CAPÍTULO 29 #2
¡Bah! A la mierda... no es como que ellos hayan venido a rezar, así que me pongo de pie, me congelo al instante, pero no me puedo quedar el resto de la mañana envuelta en una sábana, así que me obligo a mí misma a levantarme, meterme al baño, terminar de bañarme y vestirme como si voy a una excursión al polo norte.
Entonces salgo y todos ellos están en frente, y no es todo, están metiéndose en agua con hielo uno por uno, ahorita es el turno de Nico.
Los chicos sin camisa, las chicas con top. Esto debería considerarse una tortura medieval.
Entonces todos me miran y cambio la expresión de «qué mierda» a un «hola a todos», aunque todavía estoy consternada.
Nico sale de la tina, con el cabello húmedo, los músculos marcados por el frío y un short ajustado que me deja claro que tiene buenas piernas.
Sin querer lo miro de arriba abajo... ¿lo disimulo?
Pues bastante... creo, así que me apuro a concentrarme en otra cosa y le pregunto:
—¿Qué están haciendo?
—Es para la circulación. ¿Quieres probar?
—No, gracias.
Entonces veo su intención. Corre hacia mí y yo, por instinto, me escapo para encerrarme en la cabaña, pero no llego antes que él, apenas estoy abriendo la puerta cuando él me agarra por la cintura.
Tiene el cabello empapado, no todo, pero sí los rizos que le caen un poco en la nuca y, además, está casi congelado, y ahora mismo me está apretujando contra él.
—¡Suéltame! Me estoy molestando y bastante.
Aunque no se note porque me estoy riendo, y él se burla:
—Uy, qué miedo.
—Dios mío, dame paciencia.
Me deja en paz hasta que una de las chicas aparece y nos pregunta si puede usar «nuestro» baño para cambiarse. Entonces, cuando ella se va, yo le susurro a Nico:
—Solo espero que no se le ocurra entrar a la habitación, porque la cama está hecha un desastre.
La respuesta de él es una risita nada más y un:
—¿Y qué tiene? —Ah sí, se me olvidaba que a él todo le importa poco. —¿Quieres café, mi pulga?
—Claro. Con toda el azúcar que tengas. Y no quiero escuchar tu discurso sobre el páncreas.
—Pero no hay azúcar.
—¿No hay azúcar?
—¿Parezco alguien que carga azúcar? —Ay, no puede ser. Entonces camina hacia uno de los sofás de la sala, toma su mochila y de ahí saca un par de sobrecitos: —Pero me acordé de ti.
—Gracias, qué amable. —Me sale como sarcasmo, pero es la costumbre.
Entonces entran sus otros amigos, también van a cambiarse y se sirven café.
Definitivamente, soy la única tomando café con azúcar, pero a mí nadie me va a hacer cambiar eso.
Lo del desayuno sí es negociable, porque no hay más opciones y tampoco puedo morirme de hambre, así que como con todos ellos y ya hasta estoy comenzando a agarrarle el gustito.
A lo que jamás voy a acostumbrarme es al:
—Hoy conduces tú, pulga.
—¿Qué cosa? —Ya estamos saliendo de la cabaña y ni siquiera he terminado de bajar todos los escalones cuando a Nico ya se le ocurrió comenzar a romperme las pelotas.
Él solo lleva un jersey, su chaqueta térmica la tiene colgada del antebrazo.
Viéndolo a él, no pareciera que estamos a esta temperatura.
—Qué conduces tú. Vamos.
—Tengo derecho a negarme.
—Y yo tengo derecho a ignorarte. Súbete.
Lo peor de todo es que sé que no piensa moverse de ahí hasta que yo no me suba en la maldita motocicleta. Él toma el lugar, pero deja el espacio para mí ahí frente al manubrio. Los demás ya están en marcha y solo yo estoy siendo obligada a hacer esto.
Definitivamente, Nico es el karma que estoy pagando.
Me subo a regañadientes y en el proceso mi zapato pasa por su pierna dejándole una buena marca de mugre.
—Ups.
Antes de que diga algo hago la moto rugir. Ignorándolo, avanzo al menos un metro y ya estoy a punto de pedir una ambulancia.
—Acelera un poco más.
—Acelera tú.
Pero no lo dije literal ¿Okey? Nico extiende la mano y sí acelera él mismo. Yo lanzo un grito. Esto no va recto, esto no va recto. Apenas logro frenar sin terminar incrustada en un arbusto muerto, pero ahí estoy: viva, sobre ruedas, ligeramente traumada.
—¿Ves? No fue tan malo.
—¡Esta es la última vez que salgo contigo!
Y lo cumpliera, eh, si no fuera porque el enojo con Nico se me pasa rápido. Es que... a ver, que tal vez la amabilidad no es su fuerte, pero sí que es atento, detallista, caballeroso y demasiado—demasiado—bueno en todo.
Maldito Nico.
Me dice que él va a conducir—joder, por fin—.
Se baja de la moto y me extiende la mano para ayudarme.
Una vez que él toma el lugar, yo me subo detrás de él.
Alcanzamos a los demás bastante rápido y la tortura finaliza cuando llegamos a un tope...
o más bien se transforma, porque ahora tenemos hay que recorrer todo un cerro a pie. Carajo, no.
¿Lo positivo? Las fotos son buenas ¿Lo malo? Entre más arriba estamos, más horrible se pone ¿Qué es esto? ¿Un reality show de supervivencia?
Llegamos a la cima por fin. Ah, caray, no es la cima. Todavía hay que escalar una parte con arnés y todo.
No puede ser.
Yo nunca he hecho esto, digo... yo nunca me había juntado con personas que no aprecian una vida tranquila.
Ellos parecen expertos. Nico me ayuda a prepararme y ahora mismo me explicando cómo voy a subir.
Una de las chicas, Vivian, lo hace ver tan fácil; pero es que yo no tengo sus músculos en los brazos.
A la mierda, lo que salga. Ojalá no me toque rodar cuesta abajo en frente de todas estas personas.
—Te agarras de aquí, pones tu pie aquí. —Le vuelvo a poner atención a Nicolás antes de que me pierda algo y termine con la cara estampada en una piedra. —Usa el peso de tu cuerpo para impulsarte. Y recuerda el bucle central.
Demasiadas palabras para mí. Ahora va la otra chica, Julia, y también lo hace ver demasiado fácil. Definitivamente, voy a inscribirme en una de esas clases de artes marciales.
Me saco el teléfono cuando me llega un texto de Lucas, mi hermano, y es sobre la confirmación de su vuelo, y agrega:
«De: Lucas
¿Qué tal va tu cita?»
Lo dice con burla, claro. Entonces yo me tomo una selfie donde Nico está claramente detrás de mí. No está viendo a la cámara, está concentrado en algo que sostiene, y Lucas de inmediato me responde:
«De: Lucas
Oye, ese sí que fue un "upgrade"
Digo... pasar de Benjamín, a un tipo claramente guapo, médico forense, que entrena, está tatuado, y mide casi dos metros».
Es perfecto».
«Para: Lucas
Sí, es perfecto... Si quieres terminar en terapia».
Me guardo el teléfono cuando Nicolás me habla. Vuelve a repetirme qué es lo que voy a hacer y, bueno, ni modo que me quede sola aquí, así que hago mi mejor esfuerzo. Me agarro de una piedra y pongo el pie en otra. No, no está fácil.
Me impulso hacia arriba por segunda vez y, obvio, me resbalo un poco. No me caigo, pero casi me quedo colgada en una pierna, si no es porque Nico reacciona al segundo, apoyando su cuerpo al mío para sostenerme.