CAPÍTULO 29
H ay cosas que son una malísima idea.
Una de esas fue decirle a Nico que podía quedarse a dormir conmigo.
Bueno, no es como que haya otra cama, pero sí un sofá que parece cómodo; de todas formas, me vi obligada a hacerle un espacio a mi lado cuando vi una sombra por la ventana, como mala protagonista de películas de miedo, yo me asomé, pero no había nada, entonces ahí me terminé de convencer de que iba a necesitar a Nico.
—Júrame de aquí no aparecen cosas.
—Depende.
—No juegues, Nicolás.
Esbozó una sonrisa de esas diabólicas cuando salió de la ducha. Él tan cómodo, pero yo a punto de entrar en pánico por los ruidos, viento, etc. ¿Es que quién disfruta dormir en estos lugares? Claro, Nico.
—No pasa nada, pulga.
—¿Es normal el viento así? Parece que nos está llevando un ciclón.
—No puedes dormir.
—Sí puedo.
—Te conozco.
Entonces un murciélago se pegó contra la ventana a mi lado. Me paralicé, no voy a mentir. Entonces miré a Nico tomar la almohada.
—¿No vas a quedarte en la habitación?
—¿Quieres que me quede?
—¿Quieres tú quedarte?
—Debería decirte que no, porque tú misma me sacaste hace rato y me dolió.
—Uy, ¿te pones sentimental?
—Claro, hasta yo necesito un besito en la frente de vez en cuándo después de coger.
Nico suelta todo con un sarcasmo divino.
—Pues qué lástima que te enrolles con la persona que menos da besitos en la frente después de coger.
—Y te perdono.
—Ay, gracias.
Entonces se dejó caer a mi lado y, tan campante, me dijo:
—No me metas mano, pulga.
Pero el primero en meter mano fue él.
En fin, cuando me despierto no sé si es por la alarma, o por el viento que no ha parado, o por la mano del doctor de muertos que tengo encima.
Siento algo pesado en la cintura y cuando abro los ojos, todo su brazo está sobre mí.
Lo tomo de la muñeca y lo tiro, esto hace que él se remueva, alcanza su teléfono y mira el reloj.
Está amaneciendo apenas, ¿a quién se le ocurre poner una alarma cuando está en medio de la nada? Dios mío. Yo por mi parte, estoy exhausta, me duele todo el cuerpo y casi no he dormido nada.
De nuevo: Qué mala idea fue dormir con Nicolás.
Bueno, literalmente, así como dormir, dormir...
pues no. Hasta hace poco concilié el sueño y ahora la méndiga alarma me despierta.
Nico vuelve a dejar su teléfono sobre la mesa de noche y su brazo regresa a mi cintura.
También está agotado al parecer, pero esto es su culpa.
Vuelve a quedarse dormido y entonces su celular vuelve a sonar. Él lo toma y contesta.
Mierda, ¿qué hora es?
Okey, parece que es uno de sus amigos. Es que ninguno descansa al parecer. No escucho muy bien qué es lo que le dice, pero Nico le responde que sí, que en un momento. Cuelga, vuelve a dejar el teléfono donde estaba y me pasa el brazo encima.
—Buenos días, mi pulga.
—¿Qué hora es?
—Casi las cinco.
—Ay, no. Déjame tranquila.
Escucho su risita en mi nuca. Además, está frío ¿Quién sale a esta hora y con este clima? Nico me aparta el cabello de la cara y comienza a dejarme besos por la mejilla, la nariz, la frente, el cuello y sí me da risa.
—Déjame en paz.
—Arriba, pulga. No voy a dejarte sola aquí, así que vienes conmigo.
Me da una palmada en el trasero. Se pone de pie primero, y yo me doy vuelta en su lugar para quedar boca abajo. Entonces me quita la cobija, me levanta en brazos y me lleva al baño con él.
—¿Qué estás haciendo?
—No te quieres despertar por las buenas.
Nico quiere permanecer bloqueado por el resto de su vida.
Abre la llave y el agua me cae en la cabeza, me eriza todos los pelos de la piel porque está más que helada. Voy a protestar, pero se me mete agua a la boca. Se comienza a reír y por fin me deja en el suelo cuando ya me remojé toda.
—¡Gracias por ayudarme a recordar el por qué no voy a volver a hablarte!
—¿De verdad? —Se burla.
Da un paso hacia mí, no sé si para disculparse o para seguir haciéndome rabiar.
Pero, en lugar de eso, me agarra la barbilla y me besa de golpe.
Es uno de esos ardientes, de los que parece que no tuvieran la intención de dejarme pensar, yo ya debería estar acostumbrada a estos besos de Nico, pero es que no...
cada vez que me besa de esa forma a mí se me pierde el poco raciocinio que todavía me queda.
El agua sigue cayendo sobre nosotros, pero esta vez me importa poco congelarme.
Mis brazos le rodean el cuello, él me toma por la cintura haciendo que mis piernas se enrollen alrededor de sus caderas.
Me pega contra la pared de la ducha y su erección se presiona descaradamente contra mí.
En respuesta yo abro más las piernas y él se deshace de la única prenda que llevo.
