Bendito Karma CAPÍTULO 26 #2
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CAPÍTULO 26 #2

Entonces quita la tapa y un tornillo me cae en la cabeza.

Su única reacción es un «Ups». Definitivamente, mejor dejo que se caiga.

Se baja del banco, toma la linterna y sube otra vez.

Cuando alumbra hacia adentro, el sonido se escucha de nuevo, esta vez más fuerte, aunque no se alcanza a ver nada. El gesto de Nico no me deja tranquila.

—¿Es un ente atrapado en la tubería?

—No, pero tampoco sé qué es. —Entonces se baja, pero queda viendo hacia el orificio.

Le digo que lo cierre, porque tampoco quiero que me caiga una serpiente encima por si acaso, dice que aquí no hay serpientes, pero no descarta la idea.

Ah, caray. Yo solo estaba bromeando. —Voy a buscar a alguien que revise esto, pero ya es tarde, así que será hasta que regresemos.

Camina hasta el final del pasillo y ahí está el espacio para acceder al techo, lo peor es que si Nico contara con las herramientas lo haría él mismo sin importarle lo que sea que hay ahí. Está analizándolo, alumbrándolo con la linterna, pero por suerte llega a la conclusión de que no puede hacerlo.

—¿Entonces me estás diciendo de que ahí podría haber una serpiente?

—Es solo una posibilidad, pero es casi imposible, a menos de que alguno de tus vecinos haya tenido una que se escapó.

«Casi imposible». Conociendo a Nico, hay un ochenta por ciento de probabilidad de que sí sea «posible».

—¿Puedes cerrar el conducto de la calefacción? Por suerte, me dice que sí, porque estoy segura de que, por su parte, lo dejaría abierto y pasaría toda la noche esperando a que caiga lo que sea que haya ahí.

Un celular suena y ese no es el mío. Su teléfono está sobre mi desayunador y cuando lo alcanzo para dárselo, veo el nombre de Benjamín. La llamada se corta y miro el mensaje que le dejó hace rato:

«Oye, ¿puedes decirle a Nina que me acepte la solicitud de seguimiento en redes? La borré por el pendejo de Samuel».

Y Nico le contestó:

«No puedo. Nina me bloqueó»

Ah, mira nada más. Lo usa cuando le conviene.

Pero Benjamín le respondió:

«Lo más seguro es que ese idiota de Samuel le dijo que te bloqueara».

Estoy casi segura de que Nico se echó a reír. Benja vuelve a llamar y yo le extiendo el teléfono al doctor de muertos cuando está tomando su caja de herramientas, pero cuando mira el nombre en la pantalla, me dice:

—Cuelga. Él sabe que no le contesto a nadie cuando ya voy a dormir.

—Anotado: Llamarte cuando ya te vas a dormir.

Nicolás suelta una risita.

—Bueno, excepto tú. Te pasan cosas fuera de lo común, así que te creería si me llamas a medianoche porque te está llevando un duende.

—Gracias por recordarme el por qué te bloqueé.

Entonces, el sonido se escucha de nuevo, y los dos miramos al conducto de la calefacción al mismo tiempo. Ni siquiera sé de qué parte específica viene el ruido. Miro a todos lados, hasta que Nico me interrumpe:

—Bueno, puedo quedarme aquí si no te sientes cómoda durmiendo sola, o puedes venir a mi apartamento.

—Sí me siento cómoda durmiendo sola.

Entonces se me acerca, pasa su mano a mi lado para sostenerse del desayunador detrás de mí e inclinarse, y me dice, así cerquita:

—Mírame a los ojos, pulguita, y dime de verdad que quieres quedarte sola.

Pero yo no le miro los ojos, le miro los labios y cuando caigo en cuenta vuelvo a su mirada otra vez, entonces dejo salir una sonrisa cínica y le respondo:

—¿Acaso estás rogándome para que te deje dormir conmigo?

—Siempre eres tú la que menciona lo de dormir juntos ¿Estás segura de que no es lo que deseas inconscientemente?

—En tus sueños tal vez.

—En mis sueños lo que menos hacemos es dormir, mi pulga.

Me agarra la barbilla y le da un apretón, pero su teléfono nos interrumpe y es Benjamín, de nuevo. Qué cansón, Dios mío. El doctor de muertos toma su celular, hace un gesto nada amable, pero descuelga y le dice:

—¿Qué? —No escucho qué le dice el pendejo del otro lado, pero por la cara de Nicolás sé que está harto de Benjamín. —No, no puedo. Mañana tengo que madrugar… —Más silencio mientras escucha lo que el otro le dice y le responde: —No, no puedo, pero gracias.

Sigue escuchando a Benja y cuando regresa a su caja de herramientas, aprovecho para darle un vistazo de pies a cabeza.

Nico lleva un short, y los tatuajes de su pierna sobresalen a simple vista.

Además, cuando se gira hacia mí, no puedo evitar ver el bulto en su entrepierna.

