CAPÍTULO 18
Rebeca salió de detrás del arbusto para encontrarse con Víctor cuando terminó de vestirse.
Ni en sus mejores fantasías había soñado con encontrar a un hombre como Víctor.
Uno que la hiciera reír, la cuidase, estuviera como un tren; era atento, cariñoso, divertido.
Un príncipe azul de cuento de hadas en toda regla, con castillo y reino; solo que no se trataba de una fábula, sino que lo estaba viviendo de verdad.
Víctor se había acostado en la hierba al sol con los ojos cerrados y los brazos detrás de la cabeza, y caminó en su dirección con todo el sigilo que pudo. Sonrió esperando sorprenderlo y darle un beso, pues parecía bajo un hechizo del sueño del cual despertaría tras un ósculo de amor verdadero.
Mientras se acercaba, varias preguntas empezaron a surgir en su mente. Ya sabía ella que tarde o temprano volverían, era cuestión de tiempo.
Se arrodilló a su lado y se inclinó para besarlo.
—Despierta, bello durmiente. —Le rozó suavemente los labios—.
Tenemos que hacer un poco de tiempo para que mi ropa se seque, no quiero llegar a tu casa y que tu hermana o tu madre me tengan que dejar alguna prenda, no sé si te has dado cuenta, pero no compartimos precisamente las mismas tallas.
Además, ya se me ha ocurrido cómo podemos entretenernos.
Víctor abrió los ojos y la encontró sonriendo, aunque con el ceño un tanto fruncido.
—¿Cómo puedo complacerte?
—Estaba pensando… Se me han ocurrido otras preguntas para ti. —Víctor sonrió y se incorporó—. ¿El consejero Andrews le dirá a tus padres lo que le he dicho o solo quedará en un: apta o no apta?
—No se lo dirá. —Rebeca suspiró tranquila.
—Mejor, cuando lo vuelva a ver intentaré retractarme de la forma en que me expresé.
—Mi padre estuvo presente en la entrevista.
—¡¿Qué?! —gritó.
—Normalmente, los reyes suelen estar presentes para…
—Tierra trágame. —Se tapó la cara con las manos—. ¿Tú también lo escuchaste?
Víctor negó con la cabeza.
—No nos está permitido.
—¿Se lo hacen a todas tus parejas?
—Y a las de mis hermanos.
Rebeca no tenía claro cómo actuar; por un lado, necesitaba saber más de los interrogatorios, sin embargo, no estaba segura de querer averiguar cuántas novias de Víctor habían pasado por esa situación antes que ella.
Se mantuvo un momento en silencio mirando hacia los árboles, intentando cambiar de tema, entonces recordó el trayecto desde que llegaron a Baltrium a través del puente de enredaderas hasta la casa de Víctor y una pregunta regresó a su en mente.
—¿Hay coches? —Víctor sonrió—. Es que vi solo un par mientras íbamos a tu casa y me preguntaba por qué…
—Los hay, no obstante, hasta que no podamos tener vehículos eléctricos no los utilizamos. Solo los usan los equipos de emergencias.
—Me lo imaginé, pero, cuando tengáis coches eléctricos, ¿no se masificará su uso por todas las personas?
—No lo había pensado. —Frunció el ceño mientras consideraba la idea—. Es algo que no se había considerado.
—Ya has visto la cantidad de coches que hay en Cartagena, y en todas partes en realidad…No sé… Puede que dentro de unos años este bosque ya no esté, debido a que necesitaréis más espacio para carreteras, aparcamientos, etcétera.
—Gracias por decírmelo. Sin embargo, no creo que se destruya este bosque, la gente cuida de la naturaleza.
—Rebeca puso los ojos en blanco—. Quienes vivimos en los reinos animales lo hacemos, aunque a ti te parezca raro porque en Taera no se hace, y ten por seguro que nosotros intentamos preservar lo que nos rodea; si bien es cierto que las ciudades crecen, procuramos dañar lo mínimo.
—Eso está bien.
—Además, aquí los gobernantes sí que actúan cuando algo no es así.
—Me alegro de que velen por el medio ambiente —suspiró triste—, espero que no te equivoques.
—¿Te diste cuenta de los techos de algunas casas?
—Sí, eso te quería preguntar ahora —añadió más animada—, eran negros y brillantes. Me di cuenta de que alguna estaba como panelada y otras tenían unas tejas muy raras.
—Son techos de paneles solares. —Abrió los ojos con sorpresa—. Los hogares son autosuficientes; nos abastecemos mutuamente, las casas que más energía generan transfieren la electricidad a una central y desde ahí se gestiona para que ninguna vivienda se quede sin suministro.
—Vamos, que quien no se pueda hacer con unos paneles solares tiene que pagar mucho a la empresa eléctrica.
Víctor la miró sin comprender por qué Rebeca había hablado con resquemor sobre el precio de la electricidad; además, no entendía el motivo de su malestar. Esperó unos segundos a que dijera algo más.
—En Cartagena… bueno, y en todo el país, se están ofreciendo ayudas para que las familias puedan adquirir paneles solares, así por lo menos tienen la oportunidad de optar a ellos; aunque claro, tienes que cumplir un montón de requisitos y en los edificios es muy difícil.
