Baltrium (Saga Reinos 1) CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

Antes de levantarse, Verónica clavó el glubbit en la espalda de Kyle y se convirtió otra vez en loba para recibir a su nuevo atacante; sin embargo, se quedó de piedra cuando a quien vio entrar en la celda donde se encontraba fue a Erik.

—¿Qué haces tú aquí? —preguntó Kyle, sorprendido por su llegada.

Kyle no sabía cómo habían encontrado ese lugar; por su parte, Verónica pensó por un momento que Erik era el traidor, pero enseguida borró esa idea de su mente cuando escuchó que había alguien en los compartimentos adyacentes ayudando a sus hermanos.

Se giró otra vez hacia su primo, que los miraba alternativamente con miedo.

No tuvo tiempo de gruñirle, cuando vio a Kyle en el suelo con los brazos atados a la espalda con unas esposas glubbit en sustitución del glubbit que había usado Verónica para retenerlo.

Erik había derribado a su primo tan rápido que apenas pudo distinguir cómo lo había hecho.

Parpadeó un par de veces mientras Erik se hacía cargo de la situación, lo ayudaba a levantarse y lo sacaba de la celda.

—Vístete. —Sonrió a Verónica antes de salir con Kyle—. Que nadie entre aquí —advirtió en alto para que los demás lo escuchasen.

Al terminar de vestirse, lo primero que hizo fue comprobar cómo se encontraba Rebeca; desde que la ayudara a escapar, no la había visto ni escuchado.

Se adentró en la celda de Vins y buscó por los rincones, hasta que encontró una bola de pelo aovillada cerca de una pared con el pelaje húmedo y que respiraba de forma superficial.

—¡Erik, necesita ayuda! —gritó preocupada, levantando a la gata con cuidado.

Él, que había acompañado a Víctor al exterior, entró corriendo en la cueva y encontró a Verónica con una gata entre las manos.

—Es Rebeca —avisó—. Tiene sangre y no sé de dónde sale —explicó alterada y con manos temblorosas.

—Ya estáis a salvo —respondió en tono tranquilizador para ambas—. Dámela.

Sujetó a Rebeca con sumo cuidado y la llevó al exterior para examinar qué le ocurría.

Rebeca sentía un dolor horrible en el pecho y estaba tan asustada que no paraba de temblar.

Dejó que las manos de Erik la examinasen y se sintió avergonzada, no sabía qué podía hacer ni cómo volver a su cuerpo normal.

Maulló cuando él le movió la pata trasera y, sin pretenderlo, intentó morderlo en el momento que presionó la garra delantera, pero el dolor lacerante en el tórax la hizo tumbarse en la roca.

—Tenemos que llevarte al hospital. ¿Crees que podrás mantener esta forma hasta allí?

Rebeca escuchó a Erik molesta. Le dolía todo y esperaba poder lograr lo que él decía, aunque no sabía cómo; en realidad, ignoraba cómo mantener esa forma o volver a ser humana. Maulló débilmente.

—No te entiendo, Rebeca. —Ella lo miró enfadada, o como pensaba que un gato miraría en ese estado—. Te llevaré lo más rápido posible.

La tomó en brazos con mucho cuidado, esperando no moverla demasiado, pues tenía una raja en la oreja por la que sangraba en abundancia, al menos dos costillas rotas, un posible esguince y una de las zarpas con un corte profundo.

Informó a los demás que debían irse.

Por suerte, había recibido el mensaje a tiempo, o las cosas habrían empeorado.

Había pasado alrededor de una hora y media desde que se separase de Verónica hasta que habló con su hermana y le pidió que la llamase porque estaba preocupado de lo que podía hacer.

—¿Qué pasa? —preguntó ella.

—Verónica dejó caer durante el entrenamiento que quería buscar a sus hermanos; le quité esa idea de la cabeza, aunque me gustaría asegurarme de que no ha hecho nada temerario.

—María asintió y sacó su móvil—. ¡No, ahora no!

—La detuvo—. Cuando me haya ido, si te contesta, genial; si no lo hace, esperas a mi regreso y no se lo dices a nadie.

—Iba a protestar, pero él la cortó—: María, es sumamente importante que no hables de esto salvo conmigo.

¿Me has entendido? —Lo dijo tan serio que su hermana obedeció sin rechistar.

Se dirigió lo más rápido posible al puente que unía Baltrium con Cartagena y llegaron las notificaciones de cinco llamadas y dos mensajes de texto.

Tras leer dos veces el segundo mensaje, corrió tanto como pudo hasta el castillo. El aviso se había enviado hacía menos de cinco minutos; si sus cálculos eran correctos, ya estarían de camino.

No sabía cómo reaccionarían los reyes cuando les diera la noticia, pero no había tiempo que perder, esa era su oportunidad de encontrar a los príncipes; si lo castigaban por ayudar a Verónica, lo aceptaría si con ello los salvaba.

Cuando llegó al castillo, intentó aparentar normalidad, pero lo único que quería era gritar pidiendo ayuda.

