Baltrium (Saga Reinos 1) CAPÍTULO 18 #2
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CAPÍTULO 18 #2

—Te quiero, desde aquella tarde cuando pensé que estabas muerta de sed. —Ese comentario la hizo reír—. ¿Por qué crees que salía cada vez que podía para hablar contigo?

—¿Porque no había nada interesante en la tele? —bromeó.

—Te necesitaba, necesitaba saber de ti y sentirte cerca a pesar de la distancia.

Ella tardó un par de segundos en reaccionar y a punto estuvo de decirle lo que sentía, pero consiguió contenerse, se mordió la lengua y se abalanzó sobre él, abrazándolo tan fuerte como sus brazos pudieron y su amor la colmaba.

Se le formó un nudo en la garganta con todas las cosas que quería confesarle y no podía, que un par de lágrimas escaparon a su control y rodaron por sus mejillas, que seguían pegadas al cuello de Víctor.

—Te quiero, Becky, para siempre.

Con esas palabras, las lágrimas de felicidad se intensificaron y Víctor fue consciente de ellas; intentó poner distancia, pero ella negó con la cabeza y prolongó el abrazo unos instantes más.

Cuando se separaron, ella sonreía mientras que él la observaba evaluando su semblante.

—Espero que ya no tengas ninguna pregunta más. —Ella rio.

—Eres tonto —bromeó—. Es cuestión de tiempo.

Se secó las lágrimas y permanecieron abrazados hasta que una ráfaga de viento tiró el sujetador que Rebeca había colgado tras el arbusto y que ahora rodaba delante de ellos.

Se levantó enseguida a recogerlo y lo volvió a tender en la rama, por fortuna ya estaba prácticamente seco, podría volvérselo a poner antes de regresar a casa de Víctor para la comida.

Mientras caminaba, escuchó un sonido bastante raro, entre gruñido y rugido, y corrió para retornar con Víctor; al acercarse, se acordó del momento en que Víctor había visto por primera vez a los pavos reales del Castillo de la Concepción y se preguntó qué animales habría en Baltrium que no existieran de Taera.

—¿Has oído eso? —Señaló a su espalda, él negó—. ¿Hay algún animal aquí que no exista fuera?

—Por supuesto, igual que en Taera hay especies que ni aquí ni en ninguno de los otros tres reinos se encontrarán.

—¿Pero sabes cuáles son?

—Ahora mismo no se me ocurre ninguno.

Se quedaron en silencio a la espera de volver a escuchar el mismo ruido; mientras tanto, Víctor intentaba recordar algún animal que difiriera de los que existían en Taera.

Estaba a punto de nombrar al tivrox, un pájaro que vivía en los árboles más altos de las tierras del norte del reino, cuando oyó un gruñido procedente del interior del bosque que le hizo incorporarse al ver el nerviosismo con el que su compañera miraba en la misma dirección que él.

—¡Esta vez has tenido que escucharlo! —Asintió—. ¿Hay osos cerca?

—Eso no es un oso, aunque es de la misma especie. —Lo miró esperando que siguiera—. Por el sonido que ha emitido, creo que es un kralcol.

—¿Kralcol? Su nombre no parece que sea de un animal tan grande, suena a caracol.

—Un kralcol es una especie de oso taeriano, pero con garras de uñas retráctiles como las de los felinos. Son grandes, aunque no suelen superar los dos metros de altura, tienen el cuer… —Entonces se calló y la miró sonriente.

Para sorpresa de Rebeca, empezó a alejarse en dirección a los arbustos tras los que se había vestido. Mientras lo hacía, se quitó la camiseta y volvió a desabrocharse los pantalones.

Sin poder articular palabra, Rebeca lo siguió con la mirada hasta perderlo de vista.

No sabía si tenía que ir con él o quedarse donde se encontraba, en ese momento una idea se formó en su mente, haciendo que abriese muchos los ojos y esperase con expectación mientras su cerebro bullía de anticipación ante lo que creía que estaba a punto de pasar.

Tras varios minutos, los arbustos se agitaron.

La muchacha tenía la mirada fija en las ramas esperando el regreso de Víctor, que no tardó en aparecer; sin embargo, ya no era un chico alto y moreno de ojos color miel, sino que era un ser grande y fuerte que se erguía en dos gigantescas patas traseras de las que sobresalían unas enormes garras que se clavaban al suelo, permitiéndole esa verticalidad.

—¿Eres un kralcol? —La bestia asintió.

Rebeca tuvo que subir la mirada unos cincuenta centímetros más para poder ver los ojos de la criatura que tenía delante.

Su pelaje era marrón negruzco con algunos mechones más largos, lo que le daba el aspecto de ir moteado.

La cabeza del kralcol era enorme como una pelota de baloncesto, las orejas con forma de triángulo redondeado, las cejas eran pobladas y sobresalían de la cabeza, llenando de sombras los ojos del animal, que tenían un color muy oscuro, aunque con un brillo de inteligencia.

Por otro lado, tenía una gran boca con unos colmillos tan largos que algunos resaltaban de forma intimidante, pues medirían fácilmente unos quince centímetros.

Su cuerpo era musculoso, gigantesco y amenazador mientras permanecía de pie.

