Bendito Karma CAPÍTULO 22 #2
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CAPÍTULO 22 #2

—Por cierto, hoy saldremos más temprano porque iremos a esa reunión con esa agencia de Marketing ¿Okey? Si nos pasamos de tu horario de salida te lo compenso doble, no te preocupes.

—¿La reunión no es aquí?

—No, es en un restaurante, ellos pagan todo, así que vamos a aprovecharlo. Por cierto, yo le dije al jefe que sí ibas a ir conmigo, pero no te voy a dejar sola con él ¿Okey? Si hace o dice algo que te haga sentir incómoda solo me lo dices y yo le pongo el alto, no te preocupes.

—Qué bien, gracias, porque si le pongo el alto yo nos cancela el contrato ahí mismo.

—Ya sé. Y te envió algo, por cierto, y el paquete llegó cuando Samuel estaba aquí, así que lo tuve que correr antes de que viniera a fisgonear quién te había enviado unas rosas, porque sí las vio y recepción específicamente dijo «Estas se las enviaron a Nina» en frente de él.

—¿Me envió rosas?

—Sí. —Se va un momento y yo me pongo de pie para seguirlo a su oficina. Sale con el ramo de flores y está leyendo la tarjetita. —Bueno, mandó más cosas para toda la oficina, es lo que hacen con cualquier empresa con la que cierran contrato, pero no sé a cuántas les enviará rosas para la fotógrafa.

Entonces agarro las benditas rosas.

—Qué poco original.

—¿Verdad? Digo, ¿por qué enviarle rosas a una mujer que le gustan los tatuados? Debería decírselo.

—No me jodas, Alfonso.

Él suelta una risita, pero se detiene de inmediato cuando dice:

—Por cierto, necesito unas cuantas fotografías de los chicos. El fotógrafo de ellos vendrá después de medio día y no me acordaba de que necesito esas fotos para ya.

Ay no, medio día viendo pitos.

Y sí, eh, pero al menos la mañana se pasa rápido y la tarde también.

La última sesión con las chicas las hago con mi propia cámara y tomo el lugar detrás de la computadora.

Estoy revisando cada foto, pero al mismo tiempo concentrada en conectar el monitor que cuando me doy cuenta ya me pasé hasta las últimas fotos que le hice a Nico en la cueva, sí les doy un vistazo —rápido, aclaro— y llego a la que nos tomamos frente al espejo de mi apartamento, Nico tiene todo su brazo alrededor de mi cintura y su rostro muy cerca del mío.

No puedo evitar acordarme de lo de ayer y se me comienza a acelerar la respiración.

Mierda. Solo voy a borrar esta foto y ya está.

—¿En qué estás pensando? —La modelo rubia, Rebecca, me interrumpe causándome un susto de muerte. Ni siquiera estaba viendo a la cámara o a la computadora, yo tenía la vista puesta en una pared.

—En nada ¿Por qué?

—No es nada, solo vi que estabas distraída. —Qué bueno que rápido cambie de tema. —¿Vienes hoy con nosotras? ¿O tienes otra cita no romántica con tu no novio oficial?

—Tengo que ir a una reunión con la agencia esa de Marketing y después voy a ir a la casa de mi abuelo.

—¿Te llevo a tu apartamento?

—No, hoy traje mi auto.

Hablando de mi auto, caigo en cuenta de que tengo que conducir hasta mi apartamento para cambiarme, después ir hasta el lugar de la bendita reunión y después manejar hasta la casa de mi abuelo.

Mierda. A ver, sí voy a ir, porque tengo que convencerme a mí misma de que ahí no queda el alma en pena de nadie y hoy sí voy a regresar.

Entonces lo hago, justo después de que Alfonso me da luz verde para irme no me la pienso dos veces, conduzco hasta mi edificio y bloqueo mentalmente cualquier imagen gráfica de la pareja hot cuando me subo al elevador.

Sola, carajo. Casi salgo corriendo cuando las puertas se abren y yo me encierro lo más rápido que puedo en mi apartamento.

No sé para qué, si de todas formas un alma en pena puede asustarme adentro o afuera.

Todo está en su lugar y mis plantas no se han muerto, así que Nico sí ha hecho su trabajo al parecer. Entonces me cambio de ropa, me arreglo el maquillaje, me peino el pelo y todo esto en tiempo récord, porque necesito irme de aquí.

No, a ver, dije que hoy regreso y tengo que acostumbrarme, así que cuando estoy lista no corro hacia la puerta, en su lugar, me siento en el sillón y me quedo un rato ahí atenta a cualquier cosa.

Okey, nada se mueve, ninguna cosa se cae, no veo nada raro.

Ahora sí, salgo, cierro con llave y camino con paciencia hasta el parqueo, aquí sí está oscuro y lo intento ¿Okey?

Intento no salir corriendo, pero esta vez sí no puedo, salgo disparada hacia mi auto y no sé cómo me las arreglo para salir de ahí a una buena velocidad sin chocar a nadie.