Por suerte, encontró a un guardia amigo suyo y en el que confiaba.

Le preguntó por los reyes y le pidió que, mientras él estuviese reunido con ellos, se encargase de que nadie se acercara ni los molestase.

No había tiempo para repetir la mentira que había preparado, les contó a los reyes la verdad y les enseñó los mensajes de Rebeca.

También les dijo que para ayudar a las chicas solo se llevaría a los guardias más cercanos a la familia real y en cuya lealtad confiasen al cien por cien, ya que, como había le dicho Verónica, estaba casi seguro de que había una mano negra dentro del castillo.

El tiempo apremiaba y los reyes sabían que no era el momento de enfadarse.

Fue la reina Idaira quien, requiriendo a los guardias con la excusa de que la ayudaran a transportar unas macetas, se encargó de reunirlos y pedirles su auxilio.

Aunque estaba nerviosa y sentía la sangre bullir en su interior, consiguió mantener el tipo y evitó convocar a todos los que le habría gustado, aquellos que habían trabajado junto a su padre y ella, pues se trataba de no llamar la atención.

Si su marido no se lo hubiera impedido, ella misma habría ido con el grupo a rescatar a sus hijos.

Apenas media hora después de hablar con los reyes, llegaron al puente, pero no había ni rastro de ellos; esperaron cinco minutos más antes de acercarse a la entrada de Cartagena.

Pasaba ya cerca de una hora desde que leyó el mensaje. ¿Había llegado tarde? Volvió a cruzar el puente con precaución, mientras los cinco guardias esperaban ocultos al otro lado.

Enseguida el móvil de Víctor volvió a sonar, otro mensaje. «Dejaré marcas, por si». No ponía nada más. Habían llegado tarde, pero Rebeca había encontrado otra forma de guiarlos.

Volvió a cruzar y buscó entre las rocas, el sol casi se había ocultado y los árboles y las rocas estaban bastante oscuros.

—Buscad alguna marca o algo fuera de lugar —ordenó a los guardias.

No tenían más información, el mensaje se cortaba ahí, solo esperaba que Kyle no la hubiera descubierto.

Enseguida encontraron una línea roja en una roca que parecía el sucedáneo de una flecha, la siguieron y más adelante descubrieron otra, y otra más.

El ánimo de Erik aumentó conforme avanzaban encontrando las líneas dibujadas en las superficies, algunas mejor hechas que las anteriores; pero su humor se desvaneció cuando de repente dejaron de hallar las marcas.

La inquietud volvió a ellos, así como su preocupación. Revisaron cerca de donde se encontraba la última marca y hallaron una barra de labios en el suelo.

—Revisaremos los alrededores, no sabemos si ya hemos llegado o es que ella tuvo que dejar de hacer las marcas.

Se dispersaron y buscaron cerca del lugar sin encontrar nada, de modo que decidieron avanzar con precaución en la dirección que habían tomado.

Avanzaron en silencio, buscando algún indicio de estar yendo en la dirección correcta, hasta que un estruendo se escuchó debajo de donde se hallaban. Todos se quedaron quietos y aguzaron el oído para intentar encontrar el origen del disparo.

Cuando se aseguraron de que por debajo de ellos se escuchaban gritos y gruñidos, buscaron rápidamente una entrada y la encontraron oculta entre dos grandes pedruscos.

Movieron la roca que tapaba el acceso con mucho cuidado y se adentraron en una cueva cuya abertura llevaba a la galería de la que provenían los sonidos.

Entraron intentando hacer el menor ruido posible, pero el suelo era inestable y resbaladizo; sin querer, alertaron a los ocupantes del interior de su presencia y por unos segundos se hizo el silencio.

Encontraron en las celdas a Víctor y a Vins, que presentaban muy mal aspecto.

Erik dejó que sus compañeros los ayudaran mientras él se adentró más en la galería, hasta hallar a Verónica convertida en loba y a Kyle en el suelo.

Ambos lo miraron sin entender cómo es que había aparecido en ese lugar; sin embargo, él solo tenía ojos para ver lo maltrecha que estaba Verónica, a la que le faltaban algunos mechones de pelo y le salía sangre del hocico.

Por suerte, ahora que habían llegado, todos estaban a salvo y podían volver a casa.

Los guardias se harían cargo de Kyle y lo trasladarían a prisión, mientras que los demás se encargarían de llevar a los príncipes para tratar sus heridas.

Cuando llegaron al hospital, se encontraron a Krista, que seguía haciéndose pasar por el nombre de Kleo. Los miró sorprendida, ya que los tres hermanos y una gata estaban malheridos pero a salvo, rodeados de guardias.

—¿Qué les ha pasado? —preguntó sin poder creerse que estuvieran los tres ahí.

—Ya están a salvo, todo ha salido bien —respondió uno de los guardias.

En ese momento, llegaron los reyes con preocupación por sus hijos, pero el rey se detuvo a hablar con Kleo.

—Cuando salgas del hospital tienes que reconocer si el hombre al que hemos capturado es uno de los que os atacaron.

