Bendito Karma CAPÍTULO 32
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CAPÍTULO 32

D ebo de estar teniendo una alucinación.

Quizás ya tomé mucho o me golpeé la cabeza en algún lado... yo qué sé, pero esto definitivamente no estaba ni por cerca en la lista de cosas malas que podrían pasarme hoy.

Parpadeo un par de veces para asegurarme de que estoy viendo bien.

Okey, solo voy a fingir que no lo conozco. De todas formas, estoy segura de que él hará lo mismo.

—¿Nina?

Bueno, me equivoqué. Tal vez debí cambiarme de look. O de cara.

—Qué mal saber que no eres solo producto de mi esquizofrenia.

—Tan irrespetuosa como siempre. No has cambiado nada.

—Qué alivio, así no tengo que fingir que me alegra verte.

Entonces se gira por completo hacia mí. Yo tengo la mirada puesta al frente, no en él; pero me veo en la obligación de voltear cuando se me acerca mucho. Inconscientemente, mi cuerpo se tensa, y ni siquiera mide mucho más que yo. Todavía huele a tabaco e hipocresía.

—Escúchame, Nina —eso lo dice bajito y demasiado cerca —estoy reformando mi vida ¿Okey? Esta familia son mis amigos de la iglesia. No sé qué es lo que haces aquí, pero no se te ocurra mencionarle a alguien que nos conocemos.

—¿Ya les contaste de tu visita a la cárcel?

Puedo ver la rabia en sus ojos y le sigue mi sonrisa burlona. Sabe que aquí no puede levantarme la mano.

—Aléjate. —Escucho una voz de lejos. Firme, cortante, sin gritar. Bueno, no tan lejos. Nico da unos tres pasos y ya casi está frente a nosotros.

El señor que tengo en frente voltea a verlo de inmediato.

—¿Qué dijiste?

—Dije que te alejes, no me hagas repetirlo otra vez que la paciencia no es lo mío.

—¿Sabes con quién estás hablando?

—Con alguien que no entiende instrucciones básicas, evidentemente.

La mandíbula de él se tensa y es a mí a quién mira:

—¿Quién diablos es este?

—¿Quién diablos eres tú? —le responde Nico.

—Yo soy su padre.

—Es lo que creí, por eso te lo pedí con calma hace un minuto, pero me estás haciendo perder la cordura.

Nico es imponente, tanto así que cuando llega a mi lado el señor Beltrán da un paso atrás.

Y trajeado ni siquiera que se le notan los tatuajes, pero es el aura que tiene el doctor de muertos que hace a cualquiera apartarse.

El sujeto frente a mí no alcanza a decir nada—por suerte—porque a Lucas se le ocurre aparecer con un:

—Ah, miren que lindo. No sabía que teníamos reunión familiar.

Al señor padre parece que le dará un infarto.

—¿Tú también?

—Qué bonito reencuentro —continúa Lucas. —Solo falta mi madre, y el abogado, y ya armamos la foto de navidad ¿No crees, Rigo?

—¡Cuida tu tono, Lucas!

—Y tú cuida tus antecedentes.

Le va a dar algo, ya casi lo veo venir. Al parecer se acuerda del lugar en el que está, porque—aunque le cuesta bastante— guarda la compostura. Casi no le sale, pero es medio bueno actuando.

—Veo que sigues igual de bocón.

—Es la genética.

El señor este suelta una risita forzada, esa misma de «me estoy conteniendo porque hay testigos». Y sí, justo cuando parece que va a explotar, una voz lo llama desde la distancia:

—¡Señor Beltrán! El hermano Ernesto lo está buscando.

Él gira un poco, se recompone, vuelve a ponerse esa sonrisa diplomática que usa cuando lo están mirando los votantes invisibles de su conciencia.

—Bueno, me tengo que ir —dice, acomodándose el saco con calma. Y lo siguiente lo dice casi en un susurro: —Deberían aprender modales.

De Nico se despide con un asentimiento incómodo—uno que el doctor de muertos no responde, claro—por fin don Rigo se va, y qué bueno, ya estaba por provocarme una urticaria.

—Qué bonito momento familiar —dice Lucas suspirando como si de verdad fue un «bonito» momento familiar. —¿Qué diablos hace aquí?

—Al parecer los padres de Luciana son sus amigos de la iglesia.

—¿Iglesia? —Lucas suelta una risa burlesca. —Carajo. —Mira a Nico, entonces caigo en cuenta que tengo que presentarlos, pero muy tarde porque ellos ya se están dando la mano como si se conocieran de toda la vida. —Soy Lucas.

—Nico.

—Ya sé, he escuchado bastante sobre ti desde... no sé... hace mucho tiempo ¿Verdad, hermanita? —P... madre. Sabía que esto iba a ser malísima idea. —Y qué lástima que tuvieras que conocer a nuestro «padre» así.

—Qué lástima que tuvieras que conocerlo en general —le digo yo. Y antes de que Lucas suelte más cosas personales, les pido que entremos. —Gracias por alejar a ese señor de mí. Y, por cierto, tú y yo no estamos en la misma mesa.

Arruga el entrecejo. Como Lucas camina adelante es él quien abre la puerta y Nico la sostiene cuando paso yo.

—¿Por qué no estamos en la misma mesa?

—No sé, pregúntale a tu amigo.

No tiene ni que buscarlo. Nos encontramos a Benjamín de frente y él, ignorándonos a Lucas y a mí, se dirige solo a Nicolás:

—Por un momento pensé que no vendrías. —Hasta suelta un suspiro aliviado. —Estás en la mesa del doctor Valero y Valentina, sígueme.

—¿Por qué en la mesa de ellos? —Benjamín, quién ya había iniciado su camino hacia el lugar que menciona, se detiene y se gira.