El restaurante está en el centro de la ciudad, por la calle más transitada, así que me toma más tiempo del que debería llegar hasta ese lugar, pero me da igual, yo no le dije a nadie que me invitara.

Hay más personas, cabe destacar, además de Alfonso, el pendejo de Benjamín y su jefe, pero, en fin, Benjamín no disimula nada, en cuánto me ve llegar me mira de pies a cabeza y aunque el primero en ponerse de pie es el jefe de él, él de inmediato hace lo mismo y lo interrumpe para «saludarme».

Qué aburrida estoy, Dios mío, y esto ni siquiera empieza.

Yo me siento al otro lado de ellos dos, a la par de Alfonso, aunque los tengo en frente estamos a una distancia considerable así que ninguno de los dos me habla, y también qué suerte de que Alfonso sea así de parlanchín, porque mantiene a todos distraídos.

Estoy hablando con el mesero cuando escucho que mi jefe me habla y en el momento que me giro para ponerle atención veo que Benjamín tiene la mirada puesta en algún punto detrás de mí, pero no tengo ni que girarme, porque Alfonso susurra:

—Uno de tus novios está aquí.

—¿Mi qué?

En ese momento sí me giro, digo yo que «disimuladamente».

Es Nico, está con los otros dos chicos que lo acompañan siempre y en ese momento el amigo suyo que lleva trenzas me mira, lo golpea en el brazo y señala en mi dirección, elijo creer que es a Benjamín, o al menos eso es lo que cree él, porque levanta la mano como saludo cuando los tres nos miran.

Bueno, no era a él a quién señalaban al parecer, porque cuando el otro amigo de Nico lo mira, el gesto le cambia y lo ignora.

Dios mío, Nico está caminando hacia aquí.

Es Benjamín quién se levanta primero y le dice algo a Sergio, su jefe, quién de inmediato también se pone de pie y ve en dirección a Nicolás. Escucho que Benja le dice:

—¿Recuerdas a Nicolás?

—Por supuesto. —El tal Sergio le extiende la mano y con una sonrisa lo saluda: —Doctor.

—¿Cómo estás, Sergio?

Okey, se conocen entonces. Se conocen. Después le extiende la mano a Benjamín y es este último quién le presenta a Alfonso, mi jefe se pone de pie para saludarlo y yo le tengo que golpear la pierna con mi pie cuando dice:

—Ya lo conocía, pero mucho gusto.

Es al mismo Benjamín que se le ocurre —después de una pausa cabe destacar—:

—Y ya conoces a Nina.

Ay, no. A ver, es Nico ¿Qué puedo esperar de él? Pues cordura no. Entonces me mira y con una sonrisa irónica, dice:

—Por supuesto ¿Cómo estás, Nina?

—Bien, gracias.

Yo soy la única que no se pone de pie y no voy a hacerlo tampoco, entonces rodea la mesa y se me acerca, pero no es todo, me agarra la cara y me planta un beso en la mejilla, sí nos están viendo...

a los dos, pero al menos es rápido y después se queda hablando algo con Sergio.

Alfonso a la par mía se aclara la garganta y susurra con sorna:

—Oye, a este punto Samuel va a agarrarle odio a los doctores, primero la otra chica que prefirió a un doctor y ahora tú.

A ver, ¿cómo le digo de que es el mismo doctor?

—Pero yo no tengo nada con este doctor.

—¿Estás segura? Ese beso que te dio no parece «nada», lo que a mi parecer está bien, porque tal vez le baja la ilusión al jefe de la compañía de Marketing.

No puedo defenderme, porque el doctor de muertos se va y nuevamente regresan a la plática que estaban.

Qué suerte que la «reunión» no dure mucho y que Nico se haya sentado al otro extremo del restaurante, así que no lo miro en ningún momento cuando salgo.

Alfonso sí cumple en lo de no dejarme sola con el jefe de Benja, porque es hasta que el tipo ese va saliendo del parqueo que Alfonso se despide de mí y camina hacia su auto, hubiera hecho lo mismo con Benjamín también, porque el pendejo se me acerca, me toma del brazo y me dice:

—Vamos, te llevo.

A ver, a ver, como que mucha confianza ¿no? Entonces miro específicamente su agarre y me suelta.

—Gracias y no, traje mi auto.

—¿Conduces?

—Claro, Benjamín.

—Bueno, tú misma me dijiste que preferías no conducir y no pensé que tuvieras un vehículo. Bueno ¿Podemos hablar? No tomará mucho tiempo, te lo juro. Podemos regresar y tomarnos un café, yo invito.

Lo irónico de esta situación es que Benjamín nunca invita ni siquiera un café.

—No tengo tiempo. Además, estoy fuera de mi horario laboral y temas de asuntos de trabajo solo en la oficina. Puedes enviarme un correo ahora, te respondo mañana cuando tenga tiempo.

—Nina, por favor.