Bendito Karma CAPÍTULO 25 #3
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CAPÍTULO 25 #3

Me llega un correo de Benjamín. El asunto es un «Urgente», y yo caigo en la trampa y lo abro, solo es una estupidez que dice: «Nina ¿Podemos hablar por favor?

Solo una charla tranquila. Siento que terminamos de la peor forma y quiero disculparme en persona por haberte dejado sola en ese restaurante, no sé en qué diablos estaba pensando.

Tengo mucho que contarte además, sabes que eres la única persona con quién me siento en confianza. Solo dime dónde quieres ir, yo invito».

¿Qué me cree este? ¿Un cura de iglesia?

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Dejo el celular a un lado y por el espejo lateral veo a Nico entrando al parqueo del edificio, dejo que lo haga porque ahí está demasiado oscuro y no tengo ganas de aparcar mal y salir corriendo.

Lo espero dentro de su camioneta y no tarda nada, casi de inmediato sale caminando y viene directo a mí, desbloqueo las puertas para bajarme, pero él se sube antes y busca algo en la guantera.

—¿Dónde te habías metido?

—Casi no tenías gasolina, te llené el tanque.

Ay, por Dios.

—Bueno ¿Cuánto te debo?

—Yo no te estoy cobrando. —Dios mío, dame paciencia. —Tienes otro problema más importante, tu seguro se venció ayer. Tuviste suerte de no encontrarte a un policía de tránsito hoy.

—¿Es en serio? Bueno, en mi defensa, mi abuelo es quién se encargaba de todas estas cosas. No solo de mi auto, sino de todos los de la casa. —Le quito la tarjetita y me fijo en la fecha, sí está vencida. —Mierda.

—No te preocupes. Conozco a alguien, voy a pedir que te lo renueven.

—Escúchame, no quiero estar en deuda contigo ¿Okey? Así que dame tu número de cuenta, la factura de la gasolina y lo del seguro.

—Solo finge que esto no pasó y ya está.

—No me jodas, Nico.

Él se pone a reír, pero está concentrado escribiendo algo en su celular y me quita la tarjeta para tomarle una foto, me la devuelve y lo escucho:

—Listo. —Entonces mira hacia mi edificio. —¿Estás segura de que vas a quedarte aquí?

—Por supuesto que sí.

—Bueno, cualquier cosa solo me escribes. Ay no, espera, ya me acordé de que me bloqueaste.

—Y seguirás así hasta que me des las facturas de todo y tu número de cuenta.

—Lo que te puedo dar es una extensión de mi tarjeta de crédito.

—Qué gracioso. —Aprovecho que se está sacando la billetera para tomarla yo y ver si puedo encontrar su número de cuenta o lo que sea. Me encuentro la factura de la gasolinera. —Bueno, al parecer voy a pagarte en efectivo.

Entonces me quita su cartera y la factura también ¿Y qué es lo que hace? Pues el papel lo hace un rollito y se lo mete por dentro del pantalón.

—Si la encuentras y la sacas de ahí podría aceptarte lo del efectivo... podría.

—¿Me estás retando?

Él dice que sí con un gesto. A ver, estamos a plena calle y asegurándome de que no hay nadie alrededor, me cambio de asiento y me subo a horcajadas sobre él.

Y sí le meto mano, porque aquí no andamos con juegos.

Nicolás suelta una carcajada y yo no encuentro la maldita factura.

Por cierto, los vidrios sí son polarizados ¿Verdad?

Creo que sí, pero igual de eso me preocupo después.

Le toco todo menos el bendito papel ¿Dónde carajos está?

La risa de Nico es contagiosa, pero yo me mantengo firme, y él me agarra la mano para detenerme.

—A ver, a ver. Una cenita primero ¿No crees?

—Dame la maldita factura.

Le llega un mensaje a su celular y otro casi enseguida, el primero es la confirmación de lo de mi seguro y la segunda un mensaje de Benjamín que dice:

«Oye ¿Puedes escribirle a Nina? Tal vez a ti sí te responde, dile que necesito que vea el correo que le envié».

Casi de inmediato llega otro:

«Mejor no. Es que no sé qué me pasa, te lo juro. Quiero hablar con ella, pero al mismo tiempo no, porque no tienes idea de las ganas que me dan de besarla»

La risa sarcástica de Nico ya no suena tan sarcástica. Bloquea el teléfono y lo tira al otro asiento. Envuelve sus dos brazos alrededor de mi cintura y cuando su celular vuelve a sonar, lo apaga. Sí, era Benjamín.

—En fin ¿sí aceptas la cena?

—¿Con quién? ¿Contigo? ¿Con Benjamín? ¿O con los dos juntos?

—Pues con Benjamín definitivamente no, porque tú eres mía, mi pulga, y no me torturé a mí mismo viéndote con él un año completo para que ahora me digas que vas a aceptarle una cita.

—Pues no estoy tan pendeja como para aceptarle una cita a Benjamín ¿Y a ti? Pues no sé, podría pensármelo si es que regreso con vida de esa montaña y no te odio un poquito más. Bueno, adiós.

Y esa media risita de Nico...

—Hasta mañana, mi pulga.

Y entonces nos vemos a los ojos y no sé cuál de los dos, si es él o yo quién se acerca demasiado, pero termino con los labios de Nico en mi boca, y es algo suavecito, tranquilo, pero...

ardiente y muy... él, ¡Dios mío! Es que estos besos suyos «inocentes» son todavía peor.

Ay, Dios, ya me están dando tremendas ganas de portarme estúpida. Entonces me detengo.

—Te veo mañana... desgraciadamente.

—Desgraciadamente sí. Nos vemos mañana a las cuatro y más te vale que estés lista.

—Si llegas antes de las cuatro no te abro la puerta, ya lo sabes. —Esboza una sonrisa una vez más y... ay, no, mejor me voy. Abro la puerta, me bajo y le saco el dedo. —Buenas noches.

Y esa carcajada adorable también...

—Buenas noches, «Mi» pulga.