Bendito Karma CAPÍTULO 28 #2
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CAPÍTULO 28 #2

Entonces él corta otro pedazo, se lo lleva a la boca ¿Y qué hace después? Acercarse a mí y besarme a la fuerza, aunque no lo parece porque me da risa e intento zafarme, pero es que no puedo. Casi me cae encima.

—¡Suéltame!

Me besa más y de paso toda la cara. Además, que pasa sus brazos alrededor de mi cintura y me levanta, sin ningún esfuerzo, haciéndome quedar casi del tamaño de él. Le vuelvo a repetir que me suelte, pero me sigo riendo y no, no lo hace, hasta que se acuerda que estamos a mitad de la nada:

—Tenemos que seguir. Solo hay un mapa y no lo tengo yo.

—Qué suerte que no lo tengas tú, porque ya estuviéramos perdidos.

—Me voy a ofender —suelta con burla. Corta otro pedazo del hongo y cuando veo que se va a acercar a mí, yo comienzo a correr; pero me detengo, porque miro que hay dos caminos y no sé cuál tomaron.

—¿Sí sabes cuál camino es?

—Obvio. —No, no le creo. Igual me toma por la cintura y me levanta llevándome con él. Me deja en la entrada y miro la pendiente inclinadísima. Al menos sí es el camino correcto, porque logro divisar a sus amigos. —Vamos, te llevo.

Se para de espaldas frente a mí y hace un ademán para que me suba, o sea, planea llevarme «a caballito» cuesta arriba. Ah, me da igual; de todas formas, ya nos vieron en situaciones peores, así que acepto. Por lo menos esta caminata sí la disfruto, porque no estoy a punto de caer medio muerta.

El regreso es más fácil y este sí lo hago por mi cuenta, pero me dice que todavía faltan dos senderos más.

Que me trague la tierra y me escupa en mi casa, por favor, con todo y ratas.

O mejor no.

Dios mío, estoy exhausta. No sé ni qué hora es, ni qué hago en este mundo, ni cuál es mi propósito.

Al menos tengo buenas fotos. Regresamos al punto de inicio y ahora sí tenemos que seguir en motocicleta.

Ay, no. Bueno, esta vez sí van todos por el mismo camino, así que Nico lleva la misma velocidad que ellos y ya no temo que nos peguemos contra un poste.

Se detienen en un restaurante a mitad del camino. Lo bueno es que aquí no hay nada fit, así que no me siento tan fuera de lugar. Al final, Nico saca su tarjeta para pagar lo mío y lo de él, así que yo se la quito, entonces saca otra y se la da al mesero.

—Oye, yo puedo pagarme mis cosas.

—Ya sé, pero no cuando estés conmigo. Perdón. —«Perdón» dice. —Y esa tarjeta puedes quedártela tú si quieres.

—Gracias, ya casi se me acaban mis productos de skincare .

La guardo en mi cartera. Obviamente estoy bromeando y se la voy a devolver cuando lleguemos a las cabañas. A él le importa poco que yo la esté guardando entre mis cosas.

Por cierto, hablando de las cabañas, escucho a los amigos de él decir que estamos como a una hora…

todavía. Al menos ya no está tan frío y agradezco ese rayito de sol que me pega en la cara.

Este camino es mejor, la carretera es amplia y tiene una buena vista de las montañas.

Así, en movimiento, saco mi cámara y tomo un vídeo de una parte del recorrido hasta la entrada del pueblo.

Este, supongo, es del que tanto hablan. No me sorprende, parece sacado de una película de terror. Sigo grabando cuando un bendito cuervo casi me pega en la cara ¿Y las cabañas? Están en la parte más lúgubre.

Madre mía, aquí aparece hasta Chucky.

El lado positivo es que las cabañas no están tan lejos la una de la otra como me lo imaginé, pero sí lo suficiente como para que me maten a medio camino y no logre llegar a la siguiente.

Y se supone que yo voy a quedarme aquí… sola.

Nos detenemos en la primera. Esta es la de una de las parejas amigos de Nicolás. Le doy un vistazo al interior solo por curiosidad. Mala idea. Crucifijos en las paredes, cuadros medios dudosos, objetos que parecen sacados de un evento paranormal.

¿Quién disfruta esto, Dios mío?

Qué bueno que deciden quedarse un rato aquí. Digo, entre menos tiempo me quede en «mi» cabaña, mejor.

Al menos traen vino, si tomo lo suficiente tal vez sobreviva la noche porque me voy a quedar dormida.

Saco mi iPad y me pongo a editar las fotos para pasárselas a los demás, hasta que llego a la que me estoy besando con Nico.

Me quedo viéndola un rato… hasta parece romántica. Dios mío, esta voy a borrarla.

—Envíame esa, por favor. —El doctor de muertos me da un susto y casi se me derrama el vino. Es que estoy sola en el desayunador y no sé si da más miedo la foto, el cuadro borroso que tengo en frente, o Nicolás.

—¿Para qué? ¿Para que la publiques y me etiquetes?

—No voy a etiquetarte si no quieres, puedo etiquetar a Benjamín en tu lugar.

—Qué gracioso.

—Como aquella vez que, en lugar de etiquetar a Benjamín, me etiquetaste a mí en esa foto tuya con él.

—Eso fue un error. Ya te lo dije.

—Qué manera de confesar que estabas pensando en mí. Aun así, Benja no capta ni una.

Nos interrumpe uno de los chicos. Quito la foto y me quedo en la que nos tomamos en grupo.