Suelto un jadeo cuando, besándome el cuello, se hunde en mí de un solo empujón.
Lo peor de todo es que mi cuerpo siempre está preparado para Nico y él lo sabe, un par de besos le basta para que yo me moje lo suficiente como para gozar la brusquedad con la que sale y entra de mí.
Además, que estoy tan sensible que no le toma mucho hacer que me corra y después alinea una de mis piernas a lo largo de su torso.
Esto le da un acceso más profundo, más firme y a mí una sensación de placer que va a volverme loca.
Entonces apaga la ducha, sale un momento de mí y voy a protestar cuando así, a horcajadas, me lleva hasta la cama y me deja caer con cuidado, pero después se aleja. Está buscando algo en su mochila y yo, confundida, le pregunto:
—¿Qué estás haciendo?
¿Y qué le ocurre a él? Pues:
—¿No es que ya no ibas a volver a hablarme?
Dios mío, dame paciencia.
Entonces deja caer a mi lado un paquetito de caramelos Halls negros o es lo que logro ver por la poca luz de la ventana.
Está quitándole la envoltura a uno y se le lleva a la boca, me abre las piernas y comienza un recorrido de besos desde el piercing de mi ombligo hasta esa zona que me hace temblar.
El primer contacto es como una descarga eléctrica.
Su lengua, fría y ardiente al mismo tiempo, me recorre lenta y deliberadamente.
Jadeo, sorprendida, y sé de inmediato que es por el maldito caramelo.
Él sonríe contra mí—es que lo siento, el desgraciado lo disfruta—y vuelve a lamerme con una lentitud torturante.
El frescor mentolado me hace arquear la espalda, un escalofrío me sube por la columna, cada vez que exhala el aire helado me golpea directo en los nervios, haciendo que me retuerza de placer.
Y cuando su lengua presiona justo donde sabe que me vuelvo loca, exploto...
El frescor mentolado es un castigo delicioso, cada lamida, cada succión, me empuja más cerca del borde.
Desliza dos dedos en mi interior, acompasando el ritmo de su lengua.
Un gemido se me escapa de los labios cuando todo mi cuerpo se tensa, sacudido por oleadas violentas de placer que me roban el aire...
y, bueno, el buen juicio ya lo perdí hace mucho tiempo.
Mis piernas están temblando, Nico sube por mi cuerpo con una sonrisa arrogante, lamiéndose los labios como si hubiera ganado un bendito trofeo.
Antes de que pueda decirle algo, ya se está acomodando entre mis piernas y me penetra con un empujón firme, profundo, crudo, un gemido se me escapa.
No hay dulzura, claro; y eso es lo que me gusta de Nicolás.
Se mueve rápido, duro, sus caderas chocando contra las mías con un ritmo salvaje que me arranca puros suspiros entrecortados que no puedo controlar.
Cada estocada me hace verlo todo blanco, el calor acumulándose de nuevo demasiado pronto.
Su boca busca la mía, devorándome como si no fuera suficiente tenerme así.
Yo siento todo: el roce de su piel, su respiración desbocada, el temblor sutil en sus músculos al contenerse hasta que me hace ver las estrellas una vez más.
Cuando siento que se tensa encima mío, tiro de él hasta quedar yo arriba, me deslizo hacia abajo con un suave recorrido de besos desde su barbilla, hasta su miembro, lo tomo en mi mano primero, lenta, provocadora.
Lo rodeo con mis labios, empezando un ritmo lento, húmedo, saboreándolo como si tuviera todo el tiempo del mundo.
No lo miro. De todas formas, noto como el sentir mi lengua acariciándolo y mi boca cerrándose firme alrededor suyo, lo está destrozando lentamente.
Acelero cuando lo oigo gemir y me lo llevo hasta el fondo.
Lo siento tensarse, latir. Lo hago terminar en mi boca, lo sostengo todo, tragando sin apartarme, sin detener el movimiento hasta que se rinde por completo.
Solo entonces me aparto, limpiándome con el dorso de la mano, mirándolo con una sonrisa satisfecha.
Me dejo caer a su lado y él poniendo su brazo debajo de mi cuello, me acurruca para besarme la boca.
Todavía está intentando recuperar la respiración, pero eso no le impide darme un besazo de esos que deberían venir con advertencia médica.
Dios mío, estoy comenzando a sentirme demasiado cómoda con Nico.
Entonces su teléfono vuelve a sonar, es un mensaje de texto, y solo estira el brazo para tomarlo de la mesa de noche. Teclea algo rápido y me pide que me ponga de pie.
—¿Nos quedamos otro rato más?
La pregunta es mía, claro; Nico, por su parte, ya estuviera cuesta arriba. Me responde con una risita, alcanza su teléfono y solo teclea otra cosa. La verdad es que me sorprende cuando dice:
—Bueno. Un rato nada más.
Yo no me voy a poner a discutir eso.
En fin, me despierto de pronto y Nicolás no está por ninguna parte. Con razón tengo frío. Ya está completamente claro y agarro mi celular para ver qué hora es. Lo primero que miro es un texto suyo que dice:
«Estoy afuera con los chicos».
A ver, ya es un hecho que todos sus amigos saben que cogemos.