Baltrium (Saga Reinos 1) CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

Sabía que sus padres habían informado al consejo de la presencia de Rebeca, pero le habría gustado haberla avisado, no esperaba que la entrevista con el consejero mayor fuera tan pronto y tampoco pensaba que iban a terminar tan rápido.

Como siempre, ni él ni sus hermanos tenían permiso para estar presentes durante las entrevistas a sus parejas, pues cabía la posibilidad de que las respuestas cambiaran sus relaciones.

Rebeca y el consejero Andrew apenas habían hablado durante diez minutos cuando su padre le permitió acudir con ella; por eso quería llevarla a un lugar que sabía que le gustaría, para enfrentarse a las preguntas que estaba seguro que tendría y contarle toda la verdad.

Rebeca no había abierto la boca desde que salieron de la casa, meditaba sobre la mejor forma de preguntarle quién era aquel hombre y por qué le había hecho tantas preguntas, además de avisarlo, ya que no sabía si lo que había dicho podía causarle problemas.

Caminaban en silencio a través del bosquecillo que se ubicaba detrás del castillo y que Rebeca había visto desde la habitación. Víctor deseaba enseñarle la cascada a la que le gustaba ir cuando quería evadirse de todo y desconectar.

Cuando salieron al claro, Rebeca tuvo ante sí una imagen preciosa, digna de un cuadro.

Se hallaban frente a una hermosa cascada de al menos siete metros de altura, en cuya base sobre las partículas de agua flotantes se veía un arcoíris.

En el suelo se había formado una piscina natural, que a continuación se convertía en un río de una anchura de dos metros que fluía entre unas rocas bastante resbaladizas y por las cuales se podía ver cómo la corriente arrastraba los guijarros.

A los lados del salto se encontraba un pequeño espacio donde la hierba y las flores crecían libres, salpicando el paraje sin orden. Más allá, la cascada estaba bordeada por árboles grandes y robustos que hacían las veces de pared, otorgándole al lugar intimidad y privacidad de forma natural.

Rebeca miró a su alrededor sin saber en qué centrarse, todo era tan bonito que incluso se olvidó de las preguntas y explicaciones que necesitaba obtener de Víctor.

Cuando sus miradas se cruzaron, ambos sonreían; él observando las reacciones de Rebeca y ella debido a lo hermoso del lugar y lo contenta que estaba de compartir ese momento con él.

Sin embargo, para Rebeca ahora todo tenía una sensación distinta, ya que, después de hablar con aquel hombre, se había dado cuenta de lo importante que era Víctor para ella y de que los sentimientos que albergaba hacia él eran mucho más fuertes de lo que en principio creía.

—Me gusta venir a este lugar, me relaja. —Víctor miró la cascada—. Esperaba que a ti también.

—Es increíble —respondió, aunque primero necesitaba aclarar las cosas.

Víctor le debía unas cuantas explicaciones—.

Pero sabes que tenemos que hablar. —No sabía cómo empezar—.

Verás… Cuando fuiste con tu padre, mientras te esperaba en aquel salón, entró un hombre y me hizo algunas preguntas… No sé si lo viste.

—Lo sé, se llama Andrew, es uno de los consejeros que ayudan a mi padre.

—¿Qué? —se sorprendió—. Entonces explícame a qué ha venido aquel interrogatorio.

—Ven, tengo que contarte muchas cosas. —La tomó de la mano, la guio a unas rocas bajas y ambos se sentaron—.

Como te dije, existen cinco reinos. Faroe, el reino del agua; Alena, el de las montañas; Seica, el del desierto; Baltrium, el del bosque; y Taera, el más grande y que alberga todos los ecosistemas, pero que, sin embargo, sus habitantes carecen de nuestras habilidades.

»El tener cada uno un ecosistema diferente hace que sus habitantes tengan la capacidad transformarse en los animales que viven dentro de él; sin embargo, si hay alguien que está en contacto con más de un reino, puede convertirse a la fauna que haya tenido cerca.

De modo que en Faroe las personas cambian a seres acuáticos o que estén muy ligados a un ambiente marino; en Alena lo harán a una fauna de montaña, y así con los demás.

—¿Por qué en Taera no podemos hacerlo?

—No lo sabemos. Hace mucho tiempo, los cinco reinos vivían en armonía, hasta que hubo una guerra y Taera se separó; la mayoría de los que tenían familias allí se quedaron y otros la abandonaron.

Lo que dicen los libros de historia es que en Taera se empezó a experimentar para poder adquirir las habilidades de cambiar, pero lo que consiguieron fue una forma de inhibir las transformaciones mediante los glubbits.

—Rebeca lo miró sin comprender—. Los glubbits son unas esposas que al contacto con las muñecas desprenden un suero que impide que un individuo se convierta; lo habitual es que los efectos sean temporales, sin embargo, en ocasiones no hay vuelta atrás y el sujeto pierde por completo sus capacidades.

Antiguamente, los glubbits se clavaban en la piel de la persona, no como ahora que para inocular el compuesto se usa el roce prolongado con la piel. Así es menos agresivo.

—¡Eso es horrible! —se escandalizó.

