Bendito Karma CAPÍTULO 33 #2
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CAPÍTULO 33 #2

—No, no por Samuel, aunque tú no estás ayudando —le grita. —Voy a llevar a Samuel a una habitación antes de que mi mamá lo vea. Si ves a Benjamín dile que mejor no aparezca en mi vista en las próximas veinticuatro horas.

—¿Solo veinticuatro horas? Pídele que no aparezca en tu vista para siempre. —Luciana se ríe un poco, de nuevo... yo no estoy bromeando.

Regreso a mi lugar cuando ella se va con Samuel. Lucas y Nicolás siguen charlando, pero Lucas tiene unas cinco copas frente a él. Yo agarro la que está a punto de llevarse a la boca y le recuerdo:

—Eres un mal tomador.

—No es verdad... —me dice con la lengua arrastrada. Bueno, ya se emborrachó. Entonces se levanta a saludar a otra persona y yo me siento a la par de Nico.

—Adivina qué...

—¿Parezco brujo?

Que se quede con la duda. Le lanzo una mirada de esas que tiran dardos si pudieran y la risita de él me hace querer aventarle la copa, o subírmele encima. Nunca alguien me había puesto tan confundida.

—No me provoques, Nico. No me provoques.

Le doy el último trago a la bebida y una gota se me escurre por la barbilla. Nico, con su dedo pulgar, me limpia, y después me lleva un mechón de cabello detrás de la oreja como si fuera el gesto más normal del mundo.

—Estamos en público.

—¿Y qué?

Mi hermano regresa, se tambalea y casi se va de frente contra la mesa.

—Estoy bien —dice. Se agarra de la misma silla para sentarse y se mira el reloj, parpadea unas tres veces y es hasta varios intentos después que dice la hora. —Ya es tarde ¿Nos vamos?

Lo conozco. Esto se traduce a un: Quiero dormir.

—Mañana vas a tener una resaca monumental.

—No, yo estoy perfecto. —Se saca las llaves del coche. —¿Vas conmigo o con tu novio?

—Con mi... —me aclaro la garganta y me corrijo yo misma: —Con Nico.

—No vas a conducir. Estás ebrio. —interrumpe el doctor de muertos. El tono que usa es ese autoritario muy de él y al que todo mundo sin querer obedece... hasta mi hermano. —Te matas tú o matas a alguien. Vamos, yo te llevo.

Se pone de pie. Lucas asiente, pero se está quedando dormido. A ver, yo se lo advertí.

No sé de dónde saca las últimas fuerzas para llegar hasta la camioneta de Nico. Se sube y se deja caer de espaldas en el asiento de atrás. Se queda profundamente dormido antes de que yo me termine de poner el cinturón.

El trayecto hasta mi apartamento transcurre en calma.

Nico maneja con una serenidad casi insultante, una mano firme en el volante, la otra descansando como si no estuviera transportando a un ser humano adulto inconsciente en el asiento trasero.

Lucas sigue dormido. Lo sé por el ronquido que suelta que casi me mata del susto y la forma en que tiene la cabeza ladeada en un ángulo imposible.

Espero que siga respirando.

Nico entra al parqueo de mi edificio. Se estaciona, apaga el motor, se baja primero y abre la puerta trasera. Lucas no reacciona aún con el par de cachetadas que le suelta.

—Lucas —le hablo yo.

Nada.

—Lucas.

Ni un músculo.

Voy a mencionarlo por tercera vez, pero entonces se despierta de golpe y, claramente desorientado, dice:

—Perfecto. Modo cuerpo activado.

Y se vuelve a quedar dormido.

Dejarlo en la camioneta de Nico no es opción y, aunque Lucas no es tan alto ni corpulento, evidentemente yo no soy candidata para cargarlo hasta mi apartamento.

Tengo que pedírselo a Nico. Aunque la necesidad dura exactamente medio segundo, porque él ya lo está levantando como si fuera un muñeco de trapo.

El brazo de mi hermano cuelga sin dignidad alguna, la cabeza se le va hacia atrás y luego hacia adelante, y Nico se lo acomoda al hombro como si fuera un saco de papas.

Lucas suelta un sonido extraño (entre quejido y suspiro existencial) que decido ignorar por el bien de todos.

Además, si a Nico, que es médico, no le importó, asumo que no es nada grave. O al menos no urgente.

Yo camino delante de los dos cuando el elevador se abre en mi piso.

—En la otra habitación —le indico una vez que abro la puerta.

—Anotado.

