Bendito Karma CAPÍTULO 11
21%

CAPÍTULO 11

T engo que alejarme de Nico.

Esto es algo que me vengo repitiendo desde hace un tiempo ya, pero me lo vuelvo a recordar a mí misma cuando lo que me despierta es una pesadilla de él acostándose a mi lado, pasándome la mano por la pierna, la barbilla por el cuello y acariciándome la cintura mientras me susurra al oído: «No me provoques, pulguita».

—Hijo de su p... madre.

Estoy sudando, me duele el cuerpo, la cabeza y tengo que cerrar los ojos con fuerza por la luz del sol que entra por la ventana.

Siento algo raro y no tiene nada que ver con la pesadilla, me siento débil y me duele la garganta.

Maldición, no hoy por favor, que tengo que ir a trabajar en un par de horas.

Me pongo de pie, parece que me pasó un camión encima, siento la piel caliente y no tengo un bendito termómetro.

Quiero seguir durmiendo, pero cuando miro el reloj me doy cuenta de que ya no puedo, así que mejor me meto a la ducha.

Ahí con los ojos cerrados, mientras me cae el agua encima y me muero de frío, me acuerdo de ayer y lo primero que aparece en mi mente es el beso con Nicolás.

Abro los ojos de golpe y mejor termino de bañarme. Maldito Nico.

Me duelen hasta las articulaciones de los dedos cuando cierro la llave de la ducha, si tan solo alguien no me hubiera sacado de mi casa a las cuatro de la mañana para irme a meter a una cueva con murciélagos y quién sabe cuántos insectos, yo estuviera bien.

Hablando de murciélagos...

Me voy directo a mi laptop y googleo mis síntomas.

Okey, me contagié de rabia.

Aquí lo dice claro, los síntomas son así, similares a los de un resfriado común y todo esto es lo que yo tengo: Malestar general, dolor de cuerpo, fiebre, dolor de cabeza y quién sabe qué más.

Comienzo a hacer memoria de si alguna vez me puse una vacuna antirrábica, no me acuerdo y también dice aquí que aún con la vacuna podrías contagiarte. Okey, definitivamente, tengo rabia.

Sigo buscando, no sé por cuánto tiempo más paso comiéndome las uñas leyendo todos los artículos que me encuentro mientras me visto ya sea para ir al trabajo o al hospital.

Llego a unos videos de la fase terminal y...

por Dios, que no cunda el pánico, puede ser cualquier otra cosa... puede ser cualquier otra cosa.

Mejor me voy al hospital.

Escucho mi teléfono, lo tomo de mi mesa de noche y veo la conversación que dejé abierta con Samuel ayer, le dije que estaba cansada y que me iba a dormir, pero que podíamos vernos hoy...

bueno, ya no se va a poder. Hoy no me ha enviado nada todavía, pero el sonido de mi celular no era por un mensaje de él, fue una notificación de mi red social...

de Nico. Ah, carajo. Sí, sí me voy directo a lo que acaba de etiquetarme y es una foto de las que le tomé ayer dentro de la cueva.

Y es cuestión de segundos, casi de inmediato que tengo un «buenos días» de parte de Samuel, uno que de momento no voy a contestar, porque necesito preparar mi respuesta en caso de que pregunte sobre esta foto, pero a ver...

Nico es muy privado en sus redes sociales y no creo que deje a Samuel colarse entre sus seguidores, o a cualquier cuenta fake , aunque Valentina sí sigue ahí.

Mejor reviso el resto de las fotografías.

Okey, hay unas cuantas más que se tomó con sus amigos, pero en ninguna hay rastro de que yo estuve ahí.

Bueno, puedo inventarme cualquier cosa, porque decirle que yo tomé esa foto ayer sería confirmarle que pasé un día entero con Nico dentro de una cueva llena de murciélagos y eso no va a escucharse nada bien.

Volviendo a eso, en mi laptop todavía está el último video sobre la enfermedad de la que posiblemente me contagié. Intento convencerme de que eso no es probable, pero entre más leo más me alarmo y aprovechando que Nico aparece en línea:

Para: Nico

Oye ¿cuáles son los síntomas de la rabia ?

Me contesta casi de inmediato.

De: Nico

***

Eso es todo, su respuesta es un signo de interrogación.

Para: Nico

Creo que me contagié de rabia.

Y esto es tu culpa por meterme en una cueva llena de murciélagos.

También publicó una historia a las cuatro y media de la mañana corriendo en la carretera con uno de los chicos del grupo de ayer, pero aquí la pregunta es ¿Qué loco corre en la carretera a las cuatro y media de la mañana?

De: Nico

La posibilidad de que te hayas contagiado de rabia es casi nula, pulga.

«Casi» nula, dice.

Para: Nico

Lo vi en Google, tengo todos los síntomas.

Mejor cierro la portátil y me seco el pelo, me duele hasta cada hebra de la cabeza. Veo la pantalla de mi teléfono iluminarse y el mensaje de Nicolás:

De: Nico

Llego en diez minutos.

A ver, yo solo estaba haciendo una pregunta, perfectamente puedo irme de urgencias al hospital.

Otra cuestión importante: ¿Esto se contagia?

¿Puedo yo contagiar a alguien más? También comienzo a buscarlo.

Además, contesto el mensaje de Samuel y le digo que no vamos a poder vernos, porque me enfermé.