En cuanto levanta la mirada, me obligo a mirar en otra dirección y finjo que una de mis plantas colgantes está muy interesante

—¿Quién? ¿Nina? —Lo escucho. Ahora mismo me está viendo a mí, y con ironía, le dice: —No sé nada de Nina.

—Se ríe. Yo sí entiendo esa risa, Benjamín no y eso que lo conoce de toda la vida.

Si fuera más listo se diera cuenta de que Nico se burla de él.

—Pregúntaselo tú. Ah sí, ya me acordé de que no te quiere dar su número.

Me acerco para quitarle el teléfono y ponerlo en altavoz, pero no lo alcanzo ni brincando cuando lo sube hasta arriba.

Una mano le basta para inmovilizarme, pegarme de espalda a su pecho y me pasa el brazo por el cuello.

No me puedo mover, pero no me lastima tampoco.

Está intentando aguantarse una risa, pero en esta posición sí alcanzo a escuchar lo que le dice Benjamín:

—¿Estás con alguien?

Y él, ni corto ni perezoso, le contesta:

—Sí. Bueno, me tengo que ir a dormir. Hablamos mañana.

Entonces Benja lo detiene:

—¿Quién es?

¿Y a él quién le importa quién es?

—Una amiga. Bueno, no somos amigos tampoco. —Ay, por Dios. —En fin, me tengo que ir. Hasta mañana, Benja.

No me deja procesarlo, porque en cuanto cuelga, me pasa ambos brazos alrededor del cuello. A ver, esto es injusto, él tiene cien veces más fuerza que yo, y me dice:

—¿Cómo te sueltas de este agarre? Ya te enseñé técnicas.

Dios mío.

—¿Y quién más me va a agarrar así, aparte de ti? Esto es casi un abrazo.

—Ah, mira nada más. Tú dices que mis ideas sobre el romanticismo son trágicas, pero, según tú, esto cuenta como un abrazo. A fin de cuentas, creo que serías capaz de aceptarme una «cita romántica» encerrándonos en una cueva llena de leones.

Afloja su agarre por fin y me doy media vuelta para verlo de frente, aunque él se acaba de alejar para recoger un desatornillador, igual le digo:

—Posiblemente, pero no quiero que seas lo último que mire antes de morir.

—Pues acostúmbrate, porque a mí me vas a ver el resto de tu vida, mi pulga.

Entonces algo me cae en la cabeza, y esta vez no es un tornillo, sino algo más pesado que, además, va rodando sobre mi hombro y después intenta agarrarse de mi brazo.

Escucho el sonido sordo de su cuerpo a mis pies, y cuando caigo en cuenta de lo que se tiró desde la maldita calefacción, suelto un grito de esos que casi te dejan sin aire.

Miro a Nico agarrar unos de mis bowls y cuando la cosa esa comienza a correr me pasa sobre los pies y yo no sé dónde meterme ¡Estoy descalza! Se quiere esconder debajo de mis muebles y Nico va detrás.

—¿Qué vas a hacer?

—Atraparla.

Está loco.

Me voy a morir de un infarto, seré el próximo espíritu que deambulará por este edificio, me va a dar un ictus.

Nico dice que no me mueva y por primera vez le hago caso, pero entonces veo al conducto de la calefacción y ahí está otra rata, de esas enormes, mirándome fijamente.

Se va a tirar también y está planeando caerme encima.

Entonces yo salgo corriendo y ella también.

Me miro el brazo y me doy cuenta de que la otra me mordió.

Dios mío, Dios mío. ¿Dónde está mi celular?

Necesito ver de qué enfermedades voy a contagiarme.

No encuentro mi teléfono, entonces tomo el del doctor de muertos. Escribo rápido qué enfermedades pueden contagiar las ratas y leo: Fiebre Estreptobacilar, Leptospirosis, Estreptobacilosis ¿Qué carajo?

—¿Qué es la Estreptobacilosis?

—¿Qué?

—Es de lo que me voy a morir. —Entonces Nico me mira, tiene la rata en mi tazón. Ese es mi tazón grande para ensaladas. Le señalo mi brazo y le digo: —Me mordió ¿Qué tan grave es esto?

Entonces se acerca, toma mi brazo y me dice:

—No es una mordida, parece un rasguño. Igual no está bien ¿Tienes alcohol?

—No, no tengo alcohol. Bueno, tengo las tiritas de alcohol que tú me diste.

Me lleva con él al lavamos, abre la llave y me deja caer agua sobre la herida.

—¿Alguna vez te han puesto una antirrábica?

—¡Qué sé yo!

—Tendrás que venir conmigo. Tengo que limpiarte bien esa herida.

Entonces se escucha la otra rata que está en el techo. A la mierda. Me voy de aquí antes de que esa también me caiga encima. Cierro la llave y tomo mis cosas. Por suerte casi todo está en el apartamento de Nico.

—¿Sabes qué? Tú ganas, yo me voy. Te veo en tu apartamento.