CAPÍTULO 19 #2
Al atravesarlas, Rebeca se sorprendió al divisar en el fondo de la habitación un gran escritorio de nogal que pesaría más de cincuenta kilos; justo detrás, descansaba un sillón de cuero con aspecto cómodo y desgastado.
Sobre la mesa había material de oficina pulcramente ordenado y colocado de forma que fuera accesible y fácil de utilizar.
Pero lo que llamó la atención de Rebeca fue que sobre el escritorio había seis teléfonos de aspecto antiguo, en distintas tonalidades de marrón y negro.
Al aproximarse y verlos de cerca, se dio cuenta de que el auricular estaba unido al dispositivo con un cable en espiral, los números se disponían en el centro del aparato con un sistema de giro para marcarlos y que justo debajo de ellos se encontraban dos filas de cuatro pestañas cada una.
En la superior había cuatro clavijas con un diseño, tonalidad y unos colores determinados, los únicos toques de cromáticos que tenían; mientras que en la de abajo solo se veía el espacio para conectar otras.
Rebeca se fijó en que los dos teléfonos que conservaban las pestañas superiores sin alterar estaban justo en el centro del escritorio; los otros cuatro aparatos que se encontraban repartidos a cada lado de la mesa sí tenían las clavijas inferiores ocupadas por enchufes que no correspondían a ninguno de los dispositivos que estaban a su alrededor.
—¡Qué teléfonos más raros y antiguos!
—Se llaman teléfonos dornia. Con ellos podemos llamar a personas de otros reinos. Los normales no sirven; este —sacó un pequeño móvil del bolsillo— solo me sirve para hablar con las personas de Baltrium, no funciona fuera, al igual que el que me diste en Taera no lo hace aquí.
—¿Por eso cuando pasó lo de Erik no pudimos estar en contacto?
—En efecto. Solo podemos comunicarnos por medio de estos teléfonos, ya que funcionan con el mismo mecanismo que los puentes.
Las clavijas de arriba son las propias de cada uno y las de abajo son para conectarlos con otros dispositivos, para que ambos estén enlazados se deben intercambiar entre dos o más dornias.
—Mientras lo explicaba, se acercó a los dos aparatos que estaban en el centro de la mesa, sacó una pestaña de cada uno y las cambió, colocándolas en la segunda fila de clavijas vacías—.
Ahora estos dos dornias están listos para usarse y pueden salir del reino para hablar con la persona que queramos.
Cuando Víctor terminó el proceso, sin previo aviso, Rebeca rompió a reír y él la miró sin comprender.
—Perdona —se disculpó entre risas—. Es que me he imaginado cómo sonaría: «Oye, ¿me das tu clavija y así seguimos en contacto?». No sé, suena un poco raro.
—Si lo dices en ese tono, claro que es raro. —Puso los ojos en blanco—. ¿Eso significa que no lo vas a querer?
—¿Cómo dices? —La risa cesó de inmediato a causa de la sorpresa.
—Uno es para ti, así podremos hablar sin tener que escabullirme de casa.
—¡Claro que quiero! ¡Sí! —Lo abrazó—. ¿Puedo elegir el mío?
—Él asintió. Ella miró los colores de las pestañas; uno tenía las tres clavijas que quedaban rojas con puntos amarillos y el otro, azul marino con líneas blancas—.
En ese caso, me quedo con el que tiene las pestañas rojas —eligió finalmente.
Cada uno cogió uno de los teléfonos y volvieron a la habitación de Víctor, los dejaron sobre el escritorio frente a la ventana y se dirigieron a la cafetería donde los esperaban Erik y su hermana María.
Muchas personas se giraron al verlos pasar. A Rebeca le hubiese gustado tomarlo de la mano para sentirse más segura de las miradas curiosas de la gente, no tenía ni idea de lo que pensaban y eso la ponía muy nerviosa.
Como le había contado antes, los cinco reinos estaban unidos, pero las personas de Taera se habían portado mal con los otros por envidia y ahora ya casi nadie tenía conocimiento de su existencia, de modo que no sabía qué impacto podría tener que ella estuviera allí siendo de donde era.
¿Pensaría la gente que no era de fiar?, ¿que los traicionaría o que los atacaría?
Recorrió casi todo el camino mirando al frente muy tensa y permitiéndose admirar algunas casas o jardines en contadas ocasiones, hasta que se detuvo cuando de un jardín salieron corriendo dos niños, una niña de alrededor de los tres años seguida de otro un poco mayor; ambos se reían, sin embargo, la pequeñina tropezó y cayó de rodillas muy cerca de donde pasaba Rebeca, que apenas tuvo tiempo de reaccionar y cogerla.
Justo antes de que empezara a llorar, Rebeca la levantó con cariño y le preguntó si se encontraba bien, le hizo un par de carantoñas y la hizo sonreír.
El niño llegó junto a ellas preocupado, sonrió a Rebeca y tendió la mano a su hermanita; pero al mirar a Víctor se puso muy nervioso y se transformó en un pequeño cachorro de labrador.
