CAPÍTULO 28
¿S e puede morir y resucitar sobre una motocicleta a cien kilómetros por hora?
Pues parece que sí.
Y es que por un momento siento que tengo el corazón en la garganta y en el otro me baja hasta los pies.
Es como sentir que vas al cielo y de pronto te dejan caer de golpe al mismísimo infierno —y no de la buena forma—.
Me voy a poner un recordatorio en el techo, así todos los días en cuanto me despierte voy a leer: Ni se te ocurra hacer apuestas con Nico.
Es que yo ahorita mismo estuviera en mi cama, envuelta en mi sábana calientita, durmiendo o bebiendo café; pero en mi casa, no a punto de ser noticia nacional.
Pero bueno, ya estamos aquí ¿No? Ni modo que me tire y me regrese.
Entonces me toca agarrarme fuerte y rezarle a Diosito el Ave María que no me sé.
Nicolás se detiene y cuando abro los ojos me doy cuenta de que tenemos en frente una pendiente.
El camino es más angosto, una mal maniobra y rodamos por la montaña.
—Sujétate bien, pulga.
—¿Más?
No me contesta. Solo desciende a toda velocidad ¡Dios! ¿Yo que te hice? ¿Por cuál de mis pecados me enviaste a Nico para hacerme pagar? Cuando me agarro de él más fuerte, solo comienza a reírse. Se detiene y yo sigo pegada a él con los ojos cerrados.
—¿Estás bien?
—¡No! Gracias por recordarme todos los días el por qué no voy a volver a hablarte.
Suelta una carcajada, de esas sarcásticas y maquiavélicas.
—Hacer que nos perdamos para no volver. Okey, anotado.
Dios mío, dame paciencia.
Arranca de nuevo, pero al menos ahora vamos cuesta arriba. Es más calmo, aun así Nico mantiene una buena velocidad y casi se me sale el corazón por la boca cada que pasamos muy cerca de un árbol.
Entonces miro a un costado a sus amigos. Ellos van en otro camino que no tiene tantas pendientes. Definitivamente, Nicolás prefirió el más peligroso.
No me sorprende.
—¿Por qué tus amigos van por ese otro camino?
Ni siquiera debería preguntar.
—Es menos angosto y tiene menos baches.
—¿Y esa no es una mejor idea?
—No, es más lejos.
No puedo ni replicar porque descendemos de nuevo y creo que ya llegó mi fin; pero no, sí sigue la tortura, las subidas no son tan malas, ¿pero bajar? Diosito, mejor llévame de una buena vez.
Entonces casi nos caemos y yo retiro lo dicho.
A mí ya me dieron como tres infartos en un ratito. Sigo mi camino con los ojos cerrados, aferrándome a él —porque no tengo otra opción— y si rodamos cuesta abajo, pues ni modo. Entonces se detiene de pronto y yo abro primero un ojo, y después el otro. Hay una vista estupenda desde aquí y dice:
—Por el otro camino nos hubiera tomado mucho más tiempo llegar aquí.
Hay nieve, pero no tanta, también vegetación y un rayo de sol. Sí está bonito, pero no voy a decirlo en voz alta. Me bajo de la bendita motocicleta y me tiemblan las piernas. Necesito mis Cheetos. Le entrego el casco a Nicolás y cuando él lo está dejando sobre el asiento, le digo:
—Si quieres buenas fotos tienes que tratarme mejor.
—Yo te trato como la reina que eres, mi pulga.
—Pues una reina no anda a mitad de la nada aferrada a la cintura de un loco.
Suelta una risita. Saco mi cámara y mi trípode, lo ubico en el punto donde el paisaje se ve increíble, y lo escucho detrás de mí:
—¿Sabes? Cuando te conocí no pensé que eras divertida. Siempre estabas con cara de culo y aires de superioridad, lo peor de todo es que eso me atraía. Eso y que todos los días salías a tu balcón a buscarme.
Entonces me giro.
—¿A buscarte? No es mi culpa que tu balcón sea la única vista del mío. Además, ¿Quién era el psicópata que me quedaba viendo a los ojos?
—Sí, bueno, yo miraba a los ojos a la loca que me encontraba siempre en el balcón de enfrente para que supiera que si me hacía algo ya me sabía su cara de memoria y podría describirla a la policía.
—¡Nah! Me mirabas a los ojos suplicándome que te hablara.
—Si hubiera querido que me hablaras habría chocado contigo por «casualidad» en la entrada de tu edificio ¿No crees? O en cualquier otro lugar.
Me pasa a la par y enciende mi cámara para tomar la primera foto.
—Bueno, fue lo que hiciste.
—No, eso sí fue casualidad, digo… no me esperaba que la novia de Benjamín fueras tú precisamente, así que lo de chocar y que me tiraras el trago encima sí que fue improvisado. Tampoco me imaginé que ese día fueras a tocarme todo, no quedamos a mano.
—No te estaba tocando todo, te estaba limpiando el trago de la ropa.
—De la entrepierna, pero qué pena que Benjamín nos interrumpió.
Su celular siempre nos interrumpe cuando tengo el mejor argumento. Okey, no estamos tan fuera del mapa, sí hay señal. Está hablando con uno de sus amigos, le dice dónde estamos y le da instrucciones de cómo llegar. Todavía está con el teléfono en el oído cuando dispara la primera fotografía.
Está horrible y se lo digo.
Entonces cuelga y se vuelve a mí, pero no dice nada referente a eso, sino que le ocurre:
—Ponle temporizador y ven conmigo.