Las patas delanteras eran anchas y fuertes y terminaban en dos garras que, en ese momento, tenían las uñas retraídas, de modo que parecían unas zarpas suaves de veinte centímetros de diámetro con unas almohadillas en la palma que daban la sensación de ser de un león o un tigre de Taera.

Los cuartos traseros del kralcol eran anchos y tenían aspecto de poder saltar al menos un par de metros de largo si se lo proponía y sin hacer ningún esfuerzo extra.

Era una criatura fantástica e imponente que miraba a Rebeca esperando alguna reacción, además de la sorpresa. Ladeó la cabeza y dio un paso en la dirección de la muchacha, que seguía sin mostrar ninguna respuesta.

Con el segundo paso de la criatura, Rebeca lo imitó y alargó la mano para intentar tocarlo, pero con bastante reticencia, pues por fin dejó entrever en su expresión miedo al estar tan cerca de ese ser.

Intentaba ser valiente, sabía que se trataba de Víctor transformado en aquel animal, pero su corazón palpitaba con fuerza; mientras su razón le decía que no había nada que temer, su cabeza y su instinto de supervivencia le instaban a que siguiera apretando la vejiga y evitara echar a correr por si el ser que tenía delante la atacaba.

Carraspeó y se frotó los dedos, volviendo a estirar el brazo, que, sin darse cuenta, había retraído y pegado al cuerpo.

En ese momento, Víctor-kralcol se inclinó para apoyarse en las cuatro patas para que su cabeza quedara a la altura de la mano de Rebeca; sin embargo, ella se asustó y, con un grito, cayó al suelo de culo. Tragó saliva antes de intentar levantarse.

—Me cago en… Víctor, estás ahí dentro, ¿verdad? —Se puso en pie—. Tú controlas a ese bicho.

La boca del animal se abrió y de él salió un gruñido ronco que Rebeca quiso interpretar como una afirmación a su pregunta.

Extendió por tercera vez el brazo con la palma abierta y se acercó a Víctor-kralcol, quien se mantuvo muy quieto mientras Rebeca le rozaba el hocico. Ella sonrió y paseó la mano desde la nariz hasta la oreja del kralcol, sintiendo el grueso pero suave tacto del pelo del animal entre sus dedos.

Muy despacio, el Víctor-kralcol se sentó sobre sus cuartos traseros, mientras Rebeca le acariciaba las orejas y lo miraba fascinada. Acercó la otra mano y sostuvo la cabeza del animal entre las suyas, intentando hacer contacto visual con aquellos ojos oscuros.

—¿Cuando estás en forma de animal entiendes todo lo que digo?

Asintió.

—¿Y puedes hablar con otros animales?

Víctor-kralcol torció la cabeza y la sacudió despacio en un gesto negativo.

—¿Y con otros como tú?

Gruñó quedamente.

—¿Eso es que sí?

Asintió.

—¿Me das la pata?

Víctor-kralcol se apartó un poco de Rebeca y, muy despacio, levantó una para colocarla sobre la mano extendida de ella, que tuvo que esforzarse en mantenerla en alto, ya que pesaba alrededor de unos siete kilos. Era enorme.

Paseó las manos sobre las almohadillas de la pata y, en efecto, se dio cuenta de que se parecían a las zarpas de un gato. Sonrió y buscó su mirada una vez más.

—A ver las garras —pidió con un brillo de ilusión en los ojos.

Víctor-kralcol lo hizo y de la zarpa surgieron muy despacio unas garras grandes y marrones que provocaron un escalofrío a la muchacha; desenvainada, una sola uña medía casi diez centímetros y daba la sensación de estar muy afilada.

—Da un poquito de miedo este bicho. —Víctor-kralcol se alejó despacio de ella tras escucharla—. ¡No, no! Lo he pensado en voz alta —se excusó y se acercó a él.

El sol se ocultó detrás de una nube y ambos miraron hacia el cielo.

—Deberíamos volver, ¿no?

El animal se incorporó, colocándose sobre sus cuatro patas, y se dio la vuelta para volver detrás de los arbustos, donde tenía la ropa.

—¡Espera! —Se volvió—. ¿Lo puedo abrazar?

Sin esperar respuesta, Rebeca se acercó con paso lento pero seguro hacia la criatura, que se había sentado nuevamente sobre sus cuartos traseros y aguardaba con la cabeza ladeada y una mirada sorprendida.

Una vez estuvo cerca, lo miró a los ojos para confirmar que era Víctor quien estaba al mando de aquella criatura y que no le saltaría encima y se la comería de un bocado.

Sus miradas se cruzaron y se sintió segura.

Sonrió y extendió los brazos a ambos lados, intentando abarcar toda la envergadura de aquel animal.

La pelambrera era gruesa y un poco áspera, desprendía bastante calor y, además, se dio cuenta de que, de pie, no le llegaba ni a la altura del pecho a un kralcol.

Rebeca se sintió feliz porque ese acto manifestaba confianza; tanto de Víctor hacia ella por mostrarle de lo que era capaz, como de ella hacia él, pues le demostraba que no tenía miedo de su naturaleza y que lo aceptaba tal cual era.