Baltrium (Saga Reinos 1) CAPÍTULO 19
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CAPÍTULO 19

Cuando volvieron a casa de Víctor, Rebeca lo vio todo con el nuevo conocimiento que poseía acerca de su familia; si ya la ponía nerviosa haber conocido a sus padres, ahora estaba más que aterrada de saber que no eran personas corrientes, sino que eran los soberanos de Baltrium y que tanto Víctor como sus hermanos eran príncipes y princesa.

Ahora el estilo de la casa o castillo o palacio, aún no había decidido qué quedaba mejor, encajaba en el estatus social que conllevaba su cargo.

Durante el camino de vuelta, Rebeca le había preguntado acerca de las transformaciones; él le había contado que todos eran capaces de cambiar de forma desde críos, sobre los quince años, lo que sorprendió a Rebeca.

Para ella, esa edad no era ser precisamente pequeños, pero Víctor le recordó que no se contaba igual en Taera que en Baltrium; quince años baltrenses corresponderían a alrededor de cinco taerianos.

«Él tenía razón», pensó Rebeca; aún le resultaba difícil asimilarlo.

«Nada menos que tres lustros siendo niño.

Menudo rollo y ¡qué paciencia!». Volvió su atención a Víctor y no se sorprendió cuando él le confesó que los habitantes de cada reino tenían más facilidad para cambiar a los animales de su mismo ecosistema, pues eran los que conocían mejor tanto en su morfología como en su comportamiento; aunque serían capaces de cambiar a seres de otro ambiente si entendían sus comportamientos y su forma.

También quiso confirmar si al cambiar de aspecto podía comunicarse con los miembros de la especie en la que se había transformado.

Víctor le explicó que no; que los animales tenían una forma de comunicación y que cuando se transformaba también cambiaba su manera de percibir los estímulos y que, a pesar de llevar las riendas, muchos de los comportamientos y acciones que realizaba para interactuar con sus homólogos eran por puro instinto.

De ahí la necesidad de conocer la conducta de los animales.

Ese era otro de los motivos por lo que cuidaban el medio ambiente, porque sabían de primera mano y eran conscientes de las necesidades de los animales y de lo que significaba para ellos la preservación de sus hábitats y la importancia de mantener sus recursos; si no lo hacían, tendrían que modificar sus conductas, así que intentaban mitigar todos los daños posibles a su ecosistema.

Además, le explicó que, en los reinos, la energía que se generaba para mantener las ciudades era hidráulica, solar y eólica; y que en cada reino, según sus características, utilizaban más de una u otra, en función de su clima y de sus condiciones.

Aún quedaba un poco de tiempo antes de la hora de comer, así que tomaron el secador de la habitación de sus padres y se dirigieron al cuarto de Víctor para arreglarse y bajar al comedor.

Cuando por fin se reunieron con los demás en el comedor, Rebeca se dio cuenta de que, además de la familia de Víctor, también estaba el consejero con quien había hablado esa mañana.

Se puso muy nerviosa porque ahora sabía la verdad y se sentía mal por haberle hablado como lo hizo, de modo que se armó de valor y fue a su encuentro.

El consejero Andrew estaba junto a Adrián, hablando animadamente mientras miraban a todos, antes de sentarse en sus respectivos asientos. Adrián, al ver que se dirigía hacia ellos, se disculpó con su interlocutor y la interceptó.

—¿Va todo bien? —preguntó buscando con la mirada a Víctor.

—Sí, ningún problema. —Sonrió nerviosa—. Es que me gustaría hablar si es posible con… —No sabía cómo llamarlo, de modo que simplemente miró a la espalda de Adrián y vio que el consejero se alejaba.

—Está bien —dijo, se giró y lo llamó. Cuando los dejó solos, parecía un poco confuso.

—Dime, ¿para qué me necesitabas?

El consejero Andrew la alejó de donde se encontraban los demás para intentar tener un poco más de privacidad en su conversación.

Se habían alejado hasta casi el borde de la pared cuando se detuvieron; Rebeca tragó saliva, se armó de valor, carraspeó y, tras apretarse los dedos una última vez, miró al consejero decidida y avergonzada.

—Señor, me gustaría pedirle disculpas por cómo le hablé antes, no sabía quién era usted y las preguntas que me hizo me pusieron muy nerviosa. —Las palabras brotaron rápidas.

El hombre la escuchó con atención, se comportó como un padre paciente con su hijo. Con una mirada cariñosa que sorprendió a Rebeca y la hizo sentirse aún más incómoda.

—¿Te ha contado todo?

—Lo más importante, sí, imagino que hay mucha más información de Baltrium, pero sé cuanto hay que saber sobre lo que puede hacer y quién es en realidad.

—Si lo hubieras sabido antes, ¿habría cambiado tu respuesta?

—No, creo que no saberlo hizo que mi respuesta no tuviera ningún tipo de miedo ni de una posible mala interpretación. Me mantengo en lo que dije y estoy muy contenta de que confiase en mí, aunque a veces creo que no era su intención contármelo —terminó con un suspiro.

—¿Por qué lo dices?

