CAPÍTULO 24 #2
Entonces me bajo y en ese momento me percato de que esa persona de «buen corazón» era Benjamín. Él estaciona a la par y sí, es él quién se baja del lado del conductor. Está viendo mi auto y me ve a mí también. ¿Debería darle las gracias? Pues no, era su deber como ciudadano.
—Eso pudo costarte una multa.
—El «pudo» en ese contexto no existe, ya estoy aquí.
Además, aparqué mal, pero no me importa, ya verá él cómo sale de aquí sin chocarme.
Me doy media vuelta y camino directo a la entrada de la revista. Escucho los pasos de Benjamín detrás de mí, pero se adelanta para abrirme la puerta. Ah, mira nada más, se le está despertando el lado caballeroso.
Entonces paso, no sé si espera que le dé las gracias, pero se me olvida y paso directo a mi oficina. Bueno, ni tan directo, porque Rebecca me detiene y lo primero que me dice viendo de Benjamín a mí es:
—No me digas que llegaste con el rancio de tu ex.
Qué suerte que él se quedó en la recepción.
—Por supuesto que no, me lo encontré en el parqueo.
Entonces ella y las otras dos modelos que la acompañan, Ana y Deborah, suspiran aliviadas, y es la misma rubia quién dice:
—Bien, me guardo mi discurso sobre autoestima y amor propio.
Y Deborah ni siquiera me deja contestar:
—¿Qué harás este fin de semana? —Estoy abriendo mi oficina y ellas son las primeras en pasar.
—Probablemente morir congelada en alguna montaña.
—¿Con el doctor de muertos? —Esa es Rebecca ahora y le aclara a las otras dos chicas: —Es el médico forense no novio de Nina, bueno, uno de los «no» novios.
Por Dios.
—Sí, con el doctor de muertos que no es mi novio. Y no vamos solos, también irán otros amigos suyos, aclaro. —Hasta hago énfasis, porque veo las sonrisas de las tres y es mejor despejar dudas. Alfonso nos interrumpe y me habla a mí:
—Buenos días, Nina, ¿Puedes venir? Solo tengo algo que repasar con el Sr. Ramírez y necesito que estés conmigo.
Ay no, más tiempo con Benjamín.
—Está bien.
Entonces salgo de mi oficina, el mencionado está sentado en la sala de espera hasta que Alfonso, mi jefe, lo llama y él se pone de pie.
Yo camino por el pasillo a la par de Alfonso hasta que él nos alcanza y llegamos al ascensor.
Okey, parece que no será en su oficina, es en el piso de las fotografías, pero alguien llama a mi jefe y cuando las puertas del elevador se abren nos dice que lo esperemos un momento, yo ya entré, Benjamín también y soy yo quién se pone en medio para que las puertas no se cierren.
Miro mi reloj, solo espero que Alfonso se tarde solo un minuto como dice, porque estar encerrada con Benjamín...
—Por cierto, ¿cómo has estado?
El de esa pregunta es él, por supuesto, ya sabía que callado no iba a estar.
—Bien.
—Vi las noticias sobre el tipo ese que mató a su novia en el apartamento que está a la par ¿Te estás quedando ahí?
¿Por qué todo el mundo tiene que preguntarme si me estoy quedando ahí?
—No, me quedo en el apartamento de alguien más.
No pregunta nada. Es más, el gesto que hace es como si no le gustó mi respuesta, pero ¿a él qué le importa si me quedo con alguien en realidad? Miro mi reloj y Alfonso por fin ya está caminando de regreso.
—Oye, si necesitas ayuda, no importa cuánto, puedes decírmelo ¿Okey? Aunque las cosas entre tú y yo hayan terminado todavía te...
Yo misma lo interrumpo:
—¿«Cuánto»? ¿Te refieres a ayuda económica? Cobro más que tú. ¿Se te olvida qué industria es esta?
—Eso es verdad. —Interrumpe Alfonso. Por fin, ya no quería seguir hablando con Benjamín.
Es mi jefe quién toca el piso al que vamos y una vez que las puertas se abren son un grupo de modelos masculinos casi desnudos que nos reciben.
A ver, este es el día a día aquí, hasta yo ya me acostumbré, pero al parecer es algo muy nuevo para Benjamín verle las nalgas a otro hombre.
Es en un momento que el mencionado recibe una llamada que a Alfonso se le ocurre preguntar:
—Oye, ¿A qué iba esa conversación con Ramírez? No te estaba ofreciendo una oportunidad laboral en otro lado ¿Verdad?
—No. En realidad, es porque cree que soy indigente. Es mi ex. Larga historia. Y no se lo puedes contar a Samuel, porque Benjamín va a casarse con su hermana, y se supone que él y yo no nos conocemos.
—Ay, no.
—Y que tampoco se te escape mencionarme al doctor de muertos frente a él, porque son amigos.
—¿Tu novio el médico forense?
—Ajá.
—Ay, no.
—Y no es mi novio.