—Bueno, supuse que...

—De mí no supongas nada. Bueno, ¿Dónde está la bendita mesa para cambiarme de lugar?

—Benjamín no dice nada un momento. Mira de mí a él, a ver ¿qué culpa tengo yo?

Titubeante, porque a Nico no se atreve a llevarle la contraria, señala la mesa y Nicolás, en un susurro, me dice: —Dame un momento, mi pulga.

«Mi pulga» ¡Lucas está a mi lado, caray! Benjamín no lo escuchó, pero Lucas sí porque él tiene los oídos en todos lados. Quiero fingir demencia, pero la risita de él cuando Nico se va me lo impide:

—¿Mi pulga? Eso suena demasiado romántico para dos personas que «no tienen nada». —Hasta hace comillas con las manos.

—Basta.

Agarra una copa de champagne y me la entrega. Todavía se está riendo.

—Toma, vas a necesitarla.

—No, gracias. Si me emborracho, se me escapa el secreto que con rabia le guardo a Benjamín.

—Si eso pasa quiero estar en primera fila ¿Okey?

No le estoy poniendo mucha atención, porque—disimuladamente—estoy observando cada movimiento de Nico.

Además de lo imponente que ya es, Nico trajeado se ve guapísimo ¿Es que como se le ocurre aparecerse vestido así, completamente de negro, y con esa cara de «voy a robar miradas»?

Saluda con un apretón de manos al tal doctor Valero, quién asumo es el papá de Valentina, y toma el objeto que está en esa mesa—el que contiene el nombre de cada quién—.

No puedo escuchar qué dicen, pero sí puedo notar que ni siquiera saluda a Valentina cuando ésta, muy—demasiado—entusiasmada, se pone de pie.

Entonces una voz conocida me interrumpe:

—Hola, Nina.

Suave le golpeo el antebrazo a Lucas para que no me deje a solas con Samuel.

—Hola, Samuel.

—¿Podemos hablar?... Bueno, a solas.

Al menos mi hermano entiende con señas y de inmediato le responde:

—Puedes hablar con ella aquí, no importa, yo no escucho. —Finge taparse las orejas. —Es que soy muy tímido y no me gusta quedarme solito en este tipo de reuniones.

Eso no se lo cree ni él mismo.

—Pero te vi hablando como con seis personas antes —le responde él.

—Es que a ellos los conozco de toda la vida.

Mentira. Quizás al jefe de Benjamín nada más y a ese tampoco lo conoce de toda la vida.

—Samuel, él es mi hermano, Lucas.

Al menos sí lo saluda. No con el entusiasmo con el que se presentó con Nico, pero al menos no lo deja con la mano extendida. Además, estoy segura de que se disfrutó todo el chisme cuando se lo conté.

—No sabía que tenías un hermano.

—Sí, todos guardamos secretos —le contesta Lucas. —Unos más que otros.

Y yo tengo que golpearle el antebrazo otra vez. Su papel de «tímido» queda a un lado cuando otra persona lo saluda y se planta a hablar con él, aunque sigue a mi lado.

¿Cómo es que conoce a tantas personas si vive, literalmente, al otro lado del mundo?

—Perdón... —ahora sí me giro a Samuel. Está viendo a Lucas con cara de extrañeza. —Bueno, sí podemos hablar, adelante.

—Tu hermano es...

—Especial, sí.

—Iba a decir que es muy parecido a ti, pero también es especial. —No sé si eso lo dice con burla. —Pero, bueno, solo pasaba a preguntarte cómo estás. No hemos hablado desde no sé... hace días ¿Hice algo mal?

—¿Tú? Claro que no.

—Okey, perdón, pensé que tal vez dije o hice algo que te incomodó... —Casi no le estoy prestando atención, porque de vez en cuando mis ojos se van hacia Nico. Hasta que noto que Samuel también está mirando... pero no a Nico, es a Valentina y a su papá.

—No pasa nada, de verdad.

En ese momento estamos viendo los dos a la mesa de Valentina y es justo cuando Nico se despide, pero Valentina va detrás y le toma el brazo para hacerlo girar hacia ella.

No sé qué le dice Valentina, tampoco entiendo qué le responde Nico, pero la cara roja de ella se le nota hasta aquí.

Esa interacción no dura ni tres segundos, y a Samuel se le escapa una risita irónica.

—¿Qué pasa?

—No es nada, es solo que esa es la vida que le gusta a Valentina, que un egocéntrico la trate como se le da la gana solo porque a su padre le ilusiona que su hija se case con un médico forense.

—¿Egocéntrico? No conoces a Nico.

Jamás en la vida me imaginé a mí misma defendiendo a Nico cuando alguien lo llama egocéntrico.

—¿Tú sí? Dijiste que ni siquiera son amigos.

—Es que no lo somos, pero sí lo conozco... bastante.

—Entonces, según tú, ¿Por qué terminó con Valentina?

—No es un «según yo», la tipa se estaba cogiendo a otro y Nico se enteró. Hay fotos.

Samuel se atraganta con la copa, parece que se va a asfixiar ¡Dios! la culpable voy a ser yo si se muere, lo bueno es que aquí hay doctores... y muchos. Entonces comienzo a golpearle la espalda hasta que comienza a respirar otra vez. Okey, que no cunda el pánico.

—¿Estás bien?

—Sí, sí... estoy bien. Gracias.

Se aclara la garganta, pero no hay agua, y justo está pasando el chico del champagne.

Creo que yo también voy a necesitar una copa para mí.

—¿Quieres otra? —Le doy la bebida. Sí la toma. No lo piensa y se la pasa entre espalda y pecho de un solo trago.

—Muchas gracias.

—No es nada. Casi te mueres cuando mencioné lo de Valentina ¿Todo bien?