—Hubo un malentendido y luego una cosa llevó a la otra y aquí estamos; intentando saber si soy de fiar y si lo que siento por Víctor es tan fuerte que nadie de Baltrium ni de los otros reinos pueda sentirse amenazado por lo que sé.

—La miró intensamente y ella sonrió—. Creo que lo soy y estoy segura de que lo es —aseguró, y el consejero asintió.

Justo en ese momento, Idaira se acercó a ellos para avisarlos de que estaban a punto de servir la comida; Rebeca se despidió del consejero y fue en busca de Víctor.

La comida transcurrió tranquila y, cuando terminaron, ambos se disculparon y fueron a pasear por el castillo.

Era un lugar grandioso.

Los pasillos estaban decorados con cuadros y tapices gruesos, mientras que los muebles eran más actuales.

Una de las salas tenía las paredes llenas de armas.

Había mazas, espadas, lanzas, catanas largas y cortas, falcatas, kunais, cuchillos pequeños y otros de mayor tamaño y formas diferentes; se exponían gran cantidad de artefactos punzantes y peligrosos.

En las mesas también se disponían distintas herramientas de combate y se encontraba todo expuesto como si se tratase de un museo de armas blancas, pero que estuvieran a disposición del público para poder ponerlas a prueba.

En el centro de la habitación, sin embargo, no había ningún arma; estaba despejada, como dispuesta para albergar a contrincantes para que se enfrentasen.

—¿Usáis esta sala? —Víctor asintió.

—Debido a que cuidamos el medio ambiente, no usamos armas de fuego, sabemos el daño que pueden causar; están prohibidas en todos los reinos.

—¿Y si algún loco lo hace? Quiero decir, si a alguien se le cruzan los cables y le da por saltarse las reglas y usar una pistola. ¿Cómo podéis protegeros con esto? —Miró a su alrededor.

Víctor se sintió sorprendió por su pregunta, nunca se había planteado la posibilidad de usar un arma; no sería correcto aprovecharse de esa forma de otras personas, solo por saber que así tendría ventaja. La miró fijamente, sin embargo, en sus palabras solo había convicción y en su mirada, miedo.

—¿Quién haría algo así?

—¿La gente? Las personas son malas por naturaleza, siempre buscan cómo aprovecharse de la debilidad de los demás.

—Víctor la miró sorprendido—. Bueno, no todas —añadió alargando la o de «todas»—, pero sí las que quieren algo y les da igual a quién se llevan por delante.

Aunque también están quienes hacen el mal solo por sentirse superiores…

—A cada palabra de Rebeca, la expresión de Víctor era más alucinada—.

A ver, no es así siempre, la mayoría se supone que es decente y no hace eso.

Como se suele decir: hay de todo en la viña del Señor.

—No sé qué decir. Las personas que he conocido en Baltrium no tienen esa forma de pensar.

—Claro que no, y me alegro. No la tenéis porque os preocupáis por todo y por todos; no solo por vosotros mismos.

Aquí protegéis lo que os rodea y eso hace que sepáis cuidar también a los demás, vivís en comunidad.

—Sonrió y se acercó a él—. Si Taera respetase al prójimo, nunca os habríais distanciado.

Víctor la atrajo más y, levantándola del suelo, la besó.

—¿Sabes usar todo esto? —preguntó al separarse.

—Todos los que viven aquí saben. Hay quienes lo tienen como optativa desde la escuela.

—Guau. Me gustaría aprender también. —Cogió un abanico—. Vaya, pesa más de lo que pensaba. —Lo levantó e intentó abrirlo.

—No hagas eso, dame. —Le arrebató el artefacto—.

Esto es un abanico de guerra. En particular, este es un abanico Tenssen, parece normal, pero son sólidos y pueden usarse como garrote, son armas camufladas que se utilizan de muchas formas: para la lucha cuerpo a cuerpo, para defenderse de flechas y dardos, para ayudarse a la hora de nadar e incluso para hacerse aire, increíble, ¿verdad? —El último comentario la hizo reír.

—Bueno, en ese caso tendré que ponerme en forma antes de coger algo de esto.

—Sí, aunque primero empezarías sin armas.

—Mi cuerpo se convertirá en un arma letal.

—Podrías matarme ahora mismo si quisieras, soy todo tuyo. —Lo miró enfadada y le dio un pisotón—. ¡Ay!

—Te lo mereces por decir tonterías. —Luego se mordió el labio y añadió—: Además, aun sin entrenamiento, creo que podría tumbarte en cualquier momento.

—De eso no te quepa la menor duda.

Rebeca negó con la cabeza sonriendo, sabía que en cualquier momento podría entrar alguien y además habían quedado con su amigo.

—Tal vez luego —dijo entrelazando sus dedos—, ahora me tienes que seguir enseñando tu casa, o mejor, me haces un mapa. —Soltaron una carcajada.

—No, sé de algo mucho mejor que podemos hacer.

Tomándola de la mano, tiró de ella hasta atravesar la habitación y salieron por una puerta que se encontraba en el lado opuesto por la que habían entrado. No se detuvieron para comprobar que se cerrase, sino que avanzaron deprisa hacia un salón grande con un portón grueso y alto.