CAPÍTULO 34
C uando salgo de mi casa tengo la sensación clara y persistente de que todo va a salir mal. No es ansiedad, es experiencia.
Para rematar, tengo que salir más temprano para llevar a Lucas a retirar su auto y, además, tengo que pasar a dejarle el celular a Nico... frente a su papá.
Sucede exactamente afuera de mi edificio. Yo iba a enviar a Lucas a su apartamento, pero me encuentro su camioneta saliendo del parqueo, entonces tengo que hacerlo aquí. Me acerco al lado del conductor, pero no es él quien conduce, es su padre.
Casi me da un infarto cuando baja la ventanilla, pero morirme aquí sería más vergonzoso.
Entonces me presento, le doy la mano, finjo que no estoy al borde del colapso y le paso el celular a Nico frente a sus ojos.
Mejor le hubiera dado una llave desde ayer para que él pasara recogiéndolo más tarde.
—Qué gusto conocerte oficialmente, Nina.
—Igual, señor Julián.
Y caigo en cuenta de que se supone que yo no conozco su nombre ¿no? Nico nunca me lo ha mencionado, pero yo lo busqué en Google y pues...
—¿Tu hermano y tú tienen un momento libre ahorita? —Yo no contesto, porque a mi hermano se le ocurre gritar detrás de mí:
—Sí.
Yo había dejado a Lucas en mi auto.
Entonces nos invita a desayunar... a los dos, a Lucas y a mí. O sea, mi hermano y yo comiendo con Nico y su papá.
Esto debe de ser una pesadilla.
Yo no puedo decirle que no, a Nico sí. A él, no. Carajo.
Bueno, acepto (tampoco es que tenga otra opción) y ahora heme aquí: frente al papá de Nico, a la par de Nico, en una cafetería de esas que parecen diseñadas para que los médicos hablen de diagnósticos caros sin bajar la voz.
Minimalista, silenciosa, con tazas demasiado pequeñas y precios que claramente incluyen el título universitario.
Qué bueno que mi hermano es del tipo que habla hasta por los codos así que el ambiente no se siente extraño para nada.
—¿Y tú Nina? —Me habla a mí. —¿A qué te dedicas?
—Trabajo en algo que no incluye cadáveres —contesto sin pensar—. Para equilibrar el karma.
El padre de Nico suelta una risita que, claramente, suena igual a la de su hijo.
—Interesante elección de palabras. Fotógrafa ¿Verdad? —Así que algo sabe de mí. —Mi madre ama la fotografía.
Así que su mamá es la abuela artista de Nico.
—Sí, Nico me comentó.
—Presiento que va a caerte bien. ¿Qué tipo de fotografía haces? ¿Editorial? ¿Moda?
—Desnudos.
Lucas tose.
Nico no.
Julián ladea apenas la cabeza, interesado, no incómodo. Eso me pone más nerviosa que cualquier otra reacción humana normal.
—Artístico, supongo.
—Sí... así creo que le llaman ahora.
Y señalo por la ventana el anuncio del edificio de enfrente. Una fotografía que le daría un ictus inmediato a cualquier persona conservadora: piel, curvas y una promesa implícita de pecado bien iluminado. Abajo, discreto, un código de barras para los valientes.
—Yo la tomé.
Me llevo la taza de café a la boca y es entonces cuando casi me atraganto por segunda vez en el día y por el mismo motivo. Justo al lado del anuncio dos hombres con chalecos fosforescentes están desplegando una manta gigantesca... con la cara de mi padre.
Mi padre.
Sonriente.
Impecable.
Imposible de ignorar .
Y el lema absurdo: Rigoberto Beltrán. Por la familia. Por los valores. Por Dios.
A su lado está la esposa de turno, perfectamente maquillada, y los mismos niños que abrazaba en el video de esta mañana. Esos que, al parecer, ahora también forman parte de su familia tradicional.
Lucas sigue mi mirada y se queda en silencio un segundo. El justo para procesarlo todo.
—Guau —dice, con genuina admiración—. Qué estrategia de marketing más agresiva. Hablar de valores familiares y colgarte justo al lado de una foto porno gigante. Impacto asegurado.
Perfecto.
Tan temprano, y ya tuve otra dosis de hipocresía del día.
—Tu padre sí que entiende el concepto de contraste —comenta Nico, con una burla ligera—. No sabía que se lanzaba para alcalde.
—Ni yo —le respondo—. Me enteré esta mañana.
El señor Bernabéu vuelve a mirar por la ventana. La manta ya está casi completamente desplegada. Luego nos mira a Lucas y a mí simultáneamente.
—¿Ese es su padre? —pregunta, con genuina curiosidad—. ¿Debería votar por él o...?
Hace una pausa mínima. No incómoda. Calculada.
—Depende... —respondo yo primero. —¿Le gusta la ficción?
—Y el drama... —agrega Lucas. —Porque le encanta el drama: Redención, lágrimas, memoria selectiva. Incluye temporada en la cárcel.
El señor Julián parece divertido y consternado al mismo tiempo.
—Bueno, qué suerte que no creo en los eslóganes.
El desayuno se diluye después de eso. Conversación neutra, café que se enfría, una despedida educada. Afuera, el aire se siente distinto. Tal vez es por la bendita manta desplegada. Dios mío, espero no ver más de estas por hoy.
—Mi amor.
—¿Sí?
Me giro de inmediato.
¿Me dijo mi amor ?
¿Respondí?
¿RESPONDÍ?
Siento el retardo mental llegarme con violencia.