No pongo atención a lo que están hablando, pero parece ser algo de salir a conocer el lugar y también hay un mapa para recorrerlo.

Ay, no. En la sala el otro amigo de Nico y las dos chicas están viendo por la ventana.

Yo también me asomo, no vaya a ser que ya el sacerdote ande merodeando por aquí.

No es eso, es solo un venado.

Les pido sus números para enviarles las fotos. Nico aparece de nuevo y esta vez me da la llave de la que se supone es mi cabaña, y por el número me doy cuenta de que es la última.

O sea, hay que subir otra montaña más para llegar a esa, Dios mío.

—Pulga, ¿Quieres ir a dar una vuelta por el pueblo?

—¿Y que nos salga el supuesto sacerdote? No, gracias. Estamos bien aquí.

—Al sacerdote lo podrás ver desde la ventana de tu cabaña, por eso no te preocupes.

No me jodas, Nico. Igual sé que está bromeando y eso le divierte. Me extiende el casco y sí lo tomo porque tampoco pienso quedarme sola aquí cuando miro a los demás preparándose para irse.

—Espero te sepas el Ave María al menos.

El clima me hace arrepentirme en el segundo que doy un paso afuera, pero se me pasa cuando veo el paisaje espectacular que tiene la calle principal.

Otra parte la recorremos a pie y la experiencia incluye entrar a una iglesia abandonada que funciona como lugar «turístico» ¿Qué tiene esto de turístico, madre santa?

Al menos las fotos quedan estupendas, pero me aseguro de que no haya ninguna alma en pena de fondo que me dé un susto más tarde.

Mucho más cuando veo la pared donde está la historia de cómo murieron doscientas personas calcinadas aquí.

¿Lo positivo de este recorrido? Es corto y no nos perdemos.

Caigo en cuenta de que todo este tiempo estuve tomada de la mano de Nicolás hasta que miro la foto que me tomé en el reflejo de un estante de vidrio y sí, ahí está Nico tomado de mi mano, pero viendo en otra dirección.

En fin, lo suelto. Los chicos eligen un lugar en el centro para cenar donde sirven cerveza casera y hay mesas de billar.

Nico no toma jamás, así que yo me bebo la de él, y al final pago yo, pero con su tarjeta.

—¿A qué distancia está tu cabaña de la mía? —Le pregunto yo. Estoy intentando pegarle a una bola del billar como él me enseñó. No sé qué hago aquí, pero… en fin. Intento sonar «casual» y distraerlo, porque no voy a darle a nada.

No lo distraje, sí se da cuenta que no le di a ninguna. Entonces se acerca por detrás, vuelve a poner la bola blanca donde estaba y me toma a mí por la cintura.

—¿Por qué? ¿Vas a calcular la velocidad que necesitas para llegar a la mía en menos de tres minutos?

A ver, este roce ya ni siquiera debería provocarme ese cosquilleo entre las piernas. Casi ni le pongo atención a lo que dijo, pero vuelvo en mí y le respondo:

—¡Naah! Tú sabes que solo necesito llamarte y vas a llegar, aunque estés al otro lado del mundo.

La risita de Nico en mi oído… Okey, es solo el clima que me está afectando.

—¿Y qué vas a hacer si no hay señal?

Es verdad, ¿qué hago si no hay señal? Es lo primero que voy a verificar en cuánto llegue, aunque todavía no me quiero ir, no quiero saber qué tan mal está mi cabaña.

De todas formas, no es como que un lugar en este pueblo se quede abierto tan tarde, creo que somos los últimos en irnos y en la carretera todo está cerrado.

Además, está oscurísimo, demasiado, y el camino de regreso no es tan cerca.

Diosito, tal vez no he portado bien, pero te pido que no nos aparezca un ente a mitad de la nada.

—Definitivamente, nos va a salir el bendito sacerdote dando una de sus vueltas.

Y solo a Nico se le puede ocurrir:

—Miedo a los vivos.

—A los vivos al menos puedes aplicarle una de tus técnicas de Muai Thai, ¿pero a un muerto? ¿Traes agua bendita al menos?

—¿Qué es lo peor que podría pasar? ¿Que nos camine a la par? —Necesito esa tranquilidad de Nico. —Vamos, tú conduces.

Entonces me detengo.

—Yo no puedo conducir una motocicleta.

—Pues vas a aprender.

¿Qué diablos?

Entonces él camina hasta la bendita moto, le dice a sus amigos que ya los alcanzamos y se sienta, pero atrás esperando que yo tome el lugar para conducir. Dios mío ¿Qué tal mala fui en mi vida anterior como para estar pagando todo ese karma con Nico?

—Vamos, sube.

—¿Es en serio?

—Muy en serio. Apúrate, porque aquí no es un buen lugar para que nos quedemos a disfrutar la noche.

—¡Ni siquiera alcanzo!

—No importa. Yo te ayudo.

Maldita sea. Es que es lo que me pasa a mí por juntarme por Nico. En fin, sí me subo y los pies me quedan en el aire, y se lo digo, pero ¿le importa? Para nada.

Me explica qué es lo que voy a hacer. Ay, no. Así, paso a paso, enclochar, arrancar y no sé cuántas vainas más. Dios mío, sí se me está haciendo fácil lo de no volver a hablarle. Es el destino.

—Gracias por hacer que me caigas un poquito más mal todos los días.

—Lo mismo decías antes y mira dónde estamos. Vamos, arranca. Si miras que algo o alguien nos pasa a la par o nos sigue, solo finge que no te das cuenta.

Al que voy a fingir que no miro, es a él.