Bendito Karma CAPÍTULO 27
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CAPÍTULO 27

O key, me voy a morir, lo dice Google.

Sí sí, ya sé que no debo confiarme de una página web de dudosa procedencia, pero este es un artículo de una universidad de Washington, entonces le creo.

Me voy a morir. Me está comenzando a doler la cabeza, tengo náuseas, comezón en el área de la mordedura.

Casi escucho el sonido de la rata en mi oído, tengo estrés postraumático.

Cabe destacar de que yo dejé mi apartamento sin mirar atrás, sin saber si Nico me seguía o no, sin importarme que pasé encima de la silueta del tipo que se desvivió, sin darme cuenta si la otra rata sí cayó en mi apartamento o no.

Es más, me voy por las escaleras al apartamento de Nicolás, porque el elevador se está tardando, y es hasta que estoy frente a su puerta que caigo en cuenta de que no le pedí la llave, y la busco donde comúnmente deja la de repuesto, pero entonces escucho sus pasos detrás de mí y me giro ¿Qué hizo con la maldita rata?

—¿Qué la hiciste?

—¿Qué cosa?

—¡La rata!

—Ah sí, la acomodé en tu sillón y le prendí la tele mientras llega alguien a llevársela.

Ay, me saca de quicio.

—No me jodas.

Me acerco a él y comienzo a buscarle la llave en todos los bolsillos. Todos. Es él quién suelta con picardía:

—¿Ahora cuál es la excusa para tocarme indebidamente?

—¿«Indebidamente» existe en tu diccionario? Pues te he agarrado partes «indebidas» varias veces y no dices nada. Dame la llave.

Entonces escucho que alguien se aclara la garganta detrás de él. Es que por el tamaño de Nico no pude notar que alguien nos estaba escuchando, hasta que él mismo se da media vuelta y se aparta. Yo me congelo. Me quedo quieta. Definitivamente, estaba mejor en mi apartamento infestado de ratas.

Solo espero que no haya escuchado lo último que dije, pero es que según yo no había nadie y se lo dije lo suficientemente alto.

—Mamá, ya conoces a Nina. Nina, ella es mi mamá.

Dios mío. A ver, que si me hubiera dicho que su mamá estaba en camino me hubiera aguantado otro rato con las ratas y sus enfermedades medievales.

A este punto ya no me importa pescar hasta la peste negra.

Es ella la primera en hablar:

—Sí, su abuelo no me hace olvidarla.

—Ay, no. —Eso se me salió en voz alta.

Yo sigo en shock, mi cerebro todavía está procesando de que posiblemente me estoy muriendo y de que estoy viendo a la mamá de Nico así de cerca, todo al mismo tiempo.

Me va a dar un ataque de ansiedad. Pero…

confirmadísimo, la mamá de Nicolás es guapa, elegante, altísima, tengo que usar tacones más grandes la próxima vez que vuelva a verla.

Espero no tener que volver a verla.

—Es un placer conocerla... —Me apuro yo, es que no soy buena presentándome con personas que me ponen nerviosa. Me debato entre decirle doctora, señora, o mamá de Nico, pero nunca su nombre para que no sepa que me leí varios artículos sobre ella, pero entonces me lo pone fácil:

—Llámame Natasha.  Y también es un gusto conocerte, Nina.

Tiene una voz dulce. Da vibras de ese tipo de suegra con la que horneas pastelitos mientras hablas mal de su hijo, con la diferencia de que ella tiene los brazos definidos, un tatuaje en el antebrazo ¿y el abdomen?

Ni rastro de que tiene dos hijos. Si no supiera quién es, jamás creería que tiene un hijo de treinta y dos años que es médico forense.

En fin, Nico abre la puerta, la llave no estaba en ninguno de los bolsillos, estaba en su caja de herramientas ¿Quién pone sus llaves ahí? Se me había olvidado tremendo rasguño que me dio la bendita rata y me acuerdo cuando la doctora dice:

—¿Qué te pasó?

—Me mordió una rata.

Tal vez eso no lo debí mencionar porque ahora parece consternada, me toma el brazo y lo mira.

—No es un mordisco —le dice Nico. —Es un rasguño.

—Y eso es por lo que estoy aquí, porque a Nico se le ocurrió abrir la calefacción de mi apartamento y una rata me cayó encima.

—¿Preferías seguir pensando que era un ente?

—Sí, porque ese no me hubiera contagiado de Estreptobacilosis.

La risa de la mamá de Nico suena igual a la de Nico —en femenino, claro—. Qué bueno que se lo tome en broma, porque yo sí creo que es verdad.

—Lo del Estreptobacilosis es casi imposible —dice ella, pero igual… dijo «casi», o sea, hay una posibilidad, aunque sea mínima. —Y parece superficial, así que solo necesitas una limpieza.

Nico extiende la mano para que entremos, pero ambos esperan que sea yo quien lo haga primero.

Ya he pasado suficientes vergüenzas hoy, así que no lo pienso dos veces, entro y mi plan es encerrarme en el baño hasta que la mamá de Nicolás se vaya.

Sin embargo, es ella quien me detiene, se va directamente a la habitación de su hijo y, cuando regresa, trae consigo el botiquín.

Ay, no. Me pide que tome lugar en el sillón, y obedezco, porque una cosa es llevarle la contraria a Nico y otra muy diferente a su mamá.

