CAPÍTULO 22 #3
Su celular suena y cuando se lo saca del bolsillo alcanzo a ver el nombre de Nicolás. Sí le contesta, aunque no alcanzo a escuchar qué es lo que le pide él. Benja le responde que sí y mira hacia el interior del restaurante. Entonces yo aprovecho:
—Bueno, bye .
No puedo caminar tan rápido porque llevo tacones, pero qué bueno que no esté tan trastornado como para seguirme, se queda hablando ahí en la entrada y después entra al restaurante. Mi auto está cerca, así que aprovechando que lo perdí de vista, yo me desaparezco.
En fin, enciendo la radio, porque me queda un largo camino por delante y se me ocurre tomar un atajo, bueno... este no es como aquel, aquí al menos sí pasan más personas y no creo que a alguien se le ocurra pasar por aquí y tirar cuerpos de animales muertos.
No sé cuánto por cuánto tiempo conduzco, pero justo en el momento que escucho la notificación de un mensaje de texto, oigo una explosión que me hace desestabilizarme, pero logro detenerme. Carajo, no. Entonces me bajo y veo mi llanta.
No puede ser.
A ver, yo nunca he cambiado una maldita llanta en mi vida.
Es que nunca he tenido que hacerlo. Jamás.
¡Dios! Tal vez un tutorial en Youtube es suficiente ¿No?
Entonces abro la cajuela y me doy cuenta de que no traigo herramientas.
Mis herramientas están en el auto de Francia, porque yo ni siquiera usaba esta cosa.
Voy a llamarla a ella, tomo mi celular y veo el mensaje de Nicolás en mi pantalla:
De: Nico
Dice Benjamín que tu cita con él estuvo bien .
¿Cómo que mi cita con Benjamín?
Entonces lo llamo y me contesta en el primer tono.
—¿Cómo que mi cita con Benja? —Parece que todavía está en el restaurante por el ruido. Mala idea, significa que Benjamín todavía está con él. Entonces bajo la voz: —¿El indeseable todavía está contigo?
—No, ni a Héctor ni a Hugo les cae bien, y eso es recíproco. Solo lo invité porque vi que no querías hablar con él, pero no se quedó ni diez minutos.
—Estoy segura de que si yo sí hubiera querido hablar con él, igual lo hubieras llamado solo para interrumpirnos.
—Me conoces bien, mi pulga. —Al parecer tampoco le importa llamarme «mi pulga» en frente de esos otros amigos. —¿Dónde estás, por cierto?
—No sé.
—¿Cómo que no sabes?
—Bueno, solo sé que el GPS me lanzó por esta calle, pero no sé cómo se llama. —Me debato entre si contarle el resto o no. Al diablo. —Oye, ¿Sabes cambiar llantas?
—Por supuesto que sé cam... —Entonces se detiene, hace una pausa y después de un suspiro, agrega: —¿Qué pasó ahora?
—No tengo llanta.
—¿Cómo que no tienes llanta?
—Bueno, sí tengo, pero explotó y no puedo cambiarla. —Eso último lo digo casi en un susurro… como si no se lo quisiera decir en realidad… y sí.
—Pero sí tienes llanta de repuesto ¿Verdad? —Entonces escucho que alguien me habla, bueno no por mi nombre, cuando me giro es un tipo que me pregunta si necesito ayuda. Entonces escucho a Nicolás: —Dile que no.
Dios mío, tanto que me cuesta obedecer órdenes.
Estoy a punto de llevarle la contraria, pero esta película también me la he visto, así que prefiero esperarlo a él en lugar de aceptar la ayuda de un desconocido.
Entonces al tipo que me está hablando desde el auto le digo que no. En fin, vuelvo al doctor de muertos:
—Trae tus herramientas, porque yo no tengo.
No me quiero ni imaginar el gesto que debe de tener ahora mismo.
—Mándame tu ubicación, espero no sea otra de esas calles donde lanzan muertos.
No es una calle dónde lanzan muertos, pero no puedo asegurar que no lancen otras cosas.
Nico sí llega en el tiempo que dice, bastante rápido de hecho, pero es que él conduce al doble de velocidad que yo.
Salgo de mi vehículo cuando aparca detrás de mí y le entrego mi llavero cuanto lo tengo en frente.
Diosito, que esa llanta de repuesto sí sirva, por favor.
Bueno, al parecer sí. Él la saca, rodea el auto y se inclina del lado dónde la maldita llanta se ponchó.
Entonces un auto se detiene atrás mío y escucho un par de voces preguntándome si necesito ayuda, me giro y este no es un solo hombre, es un grupo, pero yo no alcanzo a decirles nada, porque Nico se pone de pie y les dice —no tan amable, cabe destacar— que ya tengo ayuda.
A ver… que Nicolás es altísimo, cuerpo de más de dos horas diarias de gym, tatuado y sí, le da miedo a cualquiera, el conductor pone en marcha el vehículo después de un asentimiento y eso es todo, él como si nada continúa lo que está haciendo. Dios mío.
—Ven acá —lo escucho.
—¿Para qué?
—Vas a aprender a poner una llanta. Mientras yo esté vivo, solo tienes que llamarme y yo llego a dónde sea ¿Okey? Pero ¿Qué tal si me pasa algo y no puedo ir?
Se pone de pie, se va a su camioneta y saca la chaqueta que siempre tiene ahí, regresa al lugar que estaba, la pone sobre el suelo a la par suya y me extiende la mano.
—En realidad, voy a aprender para no tener que llamarte de nuevo, así que gracias.
—Siempre vas a llamarme, mi pulga, y lo sabes.