No le digo de qué, claro. Ahí que le avisen cuando sea mi funeral, si es que hay uno y no solo me mandan a quemar.

Nico no tarda diez minutos.

Escucho el golpe en la puerta y miro el reloj, pasaron como ocho minutos o un poco más, como dijo diez, voy a seguirme haciendo el delineado con calma, toca otra vez, pero es hasta que veo que ya pasaron los diez minutos que dijo que me pongo de pie y le abro la puerta.

—Dijiste diez minutos.

—¿ Google ? ¿De verdad? —Ya que está aquí, ni modo, dejo que pase. Cuando cierro la puerta y me vuelvo a él, me toca la frente. —¿Qué síntomas tienes?

—Los de la rabia.

—No tienes rabia, pulga. —Saca una linterna y un palito de madera de esos que usan para revisar la garganta, se pone un guante en la mano derecha y con la otra saca una banqueta del desayunador. —Ven, siéntate y abre la boca.

—¿Para qué?

—Ni modo que sea para succionarte el alma, Nina.

Siéntate aquí y abre la boca. —Iba a contestar con otro sarcasmo, pero ni para eso tengo ganas, así que hago lo que dice.

Él sí tiene un termómetro y me lo pone debajo del brazo; mientras tanto, me revisa la garganta.

Nico huele bastante bien, lleva un jersey oscuro de cuello alto y mangas largas, solo se ve el tatuaje que tiene en el dorso de la mano y un poco del antebrazo. —Tienes faringitis.

—Esto de seguro es culpa de alguien que me sacó de aquí a las cuatro de la mañana.

—Eres como un pollito de colores, lo descuidas y ya se contagió de mil cosas, pero NO es rabia. —Su bolso está sobre el desayunador detrás de mí, saca un blíster de pastillas y, además, toma el termómetro y lo mira. —No tienes fiebre, esa es buena señal ¿Ya desayunaste?

—No tengo hambre.

—No recomendaría tomar medicamentos con el estómago vacío ¿Qué tienes aquí que no esté cargado de azúcar? —Y se va, le digo que lo único que tengo es cereal, él toma la caja y se pone a leer la etiqueta. —Bueno, peor es nada.

Saca la leche del refrigerador y también se pone a analizar la etiqueta. Creo que mejor lo hago yo misma. Toma un bowl, deja caer la leche primero y yo me bajo del banco del desayunador.

—Oye, yo puedo hacerlo.

—Y yo también. Siéntate.

—¿Y qué te hace pensar que voy a sentarme solo porque tú me lo dices?

—Escucho su risa, aunque está de espaldas a mí y después un «Dios, dame paciencia».

Deja la leche dentro del microondas y yo intento tomar otro tazón de uno de los estantes de arriba, pero es Nico el que se acerca por detrás, lo alcanza por mí y me lo entrega. —Gracias, pero yo lo alcanzaba.

—Sí, se nota —Es solo que estoy descalza, pero sí alcanzo. En fin, cambia de conversación: —¿Para qué quieres otro?

—Prefiero el cereal primero.

Tomo la caja y vierto el cereal, cuando creo que va a decir una sandez, solo toma el bowl de mis manos y después le agrega la leche.

Le pone una cuchara y me lo devuelve. Me siento sobre la encimera y lo veo lavar los utensilios y dejar todo de regreso en su lugar mientras como.

Escucho el sonido de mi celular, lo alcanzo y veo el mensaje de Samuel donde me pregunta si estoy bien y dice que está preocupado.

No sé en qué momento Nico está frente a mí, pero al parecer alcanzó a leer el texto, porque lo que se le ocurre soltar es:

—Dile que no, que tienes una enfermedad contagiosa, tal vez así no intente plantarte un beso en la boca otra vez.

Bloqueo la pantalla y alejo mi celular de él.

—¿Puedes dejar de husmear mis mensajes? —Me da un vaso con agua, saca una pastilla y me la pone en la boca. Es hasta que ya me la tragué que caigo en cuenta que ni siquiera sé que estoy tomando y le quito el blíster de la mano para leerlo. —Si es contagioso, puedo contagiarte a ti también ¿No?

—A mí no me importaría. —Eso lo dice muy cerca de mi cara cuando está tomando el termómetro que está detrás de mí y su vista va de mis ojos a mis labios. Ya lo había mencionado, pero Nico es como un imán y él lo sabe, así que tengo que mantenerme lejos.

—Oye, tú y yo deberíamos mantener distancia. —Eso llama su atención, ahora me mira a los ojos y con ambos brazos recargados en la encimera, o sea, a ambos lados de mi cuerpo, me escucha: —Porque a ti te gusta provocarme.

—Me estás diciendo que te provoco.

—Dije que es que lo te gusta hacer, no de que lo estés logrando.

Nico suelta una carcajada de esas burlescas suyas y se acerca más a mí, todavía con ambos brazos a cada lado de mi persona. Sí, es verdad de que no le importa que lo contagie.

—¿Entonces yo te provoco? ¿Pero no tú a mí cuando te sientas a horcajadas sobre mis piernas?

¿O cuándo me metes las manos por debajo de la camiseta?

—Poco a poco se va acomodando entre mis piernas, con una de sus manos tira de una de ellas para acercarme más a él y con la otra me toma la barbilla.

—¿O cuándo juegas con un caramelo viéndome los labios?

¿O cuándo te me frotas encima como se te da la gana?