Nos interrumpe la persona encargada de esta área, por suerte esta reunión sí es rápida y yo no necesito meter las narices, así que no hago más que revisar mis redes sociales y en ese momento me llega un mensaje privado a mi perfil.
Es de la prometida de Benjamín. Okey esto acaba de quitarme el sueño más que las dos tazas de café que me bebí y lo que escribió fue un «Hola», así tal cual.
A ver, sí me lo pienso ¿Okey? No me lanzo a contestarle de inmediato, pero veo que está escribiendo. Ah, caramba. Entonces sí le envío un «Hola» también y casi de inmediato me deja un:
«¿Puedo hablar contigo? Será algo rápido, lo juro»
¿Hablar conmigo? ¿Qué cosa? Miro a Benjamín y él está concentrado en lo que están hablando con el otro sujeto y Alfonso está con él, miro mi teléfono de nuevo y... ah, caray, sí le respondo.
«Sí, claro»
Su respuesta es inmediata:
«¿Tienes tiempo hoy?»
O sea, es en persona. Quiere hablar conmigo en persona.
Comienzo a teclear:
«Sí, por supuesto, pero sería después del trabajo»
Está escribiendo, madre mía, y deja de hacerlo por un instante. Pienso que la conversación se quedó ahí y me tranquilizo, pero no, ella me envía un:
«¿Puedes darme tu número? Así coordinamos mejor la hora. Te lo agradezco mucho»
Me lo pienso ¿Okey? Pero sí le dejo mi número.
Después de un rato me deja un texto indicándome la hora y el lugar, pero antes me pregunta si me parece bien.
Le contesto que sí. A ver, más me vale irme preparando para cualquier pregunta incómoda por si las moscas y yo no sé qué le voy a contestar...
es que... a ver, ¿para qué más podría querer hablar conmigo?
El resto del día solo puedo pensar en eso, aunque estoy la mayoría del tiempo ocupada, pero cada que tengo un ratito libre me acuerdo de que tengo una reunión con la prometida de Benjamín ¿Y qué él está enterado?
Pues no sé. Al finalizar de mi jornada me doy cuenta de que tengo un mensaje de ella confirmándome que ya va en camino. Okey, entonces sí es en serio.
Conduzco hasta la cafetería, tomó en consideración mi lugar de trabajo al parecer, porque no estoy a más de diez minutos.
Yo llego primero y me siento en una de las mesas de afuera cerca de un grupo de personas por si esta conversación termina mal.
Me pido un café y estoy viendo mi reloj, porque ya pasaron como cinco minutos...
ay, no, solo falta que me deje plantada.
No, no me deja plantada.
Un auto aparca al otro lado de la calle y baja la ventanilla para saludarme.
Hago el mismo gesto con la mano y me percato de que no viene sola.
Cuando se baja, va directo a la puerta de atrás y baja a Mailo, el perro de Benjamín.
Él camina a la par de ella, comienza a oler exactamente en dirección a dónde estoy yo, cuando está más cerca para las orejas, me mira y comienza a tirar de ella brincando y moviéndome la cola. Ay, no; ay, no.
¿Ahora cómo voy a saludarlo sin ser tan evidente?
Me pongo de pie cuando ella está más cerca y aunque se está disculpando por la tardanza yo estoy más concentrada en el perro quién comienza a brincarme encima, le acaricio la cabeza, las orejas, la cola —no le hablo como le hablaba cuando nos conocíamos, claro— Luciana, la novia de Benjamín, parece confundida y me dice:
—Perdón, de verdad, usualmente no es así de efusivo con personas nuevas. Hasta parece que te conoce de toda la vida.
—Sí ¿Verdad? Qué raro. —Eso es sarcasmo, por supuesto.
A ver, que yo sí actúo como si esto es nuevo para mí y no conozco a este perro desde que nació prácticamente.
Él sigue brincando, moviéndome la cola, lengüeteándome las manos.
Ella intenta que le haga caso, pero es que no, él no es de los que hace caso. Entonces lo intento yo: —Sentado.
A mí sí me obedece.
Ella me saluda a mí con un beso en la mejilla y nos sentamos al mismo tiempo una frente a la otra. El perro, Mailo, forcejea con ella para echarse en mis pies. Luciana todavía parece confusa, pero lo deja y después solo ignorando esa escena, me dice:
—Perdón por hacer esto tan así de pronto, pero es que necesito saber algo y quería preguntártelo en persona.
Ah, caray.
—Claro, adelante.
—Y perdón de verdad si te parezco pesada, pero es que es algo urgente, es de vida o muerte, y no puedo esperar más, perdón.
Ay, no.
—No te preocupes. Continúa.
Es mejor ir al grano desde ya, si tengo que decir unas cuantas verdades pues solo las voy a decir y a la mierda Benjamín, pero el mesero nos interrumpe con mi café, de paso ella ordena uno.
Cuando el joven se va, yo le doy un sorbo a mi bebida y espero que ella sea la que hable para no meter las patas.
—Sabes que me caso dentro de un par de meses ¿Verdad?
No sabía lo del par de meses, pero de que se casaba sí que lo sabía.
—Vi algo en tus redes sociales.