Rebeca se quedó perpleja al ver el cambio; aun así, Víctor se agachó y le habló al perrito como si estuviera hablando con el crio, lo tranquilizó y le dijo que mantuviera esa forma un poco más, entonces vieron que la madre se acercaba corriendo con una manta.
—Señor —saludó con respeto a Víctor, que seguía hablando con el niño—. Lo siento —se disculpó.
—No pasa nada —sonrió y le tocó la cabeza al niño—, a todos nos ha pasado alguna vez.
Rebeca aún tenía en brazos a la niña, que al ver a su hermano convertirse en un perro se asustó, pero después sonrió; miraba a Víctor de reojo, al parecer se daba cuenta de que su compañero de juegos se había transformado por la sorpresa al verlo.
La señora, una mujer de unos cuarenta años, miró a Rebeca, que se tensó y soltó a la niña.
—Yo… esto… la niña se cayó y pensé que se había hecho daño. Lo… lo siento —dijo muy nerviosa, poniéndose en pie—. Espero no haber molestado.
—Gracias —dijo la mujer, que había cubierto al cachorro con la manta y ya volvía a ser un niño—. Si me disculpan… —Víctor asintió y la mujer regresó a su casa con sus hijos.
Ambos siguieron su camino en silencio; justo antes de entrar a la cafetería, Víctor le preguntó si estaba bien.
—No lo sé —respondió pensativa—. ¿Por qué ha cambiado el niño?
—Cuando aún estamos aprendiendo, como era el caso de ese niño, se realizan muchas veces sin querer.
—Ella lo miró intentando comprender—. ¿Recuerdas que te dije que de pequeños mi madre nos enseñaba a controlar nuestras emociones?
—Asintió—. Ese era el motivo. Las emociones nos transforman y por eso es importante saber gestionarlas correctamente.
Si siendo un infante te conviertes en un animal y estás nervioso, puedes herir sin desearlo a alguien.
—Por eso también dijiste que a veces os tenían que separar cuando te peleabas con tus hermanos.
—Me da vergüenza admitirlo, pero sí. No nos peleábamos mucho, aunque en ocasiones era un poco peligroso. ¿Estás mejor?
—Sí, es solo que ya había visto cómo te transformabas, sin embargo, que lo haga ese crío me ha dejado una sensación extraña.
También ha sido la reacción del niño al fijarse en ti y luego la de madre cuando yo tenía a su hija…
Me he agobiado un poco —suspiró—. Y claro, no saben que soy de Taera…
¿y si lo supieran? A lo mejor no les gusta.
—Eso es algo que tendrán que aceptar tarde o temprano. —Ella asintió.
Entraron y se dirigieron a una mesa al fondo, donde ya los estaban esperando.
Rebeca reconoció a Erik y lo saludó; Víctor le presentó a María, la hermana de Erik.
María era una chica con los ojos castaños y el pelo negro suelto que enmarcaba su cara con suaves ondas, tenía la nariz muy fina y unos labios ligeramente pintados de rosa; al igual que su hermano, podía presumir de un cuerpo atlético y bien definido, algo que Rebeca empezaba a envidiar de las personas de Baltrium, y era al menos diez centímetros más alta que ella.
Tomaron café y rieron, Erik contó algunas anécdotas divertidas de Víctor, y este a su vez otras de Erik y de María con Verónica, que eran muy amigas. El tiempo pasó volando y pronto se tuvieron que despedir.
La visita estaba llegando a su fin y Rebeca se sintió triste al despedirse de todos y volver a Taera.
El sol estaba a punto de ocultarse del todo cuando atravesaron el puente y volvieron a la montaña, recorrieron el sendero y pronto llegaron a ver las primeras casas y bares, avanzaron un poco más hasta encontrar un taxi que los llevase directamente al pueblo de Rebeca.
Estaba agotada, pero, cuando llegaron a su casa, sus hermanos volvían del parque y no pudo evitar presentarles a Víctor. Por suerte, fue una presentación corta, ya que el taxi lo esperaba para llevarlo de vuelta a su piso, aunque Félix le propuso quedar y conocerse en otra ocasión con más calma.
Al llegar a su habitación, dejó el paquete que llevaba en un cajón y se acostó sobre la colcha mirando el techo, no podía creer todo lo que había visto y conocido en Baltrium, era un sitio maravilloso.
Las personas eran cordiales, aunque eso pudo deberse a que estaba acompañada de uno de los príncipes del lugar. Suspiró.
Tenía que decírselo a Lucía; sin embargo, se mordió el labio con las dudas rondando su cabeza. No tenía permitido contarle todo, en realidad; apenas podía decirle nada de lo que había pasado. Ni siquiera que había salido de Cartagena.
Para aclararse y seleccionar lo que podía contar a Lucía, preparó una muda limpia y fue a la ducha.
La música la ayudaba a pensar y, además, en ese momento le servía para ocultar su voz de sus hermanos mientras enumeraba en alto lo que le contaría a su amiga.