Lucas murmura algo incomprensible mientras Nico lo deposita en la cama con un cuidado casi exagerado para alguien que lo cargó como costal hace unos minutos. Mi hermano gira sobre sí mismo, abraza la almohada y queda completamente inconsciente otra vez.

Yo hago demasiado: Quitarle los zapatos.

—¿Podría ahogarse?

—Si sobrevive a esto, sobrevive a cualquier cosa.

Sé que está bromeando.

—Ya basta.

Salgo de la habitación y Nico detrás de mí cierra la puerta con cuidado. Quedamos él y yo solos en el pasillo de mi apartamento. Ya hasta se me había olvidado lo que era estar aquí. Sin ratas y sin la idea de que el fantasma del otro apartamento me está siguiendo.

—¿Estás segura de que estás bien aquí sola? —¡Claro que estoy bien! Solo miro para todas partes para acostumbrarme.

—Claro que sí. No estoy sola, te recuerdo que está Lucas.

—Inconsciente.

—Pero cuenta como compañía ¿No?

Esboza una media sonrisa, pero no dice nada. Se me acerca muy peligrosamente hasta que mi espalda toca la pared del pasillo.

—Okey, buenas noches, mi pulga.

Me toma el rostro con ambas manos y me besa.

No es un choque, ni un impulso torpe. Es un beso lento, medido, como si supiera exactamente cuánto tiempo dejarme esperar antes de profundizarlo. Sus labios se mueven con los míos con una seguridad que me hace perder el hilo de cualquier pensamiento coherente.

Yo respondo sin pensarlo. Mis manos suben solas, se aferran a su saco, y el beso cambia: se vuelve más intenso, más cargado, como si la noche entera se concentrara en ese punto exacto entre su boca y la mía.

Mi respiración se desordena.

La suya no.

Su mano se desliza, firme pero paciente, siguiendo la curva de mi trasero hasta mi cintura como si la conociera de memoria. El contraste entre su calma y mi falta absoluta de ella me hace estremecer. Él lo nota. Claro que lo nota.

Entonces se detiene.

Así, de golpe.

Me deja apoyada contra la pared, los labios ardiendo, el cuerpo todavía reaccionando a algo que ya no está pasando.

—Cualquier cosa me llamas.

Trago saliva. Intento recomponerme. No lo logro del todo.

Maldito Nico.

Apoyo la cabeza contra la pared, cierro los ojos un segundo y respiro hondo. Yo debo estar pagando el karma de unas tres generaciones. Me pienso bastante lo siguiente que voy a decir, pero antes de que salga, le digo:

—Puedes quedarte.

Nico detiene su camino hacia mi puerta y se da media vuelta para verme.

—¿Quieres que me quede?

—Quizás esta noche nada más ¿Qué tal si Lucas se muere? ¿Cómo le explico a la policía que yo no soy la culpable? ¿Si vomita? ¿Bronco aspira? ¿Qué hago?

El doctor de muertos suelta una risita desde donde está.

—No va a morirse, pero ya que me estás pidiendo que me quede...

—No te lo estoy pidiendo... dije que puedes quedarte...

—Me sigue sonando a invitación. Acepto.

Se acerca a mí otra vez, con esa calma peligrosa que siempre me desarma. Lo detengo:

—No te acostumbres. Esto es solo por hoy.

****

Despierto con unos dedos apartándome el cabello de la cara.

—Buenos días, mi amor. —Nico me susurra al oído. —Voy a salir un rato.

Abro un ojo.

—¿Te están llamando los muertos?

—Peor. Tu hermano. Vamos a entrenar un rato.

Frunzo el ceño.

—Buena suerte con eso —murmuro.

Me besa la mejilla. Me quedo dormida otra vez... hasta que me despierto de golpe.

Entrenar.

¿Entrenar con Lucas?

¿Estaba soñando? Bueno, una pesadilla más bien. Miro alrededor. La cama vacía. El apartamento en silencio. El celular de Nico sobre mi mesa de noche.

Me levanto, me voy a la otra habitación y está entreabierta. No hay nadie.

Ahora reviso la sala y el teléfono de Lucas está tirado en el sofá.

—Mierda.

No puedo hacer nada. No puedo ni llamarlos para saber dónde están.

Me lo voy a tomar con calma. Lo más seguro es que Lucas a este punto esté vomitando, no entrenando.

Me ducho con calma, me termino de arreglar para ir a trabajar y nada, ni señales de ninguno de los dos.

Me sirvo me cereal y me asomo al balcón.

Tampoco hay movimiento en el apartamento de Nico.