Baltrium (Saga Reinos 1) CAPÍTULO 17 #2
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CAPÍTULO 17 #2

—Tus padres son los reyes y tus hermanos y tú sois príncipes… y princesa —decía mientras seguía de un lado a otro, tenía la boca seca—. Y yo le hablé mal a tu hermana. ¡Ay, Dios! ¡Ay, Dios!

—No te preocupes, se lo merecía. —Rebeca se detuvo en seco y lo miró seria.

—¿Por ese motivo fue el interrogatorio? ¿Para ver si era de fiar y si lo que sentía por ti era auténtico y no guiado por codicia?

—inquirió—. Espero haber pasado la prueba —murmuró para sí misma mientras volvía a sentarse—.

¡Podías haberme avisado! —Antes de que Víctor pudiese defenderse, ella siguió—: Por otro lado, mejor que no, así lo que dije respecto a lo que siento no se puede malinterpretar y lo mantengo, aunque habría estado bien saber que alguien me iba a preguntar si era capaz de guardar el secreto.

—Miró a Víctor—. ¿Están al corriente de que me lo has contado?

—Saben que iba a contártelo, imagino que sospecharán que lo estoy haciendo justo ahora —respondió con tranquilidad—. Quería decirte que un consejero iba a hablar contigo aquí, pensaba que Andrew vendría esta tarde, después de la comida; me sorprendió tanto como a ti.

—No estaría tan segura —alegó—. Algunas preguntas fueron un tanto personales, me molesté, así que creo que respondí en un tono poco cordial. —Avergonzada, apenas podía mirar a Víctor mientras se retorcía las manos y se mordía el labio—. Lo siento, no lo sabía.

—No pasa nada —respondió tomándola de la barbilla y cruzando la mirada—; efectivamente, no lo sabías.

Rebeca quería cambiar de tema, entendía el porqué de todas esas preguntas, ahora que conocía los verdaderos motivos por los que tenían que ser cautos; aun así, ella lo había sentido en ese momento como un ataque hacia su persona y por eso había respondido de la forman en que lo había hecho.

No es que no pensara lo que había dicho, lo mantenía; sin embargo, si hubiera sabido que la someterían casi a un tercer grado, habría podido contener la rabia y sus respuestas habrían sido las mismas, solo que sin utilizar el tono mordaz y cortante con el que había hablado.

Tomó aire y miró la cascada, recordando todo lo que le había contado Víctor.

—¿Te puedo hacer una pregunta? —quiso cambiar de tema.

—Por supuesto.

—Si tú tienes sesenta y cuatro, ¿qué edad tienen tus hermanos?, ¿y tus padres? Bueno, no —se corrigió—, dime si quieres las de tus hermanos, no pretendo ser demasiado indiscreta.

—Como Verónica y Vincent son mellizos, ambos tienen casi setenta y ocho.

—¡Vaya! ¿Y qué edad pone en vuestro carnet? —Víctor se echó a reír al escuchar la pregunta.

—Pone nuestra edad real, en mi caso sesenta y cuatro; sin embargo, si salimos del reino, nuestra edad se adapta de acuerdo con la conversión en años taerianos.

—Tiene sentido.

—¿Tienes alguna otra pregunta?

—De momento no, pero será cuestión de tiempo y de que vaya asimilando todo.

—Lo siento, ha sido mucha información de golpe. —Ella asintió.

Permanecieron en silencio admirando la cascada y tomando el sol. Rebeca tenía muchas cosas en las que pensar y Víctor estaba nervioso; no entendía el motivo, ya que le había contado a Rebeca casi toda la verdad. Aun así, la facilidad con la que ella lo había aceptado aún lo desconcertaba.

Miró el reloj.

—Aún queda tiempo antes de volver para la comida, ¿quieres pasear?

De la mano, se levantaron y Víctor la llevó a los árboles; a esa hora, los rayos del sol iluminaban las ramas, creando una visión de color esmeralda dentro del bosque.

Las hojas se mecían con el viento y provocaban que de vez en cuando el sol se colase entre ellas, lo que resultaba en una especie de lluvia de luz.

Rebeca estaba encantada con aquel espectáculo, sin embargo, aún quería conocer más cosas sobre Víctor y su mundo..

—¿Puedo preguntarte otra cosa? —Ahora era ella la que estaba inquieta.

—Claro.

—Verás, si seguimos adelante con esta relación —empezó y Víctor se puso alerta—, ¿qué será de nosotros?

El corazón de Víctor se detuvo cuando escuchó sus dudas y miedo sobre lo que vendría en el futuro.

A Rebeca le daba mucha vergüenza preguntar aquello, pero debía saberlo; no quería embarcarse en una relación en la que no podría cumplir sus planes y Víctor tenía que entenderlo, mejor ahora que se estaban sincerando.

—En el futuro me gustaría tener hijos y, al poseer tú la habilidad de cambiar… no sé si seríamos compatibles. ¿Es posible?

Víctor no podía creer lo que acababa de oír, ¿A Rebeca le preocupaba saber si podrían tener hijos?

Su corazón latía a gran velocidad. Amaba a esa mujer, era perfecta y simplemente maravillosa.

Después de la conversación que estaban manteniendo, para él ya no había vuelta atrás, sería capaz de hacer cualquier cosa por ella.

Pero su pregunta lo había pillado desprevenido y desconocía la respuesta.

—Ahora mismo no lo sé —respondió con sinceridad—.

