Luego se queda callado un momento. Demasiado callado.

—Te mira bonito —dice de pronto.

—¿A qué te refieres?

—Como se mira cuando uno ama —continúa—. Yo he visto esa mirada muchas veces.

Trago saliva.

—No sabes nada de él —le digo, aunque no suena a reclamo.

—Es que no necesito —responde—. Lo importante ya lo vi. Tengo noventa años, ya sé bastante bien de lo que estoy hablando. —Hace una pausa—. Y con eso me quedo en paz. Me gusta pensar que, si algún día yo ya no estoy para acompañarte, alguien que te quiere así de bonito va a estar ahí para ti.

—Es que yo no necesito a nadie.

—No siempre tienes que poder con todo sola —me interrumpe—. A veces dejarse cuidar también es de valientes. Y si ese muchacho te da calma, déjalo quedarse.

—Quizás esto suene cursi —le digo—, pero no estoy dispuesta a que me rompan el corazón si eso no sale bien.

—Claro, mi niña. Nadie lo está.

Camina un par de pasos más y añade:

—Pero hasta de eso se aprende, incluso de lo que duele.

No puedes vivir pensando en un futuro que todavía es incierto.

Es verdad, puede salir mal. Puede ser el peor error de tu vida...

—me mira de reojo— aunque no creo que haya error más grande que ese esnob que tenías por novio.

¿Cómo era que se llamaba? ¿Benito? Bueno, no importa.

Es mejor que no se acuerde de Benjamín, así que no lo corrijo. Continúa:

—El punto es que también podría ser tu mejor acierto. Y nunca lo vas a saber por miedo a algo que todavía no ha pasado. No te quites oportunidades solo por adelantarte a algo que aún no existe.

—No le cuentes a nadie que me diste este discurso.

Él se ríe bajito.

—Tranquila —dice—. Los secretos importantes se guardan solos. —De pronto se detiene y mira alrededor. —¿Ya hemos venido aquí antes?

La pregunta me agarra desprevenida. Bueno, él ha venido aquí antes, conmigo no. Pero su mirada es genuinamente perdida.

—Sí, papá. —Acaricio su mano para llamar su atención—. Comúnmente vienes con Glenda, ¿te acuerdas?

Él parpadea un par de veces, como si la memoria le regresara de golpe.

—Ah, sí... dibujé un reloj. —Sonríe, aunque se le quiebra un poco la voz—. Pero yo le dije a la doctora que fui piloto de avión, no artista.

Me río, pero siento que la garganta se me cierra. Él sigue hablando mientras avanzamos por el pasillo, lento, apoyado en mí.

—¿Sabes de qué me acuerdo también? De las veces que te traía aquí cuando te caías de tu bicicleta. —Su mirada se suaviza, y ahora soy yo quien se queda callada—. Te ponía en el auto y te decía que llegaríamos rápido para que no lloraras ¿Lo recuerdas?

—Bueno, ahora soy yo quién te trae rápido.

—Ni tan rápido. Hubiera llegado más rápido a pie. —Suelta una carcajadita. —Es mentira, mi niña. Me gusta venir contigo.

Me detengo un segundo mirándolo seria...

como broma, claro. La luz blanca del pasillo hace que se le noten más las arrugas y más ese temblor en las manos.

Tiene noventa años y sigue haciendo chistes, sigue poniéndose su sombrero como si fuera a bailar.

Pero por primera vez me doy cuenta de que el tiempo no está de nuestro lado.

Trago saliva, sonrío y lo jalo suavemente hacia la recepción.

—A mí también me gusta traerte, siempre y cuando no me des discursos sobre relaciones sentimentales.

Suelta una carcajadita, pienso que va a seguir molestando, pero en su lugar lo que dice es:

—Creciste muy rápido, ¿sabes? Todavía me acuerdo cuando me entregaron a aquella niñita de siete años.

Yo tenía setenta cuando pasó lo de... —hace una pausa cautelosa —lo del accidente.

Ese día solo existía el dolor. Me dijeron que todos en el auto habían muerto... mi hija, mi esposa, mi hermana... y tú.

Se queda mirando al frente, como si la carretera todavía estuviera ahí y continúa:

—No sabía qué hacer con algo así. No veía cómo seguir después de perderlas a todas.