El doctor de muertos, en cambio, se pierde en la otra habitación y me deja ahí con su mamá… a solas.

—Esto va a arder un poco —la escucho. Está empapando una gasa con alcohol, pone su Birkin a mi lado y se sienta ella a la par, me toma la mano para desinfectar la herida y, claro, ella lo hace con delicadeza, no como otros…

Pero bueno, al parecer tenemos distintas interpretaciones para «poco» porque a mí sí me arde horrible y se me empapan los ojos, para evitar que se me note en la cara, le digo:

—Bonito bolso.

—Oh, gracias. Me llegó otro casi igual y no pude devolverlo. ¿Lo quieres?

A ver, ¿qué?

—¿Un Birkin ?

—Sí, acéptalo como un regalo, no te preocupes.

No me da tiempo de responder, porque Nico nos interrumpe.

Le entrega a su mamá unos papeles y se ponen a hablar cosas que no entiendo, tampoco es que esté poniendo mucha atención, porque yo estoy pensando en que no puedo decirle que sí a un Birkin, pero tampoco que no a la mamá de Nicolás.

Mejor voy a desaparecerme. Mientras revisan unos papeles yo les aviso que voy a ducharme…

de nuevo, digo… una rata me cayó encima y rodó por toda mi ropa y se colgó de mi brazo.

No se los digo así claro, pero qué bueno que lo entienden.

A este punto ya la mamá de Nico debe imaginarse cosas.

Tal vez debí portarme como alguien que no ha pisado este apartamento en su vida, pero caigo en cuenta hasta que ya estoy bañándome como si he vivido en esta casa toda mi vida.

Mierda. Se me olvidó traer una toalla, así que tomo la de él que es la que me encuentro en el colgador cuando salgo.

En el trayecto paso por su escritorio y solo por curiosidad—curiosidad nada más ¿Okey? —abro el último compartimento y sí, ahí están los cinco. Entonces escucho que se abre la puerta y del susto me pego con la lámpara de su escritorio en la cabeza.

—¿Estás contando mis preservativos de nuevo, pulga?

Entonces me giro y con sarcasmo le contesto:

—El día que falte uno te quemo el apartamento contigo dentro.

Él suelta una carcajada y me responde:

—Guao. Eso acaba de excitarme.

Nico es algún tipo de psicópata y yo aquí durmiendo en su cama…

al menos no con él. Se acerca a mí ¿y yo no me muevo?

Pues no. Entonces quedo entre medio de él y su escritorio.

Abre el compartimento de arriba de dónde saca un folder y después me toma la cara y así muy cerquita de mi oído y con esa voz ronce, me dice:

—Si quieres usamos esos cinco hoy, así te quedas más tranquila.

Y sigo sin moverme; es más, me acerco todavía más a él, a sus labios precisamente, y le respondo:

—No, gracias. O me los das a mí y yo veo qué hacer con ellos.

—Bueno, pero si algún día me doy cuenta de que falta uno yo sí quemo la ciudad entera.

Mira de mi boca a mis ojos y a mí se me acelera la respiración. Qué bueno que su madre está allá afuera porque se está comportando. Bueno, yo también tengo que recordármelo a mí misma.

—Por cierto, la próxima vez avísame que viene tu mamá.

—¿Por qué? ¿Tienes miedo de que le cuente a tu abuelo que andas saltándote la lista que te hizo y durmiendo conmigo?

—Técnicamente no duermo contigo, ni dormiré, así que la lista sí está sirviendo.

Entonces esboza una sonrisa. Hasta hace un momento no me estaba viendo a mí, estaba leyendo el folder que sostiene, pero ahora sí levanta la mirada.

—Mañana vas a pedirme que duerma contigo. No creo que te quedes toda una noche sola en una cabaña a mitad de la nada.

—Una cabaña donde vamos a estar todos ¿No?

—No. Es una cabaña por pareja, pero como tú prefieres lidiar con fantasmas, entonces te reservé una para ti sola. Si te llegan a tocar la puerta, solo no abras.

Está bromeando conmigo, y le parece divertido.

—¿No es más fácil que me digas: «Oye, Nina, quédate a dormir conmigo, te extraño»?

—La carcajada de Nico es de diversión. Me voy a la puerta y le abro para que se vaya.

—Ahora, si me disculpas, tengo que dormir porque a alguien se le ocurrió que es divertido ir a morir congelados a las cuatro de la mañana.

—Tú perdiste una apuesta.

—Una que pudiste usar más sabiamente.

—Vas a seguir perdiendo de todas formas, y tengo cosas más «sabias» en mente. Buenas noches, mi pulguita.

Y me agarra el mentón. Me da un beso suave, lento, dulce, pero que al menos a mí me sacude por dentro y él lo sabe. Maldito Nico. Sonríe con suficiencia sobre mi boca y le digo yo:

—Ojalá mañana te de hipotermia.

—Tengo quién me caliente.

Sale y cierra la puerta a sus espaldas.

En fin, me cuesta quedarme dormida, no sé si por la rata, o por haber conocido a la mamá de Nico, o por Nico en sí que no me sale de la cabeza.

Cuando por fin lo logro la alarma suena casi de inmediato.

Lo primero que hago es maldecirlo a él por hacerme despertar a esta hora.

Está lloviendo y oscuro, perfecto para dormir todo el día ¡Pero no!

A mí se me ocurrió comenzar a juntarme con él.