Sin esperar respuesta, salvo un ligero asentimiento, entró a la sala de espera, donde Verónica ya estaba en brazos de su madre. Al verla, el corazón del rey se aplacó por la angustia que había pasado, corrió a abrazar a su hija y a examinar sus golpes.

Ella les contó cómo habían llegado Erik y su grupo a tiempo y lo aliviada que se sentía por haber encontrado a sus hermanos.

—No vuelvas a darnos un susto así —dijo Idaira con lágrimas en los ojos.

—Lo siento, mamá —respondió ella por encima del abrazo de su padre, que la mantenía con fuerza.

Mientras permanecían en la sala de espera, apenas hablaron, ya que no sabían quién podía estar escuchando. Aguardaron a que Erik saliera a darles noticias, pero tardaba demasiado y cada vez se encontraban más nerviosos.

El rey paseaba de un lado a otro y se quedaba quieto cada vez que alguien se acercaba por el pasillo. Verónica se había recostado en uno de los sillones e intentaba descansar mientras que su madre esperaba con un libro en las manos, aunque no había avanzado ni un solo párrafo desde que lo abriera.

Cuando lo vieron aparecer, los tres se acercaron a él.

—Están fuera de peligro —empezó—. A Víctor hemos tenido que abrirle la herida que tenía infectada alrededor del glubbit de la espalda para poder quitárselo.

Es uno muy antiguo —avisó, sabiendo lo que eso significaba—.

Se encuentra muy débil y tiene mucha fiebre, hemos extirpado toda la piel afectada y no podrá abandonar el hospital hasta que le hayamos suministrado antibiótico por vena durante al menos una semana.

Los reyes lo escuchaban tomados de las manos y lo miraban con agradecimiento.

—Vincent, en cambio… —Hizo una pausa porque no sabía cómo continuar para darles las malas noticias—.

También tiene una infección debido al glubbit, pero además tenía tres costillas fracturadas, diversas heridas defensivas en brazos y piernas, una fisura en el fémur derecho y un traumatismo craneoencefálico severo.

Durante el traslado al hospital, me temo que ha sufrido un neumotórax y hemos tenido que ponerle un drenaje para evitar que el pulmón se colapse.

—¿Su vida corre peligro?

—Ahora mismo no, debemos esperar a ver cómo evoluciona. Estará en observación durante unos días. Me ocuparé de ellos personalmente.

—Muchas gracias, Erik, te estamos muy agradecidos por lo que has hecho por nuestros hijos.

—¿Y R… la gata?, ¿cómo se encuentra?

Idaira quería saber cómo se encontraba Rebeca, pero, de momento, habían acordado guardar el secreto de que ella había adquirido las habilidades de transformación, pues tanto Víctor como Rebeca habían declarado su amor y lo habían sellado con un beso; gracias a eso, ahora tenía a sus tres hijos a su lado, aunque ella ahora mismo estaba también en el hospital, en el área de Veterinaria.

—Está fuera de peligro, a pesar de que tiene una costilla rota y otra fisurada, un desgarrón en la oreja, la almohadilla de la pata delantera presenta un corte limpio aunque bastante profundo y, por suerte, solo una torcedura en la pata trasera.

—Menos mal —dijeron aliviados los reyes.

—Sí, lo ideal en estos casos, cuando las fracturas se han producido con aspecto animal, es que el sujeto permanezca en dicha forma para que sus huesos se suelden mejor y no haya riesgo de que una astilla se suelte y provoque una infección; si eso sucediera, habríamos de intervenir quirúrgicamente para extraer el cuerpo extraño.

—¿Cuánto tiempo se necesitaría?

—Para que suelden del todo las costillas, se necesita alrededor de uno o dos meses.

—No puede permanecer aquí tanto tiempo.

—Lo sé, debe regresar con su familia, pero hoy tiene que descansar.

Además, ella no sabe volver a la normalidad, de modo que la sedaremos para que su cuerpo lo haga solo.

—Miró a los reyes—. Si todo sale bien, mañana podrá irse a casa, aunque con unas cuantas magulladuras y bastantes medicamentos para controlar el dolor.

Erik era muy profesional, aunque también cercano a ellos, de modo que tenía que pensar mucho cómo proceder, no era recomendable que un médico tratase a un enfermo con el que tenía lazos afectivos, ya que eso podía afectar a su toma de decisiones; no obstante, en ese momento la familia real no sabía de quién fiarse y Erik nunca los traicionaría.

Prueba de ello era que se había ofrecido a encabezar el grupo que encontró a los príncipes.

—¿Tú cómo te encuentras? —preguntó a Verónica.

—Cansada, magullada y dolorida. —Sonrió—. Como si acabáramos de terminar de realizar un arduo entrenamiento.

—Ve a descansar entonces; seguramente mañana te sentirás un poco más agarrotada y no te quejarás tanto de los entrenamientos.

Aunque la reina quiso quedarse, al final consintió volver a casa y Erik se comprometió a avisarlos enseguida si había algún cambio.