Además, su papá está justo detrás de él. Está hablando por teléfono, sí, pero escucha. Los hombres como él siempre escuchan.
Y mi hermano también, aunque ahora mismo está muy sonriente contestando un mensaje en su celular.
—Hoy es la cita de tu abuelo, ¿verdad?
No lo corrijo solo porque su padre está cerca.
—Sí. No me vas a acompañar, por cierto.
La sonrisita delata que eso es lo que estaba pensando.
—No, voy a estar en la morgue y voy que darle un tour a tu hermano más tarde, pero si necesitas algo no dudes en llamarme ¿Sí?
Me da un beso. Así, sin aviso. Como si fuera lo más natural del mundo. Es rápido, pero potente. De esos besos que no piden permiso y tampoco dejan espacio para protestar.
Se va en dirección a su camioneta... oh no, no se va en dirección a su camioneta... va a mi auto y me abre la puerta. Pero le digo con una sonrisa triunfante que no voy a conducir, así que le lanzo la llave a Lucas y camino hacia el lado del copiloto.
—Bueno, te veo después.
—Le das un abrazo a mi madre de mi parte.
¡Ja! Sí, claro.
Se va a su camioneta y el señor Julián se despide de nosotros con un saludo de mano.
Me subo al auto todavía pensando en una sola cosa.
No en su madre.
No en la hipocresía de mi padre.
No en el beso que me acaba de dar.
Una sola cosa: que respondí a que me llamó «mi amor» en público.
Solo voy a borrar eso de mi mente y continuar con mi vida.
En fin, Lucas conduce hasta la casa de Luciana y es ella la que lo recibe, pero no me puedo quedar a escuchar qué tonterías le dice, porque yo sí tengo un horario laboral que cumplir y una tolerancia limitada a conversaciones incómodas antes de las nueve de la mañana.
Camino al trabajo casi provoco un accidente cuando me aparece otra manta (y todavía más grande) con la cara de mi padre en plena carretera.
Dios mío, yo voy a necesitar algo más fuerte que café.
En el trabajo, hago lo que mejor sé hacer: Fingir demencia.
Así me evito el coraje que me provoca ver las fotografías de mi padre que comienzan a colgar por todas partes.
Es más, después de almuerzo arranco una que me encuentro pegada en la entrada del restaurante y la hago añicos tirándola a la primera papelera que me encuentro.
Alfonso me mira.
—Al menos sé por quién no vas a votar.
—Espero que tú tampoco lo hagas. Por cierto, ¿puedo salir más temprano?
Muy en el fondo espero que me diga que no, que hoy es imposible, que el mundo laboral no se detiene, pero ni me pregunta para qué.
—Claro que sí, no hay ningún problema.
Ay, no.
Sonrío, le doy las gracias y regreso a mi oficina. Definitivamente, no tengo escapatoria.
Tranquila, Nina, me digo. Solo es una cita médica... con la mamá de Nico.
Es como si el universo hubiera decidido poner a prueba absolutamente todas mis capacidades emocionales hoy mismo. Primero su padre, ahora su mamá.
Cuando salgo, conduzco hasta la casa de mi abuelo ignorando todas las campañas políticas de un tal Rigoberto Beltrán.
El abuelo me espera sentado en la banca afuera de su casa, con su sombrero favorito y el bastón apoyado a un lado. Me ve llegar y suelta una carcajada que hace que dos señoras pasando lo miren raro.
—Espera... pensé que el mundo se acabaría con trompetas, no contigo estacionándote decentemente.
—Anótalo en tu agenda, porque no se repite.
Él suelta otra risita y se pone de pie despacio. Me bajo para ayudarlo a subir justo cuando Glenda sale de la casa y le da la mano para acomodarlo en el asiento del copiloto. También a ella se le ocurre:
—¡Ay, Dios! Estás conduciendo.
—Sí, hoy desperté con vocación.
Y es mi abuelo el que agrega:
—No te preocupes, Glenda. Si sobrevivo yo, sobrevivimos todos.
—Bueno, por si acaso yo voy a estar orando por ustedes. Diviértanse.
Se va después de soltar una risita y darme un abrazo. Entro de mi lado y me acomodo el cinturón.
—La última vez que te vi manejar fue en el estacionamiento de tu escuela ¿Te acuerdas? Atropellaste un basurero. —Él suelta una risita, pero la mirada le queda perdida en la ventana. —¿Sabes? Nunca pensé que iba a llegar el día en que tú me tuvieras que llevar a mí.
—No te me pongas sentimental. No puedo manejar un auto y emociones fuertes al mismo tiempo.
—No me pongo sentimental—dice—. Es que tú ya no eres la niña de siete años que me gritaba que no acelerara en las curvas.
— Me revuelve el cabello con la misma mano que antes me sostenía cuando cruzábamos la calle.
—Ya puedo irme en paz con San Pedro sabiendo que mi niña ya no me necesita para que la lleve al trabajo.
—Ni se te ocurra irte en paz todavía. Aún me falta aprender a estacionarme en reversa sin sudar.
Mi abuelo suelta una carcajadita y finge agarrarse fuerte cuando pongo en marcha el vehículo.
Cuando por fin entramos al estacionamiento del hospital, él se endereza en el asiento, como si fuera el capitán de un barco que está a punto de atracar y dice:
—Despacito... gira todo el volante... ahora... ahora...
—Papá —lo interrumpo, maniobrando con precisión—. Ya puedo sola.
Él se queda mirándome con los ojos bien abiertos, casi ofendido.
—¿Cómo que ya puedes sola? Si la última vez te subiste a una acera.