Nunca he dicho esto, pero ese día yo no pensaba en el mañana.

Para mí ya no había camino. En mi mente solo pensaba lo que iba a hacer una vez que llegara a casa, porque sabía que no iba a poder con el dolor.

Y entonces alguien dijo que la niña estaba con vida.

Me mira y, como si por fin se permitiera decirlo, agrega:

—En ese instante todo cambió. Todos esos pensamientos de acabar con mi vida se fueron al carajo. Entendí que mi lugar seguía aquí. Que, aunque no supiera cómo, tenía que cuidarte. Aunque fuera un viejo de setenta años sin idea de por dónde empezar.

Hace una pausa larga, cargada.

—Pensé que no lo iba a lograr... —dice al fin— y, aun así, aquí estamos. Todo valió la pena ¿No crees?

Se me hace un nudo en la garganta y antes de que pueda decir algo, escucho que alguien dice mi nombre. Me giro y ahí está ella: la mamá de Nico.

La sangre se me va directo a los pies, pero sonrío como si no me hubiera paralizado por dentro.

—Hola, doctora —saludo con mi voz más neutra.

Ella me devuelve la sonrisa con esa calma elegante que, evidentemente, fue heredada a su hijo.

—Natasha, por favor. Y ya los estaba esperando. Por cierto, Nina, ¿cómo sigue tu herida? —pregunta, como si me conociera de toda la vida.

—Ah, muy bien —respondo rápido, como si no quisiera recordar el incidente.

El abuelo frunce el ceño.

—¿Herida? ¿Qué herida?

—Me mordió una rata —lo peor es que lo digo con tanta calma como si es muy normal que una rata me ataque todos los días.

Él suelta un chillido tan dramático que un señor de la sala de espera se nos queda viendo.

—¿Una rata? —dice llevándose la mano al pecho—. ¡¿De qué me estás contagiando ahorita?!

La doctora suelta una risa suave, claramente acostumbrada al humor del abuelo.

—Tranquilo —le respondo yo—, la doctora aquí presente me dijo que no es nada contagioso.

—Perfecto, cuidado me sale cola —responde él, y se encamina al consultorio murmurando algo sobre buscar un gato.

La doctora suelta una risita y me extiende la mano en dirección a su consultorio. Caminamos a la par ¿Ya mencioné lo alta que es? Yo llevo tacones, ella no; aún así le llego a la nariz... quizás.

Qué suerte que el resto de la cita tengo que hacerlo sentada.

Yo no sé mucho de estas cosas. La doctora le hace preguntas que yo no termino de entender del todo: cosas sobre el día, palabras nuevas, movimientos simples que él cumple con seriedad, aunque a ratos se le escapan bromas.

Ella revisa sus notas, lo observa con atención tranquila y, al final, lo felicita por el esfuerzo, como si eso fuera tan importante como acertar.

La doctora se pone de pie, se asoma por el pasillo y sonríe como si nada importante estuviera pasando.

—Señor Dionisio —le dice al abuelo—, antes de que terminemos, quiero que una enfermera le tome la presión otra vez. La última vez salió perfecta y quiero presumirla en su expediente.

—¿Otra vez? —refunfuña él—. Si ya me la tomaron.

—Justamente —responde ella—. Hay que confirmar que sigue siendo el más saludable de este hospital.

Eso lo convence de inmediato.

—¿Ves, Nina? —dice levantándose con esfuerzo—. A mí todavía no me gana nadie.

Me guiña un ojo y se va detrás de una enfermera con una sonrisa orgullosa.

Cuando la puerta se cierra, el silencio pesa distinto.

Ahí recién la doctora me mira.

Y entiendo que lo que viene... no es para él.

—Nina —dice, sentándose frente a mí—. ¿Has notado más cambios en él últimamente? Cosas que quizás antes no pasaban y ahora sí.

—Bueno, hoy estábamos hablando y de pronto se detuvo preguntando donde estábamos.

Ella suspira despacio, como si eligiera cada palabra.

—Hoy le costaron más las pruebas. No es solo cansancio.

Mi estómago se aprieta.

—¿Eso qué significa? —pregunto.

La doctora entrelaza las manos.

—Que el deterioro se está acelerando.