Bendito Karma CAPÍTULO 3 #2
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CAPÍTULO 3 #2

—Te subiste a la camioneta sin pelear, sé que estás mintiendo ¿Qué pasó con el auto? —Hay unos cuantos vehículos detrás que tocan el claxon cuando rebasan a Nico, pero él no se mueve, me está viendo a mí.

—¿Puedes avanzar?

—No me has dicho a dónde vas.

Y eso es verdad. Entonces caigo en cuenta de otra cosa: La casa de mi abuelo está afuera de la ciudad.

—Voy a la casa de mi abuelo y no está tan cerca…

—Bueno, yo tengo tiempo.

Y pone en marcha el vehículo. Iba a decirle que me dejara en la parada más cercana, pero sé que de todas formas va a decir que no, así que solo le doy la dirección.

Por suerte, Nico no es de hablar mientras conduce, así que gran parte del viaje es en silencio, hasta que lo veo extender el brazo para tomar algo del portavasos y me lo da.

Cuando lo tomo me doy cuenta de que es un caramelo de limón.

—Gracias.

—¿Qué pasó con el auto? —Madre mía, pensé que ya habíamos dejado esa conversación atrás.

—Nada, de verdad. —Entonces, se detiene en un semáforo en rojo y aprovecha para girar todo su torso hacia mí y mirarme fijo.

Nico lleva una camiseta blanca de mangas cortas, una gorra hacia atrás y sus gafas usuales.

Comúnmente le mantengo la mirada, pero hoy prefiero apartarla y mirar al frente: —Es que odio el tráfico.

—¿Odias el tráfico?

—Sí, odio el tráfico y puedes burlarte todo lo que quieras. —Y sí se ríe, pero no habla. Arranca el vehículo de nuevo cuando el semáforo cambia de color. —Y no me preguntes cómo obtuve la licencia.

—No iba a hacerlo, pero ya me dio curiosidad.

No digo nada más, ni él, porque todavía se está riendo.

El aire acondicionado dentro del vehículo está bastante potente y yo solo llevo un crop top sin mangas y pantalones.

Inconscientemente, intento taparme los brazos con la chaqueta de Nico y, al parecer, él lo nota, porque lo apaga, pero no dice nada.

Le quito la envoltura al dulce y me lo llevo a la boca.

Es entonces cuando mi celular suena y lo que veo es un mensaje de Valentina, la novia de Nicolás:

De: Valentina Valero

Si te invito a mi cumpleaños ¿Vendrías?

Y le ha agregado un corazón.

—¿Cuándo es el cumpleaños de tu novia?

—La próxima semana…

—Bueno, creo que acaba de invitarme.

—Dile que no.

A él le respondo con una risa y a su novia con un “por supuesto que sí” .

Ya casi estamos llegando a la casa de mi abuelo y lo diviso desde una cuadra antes peleando con el vecino.

Nico aparca exactamente en frente justo en el momento que él —mi abuelo— apunta con el bastón al hombre que está al otro lado de la cerca. Nico sonríe y se le ocurre:

—¡Ah, mira! Ya veo el parecido.

—Qué gracioso. —Cuando abro la puerta, mi abuelo mira hacia nosotros. Antes de bajarme, le advierto a Nico: —Solo gira y te vas.

Pero es Nico por Dios ¿En qué momento se me iba a ocurrir que solo iba a girar e irse? O tal vez es lo que hubiera hecho si yo no lo hubiera mencionado ¿Cómo no se me ocurrió? Pero, en fin, cuando mi abuelo está caminando hacia nosotros, Nico baja la ventana y le dice:

—Buenos días. —Yo hasta me tiré de la camioneta para que él se fuera más rápido. Ahora estoy rodeando el vehículo y mi abuelo mira de mí, a él.

—Buenos días ¿Tú cuál de todos los novios eres?

—El de los domingos. —Le responde él tan fresco. Mi abuelo se ríe, le extiende la mano y le dice:

—Mucho gusto, novio de los domingos. —Pero no es todo, también se le ocurre soltar: —¿Quieres pasar? Tengo café y galletas.

—No. Gracias, papá. Nico ya se iba. —Y me giro levemente hacia él: —¿Verdad?

No lo va a hacer, madre mía. Esboza una sonrisa cínica y ya sé lo que se viene a continuación, pero entonces se dirige a mi abuelo y le dice:

—Me encantaría, pero tengo que estar en la morgue en menos de una hora.

—¿La morgue?

—Nico descuartiza muertos y esas cosas. —Le contesto yo, de paso lo estoy tomando de la mano e intentando llevármelo adentro, pero hace resistencia. —Es médico forense.

—¿De verdad? —Le digo que sí y se vuelve a Nico: —¿Quieres venir otro día que tengas más tiempo para conversar un rato?

—No quiere.

—Sí quiero.

—Sí quiere, Nina. —Ahora me está hablando a mí. —Tengo que conocerlo mejor, por si algún día llego a parar a la morgue y él tenga que descuartizarme, mejor estar en confianza ¿no?

Nico suelta una risa, mi abuelo se vuelve a él y le extiende la mano diciéndole que ya no le quita más tiempo y que espera volver a verlo el domingo que esté disponible. Entonces su esposa lo llama y por fin mi abuelo decide entrar, cuando él se da media vuelta, Nicolás me dice en voz baja:

—Me equivoqué, no se parecen en nada.

