CAPÍTULO 29 #3
—No estás poniendo el pie en la saliente que te dije, mi pulga. Vuelve a intentarlo. Sube más el pie. No llegas desde aquí.
Nico es un mandón de primera.
—Por cierto, Lucas llega mañana. Cuestiones de trabajo, creo. No se te ocurra llamarme «pulga» frente a él ¿Entendido?
Suelta una carcajadita, y me reta:
—Bueno, ¿Cómo te llamo entonces? ¿Algo más tradicional? ¿«Mi amor» está bien?
—No, mejor no nos hablemos.
—Eso lo acepto. Se me ocurren muchos saludos no verbales.
Dios mío, dame paciencia, que estamos cerca de un barranco y me dan ganas de empujarlo.
En fin, mejor lo ignoro. Sigo sus instrucciones y logro subir un peldaño sin caerme.
Ya me duelen los brazos y apenas es el inicio.
Nico me explica qué voy a hacer a continuación y en el momento de ayudarme pone su mano en mi trasero, pero dice:
—Perdón.
—¿Perdón? Ya me has pasado esa mano por todas partes.
Una carcajada fuerte es la respuesta de Nicolás.
—Gracias por recordármelo... aunque eso vino acompañado de una buena tanda de recuerdos. ¿Y ahora cómo se supone que me saco de la cabeza ese par de pechos perfectos, rebotando frente a mí mientras estás encima?
Eso lo susurra en mi oído con ese tono lento, ronco y provocador que me hace tragar saliva. Y ni siquiera me está tocando; basta su voz que parece tener propiedades químicas sobre mi cerebro.
—¿Quieres una foto para que los enmarques y nunca se te olviden? Porque una vez que llegue a mi apartamento hoy, no vuelvo a verte.
—Acepto la foto, pero tengo que recordarte que tu apartamento sigue infestado de ratas hasta mañana al menos.
Mierda. Se me había olvidado ese «problemita».
—¿Mañana a qué hora más o menos? Porque no puedo ofrecerle a Lucas mi apartamento con una plaga de ratas.
—Puede quedarse en el mío.
—Estoy hablando en serio.
—Pues yo también.
Lo peor es que sí creo que esté hablando en serio y también creo a Lucas capaz de aceptar la oferta. Le digo que no, y mejor me concentro en subir esto antes de que me arrepienta. Nico va a mi lado explicándome todo y de vez en cuando me ayuda con una mano.
—¿En qué trabaja tu hermano?
—En el puesto que Benjamín quería, literalmente. No se conocían personalmente en ese entonces y yo no sabía que ese era el puesto que Benjamín anhelaba tener. Ahora Lucas viaja por el mundo y Benjamín tuvo que conformarse con el trabajo que tiene hoy. Al menos ya lo ascendieron.
—¿Y qué hay de tu papá? ¿Se dedica a algo? ¿O lo suyo solo es procrear y desaparecer?
—Desgraciadamente sí se dedica a algo más y lo más seguro es que al menos una vez escuchaste sobre él. Es político... de los corruptos, y le gusta la controversia. Estuvo dos años en la cárcel por malversación de fondos y ahora se congregó a una iglesia. Es todo un personaje el señor Beltrán.
El comentario a Nico le causa gracia, pero no hay forma más «bonita» para describirlo.
Logro llegar a la cima. Carajo. Ni yo sé cómo lo hice. No siento las manos, ni las piernas, ni todo el cuerpo en realidad ¿Y Nico? Ni una sola gota de sudor. Me ayuda a quitarme el arnés y me dejo caer en el suelo para recuperar el aliento. Es la última vez que hago algo así.
En fin, el regreso es más fácil y casi todo el camino a pie lo hago sobre la espalda del doctor de muertos, y el trayecto en motocicleta rezando un par de veces el Ave María. Cuando llegamos al lugar dónde se guardó el vehículo ayer, escucho a Nico:
—Voy a conducir de regreso ¿Quieres ir en el asiento del copiloto?
—Sí, solo no vayas a estrellarte contra algo.
—Usa el cinturón de seguridad, solo por si acaso.
Sé que está bromeando, pero sí es lo primero que me pongo cuando me subo, y por lo mismo «por si acaso», aunque Nico en la carretera sí es prudente, es cuidadoso y respeta todas las señales de tránsito.
Él toma el lugar del conductor y en ese momento ambos notamos algo entre medio de los dos: los caramelos de limón.
De reojo, lo veo sonreír mientras toma uno y, sin decir nada, se lo lleva a la boca con un gesto socarrón.
—Puedes tomar uno si quieres —dice.
—Bueno.
Entonces me quito el cinturón, me acerco a él, lo tomo por la barbilla y sí tomo el caramelo de limón, pero de su boca.
Y claro que esa fue su intención.
En fin, vuelvo a ponerme el cinturón y el resto del camino es tranquilo—dejando a un lado la música que le gusta a Nicolás—.
Cuando regresamos estoy cansadísima, y por supuesto que yo ni de coña vuelvo a mi apartamento...
bueno, no hoy. Nico toma mis cosas y cuando nos despedimos de sus amigos, él camina antes que yo para abrirme la puerta del edificio.
En silencio esperamos el elevador y me doy cuenta de que estamos tomados de la mano hasta que llegamos a su piso.
Entonces lo suelto. Además, de que él está buscando la llave en su mochila.
No estoy poniendo mucha atención a mi alrededor hasta que llegamos a su puerta. Y justo en el momento que levanto la mirada, la persona que está frente a su apartamento se gira. Está hablando por teléfono. Mira de mí, a Nicolás, y el gesto le cambia por completo.
Es Benjamín.