—¿Para qué?
—Vamos a tomarnos una foto. Para el reporte de personas desaparecidas en caso de que no regresemos y solo encuentren tu cámara.
—No me jodas, Nico.
Sé que está bromeando y mi consternación le divierte.
Es que debí seguir mi instinto y no volver a hablarle.
En fin, antes de poner el temporizador le pido que camine hacia el horizonte y sí lo hace, le hago un video y, aunque está completamente cubierto, Nico parece modelo de revista.
Se gira hacia la cámara, se pone la capucha de su abrigo y sonríe.
Es una sonrisita sarcástica y adorable, como solo a él le puede salir bien.
Qué lástima que él prefiera abrir muertos.
Se queda ahí y ajusto la cámara para que el fondo se vea de película, pongo el temporizador y la configuro para que tome varias fotos.
Camino rápido, me lanzo a él para quedar a horcajadas y él me agarra como si fuera una pluma.
Entonces los dos vemos a la cámara y el primer flash se dispara ¿Qué hace él a continuación?
Falsea a propósito haciéndome soltar un grito. Maldito Nico.
—Gracias por recordarme todos los días el por qué te bloqueé.
—Aun así, estás aquí conmigo, estar bloqueado o no es irrelevante.
Me desconcentra cada que me da un apretón en la barbilla y esta no es la excepción.
Nos vemos a los ojos y es él quién me besa a mí primero ¿Y yo le correspondo?
Pues sí. Es que… a ver, yo no puedo contenerme cuando siento los labios de Nico tan cerca de mi boca.
Es un beso suavecito, dulce, cálido… que yo profundizo pasando mis brazos sobre su cuello.
Por Dios, qué suerte que cada cabaña esté a cinco minutos trotando, porque así me la voy a pensar dos veces lo de caer en la tentación.
Entonces escucho el sonido de otras motocicletas.
Son los amigos de él. Me bajo y me voy directo a la cámara como si nada pasó aquí.
Cuando la tomo, me doy cuenta de que quedó una foto de evidencia.
Esa voy a esconderlas, porque dársela a Nico jamás…
digo, es capaz de publicarla sin explicación y de paso etiquetarme.
Regreso a su grupo, una de las chicas saca un termo con café y me da una taza. Todos se sientan en el suelo y yo me la pienso, porque no quiero congelarme más. Nico lo nota, y se le ocurre:
—Ven acá.
El «acá» son sus piernas, y no sobre sus piernas exactamente, si no, «entre» sus piernas. Se quita la chaqueta y la pone ahí para que yo tome el sitio.
Bueno, da igual, me estoy muriendo de frío. Qué bueno que nadie nos está poniendo atención y tomo el lugar quedando mi espalda contra su pecho… entre sus piernas. Me pasa ambos brazos alrededor del cuello. Yo no necesitaba café, necesitaba los brazos de Nico.
Pero eso no lo voy a decir en voz alta.
Entonces saco mis Cheetos, los abro y le doy uno a él en la boca, milagrosamente lo acepta y se lo come.
Dejando eso a un lado, sigo sin entender esto… digo, casi morir subiendo una montaña para después sentarte a comer viendo el horizonte.
—Nina, ¿Tú tienes tatuajes?
Esa pregunta es de una de las chicas, además me da una manzana y le respondo:
—No, ya Nico se hizo suficientes por los dos.
Eso la hace reír. Entonces me pongo de pie para tomarle fotos a todo y a todos. Las más feas son las que toma Nicolás cuando me quita la cámara, pero también me saca una a mí desprevenida, que para mi sorpresa le quedó perfecta.
En fin, Dios mío, no sé qué hago yo en este grupo de atletas altos y fitness. Me lo repito a mí misma cuando miro la foto grupal que nos tomamos y soy yo la que destaca, pero no por algo positivo. Más bien es porque casi no aparezco en la imagen si tomaba la foto más arriba.
En la siguiente me subo a la espalda de Nico y nos tomamos la foto así.
Okey, otra de las fotos que voy a ocultarle.
—Sigamos, pulga.
—¿En la motocicleta? —Lo pregunto, porque cuando miro el camino frente a mí parece peor que el anterior.
—Para tu tranquilidad, este es un sendero a pie.
Pues sí, me tranquiliza saber que no voy a morir estampada en un árbol, pero me arrepiento cuando vamos a mitad de la ruta y yo solo quiero tirarme al piso y rodar de regreso. ¿Qué hago aquí, Dios mío?
¿Dónde puedo desmayarme sin que nadie me mire?
—Después de todo el viaje en motocicleta no era tan malo ¿Verdad?
Eso me lo pregunta él con sarcasmo, y yo que no pienso dar mi brazo a torcer, le respondo:
—Prefiero caminar, gracias.
Sus amigos van casi corriendo cuesta arriba, a él lo atraso yo, pero no le importa al parecer, porque se detiene a cada nada analizando los árboles, las hojas, vegetación y se detiene sobre la raíz de uno; perfecto, voy a sentarme un rato. Saca una navaja y corta algo que parece ser un… ¿Hongo?
Se lleva un pedazo a la boca, corta uno más grande y me lo da a mí.
—¿Qué diablos?
—Pruébalo, es seguro.
—No, gracias. —Digo, aquí ni siquiera hay baños cerca.
—¿No confías en mí?
—¿La pregunta es en serio? Claro que no.
Pero sí lo tomo y le doy un mordisco. Definitivamente, es lo peor que he probado en mi vida.
—Esto es asqueroso.