CAPÍTULO 17 #3
—¿Qué te parece? —preguntó mirando en derredor.
—Que me encantas —respondió ella antes de atraerlo hacia sí y besarlo con pasión.
El beso lo tomó desprevenido, pero reaccionó de inmediato y la acercó a su cuerpo. Rebeca era consciente de que él estaba desnudo; ella llevaba ropa interior, había optado por no quitárselo todo por si había alguien cerca.
Se besaron con ardor mientras flotaban. De pronto, los sorprendió el agua que cayó directamente sobre ellos y se separaron; al hacerlo, Víctor sintió un frío repentino debido a la ausencia del cuerpo de Rebeca.
Se acercó sin perder tiempo y le hizo señas para que lo siguiera, ella asintió y ambos se sumergieron.
Pasaron por debajo de la cascada y llegaron al interior; el agua los ocultaba del exterior y en la roca a su espalda había una abertura que permitía la entrada.
La temperatura al otro lado del salto era un par de grados mayor que fuera.
Sin prestarle atención a la gruta, Víctor la atrajo de la mano y volvió a besarla.
Las manos de Rebeca acariciaron la espalda de Víctor, que se deleitaba con sus caricias mientras lo tocaba. Abandonó su boca y lo besó en el cuello al tiempo que sentía cómo los dedos de él jugueteaban con los bordes de su ropa interior, provocando estremecimientos de anticipación.
Notaba en los labios los estremecimientos roncos que brotaban de su garganta al sentir los suaves besos de ella en el arco de la mandíbula.
Las manos de Víctor rozaron suavemente el estómago de Rebeca con suaves y cálidas caricias, que se convertían en ligeros escalofríos cuando se apartaban y las sustituía el agua.
Una miríada de estremecimientos recorrió sus pechos en el momento en el que el broche de su sujetador se abrió y Víctor empezó a acariciar y atormentar los pezones ya duros de la muchacha.
Sus labios se volvieron a juntar, antes de que Víctor se separara de ella y se hundiera en el agua el tiempo justo para deshacerse de las braguitas de Rebeca, que miró a su alrededor por si alguien podía verlos.
Cuando Víctor salió del agua, Rebeca se acercó a él y comenzó a acariciar su miembro en toda su longitud al mismo tiempo que lo besaba, moviéndose arriba y abajo, y rozaba con sus pechos el cuerpo de él.
Rebeca le dio un suave mordisco antes de sonreírle lasciva y tomar aire para sumergirse en el agua y meterse en la boca el miembro hinchado de Víctor, chuparlo y juguetear con su glande antes de emerger para respirar; los ojos de Víctor se habían oscurecido por el deseo y las sensaciones que le habían provocado sus acciones, nadie lo había tocado así, y ni siquiera se le había pasado por la cabeza que alguien pudiera hacer eso.
La atrajo hacia él y, sacándola un poco del agua, llegó sin esfuerzo a lamer y deleitarse con la suavidad y la turgencia de sus pechos.
Le encantaba lo duros que se ponían sus pezones en el momento que su lengua y sus dientes los rozaban, así como el calor del sexo de Rebeca cuando sus piernas se cerraron alrededor de su cintura.
Notaba los ligeros regueros cálidos que escapaban de ella conforme sus caricias la llevaban poco a poco a la deriva.
Ahora que sus piernas rodeaban a Víctor y que no tenía posibilidad de hundirse, notó cómo una mano abandonaba su espalda y se colaba con lentitud entre los dos cuerpos hacia su centro, provocando un grito gutural cuando sintió un dedo en su interior, lo que la hizo arder aún más y desear tenerlo dentro.
Volvió a correrse cuando los besos de Víctor se habían trasladado a su cuello, a la vez que sus dedos la torturaban con una y otra descarga de placer.
No era suficiente. Lo necesitaba a él. Si no podía decirle lo que sentía, quería demostrárselo.
Mirándolo a los ojos, tomó su verga en la mano, se movió lo justo para enseñarle lo que quería y él, con una sonrisa, se introdujo en ella y empezó a moverse con embestidas cada vez más fuertes; ninguno de los dos protestó, ya que ambos necesitaban desahogar los sentimientos tan poderosos que habían crecido en ellos.
Víctor le había confesado que la amaba y ella por su parte había demostrado, aun sin saberlo, que él era el chico por el que ella haría cualquier cosa.
Sencillamente, también lo amaba y lo haría para siempre.
Llegaron al clímax al mismo tiempo con un estremecimiento y un fuerte grito que resonó en las rocas, pero que la cascada impediría que se oyese fuera.
Antes de salir de ella, Víctor le dio un ligero beso.
—Te quiero —declaró.
—Sí, no ha estado mal —bromeó ella por su parte, encogiéndose de hombros.
—Ah, ¿sí? Quizás deberíamos practicar más para mejorar. —Se hundió de repente y, antes de que le cogiera las piernas, se alejó.
—Tal vez luego. —Entonces vio que algo flotaba en el agua y se dio cuenta de que era su ropa interior—. ¡Ostras!
—¿Qué ocurre?
—No sé cómo voy a salir de aquí para volver a tu casa. —Señaló el sujetador, que se había enredado en una rama cerca del borde de la cascada, y sus braguitas, que flotaban entre las rocas de la pared—. No me gusta ir sin ropa interior.
—Sí, eso será un problema —asintió al darse cuenta.
—¿Cómo haces para salir de aquí?
—Mi ropa no se ha mojado, así que salgo y me visto. —Lo miró molesta, con los ojos entrecerrados.
—¿Tienes secador de pelo en tu habitación?
—No, pero Verónica tiene uno. —Se le cayó el alma a los pies, no quería que ella lo supiera—. Puedo cogerlo sin…
—¿Y tu madre? —Asintió—. Entonces se lo pediremos a ella.
Nadó hasta recuperar las dos prendas; pensó en ponérselas para salir del agua, pero decidió que no era buena idea ya que se le mojaría el resto que aún estaba seco.
Volvieron a atravesar el salto del agua y salieron bajo los cálidos rayos del sol, a lo mejor tenía suerte y podía secar un poco su ropa interior antes de regresar al castillo.
El primero en salir del agua fue Víctor, que rebuscó entre su ropa hasta hallar el bóxer azul marino que llevaba. Cuando se lo puso, se agachó y se subió los pantalones, después tomó su camiseta y terminó de vestirse.
Rebeca lo miró maravillada.
Víctor extendió la mano para ayudarla a salir, pero Rebeca miró antes a uno y otro lado por si había alguien cerca.
—Me da vergüenza —confesó—. ¿Y si hay alguien observando?
—Imposible —le aseguró—; si te hace sentir mejor, ahí detrás puedes vestirte si quieres. Yo te llevaré para que nadie más vea el tesoro que he encontrado. —Rebeca sonrió y su corazón se aceleró al oírlo.
—Está bien.
Esperó a que él tomase su ropa seca y ella hizo lo propio con la mojada antes de salir del agua y verse levantada sin apenas esfuerzo por Víctor, que la miró con gesto cariñoso y la transportó con delicadeza hasta detrás de un arbusto alto.