—¿Acabas de aceptar una invitación de mi abuelo para tomar café y galletas?

—Tú aceptaste la invitación de Valentina y yo acepté la de tu abuelo. Estamos a mano.

Estamos a mano, dice.

—Bueno, de todas formas, es muy probable que ni siquiera se acuerde que te invitó de aquí a la otra semana. Demencia degenerativa.

—¿Por Alzheimer? —Le digo que sí con un gesto, hay un breve silencio y después suelta: —Bueno, a mí no me olvidan tan fácil. —Suelto un bufido, Nico se ríe un poco y pregunta: —¿Necesitas que venga por ti?

—No. Hoy trabajo con una amiga, ella va a llevarme. Gracias, por cierto.

—A la orden. Adiós, pulga.

Ruedo los ojos, él solo suelta su risa típica y se va. Estoy atravesando el jardín de la casa cuando mi teléfono suena de nuevo y miro en mi pantalla otro mensaje de Valentina, solo dice que va a confirmarme el lugar y la hora.

—Me gusta más este novio que el otro. —La voz de mi abuelo me hace estremecer, no me había fijado que estaba viéndome desde la puerta.

—Este no es mi novio, papá. Ni el otro, de hecho, ya no se habla más de él en esta casa.

—Ni siquiera me acuerdo cómo se llamaba ese otro ¿Cuál era su nombre?

—No me hagas mencionarlo.

—¿Benjamín? —Escucho una voz detrás de él. Entonces la melena cobriza de Francia aparece detrás de mi abuelo, él le repite que ya ordené que no se habla más de él en esta casa y ella agrega: —Ya lo imaginaba, subió una foto con otra mujer esta mañana ¡Es un hijo de su puta madre!

—¡Francia! —Grita Glenda, la esposa de mi abuelo, desde adentro. Mejor sigo avanzando y voy a cambiar de tema, pero Francia sigue tirándole mil maldiciones a Benjamín y de paso, agrega:

—¿Qué abuela? Tú misma dijiste que era un hijo de puta.

Y le da un galletazo.

—¡Yo no digo esas palabras!

—Ya basta. —Intento detenerlas, cierro la puerta a mis espaldas y, entre medio de las dos, agrego: —Ya dije, no se vuelve a hablar de Benjamín en esta casa.

—Glenda se acerca a mí y me da un abrazo apretujándome completa.

Entonces, le digo con sarcasmo: —Igual te extrañé, Glenda.

Fueron… como 20 horas sin vernos ¿Verdad?

—Además… —Interrumpe mi abuelo. —A rey muerto, rey puesto. Ya existe otro novio, es un médico forense.

—¡Qué no es mi novio! —Entonces las dos, Glenda y Francia, me miran y tengo que repetir: —No es mi novio y además es el mejor amigo de Benjamín, así que definitivamente no.

—Eso parece que va a generar más preguntas, así que mejor salgo de aquí por ahora.

Me vuelvo a Francia y le pregunto: —¿Nos vamos ya? —Y es mi abuelo el que responde:

—¿Y a donde van ustedes dos?

—A mi estudio de pole. —Responde ella. —Yo necesito buenas fotos para publicidad y Nina necesita más contenido para sus páginas.

—Bueno, irán hasta después de almuerzo.

—Ni siquiera es la hora de almuerzo.

—Igual vamos a comer algo —dice él. Glenda está preparando algo, así que me veo en la obligación de sentarme esperando que no se les ocurra más preguntas o comentarios sobre Benjamín…

o Nico, por suerte no. Mi abuelo toma la mermelada, la mantequilla de maní y dos panes y le habla a su esposa: —¿Sabías que a Nina no le gustan las orillas del pan?

—Sí cielo, me lo has repetido como cincuenta veces todos los días desde que nos casamos hace diez años.

Me río cuando él me da el sándwich de mantequilla de maní con el pan sin las orillas.

—Gracias papá, aunque ya no tengo ocho años.

—Pues para mí siempre vas a ser mi niñita de ocho años, Nina.

—Cuando Francia suelta un gritito de angustia fingida, mi abuelo se carcajea y le dice: —Y tú también, cabeza de zanahoria.

—Ese el apodo de cariño que le puso desde que se pintó el pelo de rojo y le quedó naranja.

También le prepara un sándwich y se lo da al momento que ella toma el lugar junto a mí en la barra de la cocina.

—¿Qué día es hoy? —Pregunta mi abuelo de pronto.

—Domingo.

—Ah bueno. —Y se va. Entonces solo quedamos Francia y yo, porque Glenda ha ido detrás de él. Los observo en el pasillo intercambiar unas palabras y cuando Francia se levanta a tapar los envases de la mermelada y la mantequilla de maní, le pregunto:

—¿Cómo sigue?

Francia no responde por varios segundos, después se aclara la garganta y casi en un susurro dice:

—Su enfermedad está empeorando, pero creo que ya sabemos que eso es así.

La cita con el neurólogo es en cuatro meses y eso fue lo más cercano que logré conseguir.

—Además también está viendo para el pasillo donde mi abuelo y Glenda están.

—Hoy es un buen día, pero otros no tanto.

Por cierto… —Saca algo de su bolso. —Se me había olvidado entregarte esto.

—¿El lente que te pedí?

—Tus deseos son órdenes. —Y hace una reverencia. —Y no me lo robé, por si es lo que te estás preguntando.

—No era lo que me estaba preguntando, pero qué bueno que aclaras.