CAPÍTULO 25 #2
Entonces todos regresan a nuestra mesa y es el mismo Héctor quién dice que pidan lo que quieran porque Nico es quién va a invitar.
Toma el lugar a mi lado y quedamos muy juntos, porque es una mesa pequeña para un grupo de seis personas.
No es como que le importe. Héctor sigue festejando para sí mismo y al menos Nico es buen perdedor, porque acepta la derrota sin problemas, o creo que la acepta, digo...
siempre tiene la misma expresión, gane o pierda. Entonces es Vivian la que le dice:
—Nina dijo que si perdías iba considerar dormir contigo mañana en la casa de la montaña.
A lo que él, ni corto ni perezoso —y viéndome a mí— contesta:
—Acepto.
—Tendría que aparecerme en persona el tal sacerdote del que hablan, para que me quede durmiendo contigo, Nicolás.
Nico esboza una sonrisa, una sarcástica como las de siempre, y además gira su torso hacia mí, va a decir una mamada estoy segura.
—Sabes que no necesitas ver a ningún sacerdote para que te quedes durmiendo conmigo si se me da la gana, mi pulguita.
—Qué raro comentario para alguien que dice que no le gusta dormir acompañado.
—Porque las personas me estorban, pero tú mides como dos centímetros, estoy seguro de que no ocupas más espacio que un cojín.
Entonces me saco el teléfono y lo bloqueo a él mismo ahí frente a sus ojos. Nico suelta una carcajada y me dice que igual eso no va a durar mucho. Es que él parece tan seguro de sí.
—¿Qué apostamos?
Vuelve a esbozar una sonrisa y viéndome a los ojos toma una de mis papas y se la lleva a la boca.
—Ya se me ocurrirá algo. De todas formas, paso mañana a las cuatro y lleva repelente de mosquitos.
—¡¿A las cuatro?! Me acuerdo de que dijiste que el recorrido de dos días no iba a ser a las cuatro de la mañana.
—Es que ese era otro lugar, este está más lejos.
—No me jodas. —Y tiro la cabeza para atrás mirando al techo. Cuando vuelvo a tomar mi hamburguesa, le digo: —Definitivamente, después de este fin de semana no vuelvo a hablarte.
—Y yo ya te respondí. No te lo repito porque soy un caballero.
Lo peor de todo es que él lo dice con ironía, pero un caballero sí es...
a su manera. Me abre la puerta cuando salimos del lugar, me extiende su mano para ayudarme a bajar los escalones, me abre la puerta de su vehículo y repito «a su manera», porque la puerta que me abre es la del conductor, no la del copiloto, y me da las llaves. En fin, Nico.
Pero no tengo ganas de pelear, así que solo me subo y espero que él rodee su camioneta para subirse del otro lado, aunque se queda un par de minutos conversando algo con uno de sus amigos.
Soy yo quién enciende la radio y cómo ahora la regla es que quién conduce pone la música, le pongo la de «ojos así» de Shakira.
Cuando se sube, arruga el entrecejo y se masajea la sien, pero yo no le dije que quería conducir.
En fin, no dice nada, se pone el cinturón y me recuerda algo importantísimo:
—Tenemos que ir por tu auto.
Yo ya ni me acordaba.
—Por supuesto.
Okey, esa es la otra calle entonces. Los otros amigos de Nicolás también tienen pick-ups , los veo cuando nos rebasan, pero yo voy bien en mi carril sin ninguna prisa. Nico enciende la luz y me dice que tiene que seguir revisando unos informes.
—Por cierto ¿Qué fue lo que le dijiste a tu padre esta mañana?
Él se ríe bajito. Ay, por Dios, no.
—Bueno, hay un par de zapatos de tacón en mi clóset, todo mi cuarto huele a Chanel y hay una línea de acondicionador y mascarilla para cabello negro en mi baño.
Obviamente me preguntó y le dije que «una amiga» se quedó en mi apartamento unos días.
Cuando saliste al balcón solo le dije «es ella».
Y bueno, solo te aviso que mi padre no nació ayer.
O sea que su padre ya se imagina que cogemos.
En fin, mejor lo dejo que revise su informe hasta que llegamos al local donde está mi vehículo. El parqueo está oscuro, así que me debato entre bajarme e ir a sacarlo de ahí, o dejarlo hasta que vuelva de esa montaña... si es que sobrevivo. Qué suerte que es a Nico a quién se le ocurre:
—Yo voy por tu auto. Llévate la camioneta hasta el edificio y yo te sigo ¿De acuerdo?
No me niego, le entrego las llaves y lo observo bajarse, rodearme y después irse hasta el parqueo.
El local todavía está abierto, así que no tiene ningún problema para entrar y salir.
Me incorporo de nuevo en el tráfico cuando él ya casi está detrás de mí.
A ver, que Nicolás nunca maneja despacio, pero esta vez sí va siguiéndome con calma y yo lo veo a través del espejo retrovisor.
En algún punto a mitad del camino lo pierdo de vista y cuando ya llego al edificio no está por ninguna parte, ni detrás ni delante de mí.
Me saco el teléfono, pero me acuerdo de que acabo de bloquearlo y tampoco voy a desbloquearlo, porque no voy a darle la razón.
Lo voy a esperar aquí, así que aparco casi en frente y me quedo revisando mis redes sociales un rato.