Los habitantes de todos los reinos lo eran hace mucho tiempo, mientras los cinco aún convivían en paz.

—Rebeca asintió pensativa—. Si no me equivoco, en ocasiones, cuando una persona de Taera se unía en matrimonio con alguien con habilidades, podía adquirir también la capacidad de transformación, como si fuera una de nosotros.

—¡¿De verdad?! —Eso la alegró un poco, aunque no se quería hacer ilusiones—. No sé, a lo mejor después de tanto tiempo ya no es posible.

—No lo sabremos hasta que llegue el momento. —Ella se encogió de hombros—. Ey, mírame. —La tomó de la barbilla para mirarla a los ojos—. Te prometo que investigaré lo que me has preguntado. No quiero perderte.

—¿Y aquí cómo os casáis? —preguntó cambiando de tema.

—Es simple y complicado a la vez. —Lo miró sin comprender—. A grandes rasgos, el ritual de unión es como el que vosotros realizáis en Taera. Las dos personas que se van a unir en matrimonio deben declarar su amor la una a la otra y sellar dicho juramento con un beso.

—¿Y ya está? ¿Nada más?

—Sí. No es complicado el proceso, sino la espera. —Rebeca no entendía a qué se refería—. Basta con que la pareja declare sus sentimientos y se besen detrás de cada declaración para que se considere que están unidos en matrimonio.

Rebeca no podía creer lo que le había dicho, sería muy complicado para una pareja de Taera no expresar sus emociones, ella misma después de su conversación con el consejero se había dado cuenta de sus sentimientos hacia Víctor y de lo importante que era para ella.

—Entonces no creo que muchas parejas en los reinos digan que se quieren —bromeó.

—Solo funciona cuando ambas partes experimentan sentimientos muy fuertes por la otra persona y si tienen el valor y la edad suficiente para comprender la promesa que están a punto de realizar.

—¿La edad suficiente? ¿Y esa cuál sería? ¿Dieciocho para mí y cincuenta y cuatro para ti? —Rio—. No sé cuándo la cumplís vosotros. Yo acabo de hacerlo, así que legalmente podría casarme ya.

—En efecto, si quisiéramos, podríamos desposarnos; pero para eso debemos decir lo que sentimos el uno por el otro.

—Bueno, tú ya me has dicho que me quieres y me has besado —recordó sonriendo—. Hace un momento.

Víctor se puso rígido de repente, ni siquiera había sido consciente de lo que decía; sin embargo, estaba tan feliz por la respuesta de Rebeca que se había dejado llevar por el momento y le había confesado que la quería. Ella tenía razón.

Los sentimientos que tenía eran muy fuertes, la amaba, quería permanecer con ella para siempre; a cada confesión por su parte, Rebeca había reaccionado bien y sentía que lo complementaba, estar junto a ella hacía que se sintiese vivo y completo.

—¿Eso cuenta? —preguntó preocupada por su rigidez. Él asintió y la miró a los ojos.

—Así es. —Era inútil negarlo—. Eres la mujer más maravillosa que he conocido, eres lista, divertida y haces que me sienta completo cuando estoy a tu lado.

Has aceptado lo que soy con una sonrisa y me has demostrado que aún hay personas por las que vale la pena vivir.

Quiero que sepas que te amo y que me gustaría compartir mi vida contigo.

—Pero ¿qué haces? —preguntó alarmada, poniendo distancia entre ambos.

—Ya te había dicho que te quiero, así que no importa mucho si añado un poco más lo que siento por ti. —Sonrió—. Ahora depende de ti el casarnos o no.

La sorpresa por las palabras de Víctor había dejado a Rebeca en shock, un estupor del que salió cuando los labios de Víctor rozaron los suyos y se movieron con tal suavidad que hizo que sus músculos se relajaran.

Ahora solo podía pensar en la mano que le sujetaba la barbilla y en la calidez de sus alientos al mezclarse.

El beso que había empezado tierno y dulce se volvió ansioso y salvaje cuando Rebeca tomó del cuello a Víctor acercándolo, quería sentirlo pegado y que no hubiera ningún espacio entre ambos; ella también lo amaba, aunque ahora ya no podría decírselo.

Se separaron cuando una repentina ráfaga de aire trajo consigo pequeñas gotitas de agua de la cascada y les salpicó el rostro.

Víctor la tomó de la mano y salieron del bosque, la guio hasta el borde del lago que formaba la cascada.

—Vamos —la animó y, antes de poder darse cuenta, se tiró al agua, pero ya no tenía aspecto humano.

—¡No te voy a reconocer si hay más peces! —gritó para que la escuchara debajo del agua.

Se quitó la ropa y saltó.

El agua estaba fría, aunque no tanto como los pocos ríos de Taera que había conocido, y cuya temperatura era muy baja; ahí, en cambio, se sentía genial. Miró hacia abajo y se dio cuenta de que podía ver las rocas del fondo, sonrió y se sumergió para saber qué profundidad tenía.

Miró a su alrededor y no pudo encontrar ni un pez, el agua era cristalina, y a pesar de eso no veía a Víctor por ninguna parte.

Siguió nadando en dirección al salto para sentir la fuerza de la caída en su espalda y entonces sintió que algo le rozaba en el muslo; inclinó la cabeza y se encontró con los ojos de Víctor, que la miraba desde abajo con una sonrisa que la puso a cien, de modo que extendió el brazo al mismo tiempo que él salía a la superficie.