—Lo único que ellos hicieron fue modificar y potenciar el compuesto, pues nosotros ya usábamos algo parecido para impedir las transformaciones en algunos lugares o en prisión, para evitar acontecimientos no gratos —explicó—.

Sea como fuere, los reinos se distanciaron de Taera y solo unos pocos son los que aún tienen contacto con ellos.

Los empresarios, muchos investigadores… gente influyente sobre todo, y no suelen quedarse demasiado tiempo, ya que los taerianos se darían cuenta de que envejecemos bastante más despacio que ellos; por lo que una persona de Baltrium de unos cincuenta años puede aparentar alrededor de dieciséis o menos en Taera.

—¿Lo dices en serio? ¿Cómo…?

—Nuestra esperanza de vida es tres veces superior a la de los taerianos, o lo que es lo mismo, envejecemos tres veces más despacio, por lo que una persona…

—¿Entonces un año humano son tres años aquí?

—El tiempo avanza exactamente igual en los cinco reinos, lo único que cambia es la velocidad de envejecimiento de las personas.

—¿Un año de vida en Taera son tres para una persona aquí? —Víctor asintió—. Los padres deben tener mucha paciencia —dijo casi para sí misma—. Entonces, ¿qué edad tienes?

Víctor se sintió incómodo, quería contarle todo; aún no se sentía preparado, ¿y si se alejaba de él? No sabía cómo reaccionaría, sin embargo, tenía que hacerlo, Rebeca debía saberlo si pretendía mantener una relación con ella.

Nada más hacer la pregunta, Rebeca notó que él se puso en guardia, lo que le hizo sospechar que a lo mejor sus edades no eran compatibles; estaba claro que él sería mayor que ella, pero ¿cuánto más?

Ya no tenía claro el querer averiguarlo, ¿y si era un viejo?

Desde luego, no lo parecía. Víctor aparentaba alrededor de unos veinte, de modo que, teniendo en cuenta la comparación que había hecho…

¿podría tener sesenta años? No sabía qué pensar.

—Tengo sesenta y cuatro —dijo finalmente sin mirarla, ya que no quería ver el rechazo en ella.

—¡Sesenta y…! ¡Guau! —Soltó aire y parpadeó, intentando asimilar lo que acababa de escuchar.

—Veintiún años taerianos…

—Te conservas muy bien —respondió ella, tras un momento de asimilación, buscando su mirada—. Me esperaba unos cuantos menos… sesenta o así, aun así, no está mal. —Sonrió y se encogió de hombros—. Puedo vivir con ello.

Al escuchar esas palabras, el corazón de Víctor latió con fuerza y soltó el aire que al parecer estaba aguantando, sonrió y miró encantado a la chica que tenía delante; no sabía cómo, pero solo ella le había provocado sentimientos y sensaciones tan fuertes.

—Te quiero, Rebeca —dijo dando rienda suelta a lo que sentía mientras tomaba su rostro y la besaba—. Eres una mujer increíble.

—Eso dices ahora, ya veremos si opinas lo mismo cuando tenga tu edad y la aparente con todas sus consecuencias. —Ambos rieron y se besaron, hasta que Víctor se separó bruscamente.

—¿Eso quiere decir que estaremos juntos muchos años más? —preguntó sin poder creer lo que Rebeca había dicho.

—Podemos probar —asintió, encogiéndose de hombros—, aunque me lo tienes que contar todo.

—Por supuesto.

—En ese caso… —Rebeca dudó un segundo en su próxima cuestión, pues no quería que Víctor se lo tomase a mal—.

¿Tus padres son empresarios o algo así? —Se miró las manos y jugueteó con los dedos—.

Es que aquel hombre dijo que eras poderoso, y como me dijiste que te preparabas para continuar con el negocio familiar…

—Víctor volvió a quedarse en silencio—. Creo que voy a dejar de hacerte preguntas.

—No, no es eso —empezó—. Es complicado. —No podía contarle que era el heredero al trono, aunque sí decirle el rango que tenía en Baltrium—.

¿Recuerdas lo que dijo Erik cuando se despedía?

—Rebeca asintió; al final, la metedura de pata de su amigo podía suavizar la noticia—.

No era una broma, lo cierto es que mis padres no son solo empresarios, sino que también gobiernan en Baltrium.

No podía creer lo que estaba escuchando, parpadeó un par de veces y, sin darse cuenta, se alejó de Víctor; apenas consiguió emitir sonido alguno, pero eso no impidió que se preguntase qué significaba aquello.

—Mis padres son los reyes de Baltrium.

—Entonces, ¿tú eres…? —Empezó a hiperventilar—. Y lo que dijo Erik… —No conseguía terminar ninguna frase—. ¿Tus hermanos también…?

Rebeca se estaba agobiando, no se podía creer lo que acababa de confesarle Víctor. Se levantó y empezó a caminar de un lado a otro respirando entrecortadamente, echando vistazos rápidos de vez en cuando a Víctor, que la observaba atento a sus reacciones.

Estaba confuso. No había reaccionado tan preocupada cuando le contó que podía transformarse en animales ni cuando le había dicho su edad; sin embargo, parecía que esta noticia sí que había causado estragos en su actitud hacia él.