—No entiendo por qué te has molestado. Es cierto que aquí el coste de los paneles solares no tiene ayudas, y que una vez que eres dueño de una casa, se les concede un año máximo para instalarlas, pero la electricidad generada es de todos.
—Lo miró sin comprender—. La energía que no se consume durante el día, el excedente, va a una central eléctrica que la almacena y por la noche se devuelve a las viviendas que la produjeron y a las que aún no tengan esos dispositivos.
—¿Es en serio? —Asintió—. Yo quiero vivir aquí.
—Basta con un beso y declararme tu amor y estaré encantado de compartir mi mundo contigo.
El corazón de Rebeca dio un vuelco al escucharlo; tenía razón, si compartía sus sentimientos podría vivir allí junto a él, pero no estaba segura de poder dejar toda su vida en Cartagena.
—Aún es pronto, cualquiera que se casa a mi edad está dando a entender que no ha tomado precauciones. —Levantó una ceja.
—Pues en Taera yo tengo edad de sobra, así…
—Sin embargo, no tienes el aspecto, de modo que no cuela. De momento no tengo planeado casarme, lo siento.
Víctor hizo un mohín y la atrajo hacía sí.
Sus labios fueron tiernos y el beso, casto, un beso respetuoso, sencillo, sincero y cargado de amor y comprensión que de alguna forma agitó el corazón de Rebeca, desbocándolo, erizándole la piel y dejándola más insatisfecha que si la hubiera besado con ardor y ansias.
—¿Alguna otra pregunta?
—Sí, pero es demasiado ñoña, así que seguiré pensando.
Ambos se quedaron mirando pasar las nubes durante unos momentos, hasta que se agitó un poco de viento que movió unas ramas. De ellas saltó una ardilla regordeta que cogió algo de la base de uno de los árboles más cercanos y trepó sin siquiera pararse un instante.
Rebeca sonrió y siguió con la mirada al roedor, que pronto llegó a la parte más exuberante del árbol y desapareció entre sus ramas. Frunció el ceño, recordando la noche anterior, en la que Víctor le había contado la verdad de su naturaleza.
Se incorporó y lo miró un segundo antes de preguntar.
—Si ayer Marina y Desiré no le hubieran contado mentiras a tu hermana y ella no hubiera hecho lo que hizo —lo miró evaluando su reacción—, ¿me habrías revelado de lo que sois capaces en estos reinos?
Víctor apartó la mirada y la dirigió hacia los árboles, no esperaba esa pregunta, y sabía que la respuesta no iba a ser del agrado de Rebeca.
Él sí había querido decirle la verdad, pero no tan pronto, sino cuando todo hubiese terminado y, desde luego, después de que ella conociera a sus padres y él hablara con los consejeros para contarles cómo había surgido su relación.
—No era la idea, ¿verdad? —aventuró ella—. Me lo imaginé —añadió al ver que negaba con la cabeza.
En parte estaba decepcionada porque no le contestase, pero sobre todo porque esperaba equivocarse y que él sí hubiese querido decirle la verdad.
Miró las nubes de nuevo, buscando una forma de relajar la tensión que se percibía entre ambos.
Se sentía culpable por haber formulado aquella pregunta aun sabiendo cuál sería la respuesta, acababa de echar a perder el momento que estaban compartiendo juntos, pero no había podido evitarlo; en su interior quería que Víctor confiara plenamente en ella.
Siguió dándole vueltas a lo ocurrido el día anterior y se percató de que, gracias a las malas acciones de sus compañeras, en ese momento se encontraba en Baltrium, había descubierto la verdadera naturaleza de Víctor y se había dado cuenta de los sentimientos que albergaba hacia él.
Sonrió con amargura, pensando en que de algún modo tenía que agradecerles sus mentiras.
Víctor estaba pendiente de las reacciones de Rebeca a pesar de tener la mirada fija en los árboles que se encontraban delante de ellos y percibió el cambio de actitud que tuvo justo antes de sonreír. La miró y reparó en que su rostro se había suavizado.
—No podía decirte la verdad —empezó armándose de valor—. Como ya te dije, entre los reinos animales y Taera han pasado muchas cosas y a las personas les cuesta confiar en los demás.
—Querrás decir en los que no son de Baltrium.
—Sí. Si te soy sincero, no pensé que encontraría a una mujer como tú, que entendiese y valorase lo mismo que nosotros.
—Aun así, no confiaste en mí —replicó sin poder evitar el tono mordaz.
—Sí que lo hice, tú bajaste tanto mis defensas que ni siquiera fui consciente de que te estaba revelando mis habilidades aquella primera noche cuando nos conocimos.
La primera, Becky —recalcó—. A partir del día de tu cumpleaños, supe que ya no quería conocer a nadie más y que deseaba permanecer y compartirlo todo contigo…
Pero entiende que el secreto de lo que podemos hacer y de la existencia de otros reinos no solo me pertenece a mí, sino a todos quienes los habitamos.
Mientras hablaba, el corazón de Rebeca se iba aligerando y poco a poco sintió que empezaba a latir cada vez más deprisa. Las palabras de Víctor eran ciertas y sinceras, su mirada intensa clavada en sus ojos le decían que nunca quiso hacerle daño ni ocultarle nada.